domingo, 18 de noviembre de 2012

Nigra Sum: Nª Sª de los Canteros 2: la Soterraña


Aún no encontrándose en su lugar original (1), la preciosa talla medieval que se aprecia al principio del primer vídeo, recuerda, en esencia, el verdadero origen del gran enigma que son las Vírgenes Negras: la caverna. Caverna, posteriormente sustituída por criptas cuando se levantaron los templos cristianos sobre los antiguos santuarios de veneración a la Gran Diosa Madre. Una de las pruebas más evidentes, y a la vez un ejemplo de notoria relevancia, lo tendríamos en la catedral de Chartres, auténtico foco energético, que se levantó sobre una antigua caverna, precisamente donde los celtas veneraban la figura de la denominada Virgine Pariturae -la Virgen que dará a Luz-, y en cuya construcción, se destruyó el bosque anexo que, consecuencia de su gran devoción por la Naturaleza, también era sagrado para este pueblo y sus sacerdotes, los míticos y sabios druidas. A ésta imagen de Chartres, se la conoce como Notre Dame de Souterre, Nª Sª de Bajo Tierra, o lo que es lo mismo, Soterraña, teniendo, aún en la actualidad, una gran devoción, no sólo por parte del pueblo, sino también por la inmensa mayoría de turistas y peregrinos que visitan regularmente el lugar, muchos de ellos -oportuno es decirlo- atraídos por la magia de su impresionante Laberinto.
Fiel a esta denominación -y cuya influencia, posiblemente, procede de este antiquísimo culto del país vecino, como de hecho, sabemos que proceden muchos de los preeminentes iconos marianos existentes en provincias como Navarra (2)- uno de los casos más relevantes de Soterrañas en España, lo tenemos en la provincia de Segovia, concretamente en la localidad de Santa María la Real de Nieva, en el monasterio que precisamente lleva su nombre: Nª Sª de Soterraña. Localidad y Virgen que, curiosamente, se encuentran hermanadas (3) con una de las principales ciudades del Camino de Santiago, donde el Temple tuvo una activa presencia, y donde todavía recibe la adoración de los peregrinos, en su antiguo Iglesia de Santa María de los Huertos -actualmente, del Crucifijo-, el espectacular Cristo renano crucificado sobre una cruz con pata de oca: Puente la Reina (4).


Podría considerarse, también, que en el claustro de este espectacular monasterio segoviano, los canteros, de similar manera que en todo un referente de magistratura, como es la venerable iglesia oscensa de San Pedro el Viejo, desarrollaron, bajo sutiles subterfugios, ese culto subterráneo por la figura de la Gran Diosa Madre, ocultando sus manifestaciones telúricas, en la forma, abundante, para ser una simple casualidad, de las serpientes y los dragones que ilustran numerosos de sus excepcionales capiteles. Formas que, bajo un punto de vista netamente ortodoxo, y siguiendo la línea de pensamiento demonizador de la filosofía judeo-cristiana, estarían consideradas como simples alusiones a la lujuria y el pecado. Junto a ellas destacan, tanto por su singular simbolismo relacionado, como por la repetitividad con la que aparecen, esas misteriosas figuras que, denominadas vulgarmente como hombres verdes, han permanecido presentes, con obstinada determinación, en los diferentes estilos arquitéctonicos que fueron sucediéndose a lo largo de las épocas, conformando claves que, en el fondo, e independientemente de los significados esotéricos que se las adjudiquen, pudieran contener, sencillamente, una alusión a los antiguos cultos a la Naturaleza -sobre todo, de origen celta- y por defecto, una alusión más que probable a la figura de la Diosa Universal, y aún, también, a la figura del Padre Universal, cuando el Matriarcado ancestral y primigenio, fue sustituído. Obviando este detalle, y centrándonos en el de la Mater, puede ser interesante destacar una curiosa representación que se encuentra no sólo en los trazos románicos de los capiteles del claustro, sino también en la portada gótica del lado sur del templo, donde, entre otra escenografía (5) se advierten escenas de las torturas a que son sometidos los pecadores en el infierno y la resurrección de los muertos; en definitiva, el ciclo contínuo y natural de la renovación. Dichos capiteles muestran una cabeza femenina, con un tocado medieval, surgiendo de la floresta. ¿Nos hallamos, en el fondo, a una referencia a la Matrona por excelencia?. En mi opinión, creo que sí. Y ciertamente, todo es debatible. Pero como decía Rudyard Kipling, en su inolvidable novela Kim de la India: Hay un mundo ahí afuera. Vé y descúbrelo.


