domingo, 27 de febrero de 2011

El Monasterio del Grial: el Maestro de San Juan de la Peña

Esta puerta abre la del cielo a todo fiel que se esfuerce en unir la fe con el cumplimiento de los mandamientos de Dios:
PORTA PER HA(N)C CAELI FIT

P(ER)VIA CUIQ(UE) FIDELI

+ SI STUDEAD FIDEI IUNGERE

IUSSA DEI

Sin duda, uno de los mayores atractivos de un Mito, reside en su extraordinaria capacidad de perpetuarse a lo largo de los siglos, manteniendo incólume ese misterio primordial que hace de él algo deseable y añorado, pero a la vez inalcanzable, hasta el punto de constituir un sueño en la memoria colectiva de la humanidad. Posiblemente, el más grande de los mitos, el mito por antonomasia, aquél que con más fortaleza desafía el paso del tiempo, así como también el conocimiento humano, no sea otro que éste que se refiere al Santo Grial. Sobre todo, teniendo en cuenta que nadie sabe con seguridad, qué es, en definitiva, y en qué consiste el Santo Grial.

¿La esmeralda que se desprendió de la corona de Lucifer en la Caída?. ¿El sangreal o la sangre real que, según algunos autores, perpetuaría una supuesta descendencia de Cristo?. ¿Un libro o unos rollos de manuscritos que contendrían, en esencia, el misterio de ésta continuidad Crística, una supuesta historia apócrifa de Jesús, cuando no unos conocimientos extradiluvianos vetados, por su trascendencia, a los neófitos?.

El Grial asociado a este extraordinario enclave que es el monasterio de San Juan de la Peña, no obstante, continúa la tradición más comúnmente aceptada, que no es otra que aquella que lo define como la copa que utilizó Jesús en la Última Cena, reutilizada después por José de Arimatea para recoger la sangre que brotó de la herida infligida por Longinos durante la Crucifixión. Copa que, de hecho, y según otras corrientes (1) estaría elaborada, precisamente, con la piedra que mencionaba al principio y que se desprendió de la corona de Lucifer durante la Caída.

Tradicionalmente, se habla de una esmeralda. Curiosamente, el Grial considerado como auténtico y que se custodió en este monasterio hasta septiembre de 1399, en que inició uno de sus varios viajes para terminar recalando finalmente en la catedral de Valencia en 1416, no es, como cabría esperarse, una esmeralda sino una cornalina o ágata de color rojo oscuro, y está fechada entre el siglo IV a. de Cristo y el I d. de Cristo, midiendo 7 centímetros de altura, número mágico por excelencia, aunque éste, posiblemente, sea sólo un detalle circunstancial.

Según la leyenda, llega a Huesca por intercesión de San Lorenzo, quien se lo entregó a un soldado para ponerlo a salvo, se supone que después del saqueo de Roma por los visigodos. Ocurría esto, en el año 410. En esa época, desde luego, no existía el monasterio, pero parece ser que sí los suficientes brotes de eremitismo para que siglos después, y sin abandonar ese aura de trascendente misterio, se produjeran las condiciones necesarias para que se forjaran en el futuro los cimientos de uno de los lugares más espirituales y sacro-santos de la Península Ibérica. De hecho, durante mucho tiempo, San Juan de la Peña rivalizó con la montaña sagrada por excelencia, Montserrat, en cuanto a la identificación de ese Montsalvasche o Monte de la Salvación pregonado en las sagas griálicas, cuyos custodios o caballeros del Grial, no serían otros que los caballeros templarios; los templeisen del trovador alemán Wolfgang von Eschenbach quien, a su vez, habría tomado la historia de un tal Kiot. En realidad, éste es un detalle que continúa siendo un completo enigma a día de hoy, y aparte de estos dos, habría varios lugares más, como, por ejemplo, el castillo cátaro de Montségur.

No obstante los avatares inciertos y legendarios de su fundación, y en lo que concierne a la presente entrada, hemos de situarnos, cuando menos, en el siglo XII y traspasando esa mozárabe puerta que abre la del cielo, acceder a la maravilla indiscutible que es su claustro, para intentar localizar las señas de identidad de esa figura enigmática que se conoce como el Maestro de Agüero y de San Juan de la Peña (2). Es evidente, que franquear ese umbral, ya supone un auténtico reto; reto que ha de afrontarse, bajo mi punto de vista, dejando a un lado cualquier sentimiento de fría racionalidad y permitiendo vagar a la imaginación, hasta acercarla a la fantasía trascendente de la piedra que es, en realidad, donde se oculta la verdadera alma del cantero, y de hecho, también sus convicciones.

