sábado, 30 de octubre de 2010

Canteros de Veruela: magia a la vera del Moncayo



'Genios del aire, habitadores del luminoso éter, venid envueltos en un jirón de niebla plateada. Silfos invisibles, dejad el cáliz de los entreabiertos lirios, y venid en vuestros carros de nácar, a los que vuelan uncidas las mariposas. Larvas de las fuentes, abandonad el lecho de musgo y caed sobre nosotras en menuda lluvia de perlas. Escarabajos de esmeraldas, luciérnagas de fuego, mariposas negras, ¡venid!. Y venid vosotros todos, espíritus de la noche; venid zumbando como un enjambre de insectos de luz y oro. Venid, que ya el astro protector de los misterios brilla en la plenitud de su hermosura. Venid, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas. Venid, que los que os aman os esperan impacientes...'.
[Gustavo Adolfo Bécquer: La corza blanca]
Afirmaba don Javier Lambán Montañés, allá por el año 2005, siendo Presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza, que los hermanos Bécquer y el monasterio de Veruela son uña y carne. Es imposible separarlos sin que se produzca un desgaste doloroso (1).
Y no le falta razón. Sucede que, cuando nos referimos a este viejo y desde luego, emblemático monasterio aragonés, resulta imposible dejar pasar de largo, aunque sea con una somera referencia, el entorno, espectacular y mágico, en el que se asienta. Un entorno que gira, desde tiempo inmemorial, alrededor de una montaña; una montaña sagrada y mítica, cuyo magnetismo ha atraído la atención y el respeto de los hombres desde el alba de los tiempos: el Moncayo.
Gustavo Adolfo Bécquer, cual Herodoto moderno, no sólo se nutrió de su febril imaginación en un tiempo en el que, gravemente enfermo, recaló en el lugar; sino que, a la vez recogió, como agua de mayo -esa misma agua que reclaman constantemente los sedientos campos aragoneses-, una rica variedad de tradiciones, de índole cultual y antropológico que, pertenecientes a lo que bien podríamos denominar como la Antigua Religión, fueron bruscamente cercenadas, cuál cabeza de Hydra, con la llegada de una religión que pronto olvidó sus orígenes humildes y que no tardó en olvidar también la persecución a la que había sido sometida -sobre todo, en tiempos del emperador Nerón-, para poner en práctica métodos de autoritarismo, cuya intransigencia y crueldad alcanzaron cotas demenciales en siglos posteriores, con la creación del Santo Oficio: el Cristianismo.
Las impresiones de Bécquer, no sólo basadas en cuentos y leyendas populares de la zona, sino también recogidas de una manera pinturesca y magistral en ese auténtico reportaje que, en mi opinión, constituyen sus Cartas desde mi celda -publicadas en su conjunto y a modo de homenaje póstumo, después de su muerte, acaecida en 1870- nos acercan, con la visión interior de un auténtico poeta, a un mundo extraño, romántico y fantástico a la vez, que no es otro que el que, aún a pesar de los siglos transcurridos, envuelve a este monasterio de Berola, tal y como era conocido en algunos cartularios de época medieval.
Atravesar la cerca amurallada que conduce al interior de ésta joya bizantina -término con el que, en la época de Bécquer, siglo XIX, se referían al arte románico en general- es penetrar en el mundo de las ideas; un mundo desde luego perdido, en el que éstas, precisamente, se transforman en símbolos que, a su vez, conllevan formas de pensamiento -no sólo científico, como puedan ser, comparativamente hablando, las espirales y su posible equivalencia astronómica y arquitectónica- sino también filosófico y religioso, sin que necesariamente este último concepto lleve implícita una genuina y exclusiva patente cristiana, apostólica y romana. Esta, al menos, es mi opinión, sin ir más lejos, cuando observo el que quizás sea el símbolo cantero más famoso y referente de cuantos figuran en el haber del monasterio de Veruela: la cabeza de la paloma.
Pero antes de profundizar en el tema, es bueno precisar que, si bien Gustavo Adolfo Bécquer prestó un inestimable servicio literario capaz de envolvernos con el ambiente y el entorno que rodean a Veruela, igual o mayor servicio prestó su hermano Valeriano, con sus dibujos y sketches. Dibujos y sketches, que llevan por título Expedición de Veruela, entre cuya colección -algunas de las pinturas de Valeriano, se hayan, como las pinturas de San Baudelio, allende los mares- figuran una variada gama de símbolos canteros que el buen Valeriano recopiló pacientemente, para una posteridad que, no obstante, y en el fondo, parece haberlo olvidado.
