jueves, 29 de septiembre de 2011

Los hórreos y su ancestral simbolismo



'Un estrecho valle de blando suelo, verde y húmedo; colinas redondas, apretadas unas contra otras, que lo cierran a los cuatro vientos; aquí y allá, caseríos con los muros de color sangre de toro y la galería pintada de añil; al lado el hórreo, menudo templo, tosco, arcaico, de una religión muy vieja, donde todo lo fuera el Dios que asegura las cosechas...'.

[José Ortega y Gasset]



Impresionante, cuando no inspirada, la descripción que del hórreo hace Ortega y Gasset. Y no obstante un rey, no llamado el Sabio por casualidad, ya reparó en ellos, haciéndoles asentida justicia cuando el copista de la época los tomó como modelo para ilustrar uno de los milagros de Nuestra Señora. Precisamente aquél en el que llenó de grano los vacíos graneros de un monasterio de Jerusalén. Se corresponde con la Cantiga número 187, y cualquiera puede comprobarlo, por ejemplo, observando dicha reproducción en una edición de 1974, realizada por Editorial Patrimonio Nacional (1). Ignoro si será una edición asequible; yo la conseguí por casualidad en la feria del libro de ocasión, celebrada en Madrid en octubre del año pasado.

Cierto es, así mismo, que la intención del copista y hemos de suponer que la aceptación del rey Sabio, más que de honrar a estos menudos templos, toscos y arcaicos de Gasset -que se remontan, cuando menos, a época celta, cuando no anterior (2)- demuestra, en mi opinión, dos detalles fundamentales: su popularidad y su función específica.

Ahora bien, hórreos y paneras conforman construcciones poco menos que únicas, cuyo ámbito de influencia, mayoritariamente, parece característico de dos regiones de la Cornisa Cantábrica: Asturias y Galicia. Dicen los que saben, que hay varios modos de diferenciar a los unos de las otras. Cuadrado y rectángulo, dos símbolos esenciales en la geometría sagrada, serían, en principio, las bases determinantes que, junto al número de pegoyos o bases sustentadoras -de cuatro a seis, la magia de los números también existe- determinarían, sin posibilidad de error, su clasificación: cuadrado y cuatro pegoyos el hórreo y rectángulo y seis pegoyos la panera.

Bien es verdad que, a pesar de darles el aspecto de crustáceos, los pegoyos responden a una hábil cuestión de práctico aislamiento -no olvidemos las humedades de estas tierras- y también, impiden el acceso a los roedores, asegurando la conservación de la cosecha.

Siguiendo una tradición popular, cuyos orígenes resultan imposibles de definir, ya que, de alguna manera, afectan prácticamente a todas las culturas y civilizaciones, el hórreo, como parte integrante de esa unidad familiar o casería, conforma un fenómeno antropológico, cuya línea de representatividad habría que situar en los meandros ancestrales de cultos y filosofías anteriores a la llegada del Cristianismo. De ésta manera, podemos suponer -siempre desde el punto de vista hipotético, desde luego- que los símbolos que se aprecian en muchos de ellos -símbolos de carácter solar y poliskeles celtas, en su mayoría- cumplen una función similar, bajo mi punto de vista, a esas custodias y cruces que encontramos en numerosos dinteles de casas de pequeños núcleos rurales que, hemos de suponer, definían las creencias religiosas de sus moradores y a la vez, servían de conjuraderos para elementos siempre presentes en esa otra variante de la fe -si la tomamos como creencia- que es la superstición.

De tal manera, que no puedo evitar preguntarme, si uno de los factores que podría dar sentido a su presencia estuviera encaminado, precisamente, a conjurar a ese pequeño ejército de seres mitológicos -cuélebres, nuberos, diañus, xanas, etc- que forman parte del rico folklore astur, pero que también han convivido con el campesino durante siglos, formando parte activa de su microvérsico entorno.