Sin embargo, antes de acceder y cruzar ese umbral, resulta conveniente detenerse unos instantes a reflexionar en el Panteón de Nobles; y al hacerlo, no descartar, a priori, un detalle significativo, que quizás más adelante pueda ayudarnos a la hora de especular -digo bien, especular- sobre uno de los posibles orígenes de tan interesante y a la vez desconocido Magister Muri: las cruces de doce puntas o de diamantes occitanas, que indican que alli reposan, en perfecta comunión, cátaros y cristianos. No es extraño, desde luego, teniendo en cuenta los estrechos lazos que siempre unieron la Occitania con la Corona de Aragón.




Se identifica la obra del Maestro de Agüero y de San Juan de la Peña, entre otros detalles significativos, por los ojos de sus personajes. Ojos que, en opinión de Juan García Atienza, parecen trascender la aparente frialdad de la piedra, hacia estados superiores de conciencia. Un maestro que, bajo mi punto de vista, dejó no sólo trascendencia en los rostros de sus personajes, intuitivamente hablando, sino que también, visibles en la piedra que de manera tan magistral y artesana labró, huellas de identidad, que a modo de señales, deberíamos considerar como posibles claves de magisterio y atención. Me refiero, a los gestos.


Dada su extenuante repetitividad, éstos se aprecian quizás mejor, en la vecina región de las Cinco Villas zaragozanas, siendo, poco más o menos que mundialmente conocidos dos elementos fundamentales que llevan, indiscutiblemente, su patente: la bailarina y la Adoración. En capiteles la primera y en dinteles la segunda, ambas nos dan una idea aproximada de la ruta y la relevancia de este magister y su taller en la Corona de Aragón.


Ahora bien, si en la mayoría de iglesias en las que dicho magister o su taller ejercieron abundan las marcas de cantería, no ocurre lo mismo con este monasterio. Ni siquiera podría afirmar, que la llave que tan magistralmente está labrada en el reverso de la puerta que da aceeso al claustro -esa puerta que abre la del cielo a los fieles- es obra suya o pertenece a un periodo posterior, posiblemente gótico, como la cercana capilla de San Adrián.


Sí resulta sospechosa la presencia de éste símbolo en templos de su autoría, como la iglesia de Santiago, en Agüero, difiriendo las formas, pero no la calidad. A este respecto, resultan interesantes las especulaciones de Syr, quien, en mayo de 2008 y en una entrada del blog Salud y Románico, titulada La llave de Anoll, afirmaba lo siguiente: 'la perfección y cuidado en su elaboración, pudiera hacer pensar que no estamos ante un mero signo, pues de ser así el tratamiento del vástago sería primordial y posiblemente duplicado (oro y plata, guía de almas, Jano, abrir y cerrar, unir y desunir, cielo y tierra, Roma y Pedro, en suma), sino una típica y específica señal de cantería única'.


En realidad, no se puede decir que sea única, porque, como estamos viendo, existe otro exponente en este monasterio e incluso en otras iglesias de otras provincias, quizás menos elaborados en su ejecución, es cierto, pero manteniendo su significado añadido. Pero sí estoy bastante de acuerdo con sus aseveraciones y me resulta particularmente interesante esa relación con la palabra clave ANOLL, que tanto destaca en la iglesia de Santiago de Agüero y hasta el día de hoy continúa siendo un completo enigma. Tal vez no esté demasiado descamindo Syr al afirmar que, al contrario de pensar en la marca personal de un cantero, sí pudiera ser la firma comercial -utilizando sus palabras- de un gremio o escuela de canteros y su manera de dejar una señal de su paso y obra a mado de los copyright modernos. El último párrafo del artículo, me resulta particularmente sugerente, pues abre posibilidades a un mundo simbólico extraordinario, donde algunos investigadores comienza a entrever una pequeña luz e hipotéticamente hablando, pudiéramos tener aquí otra clave de construcción -como apuntaba Juan García Atienza (3)- similar al epigrama de Silo (4) que figura en la iglesia de Santianes de Pravia, en Asturias. Esta línea de investigación, ha sido seguida recientemente por Josep Maria Isern i Monné (5) profesor de Física, Matemáticas y Música.