Y en ellos, no sólo aparecen la cabeza de la paloma y de esa otra ave que desde tiempo inmemorial y de una manera poco menos que genética, parece haber adoptado el edificio religioso como lugar imperativo para hacer su nido, la cigüeña, sino que, además -y en esto, vuelvo a recordar una precisión que apuntaba en la presentación de este blog, cuando acerca de las marcas reconocía que no están todas las que son- aporta la existencia de elementos que posiblemente se me pasaran por alto en mis dos expediciones al monasterio, y que, por supuesto, me obligan a preparar una tercera visita. Me refiero, a un símbolo importante de Magisterio, como es el báculo o bastón.
Posiblemente, parte del impenetrable misterio que rodea a los canteros, se encuentre camuflado, de alguna manera, en los acontecimientos políticos y filosóficos que se retrotraen a sus inicios. Unos inicios que, en cuanto al Císter se refiere, hablan de escisión y deseo de retorno a las fuentes, humildes y originales, de una religión que, hacia los siglos XI-XII representa una exhuberante opulencia con el Papado y los monjes negros de Cluny. Opulencia que, bajo un punto de vista, si no filosófico al menos sí ético y moral, conllevaría, en parte, la proliferación de modalidades de pensamiento encontradas, que originarían la creación de nuevos tipos de agrupaciones, consideradas como sectarias, como pueden ser, por ejemplo, bogomilos, valdenses, albigenses y cátaros.
Se sabe, entre otras cosas -o al menos, así lo apuntan algunos autores como Xavier Musquera (2)- que entre los cátaros existían, también, hábiles canteros y maestros constructores, siendo muchos los símbolos que dejaron como testimonio por los lugares donde pasaron, antes y después de su holocausto. Precisamente, uno de los símbolos más importantes utilizados por ellos, no es otro que el de la paloma, ave que, de igual manera que para los cristianos ortodoxos, representaba al Espíritu Santo. No obstante, una de las leyendas cátaras más conocidas, cuenta que Esclarmonda de Foix, alzó el vuelo desde lo más alto del monte Tabor, transformada en paloma (3). Leyenda que, si me apuran, añadiré que nos da una idea de la enorme importancia y trascendencia que dicho símbolo tenía entre la comunidad cátara, aunque haya historiadores ortodoxos que no contemplen dicho interés y asociación.
Otro de los símbolos utilizados por los maestros y canteros cátaros, es la estrella de cinco puntas o pentalfa, motivo geométrico de cierta relevancia que aparece también entre los símbolos y grafitis cátaros localizados en cuevas del Sabarthéz, por citar un ejemplo, y que, al igual que en numerosos edificios representativos de nuestro románico, aparece también grabada en los sillares de este monasterio de Veruela. La mano extendida, de posible significado basado en el consolamentun cátaro, según opinan algunos autores -entre ellos, el mencionado Xavier Musquera- no se localiza, a priori, en este monasterio; sin embargo, no es un símbolo desconocido en el románico español, y se puede localizar, en forma de canecillo -lo comento, porque en su día me llamó la atención-, en dos iglesias espectaculares, situadas en el Valle de Mena, en las Merindades burgalesas: San Lorenzo de Vallejo y Santa María de Siones. Ambas iglesias, aunque sin aval que lo justifique debidamente, arrastran la posibilidad de que en algún periodo de su historia, fueran o hubieran pertenecido al Temple.
El báculo, símbolo inseparable y decantador de la sabiduría y la autoridad del Maestro, se localiza en numerosos edificios románicos, no sólo como símbolo de cantería, sino también como atributo característico de numerosos santos, algunos de enigmática procedencia pero que, no obstante, fueron grandes constructores y pontífices -entiéndose ésta faceta, no como jerarcas de la Iglesia, sino como constructores de puentes- de los cuales destacan San Millán de la Cogolla y San Juan de Ortega, seguramente porque sus obras, o al menos parte de ellas, han llegado hasta nosotros con más claridad que las del resto, aunque sus vidas, en el fondo, continúen siendo un auténtico misterio. Algunos, quizás menos importantes que éstos, pero sin duda igual de relevantes en cuanto a los atributos de maestría y conocimiento que portan, se encuentran -generalmente en forma de figuras-, en la gran mayoría de templos -románicos o no-, siendo objeto de una profunda devoción por parte del pueblo y una no menos profunda relación con el Camino de Santiago: San Antón, San Roque e incluso aquél enigmático gigante, en el fondo no muy apreciado por la Iglesia, que no es otro que San Cristóbal.