Por otra parte, también es cierto que, si hemos de considerar los comentarios que campean junto a algunos hórreos, descubriremos, entre otros, un dato interesante: a través de los símbolos y sus características, se puede hablar de estilos; y a la vez, estos estilos asociarlos con un determinado concejo, independientemente de que el modelo en cuestión, pueda ser también localizado en cualquier otro concejo, aunque de manera más esporádica. Observándolos, se obtienen, así mismo, interesantes apreciaciones en cuanto a su manufactura, pudiendo hacerse una sencilla clasificación:

a) aquéllos que están profundamente grabados en la madera (de forma similar a como los canteros grababan sus símbolos en los sillares de los templos).

b) dibujados en la madera.

c) grabados y pintados.

Curiosamente, en algunos de ellos, se observan inscripciones por encima de los símbolos; como, por ejemplo, en un hórreo que se localiza en el pueblecito de Bandujo, perteneciente al concejo de Proaza. También en Bandujo, se encuentra otro hórreo en el que se aprecia, pintado en la madera, un intercalado cuyos arcos traen a la memoria uno de los modelos de arco característico del monasterio soriano de San Juan de Duero; pero repito, entiéndase esto sólo de manera comparativa.

Llegados a este punto, y sin salir de este curioso y pinturesco pueblecito de Bandujo, tal vez resulte interesante precisar que debajo de algunos hórreos se han encontrado auténticos osarios. Los especialistas creen que se trata de peregrinos que fallecieron en el lugar, pero esto me recuerda la antigua costumbre celtíbera -el ejemplo de Numancia, puede que resulte significativo- de enterrar a los deudos debajo del suelo del hogar.

Por otra parte, llama la atención que en lugares cercanos al Monsacro, donde todavía, siquiera en forma oral y revestidas de un aura de incertidumbre y leyenda, existen tradiciones relacionadas con los templarios, se localicen símbolos que a priori semejan flores de cuatro pétalos pero que, bien observados, disimulan cruces muy similares a la paté. Sería el caso, por ejemplo, de Busloñe.

Por último, al menos de momento, precisar que los hórreos han servido también como viviendas, como partes de herencias familiares y que en algunos lugares -por ejemplo, en el recientemente mencionado Busloñe- están comenzando a perder parte de su tradicional atractivo, siendo sustituída la madera por el espanto del cemento.

El hórreo y sus misterios: un universo en peligro de extinción.





(1) 'Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, Rey de Castilla', Editorial Patrimonio Nacional, Madrid.



(2) Con ellos y su antigüedad, cabría similar adagio a aquél adoptado por la vox populi del Principado con respecto a una de las familias más notables y antiguas: los Quirós. Aunque existen variantes, una de las más sonadas, sería ésta: 'Antes que Dios fuera Dios / y el sol diera en estos riscos / los Quirós eran Quirós / y los Garridos, Garrido'.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Los graffiti de peregrino de la iglesia de Sotillo

[Fotografía nº1]


Resulta una cuestión prácticamente inviable, aquélla de determinar la época en la que fueron realizadas; y por supuesto, un simple vistazo, puede llevar a la conclusión de que su intención se aleja, en principio, del criterio mantenido por algunos autores, a la hora de clasificarlas e intentar explicarlas desde el básico desentendimiento de una simple cuestión religiosa o, en su defecto, de fe. Son los denominados graffiti de peregrino (fotografía 1).

Si tuviera que hacer una valoración del fenómeno, diría, aún a pesar de caer en el peligroso terreno del absurdo, cuando no en el más espantoso de los ridículos, que dichos graffitis conforman un universo paralelo al de los canteros y sus marcas, en el que sirve, como denominador común, evidentemente, el factor anónimo.

Uno de los ejemplos más notables, que puede servir de testimonio gráfico a esta idea, me lo encontré el pasado mes de agosto en la iglesia de la Natividad de la Virgen, situada en el pueblecito segoviano de Sotillo.