Por añadidura, y quizás pueda ser un dato significativo -y en modo alguno, afirmo al hacerlo que tenga relación con este monasterio de San Juan de la Peña o con la iglesia de Santiago de Agüero- Atienza ya sostenía, en relación al Temple, precisamente la forma de llave que observaba en la planta de algunas de sus iglesias. ¿Comenzamos, pues, aunque sea de una manera intuitiva a vislumbrar una parte esencial de las claves de los Maestros Constructores?


(1) Curiosamente, se observa en esta tradición, una línea similar, bajo mi punto de vista, a la del árbol que brotó del cráneo de Adán y del que, supuestamente, se hizo la cruz en la que habría de ser sacrificado Jesucristo.


(2) En realidad, cuando se habla de tal Maestro de Agüero y de San Juan de la Peña, no podemos estar seguros de referirnos a un individuo en concreto o a una escuela de canteros que continuó trabajando siguiendo las pautas por él marcadas. Sí se sabe, por ejemplo, de su notable influencia en la vecina comarca de las Cinco Villas, y no deja de ser todo un enigma reseñable, que un templo de las caracteristicas del de Santiago, en Agüero, Huesca, se terminara deprisa y corriendo, obviando los parámetros originales. En este sentido, no dejo de preguntarme si tan inesperado desatino se debió a la muerte del Magister, o simplemente se resolvió de ésta manera por falta surficiente de fondos.


(3) Juan García Atienza: 'El legado templario' Ediciones Robin Book, S.L., 1991, página 255.


(4) Juan García Atienza elaboró una curiosa teoría con respecto a este epigrama de Silo, en la destacaba la posibilidad de que, en realidad, ocultara secretos relacionados con la geometría sagrada utilizada por los maestros constructores. Todos los datos relativos a esta teoría, se pueden leer en el capítulo 7 (Donde da comienzo un juego cósmico), de su libro 'La meta secreta de los templarios', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1999, página 125.


(5) Josep Maria Isern i Monné: 'El cuadro mágico de la Orden del Temple, la clave del enigma', Ediciones Aache, 2009.