(1) Su advocación -lo que no deja de ser, sin embargo una ironía- es del Alba. Pertenecía a un pueblo zaragozano, despoblado en la actualidad, de difícil acceso y del que apenas quedan restos.
(2) Para mayor información, se recomienda la lectura del libro de Clara Fernández-Ladreda, 'Imagínería medieval mariana', Patrocinado y distribuído por el Departamento de Presidencia e Interior (Publicaciones) de Pamplona, año 1989.
(3) La Soterraña de Puente la Reina, se localiza en la iglesia de Santiago. Se trata de una talla moderna y blanca.
(4) Interesante, resulta añadir que existe otro Cristo renano de los siglos XIV-XV (Cristos dolorosos), de similares características, crucificado también sobre una pata de oca, aunque ésta no sea la original que en su día tuvo. Se localiza en otra de las ciudades punteras del Camino Jacobeo: Carrión de los Condes. Ciudad que, oportuno, así mismo, se encuentra situada a escasos kilómetros de una importante encomienda templaria, la de Villalcázar de Sirga, cuya iglesia está bajo la advocación de la Virgen Blanca, famosa por sus numerosos milagros y por ser el modelo mariano loado por el rey Alfonso X el Sabio, en sus celebérrimas Cantigas.
(5) Un ángel que sostiene un escudo compuesto por triángulos, muy similar, en esencia, a aquél otro que el escritor Jesús Ávila Granados utilizó como portada para su libro 'La mitología templaria', cuyo original se localiza en la iglesia de Santa María, en Valderrobres, Teruel, lugar en el que se constata la presencia de cátaros y templarios.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Nigra Sum: Nª Sª de los Canteros



'He aquí que vengo conmovida por tus ruegos, ¡oh Lucio!. Sepas que yo soy madre y natura de todas las cosas, señora de todos los elementos, principio y generación de los siglos, la mayor de los dioses y reina de todos los difuntos, primera y única sola de todos los dioses y diosas del cielo, que dispenso con mi poder y mando las alturas resplandecientes del cielo, y las aguas saludables de la mar, y los secretos lloros del infierno. A mí, sola y una diosa, honra y sacrifica todo el mundo en muchas maneras de hombres. De aquí los troyanos que fueron los primeros que nacieron en el mundo, me llaman Pesinustica, madre de los dioses. De aquí, asimismo, los atenienses, naturales y allí nacidos, me llaman Minerva cecrópea, y también los de Chipre, que moran cerca de la mar, me nombran Venus Pafia. Los arqueros y sagitarios de Creta, Diana. Los sicilianos de tres lenguas me llaman Proserpina. Los eleusinos, la diosa Ceres antigua. Otros me llaman Juno, otros Bellona, otros Hecates, otros Ranusia. Los etíopes ilustrados de los hirvientes rayos del sol, cuando nace, y los arrios y egipcios, poderosos y sabios, donde nació toda la doctrina, cuando me honran y sacrifican con mis propios ritos y ceremonias, me llaman mi verdadero nombre, que es la reina Isis...' (1).

Quizás todo se reduzca, en el fondo, a una cuestión tan simple, como es aquella de admitir, lejos de posturas de fanatismo e intransigencia, que éste fenomenal legado imaginario, especialmente relevante y prolífico en países como Francia y España, representa la esencia de unos cultos matriarcales y ancestrales, que el Cristianismo fue incapaz de abolir, pero que convenientemente enmascaró, accediendo a conceder a la figura matriarcal de María, una importancia que en absoluto tuvo en sus orígenes.
Presente, pues, desde las eras más oscuras de una humanidad que ya comenzaba a sentir atisbos de la presencia divina en su forma más fructífera y femenina, con la idea de una Gran Diosa Madre, a la que no sólo representó con la forma vital y ondulada del mar primigenio, sino de una manera aún más gráfica y significativa, como son las inconfundibles vulvas que llenaron los rincones más oscuros y secretos de los más impenetrables sancta-sanctórum de las cavernas, el concepto fue evolucionando hacia formas más concretas que, con mayor o menor grado de femineidad o de grafismo, fueron sugiriendo diferentes puntos de vista a la hora de su interpretación.
No tan abundantes como las imágenes que, por desgracia, se muestran, en muchas ocasiones, en un estado lamentable en nuestros templos, o bien convenientemente amputadas y ocultas debajo de vestidos pomposos que las desmerecen por completo, hubo canteros que rindieron culto a la Gran Mater, reflejándola de una manera, en cierto modo grotesca, en sus trabajados capiteles. De tal manera que, a pesar de su ocasional presencia, suelen verse representadas como figuras femeninas de cuyos pechos maman serpientes y cuya interpretación, desde un punto de vista ortodoxo y ajeno a las circunstancias mencionadas -que darían para escribir auténticos tratados-, se tiende a considerarlas desde una ocasional referencia a la lujuria. Esto se nos puede antojar ridículo, si añadimos que existen representaciones que no sólo muestran a las serpientes –animal netamente terrestre- mamando de los pechos de la figura femenina en cuestión, sino que además, se percibe la universalidad del concepto representado, con la inclusión, no sólo de las espirales o círculos concéntricos que suelen apreciarse a la altura de la barriga –el eterno ciclo vital de muerte y renacimiento- sino también con la inclusión de seres de carácter aéreo y celestial, como las aves.



(1) Lucio Apuleyo: 'El asno de oro', S.A. de Promoción y Ediciones (Club Internacional del Libro), 1993, Undécimo Libro, página 234.