[Fotografía nº2]


Para hacernos una idea de su localización, añadiré que Sotillo se encuentra a una distancia aproximada de cuatro o cinco kilómetros de Duratón -recordemos su fenomenal iglesia románica, dedicada a la Asunción de la Virgen, así como los numerosos sarcófagos medievales encontrados en las inmediaciones de ésta- y a tres kilómetros escasos de Duruelo, en cuya iglesia, también bajo la advocación de la Natividad de la Virgen, apenas sobreviven débiles fragmentos de su románico original.

La iglesia de la Natividad de la Virgen, de Sotillo, se encuentra situada a pie mismo de la carretera general que une estas poblaciones. En su entorno, un extenso campo de girasoles, ofrece una vistosa imagen realista, similar a las magníficas acuarelas de Van Gogh. A pesar de las remodelaciones a las que el templo ha sido sometido a lo largo de su longeva existencia, aún conserva buena parte de su aspecto original, donde cabe destacar la calidad de sus canecillos y la interesante temática simbólica de sus metopas, entre las que destaca, situado en el ábside, el magicum perpetuum o estrella de cinco puntas, símbolo de salud, entre otras muchas utilidades y consideraciones.

[Fotografía nº3]

Antes de entrar en el tema, y para hacernos una idea de la importancia que esta iglesia pudo tener en el pasado como foco de atracción de peregrinos, conviene detallar la presencia, en su interior, de personajes relevantemente simbólicos, que ocupan el lugar más destacado en el Retablo Mayor, situado detrás del altar, siguiendo los cánones estéticos de la época barroca: una Virgen con Niño, en la que éste sostiene en una de sus manos un pajarillo, posible referencia a un episodio de su infancia, que podría tomarse como antecedente a la posterior y extraordinaria resurrección de Lázaro, pudiendo estar relacionada, a su vez, con la presencia de la pentalfa en el ábside y el probable carácter de sanación inherente al templo; Santa Águeda, con los pechos en una bandeja, representativa de pureza y sacrificio, cuando no de otras consideraciones de índole mucho más esotérico; y por supuesto, uno de los más esotéricos santos de los caminos: San Roque.




Los graffiti abundan, sobre todo, en la parte principal, allá donde se localiza el pórtico de entrada y en algunas zonas del ábside. En su observación, parece evidente, en muchos casos, los trazos añadidos a posteriori en las marcas originales, consistentes éstas, en buena parte, en las familiares patas de oca; de tal manera, que quedan, podríamos decir que disimuladas, bajo el aspecto de cruces monxoi por el montículo que las acompaña. Algunas, de trazo menos profundo, configuran simples cruces latinas. Otras curiosidades que se podrían añadir, aunque en menores proporciones, son aquellas en lasque, también sobre la marca original, se han realizado añadidos posteriores que las caracterizan, comparativamente hablando, con el aspecto de símbolos astrológicos o alquímicos (fotografía nº2). E incluso, para rizar el rizo, se da el caso, curioso en extremo, de que en una de dichas transformaciones (fotografía nº3), viene a la memoria del observador -aparte de la aparente flecha que puede representar- las familiares formas de un símbolo milenario y singular: el indalo.


Desde luego, todo es interpretable. Y quizás sea precisamente ésta una de las características que haga del símbolo el más fantástico y a la vez el más universal de los lenguajes. Y en este sentido, el graffiti y su universo, sí merecen, en mi opinión, un estudio más profundo y detallado del que se le ha hecho hasta el momento.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Patas de Oca de Piérnigas



Durante el pasado mes de agosto, tuve la oportunidad de recorrer algunas interesantes zonas de la provincia de Burgos. Zonas, como la Bureba y los Montes de Oca, entre otras, de gran interés histórico, artístico y cultural, que aún, en mayor o en menor medida, conservan un rico testimonio patrimonial, incluídos, todo hay que decirlo, algunos lugares en los que la avidez y la rapiña humanas, han arramplado con templos prácticamente enteros, dejando sólo tristes muñones como testimonio de su existencia. Ejemplos significativos de lo que digo, podrían ser, casualidad de casualidades, dos magníficos templos de los siglos XII ó XIII, consagrados a la figura del arcángel San Miguel. Dichos templos, se localizan -aplico el presente, por respeto a lo que queda- en Tubilla del Agua y en Sasamón.