lunes, 21 de febrero de 2011

Los Símbolos de una Reina silense: Nª Sª de Marzo

Si dejamos a un lado la apasionante imaginería simbólica que conllevan los formidables capiteles de este claustro de la abadía benedictina de Santo Domingo de Silos, observaremos, no sin cierta fascinación, el enorme despliegue de simbolismo que, en cuestión de pocos metros, implica a dos de los elementos que conforman una parte sustancial de la galería norte: el Cenotafio de Santo Domingo, y la imponente imagen sedente de Nª Sª de Marzo.
Como en la entrada anterior, en la que comentaba algunos de los símbolos del cenotafio de ese aútentico Magister que fue Santo Domingo, considero puntual la ocasión de fijar ahora la atención en otro apasionante atanor simbólico, que no es otro que el constituido por la imaginería mariana medieval. Imaginería que, dicho sea a modo de breve introducción, conserva gran parte de los misterios iniciáticos que, consignados de manera encubieta por una minoría de eruditos -o iniciados, como se prefiera- ajenos a la ortodoxia oficial, nos desvelan aspectos poco comprendidos del universo pre y post medieval.
Uno de los detalles que inevitablemente llaman la atención, en un primer vistazo, no es otro que el de su enorme tamaño, que supera con creces, en mi opinión, el metro de altura y supone ya de por sí, una auténtica obra de Arte ya que, no lo olvidemos, está tallada en piedra, en una sola pieza, aunque, por desgracia, apenas conserva rastro del esplendor de su policromía original.
Situada poco menos que en la intersección de las galerías oeste y norte, parece custodiar, con su mirada, hierática e infinita, el espléndido cenotafio del abad milagroso de Silos, que se encuentra situado, aproximadamente, hacia la mitad de la mencionada galería norte. Galería en la que, circunstancialmente, se encuentra la única columna triple -la tercera cruzada sobre las otras dos- de todo el claustro bajo.
Luce los atributos de una auténtica reina; es decir, se encuentra entronizada y también coronada. Un pequeño cartel, situado en el basamento de piedra sobre el que se asienta la imagen, nos advierte, aparte del nombre o advocación, de la fecha aproximada en que se la data: siglos XIII-XIV. No obstante -y esto puede ser un claro ejemplo de la dificultad que conlleva, en numerosas ocasiones, situar correctamente este tipo de imágenes, que oscilan, generalmente, entre el románico y el gótico- dentro de alguna de las guías que se venden en la propia tienda de la abadía (1) figura, parece que con meridiana certeza, pues no ofrecen otra opción, el siglo XIII. Irrelevante o no, lo cierto es que parece demasiado grande, en mi opinión -el patrón común, más o menos aceptado para la gran mayoría de imágenes marianas de estos periodos, oscilaría entre los 30 y los 40 centímetros de altura- para pertenecer a este siglo, encuadrándose mejor dentro de un románico tardío o en un periodo de transición al gótico, cuando ya también comenzaban a ser representadas de pie, afianzándose más en el papel de Madre de Dios -como la conocemos actualmente- y menos en el de Diosa Madre o Magna Mater con el que también se la identificaba -aunando conceptos de la Antigua y la Nueva Religión- en los periodos a que estamos haciendo referencia.
En el borde del basamento sobre el que ya he mencionado que se asienta, se localiza, así mismo, una inscripción latina, que todavía puede leerse perfectamente:
+ INMACULATA : DEI : GENITRIX : NOS: RESPICE : CLEMENS : PROSEOVIMUR : CULTU: OUM : TUA : MAGNA : PIO +
Porta un lirio en su mano derecha, señal inequívoca de iniciación y sabiduría, utilizado también por algunas hermandades compañeriles pues, de una manera encubierta, representa esa runa de la Vida, más comúnmente conocida como pata de oca. Forma utilizada, a la vez, como cruz y elemento de martirio, como demuestra, entre otros, el famoso Cristo renano de la iglesia del Crucifijo, en Puente la Reina, Navarra. Sujeta al Niño entre su brazo y su pierna izquierdos. Éste, por su parte, y a diferencia de ese otro grial -en su sentido documental- que sujetan firmemente sobre su pecho las manos de Santo Domingo en su cenotafio, muestra en su mano izquierda un libro abierto y a la vista de todos. Los dedos de la derecha adoptan, bien la señal de bendición, bien indicación hacia lo alto. Otra de las peculiaridades del Niño, la encontramos en su nuca, que semeja tener, de una forma hábilmente esculpida, la tonsura de los monjes.
Aún hay más detalles peculiares, a mi entender, que se pueden visualizar a simple vista en ésta impresionante imagen; se encuentran en el trono, donde dos monstruos, detalle significativo, hacen las veces de peana. Y recalco lo de significativo, porque estos monstruos -a los que, por cierto, uno de los impulsores de la figura de la Virgen, San Bernardo de Claraval, consideraba como ridículos- se localizan, en forma de canecillos, también, en numerosos templos románicos. Y si, generalmente, tales representaciones, son una alusión a los vicios y los pecados, ¿hemos de suponer, entonces, que en éste caso hace referencia a esa parte de la inscripción que la define como INMACULATA DEI GENITRIX?. ¿Estaríamos, pues, ante un antecedente de la Inmaculada Concepción, que con posterioridad se representaría con una media luna y una serpiente o un dragón -incluso a veces con el propio Diablo- a sus pies?.
Sea como sea, de lo que no cabe duda, es de que tales representaciones en vírgenes sedentes, no suelen ser muy comunes, en mi opinión; detalle que, por otra parte, amplía el simbolismo añadido ya de por sí a estas imágenes, dejando siempre las puertas abiertas al mundo de la especulación. Todo sea dicho, de paso, con todo el respeto y sin ánimo alguno de ofender.
Santo Domingo de Silos, 19 de Febrero de 2011
(1) Mariano Palacios González: El monasterio de Silos, SIAL Ediciones, S.L., 2010