Se sabe, por documentos de la época, que Veruela fue fundado en 1145 por monjes blancos procedentes de Fitero, siendo el más antiguo de los monasterios cistercienses en Aragón. Y aunque no se pueda demostrar fehacientemente una presencia cátara durante éste génesis, así como en periodos posteriores al término de la llamada cruzada cátara, tampoco hay indicios para pensar lo contrario, máxime a sabiendas de la simpatía demostrada hacia ellos por parte de la Corona de Aragón.
Y un detalle que puede resultar significativo: ¿cuántas marcas de cantería con la cabeza de la paloma se localizan fuera de éste monasterio?. Puede que las haya, desde luego, aunque yo, al menos, no me he topado todavía con ninguna.
(1) Jesús Rubio Jiménez: 'Guía sobre los hermanos Bécquer en el monasterio de Veruela', Diputación de Zaragoza, Área de Cultura y Patrimonio, 2005.
(2) Xavier Musquera: 'Cátaros: el secreto de los últimos herejes', Editorial Espejo de Tinta, S.L., 2006.
(3) Jean-Michel Angebert: 'Hitler y la tradición cátara', Plaza & Janés, S.A., Editores, colección Realismo Fantástico, 1ª edición, noviembre de 1976, página 57: 'Todos los puros perecieron en el fuego, excepto Esclarmonde de Foix. Cuando ella tuvo conocimiento de que el Graal estaba en lugar seguro, se transformó en paloma blanca y voló hacia las montañas de Asia. Esclarmunda no ha muerto. Hoy vive todavía, allí abajo, en el Paraíso Terrestre'.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El Camino de la Oca pasa por San Juan de Rabanera

No sería descabellado pensar en el símil del cuento aquél en el que el protagonista, sin duda precavido, iba dejando miguitas de pan por el suelo, con el fin de no errar en el camino de regreso y perderse en el bosque. El Camino de Santiago, cualquiera que sea el origen de sus múltiples itinerarios, sería, simbólicamente hablando, ese bosque tupido y tenebroso, pero a la vez repleto de misterios, enseñanzas y maravillas que habría que recorrer para alcanzar el premio final del mayor de los tesoros con los que pueda soñar el ser humano: el Conocimiento.

Los canteros medievales, al igual que el protagonista del cuento, serían los transmisores o depositarios de esas miguitas de pan que, a modo de señales, indicarían una dirección a seguir, valiéndose, a la vez, de un código que, aprehendido y mantenido en secreto a lo largo de milenios de existencia humana, contendría pequeñas lecciones de una sabiduría ancestral, cuya comprensión llevaría a la Gnosis final.

Una de esas pequeñas migajas, estaría contenida, entre otros, en un símbolo que sobresale en la gran mayoría de edificios afines a éste mágico y ancestral Camino de Peregrinatio: la pata de oca.

La oca ha sido considerada, desde tiempo inmemorial y por numerosos pueblos y culturas, un animal sagrado y trascendente. En la mitología griega, por ejemplo, el todopoderoso Zeus adopta la forma de un cisne para seducir a la hermosa Leda. Entre los celtas, la oca o el cisne constituía el animal totémico que acompañaba a los héroes muertos al Paraíso -nótese la similitud con los mitos nórdicos de las walkyrias, mujeres guerreras que acomopañan al Walhalla las almas de los guerreros muertos en combate- o a ese Tir an Og o Región de los Bienaventurados, cuya tradición aún es recordada hoy en día por numerosos cantantes y grupos de folk, como Alan Stivell.
Freya, una de las principales diosas del panteón céltico, tenía un pie de oca, detalle en el que, posiblemene, se basaran posteriormente numerosas leyendas acerca de la reina Padauca o Pie de Oca, que tanto florecieron en el occidente medieval.
Los egipcios, por otra parte, asociaban a los ánades un simbolismo religioso que se utilizaba para alejar el mal y evocar el renacimiento. Curiosamente, dentro de la cosmogonía tebana, Amón, que significa el Oculto, era representado con forma de oca o ganso, y entre los romanos existía la costumbre de mantener a estos animales como guardianes del hogar, que avisaban a sus moradores de cualquier peligro o intruso que merodeara por el lugar.
Pero el simbolismo que conlleva la pata de este emblemático animal, va aún más lejos, pues se ha querido ver, aunque de manera camuflada, en elementos florales, como el lirio o la flor de lis -del que son portadoras las manos de las imágenes de algunas vírgenes románicas y góticas- así como también en la vieira distintiva del peregrino de Santiago.