Poco importa, y además, no es el tema que quiero exponer en la presente entrada, si los elementos relevantes de estos templos han terminado allende el charco, como buenamente determina la expresión popular, haciendo referencia a todo aquél o todo aquéllo que, por los motivos que sean, atraviesa el Atlántico con destino a los Estados Unidos de América; o, por el contrario, en el museo particular de algún pequeño faraón millonario, ciudadano con raíces de garantía de cualquier próspera provincia de éste puzzle histórico e incomprensible que llamamos España. El daño está hecho, desde luego, y el que quiera investigar in situ, tendrá que hacerlo acudiendo a los libreros de viejo, en busca de algún ejemplar con fotografías siquiera sea del año de maricastaña o, en su defecto, utilizar la imaginación y que salga el sol por Antequera.

Durante el viaje, tuve ocasión de visitar numerosos templos, más o menos enteros, así como otros que habían perdido su solera románica, para convertirse en extraños híbridos, a los que había que intentar buscar el punto estético para no fenecer de disgusto. También es cierto, que en algunos, las piezas románicas sobrevivientes, bien que merecían la pena de una buena colección de kilómetros a las espaldas, de modo que sirva lo presente, además, para felicitar al Magister Alkaest por la planificación de la ruta. Ahora bien, me llamó mucho la atención, no observar apenas marcas de cantería, sobre todo en algunos templos de la Bureba, que aún conservaban buena parte de su espectacular románico y, en teoría, deberían de haber sido prolíficos en ellas.

Mi suerte, desde luego, cambió a apenas 30 ó 40 kilómetros de Briviesca, ciudad precisamente en fiestas, donde teníamos nuestra base y a donde cansados, pero satisfechos, retornábamos apenas el sol declinaba, pintando sobre los campos ese efecto dorado que los pintores califican como rompimiento de gloria.

El día en cuestión, había comenzado bien, pues después de desayunar y dar un melancólico paseo por la ribera del río Oca, recalamos en la interesante, pero descuidada parroquial de Revillalcón; en un lugar mágico y de reflexión, como el Santuario de Santa Casilda, y en la iglesia -¿de origen templario?- de Santa María la Mayor, en Aguilar de Bureba. Nuestro siguiente destino, era la ermita de San Martín, en el cercano pueblecito de Piérnigas.

La ermita de San Martín, es un curioso edificio que se levanta en las afueras del pueblo, a un kilómetro, aproximadamente, en mitad de la campiña. Un edificio que por su forma, y el lugar donde se haya situada la espadaña, semeja un navío con las velas desplegadas. Un edificio que no tiene ornamentación alguna; ni canecillos, ni capiteles en el ventanal del ábside, ni el pórtico de entrada. Y sin embargo, se puede decir que es Camino de Santiago y que, de cuando en cuando, algún peregrino recala en el lugar, y después de descansar y dedicar una oración a este santo de antecedentes guerreros, continúa con los avatares de su etapa, perdiéndose en dirección a la línea del horizonte.

Ahora bien, lo que falta en ornamentación, curiosamente, sobra en marcas de cantería: muchas y diferentes, entre las que destaca, probablemente para causar mayor morbo en las elucubraciones del investigador, la emblemática pata de oca. Pero, más curioso todavía, puede resultar el detalle de que, si en muchos de los templos donde se observa su presencia, ésta aparece grabada en los sillares indistintamente, sin orden ni concierto, en ésta humilde ermita, como queriendo distinguir la importancia o pertenencia asociativa del cantero en cuestión, aparece de una forma determinantemente lineal: cuarta o quinta linea de sillares por abajo, e igual delimitación por arriba.