domingo, 20 de febrero de 2011

Los Símbolos de un Maestro: cenotafio de Santo Domingo de Silos


La lluvia, infatigable compañera durante toda la mañana, apenas ofrece un momento de tregua cuando, todavía empapado a consecuencia del desplazamiento desde el aparcamiento habilitado a las afueras del pueblo, pongo los pies por primera vez en el claustro de ésta milenaria abadía de Santo Domingo de Silos. El viaje, sin duda extraño, no estaba previsto. En realidad, Silos no era mi destino esta tempestuosa, desapacible mañana de sábado. Ni siquiera pensaba en Silos, ni en la herejía que supone para un amante del románico, no haber recalado allí todavía, sobre todo cuando, como un lorito parlanchín, he utilizado en numerosas ocasiones el término silense para referirme a las características de las esculturas capitelinas de ésta o de aquélla iglesia. Mi destino, fruto de la locura o del romanticismo para desafiar a estos idus de febrero, se encontraba, aproximadamente, una cincuentena de kilómetros más allá, en Hortigüela y las ruinas de lo que en tiempos fuera uno de los más antiguos y venerables cenobios peninsulares: San Pedro de Arlanza.
El día, como digo, no es, si no, un remedo de tristeza, con un cielo completamente cubierto de una sábana gris, que hace, por momentos, que la visión se difumine como si la percepción visual resbalara, inevitablemente, a través de una tonalidad macilenta y opaca. El ritmo de la lluvia, que cae sobre el laberíntico jardín interior, mojando también las simétricas columnas que sustentan unos capiteles maravillosamente trabajados, es el único sonido que de forma continuada y monótona, interrumpe la obstinación de un silencio que parece guardar, como un inmenso tesoro, una presencia espiritual que ha trascendido el paso de los siglos. Es una sensación, un presentimiento que se acentúa cada vez que mis pasos me van desvelando mil y un detalles, que se resumen en una única palabra: fascinación. Ni siquiera la presencia de una dama, que recorre los cuatro puntos cardinales del claustro a tal velocidad, que sus pies parecen no tocar el suelo -por unos momentos, me recuerda el rito de los peregrinos, cuando hacen la misma operación pero con los pies descalzos alrededor del claustro octogonal de la ermita de Eunate- logra apartar de mi mente la impresión de que el tiempo, enfermizo caminante, ha quedado atrapado también, deteniéndose irremisiblemente, víctima del hechizo. Entonces, es cuando la veo, imponente como un coloso de Memnón, hierática en su trono, custodiando con infinita paciencia, una galería norte que, todavía no lo sé, guarda un prodigioso tesoro: se trata de Nª Sª de Marzo, según reza un cartel; una inmensa escultura mariana, realizada en piedra y originalmente policromada, datada en los siglos XIII-XIV.
Siguiendo su mirada, y aproximadamente a mitad de la galería norte, casi marcada por esa doble columna que se ve atravesada por una tercera columna, cual tibia sin compañera se tratara, el Cenotafio del Maestro capta inmediatamente todo mi interés. Mientras me acerco, mi mente es un hervidero en el que todo tipo de sensaciones y recuerdos afloran, en una pugna por hacerse un sitio en mi conciencia. Pero de todos, tomo partido, por una curiosa asociación de familiaridad, con la presentación que no hace mucho llegó a mis manos, en la que eran los propios espíritus de los monjes fundadores de otro lugar sacro, Montederramo, quienes contaban su historia a todos aquellos que llegaban un día al lugar, y recalaban entre los arcanos muros de la abadía, dispuestos a escuchar su voz (1).