Dentro de los alfabetos nòrdicos, éste símbolo está asociado con la Runa de la Vida; y a su manera, enlaza directamente con la tradición esotérica relativa al cráneo de Adán y el Árbol de la Vida, de cuyo tronco se obtendría la madera que habría de servir para hacer la cruz en la que fue crucificado Jesucristo. Hasta tal punto ésta tradición se haya inmersa en el Arte -no sólo en lo que respecta a los propios crucificados, cuyo cuerpo, si nos fijamos, en ocasiones adopta la forma de una pata de oca- que existen imágenes de Cristos crucificados sobre una cruz con forma de pata de oca.
Aunque este tipo de representaciones no son muy corrientes, sí es cierto que en España, al menos, existen dos soberbios ejemplares. El más conocido, sin duda, es el Crucificado de Puente la Reina, localizado en la actual iglesia del Crucifijo; una iglesia que, en sus orígenes, se denominaba de Santa María dels Orzs, de los Huertos, y pertenecia a la Orden del Temple. El otro Cristo, seguramente menos conocido, se localiza también en un lugar emblemático del Camino de Santiago: en la iglesia de Santa María del Camino o de las Victorias, en Carrión de los Condes. Ambas representaciones, datadas en los siglos XIV a XVI, comparten un origen común: proceden de la región alemana de Renania, conocida, entre otras cosas, por su amplitud de catedrales y monasterios, así como también porque en ella se encuentra el famoso castillo de Wewelsburg, donde lo más selecto de la oficiliadad de la Orden Negra del Reichsführer Heinrich Himmler se entregaba a todo tipo de rituales de carácter iniciático y esotérico, teóricamente -al menos para los teóricos nazis- basados en los ciclos griálicos, el ciclo artúrico y comparándose con modernos templarios. De hecho, en la actualidad acaba de convertirse en museo que, aparte de levantar numerosas críticas, puede visitarse por un módico precio.
No obstante, si bien es cierto que la presencia de este símbolo puede considerarse como natural en numerosos edificios situados tanto dentro como fuera de las numerosas rutas del Camino de las Estrellas, no dejar de ser una curiosa y a la vez desconcertante novedad, encontrárselo en el enlosado que roda la entrada principal de una antigua iglesia románica: la iglesia de San Juan de Rabanera, en Soria.
Soria es una ciudad pequeña, pero repleta de Historia, de Arte y de Tradición. Basta sólo mencionar algunos de sus elementos distintivos -el monasterio de San Juan de Duero, el monasterio templario de San Polo, el claustro románico de la concatedral de San Pedro o la ermita de planta octogonal de San Saturio- para que la imaginación se dispare a límites insospechados. Resulta una pena, sin embargo, que de una de las más antiguas y principales iglesias románicas con que contaba la ciudad, la iglesia de San Nicolás, tan sólo quede un esqueleto descarnado y unas excepcionales pinturas -tapadas por una tabla de metal- que, representando el asesinato del arzobispo de Canterbury, están a punto de desaparecer definitivamente.
Es interesante tener esto en cuenta porque, precisamente, la portada original de la iglesia de San Nicolás, es la que actualmente se encuentra en la entrada principal de la iglesia de San Juan de Rabanera. Y este detalle podría, quizás, explicar también el origen del enlosado con los símbolos de la pata de oca, tema de la presente entrada. Otro detalle de interés, podría ser, también, la situación de ésta iglesia de San Juan de Rabanera, en cuyo interior, recordemos, se encuentra el Cristo templario de San Polo, también conocido como el Cristo cillerero.
Pues bien, San Juan de Rabanera se encuentra situada frente a la Diputación Provincial, al final de la calle Caballeros; una calle que -aparte de dejar en el aire la pregunta de a qué caballeros se refiere- curiosamente, se extiende hasta el cementerio y la iglesia de la Virgen del Espino. Una Virgen con advocaciones negras que, junto con las vírgenes hermanas de la catedral de El Burgo de Osma y el pueblecito de Barcebal, conforman el trío de Vírgenes del Espino que hay en la provincia. Y recordemos, una vez más, que tales denominaciones conllevan, en la inmensa mayoría de los casos, la presencia de la Orden del Temple; y que éstos, a la vez, eran protectores y benefactores de las hermandades de compañeros que fueron dejando su huella a todo lo largo y ancho de la Península. He aquí, pues, no pocos e interesantes enigmas que resolver.