¿Casualidad -me pregunto- o una intencionalidad por parte del cantero, que puede inducir a hipotéticas sospechas?. Un pequeño enigma, que puede llegar a confirmar la intuición de que a veces, lo aparentemente humilde y sencillo, puede esconder más sorpresas de las que realmente nos imaginamos.




jueves, 1 de septiembre de 2011

Barahona de Fresno o el ergo suum de los canteros medievales


Se podría decir que una de las cuestiones que caracterizaba a los canteros medievales, era el hermetismo casi sagrado de que hacían gala frente a todo aquello que tuviera que ver con su identidad, así como con el gremio o la hermandad compañeril a la que pertenecían. Resulta evidente, por tanto, que dicho hermetismo contribuyera, en gran medida, a fomentar todo un universo de leyendas en cuanto a su propia existencia, y desde luego, a las actividades que se desarrollaban en el interior de sus reuniones privadas o logias.
También es verdad, que la gran mayoría de los templos medievales -y dentro de esta categoría, incluyo a los pertenecientes tanto a la Baja como a la Alta Edad Media, románicos como góticos- adolecían, generalmente, de ese ergo suum latino o yo soy, cuyo nombre acompañaba el tradicional me fecit o me hizo, que se localiza en algunos templos; en realidad, en demasiados pocos, si tenemos en cuenta la enorme cantidad de templos, de todos los tamaños y estilos, y por supuesto localizados en todos los entornos, que se levantaron en el mencionado periodo. Esto constituía, así mismo, una cuestión, podríamos decir que filosófica, en la que primaba el elemento sagrado por encima de la personalidad del Magister Muri, cuya relevancia quedaba relegada a un segundo término.
Fuera de este contexto, no dejaba de ser corriente que en los sillares se dejasen cinceladas numerosas y extrañas marcas, cuya auténtica finalidad, si hemos de ser honestos, continúa siendo un enigma a día de hoy, independientemente del hecho de que haya y siga generando numerosas hipótesis.
Una de las características que parecen definir las marcas de los templos románicos, por ejemplo, radica más en la profundidad con que se cincelaron, que en su longitud, propiamente hablando. Cualidades que parecen haberse invertido posteriormente, a partir del siglo XIII, en ese Arte que rompió moldes y cuyos orígenes, como las marcas de los canteros que los levantaron, continúa siendo también otro completo enigma: el Gótico.
Posiblemente de este siglo, sean los restos originales que se conservan en la iglesia de San Cristóbal, situada en una loma al comienzo del pueblecito segoviano de Barahona de Fresno (1); y entre estos restos supervivientes de la fábrica original, el ábside, desde un punto de vista comparativo, no tiene desperdicio, recordando la temática erótica de algunos de sus canecillos a aquélla otra tan asombrosa y directa que se localiza en la colegiata cántabra de San Pedro de Cervatos, hasta el punto de que podríamos considerar, hipotéticamente hablando, la posibilidad de una conexión o de un intercambio de índole, cuando menos técnica, digno de tener en cuenta.
Pero de todos los detalles contenidos en el ábside, y en lo que a la presente entrada se refiere, el que más llama la atención es, precisamente, el de tener una gran cantidad de marcas de cantero a la vista, y sobre todo, la extraordinaria longitud de éstas; de tal manera, que de alguna forma pueden inducir a suponer un desgarro en la aparente discreción inherente a sus predecesores románicos, dando a entender, de paso, una variación en el ergo suum de los canteros con vistas a un reconocimiento personalizado de la obra realizada.
Pero claro, se trata tan sólo de conjeturas basadas en apreciaciones personales.
(1) El nombre, ya de por sí, no tiene desperdicio, pues recuerda al vecino pueblecito soriano famoso por sus brujas y rememora, de paso, uno de los árboles sagrados de los druidas.