El misterio está servido; la magia flota en el ambiente. Siquiera un rápido vistazo, es más que suficiente como para darse cuenta de los símbolos. La Sabiduría, bien mezclada con el Arte, está patente en muchos de los elementos hábilmente tallados en la piedra. Tan hábilmente, permítaseme la puntualización, que son una auténtica obra maestra. Es como, si mil años después de su muerte, el espíritu de Silos, sin duda, Santo Domingo, hablara locuazmente a través de los símbolos. Los principales están ahí, a la vista: el libro cerrado entre sus manos, que hemos de suponer, habla del Conocimiento. El Conocimiento Divino aplicado a la Geometría Sagrada. El Báculo, distinción inequívoca del portador de ese Conocimiento, el Maestro o Magister. Pero no es un Báculo normal y corriente; se trata de un Báculo especial, un Báculo que en sí mismo, conlleva también la señal de la Sabiduría en esa cabeza de dragón o de serpiente o incluso de lobo (2), que constituye la empuñadura, curvada con la espiral de los constructores. La Corona, todo un símbolo detentador de aquél que ha trascendido lo mundano y alcanzado un nivel netamente superior.
Pero donde se conjuga todo un compendio de sabiduría y de misterio es, sin duda, en el epitafio. Un epitafio repleto de símbolos y señales; símbolos y señales como el lábaro, antecesor del crismón, o la pata de oca, utilizados posteriormente por los canteros medievales para dejar mensajes gremiales a todo lo largo y ancho de su recorrido. Mensajes, cuyo sentido, en la actualidad, se ha perdido porque hemos perdido las claves, hemos olvidado ese lenguaje del símbolo, basado en la interpretación. Hemos olvidado a pensar que, detrás de lo aparente, hay un complejo mundo, cuya riqueza, en un tiempo, fue decididamente vital. Esa pérdida, nos ha hecho evidentemente cómodos, y en nuestra comodidad, hemos perdido una parte fundamental de nuestro ser: la imaginación.
Como decía Jorge Luis Borges, la lluvia siempre ocurre en el Pasado.
Santo Domingo de Silos, sábado 19 de Febrero de 2011
(1) Alberto Cacharrón Mojón: 'La abadía de Santa María de Montederramo', Concellería de Cultura e Turismo, Concello de Montederramo, 2008. Este tesoro inapreciable llegó a mis manos, gracias a la amabilidad y gentileza de Ana Méndez Trabado, de la Oficina de Turismo de Montederramo, siendo la portadora de tan excelente regalo, una simpática bruja, Paz Villén González. A las dos, mi más profunda gratitud.
(2) Resulta imposible no hacer referencia, siquiera de pasada, a los magos de Egipto, capaces, según la Tradición, de convertir sus bastones o báculos en serpientes y donde incluso el Cristianismo tiene el mejor ejemplo en Moisés y su vara. Por su parte, el lobo siempre ha estado asociado a la figura de las hermandades compañeriles, siendo el animal totémico del dios celta Lug.


lunes, 14 de febrero de 2011

El Camino de las Ocas pasa por Buenafuente del Sistal

Posiblemente, uno de los enclaves más enigmáticos y mistéricos de esta zona del Alto Tajo, sea el constituido por este monasterio de monjas del Císter -y de hecho, el único monasterio de la Orden en vigor en toda la provincia de Guadalajara- de Buenafuente del Sistal. De entrada, ya el propio nombre nos ofrece una clave, contenida en el agua, milagrosa, al parecer, de la fuente alrededor de la que se levantó esta comunidad, hace la nada despreciable cantidad de tiempo de un milenio.
Al referirnos a ella, hablamos, pues, de uno de los lugares así como de una de las comunidades más antiguas donde -aparte de cultos anteriores, como se supone que existieron (1)- el románico dejó también su impronta en la provincia de Guadalajara y que, junto con Cobeta y el Barranco de la Hoz, conforman un espectacular triángulo, en cuyos vértices, se sitúa una oportuna y peculiar aparición mariana.
Difícil sería, en un lugar de semejantes características, no encontrar huellas, siquiera sea a simple vista, del camino seguido por esos enigmáticos jars o gansos que, integrados en el hermetismo más auténtico afín a las hermandades compañeriles, labraron los intrincados vericuetos de la Edad Media a golpes de mazo y de cincel, dejando para la posteridad, un auténtico legado cultural, salvaguardado por el universo, siempre ambivalente, del símbolo. No ha de resultarnos extraño, por tanto, encontrarnos en algunos de los sillares más antiguos, con esa simbólica runa de la Vida, que se conoce más comúnmente como pata de oca. Símbolo de múltiples connotaciones mistéricas, fue utilizado, también, como elemento de martirio Crístico, tal y como aparece representado en el famoso Cristo renano de la iglesia del Crucifijo de Puente la Reina, y aunque menos conocido por el público en general, en otro que se localiza en Carrión de los Condes.
Estas marcas, son visibles en la parte más antigua del monasterio, previsiblemente en esa zona arcana que pertenece, hemos de suponer, al primer momento fundacional, considerándose éste acaecido en 1176, según consta en uno de los documentos conservados. Y es aquí, precisamente, donde radica uno de los grandes y controvertidos misterios, extensible, de hecho, a otros lugares de la provincia, como pueda ser la iglesia de Santa Coloma, en Albendiego: se atribuye su fundación, apenas recién conquistada la zona a los sarracenos, a los canónigos regulares de San Agustín.
Monjes y guerreros, los canónigos regulares de San Agustín fueron fundados hacia el año 388, cuando éste decide entregarse a la vida monástica. Consecuencia de tal decisión, reciben de él la denominada Disciplina Monasterii, que se complementa con la Regula Secunda, en la que se define y sistematiza la vida en comunidad de los monjes. En ésta Regla, precisamente, se basaron al principio muchas de las agrupaciones religiosas de nueva creación, y entre ellas, los templarios. Unos y otros, coincidieron en numerosos lugares, hecho que trae como consecuencia, cierta confusión a la hora de atribuirles tal o cual obra (2).
Interesante, así mismo, puede resultar el detalle de que, en relación al Temple, son numerosas las referencias que la tradición oral -la memoria popular, posiblemente sea la que resultara más cercana a la Orden- mantiene aún viva, aunque de forma imprecisa y desvirtuada, en toda la zona comprendida en el Señorío de Molina. Señorío que, curiosamente, se denominaba Molina de los Caballeros.
Por la documentación existente, se sabe la relación de este monasterio con una de las figuras más relevantes y representativas de la época: el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada, cuyos restos mortales, reposan en el también monasterio cisterciense de Santa María de Huerta.
Figura relevante en su época, como he dicho, Ximénez de Rada tuvo un protagonismo determinativo en la batalla de las Navas de Tolosa, acaecida en julio de 1212, y asociada a su figura, se conserva, en el monasterio citado, una hermosa talla románica que, al decir del marqués de Cerralbo, pudo ser la que éste llevó consigo en la referida y decisiva batalla, que supuso un duro golpe para el poder almohade en la Península.
Es posible, así mismo, que ésta talla pueda tener alguna relación con desaparecida imagen original de la Virgen de Montesinos, en Cobeta, pues ésta fue trasladada al Monasterio de Santa María de Huerta en el siglo XVII, según consta en un documento de donación que se custodia en los archivos del referido monasterio. Detalle que, para ser honestos, no es compartido por el padre don Agustín Romero, con quien tuve ocasión de comentarlo y al que, entre otras cosas, le estoy agradecido por su amabilidad y por el detalle que tuvo al mostrarme la preciosa imagen románica a la que me refería anteriormente, que ha pasado a la posteridad con el nombre de Virgen de las Navas.
La comunidad religiosa de Buenafuente del Sistal, también venera a una virgen muy milagrera, a la que familiarmente denominan -he aquí un dato curioso, cuando menos, además de relevante- como la Morenita. La talla original, la tienen guardada las monjas, y resulta inaccesible; pero se puede admirar una copia, que tienen en el interior de la iglesia, así como un extraordinario Cristo románico, también de los siglos XII-XIII.
Y un dato interesante, que probablemente pueda tener relación con los canteros que dejaron como señal de su paso por el lugar, las patas de oca grabadas en los sillares, es el aportado por Antonio Herrera Casado (3), quien observa detalles languedocianos en la primitiva puerta de acceso.
Buenafuente del Sistal, un misterio aún por descubrir.
(1) Son numerosos los restos celtíberos que se localizan en la región; entre ellos, cabe reseñar, por ejemplo, el castro conocido como El Ceremeño, situado en el término de Herrería. Aproximadamente un kilómetro más adelante, dentro del término municipal de Canales de Molina, se localiza otro enigma prehistórico, la Piedra Escrita o Piedra del Moro, cuyos símbolos y petroglifos, no han podido ser descifrados hasta el día de la fecha.
(2) Información transmitida amablemente por Rafael Alarcón Herrera, en correo electrónico, de fecha 9 de febrero de 2011.
(3) Antonio Herrera Casado: El románico de Guadalajara, Aache Ediciones, 2ª edición, 2003, página 184.