jueves, 28 de febrero de 2013

Marcas y graffiti de peregrino en la iglesia visigoda de San Pedro de la Nave



No deja de ser una gran verdad, que cuando se contempla uno de los pocos templos de origen visigodo que permanecen todavía en pie en cualquier lugar de la Península, se siente algo muy especial. Sobre todo, si el templo en cuestión, a pesar de no encontrarse en su ubicación original, continúa, no obstante, integrado en uno de los múltiples caminos jacobeos que, siguiendo una ancestral tradición, dirige al peregrino siempre hacia el Oeste, hacia el Ocaso, hacia ese misterioso Finis Terrae en el que, alegóricamente hablando, se sumerge el sol cada atardecer para, una vez revitalizado, volver a renacer al día siguiente, según antiguas crencias. Tal es el caso de este templo de San Pedro de la Nave, poco menos que milagrosamente salvado de perecer bajo las aguas, y enclavado actualmente en el pueblo de El Campillo, aproximadamente a dos kilómetros más allá, como digo, de su enclave original, que lo situaba en la orilla opuesta del río Esla.
Como parte de las escalas de ese juego mítico de la Oca, alegóricamente hablando, el templo de San Pedro de la Nave es lugar de paso obligado para todos aquellos peregrinos que deciden encaminarse a Compostela, afrontando las diferentes vicisitudes y etapas del denominado Camino Portugués, Ruta o Vía de la Plata, de las señales de cuyo paso, el arcaico templo es inalterable y silencioso testigo.
Aparentemente -y utilizo a propósito esta palabra, valorando en serio la posibilidad de que los arquitectos godos jugaran al juego sacro de las apariencias cuando diseñaban sus lugares de oración, fueran éstas tildadas o no, de herejía arrianista- y observado desde el exterior, su planta y dimensiones no inducen, en absoluto, a imaginarse la monumental basílica, cuya visión se ofrece de puertas hacia dentro. Y es que, amparados en los silencios profundos y en los claroscuros, que hacen incluso mucho más íntimo, misterioso y personal el contacto con el recinto sagrado y por defecto, con la Divinidad, el cojunto formado por arcos, basas, cimacios, cruceros, cubículos, hastiales, presbiterio, capiteles o frisos conforma un mecano pétreo armónico, proporcionado y a la vez equilibrado, que se eleva hacia un infinito calculado geométricamente desde una planta con forma de cruz griega. Recursos y efectos, que independientemente del grado o nivel de conocimientos técnicos del observador, juegan con las percepciones de éste, liberando ignotos resortes anímicos, que posteriormente pueden conllevar una acción física. Si tomamos esto en consideración -se trata, tan sólo, de una sugerencia- puede que lleguemos a pensar en la posibilidad de que quizás estos efectos, que pueden llegar a inducir experiencias -si no en todos, al menos sí en determinados casos- que rozan con la más pura de las místicas, constituyan, de alguna manera, esa liberación de un sentimiento interior determinado, que transmitido a través de un impulso eléctrico desde el cerebro, anime la mano del peregrino que se vale de un objeto punzante -no importa cuál, ni de qué características- para herir la arenisca de los sillares, dejando, bajo la apariencia de una marca por completo ajena al templo, algo más que un simple testimonio de su paso por allí.
 

Veraz puede ser, por otra parte, la presunción de que la gran mayoría de estos graffiti -llamados, precisamente así, de peregrino- responde a una sencilla y egocéntrica demostración de fe: mediante la acción de grabar una simple cruz, el peregrino deja testimonio de sus convicciones religiosas, a la par de una señal de su paso por el lugar, y continúa su camino. Posiblemente, en el siguiente templo repita la misma acción, como una especie de vía crucis particular con el que va sumando etapas. La cuestión, contemplada desde esta perspectiva, no tendría mayor relevancia, desde luego, si no fuera porque, a través de lo que, a priori parecen unas simples marcas, puede advertirse, también, una cierta evolución, una denostada complicidad, que sugieren intenciones y significados más profundos, y hasta podría decirse, que partidistas.
Precisamente partiendo de la cruz -y este templo de San Pedro de la Nave, no es ninguna excepción- se van añadiendo elementos, que demuestran esa intencionalidad y que, en algunos casos, desvirtúan así mismo las marcas originales que los canteros labraron en los sillares. De tal forma, que con esta alteración, lejos de enriquecerse el posible mensaje original, se desvirtúa y altera un rastro que podría haber sido complementado con la observación de marcas en templos similares.
Se dá el caso, incluso, en que se desvirtúan también los propios graffitis y a la simple cruz, pongamos por ejemplo, que un peregrino grabó, otro peregrino, con sus añadidos posteriores, altera la idea original, mostrando un falso mensaje. Suele darse, con bastante frecuencia, en dos tipos de graffiti, que suelen ser bastante fáciles de localizar en la gran mayoría de templos, no siendo una condición imprescindibles que estos se localicen, precisamente, en rutas peregrinas.
El primer caso podría ser aquél que a una cruz simple, pongamos griega, por tener los cuatro brazos iguales, se le añaden muescas en cada uno de los extremos, simulando cada brazo la conocida marca de la pata de oca. Cierto es que ésta marca, original y atribuíble al anónimo cantero, no siempre es un graffiti, y por citar un caso cercano, se puede añadir que es perfectamente localizable en las basas sobre las que un día se sustentaban las columnas que soportaban el peso de la nave del monasterio de Santa María de Moreruela.
El segundo caso detectable, muy frecuente también, como digo, es el mismo caso que el anterior: partiendo de una cruz simple, a sus brazos se le añaden aspas, de tal forma que simula una cruz patada, de tal manera, que en la intencionalidad de esos trazos, se nutre, aún más, la ya de por sí complicada labor de averigüar si el lugar tuvo en el pasado alguna relación con los templarios que, independientemente de su presencia en numerosos lugares del Camino -generalizando éste en las diferentes rutas que lo conforman- se super relativiza el aura de su leyenda, bastante afectada ya de por sí.
Otra posible relación, dado que también es un graffiti muy frecuente, lo constituye aquél en el que a la cruz se le añade una base, generalmente en forma de triángulo, que la convierte en una cruz mucho más simbólica aún: la de tipo monxoi.
Menos frecuente, quizás, y que también se localiza grabada en algún sillar de esta iglesia de San Pedro de la Nave, es aquella en la que, habiéndosele añadido ciertos ángulos, conforma una estrella de cinco puntas alargada, simulando el concepto de hombre universal que, aunque popularizara Leonardo Da Vinci en el Renacimiento, resulta un concepto para nada desconocido en el medievo, siendo la mejor prueba de lo que digo, la representación que se localiza en la portada de la iglesia de Nª Sª de la Asunción, en la población navarra de Leache.
Hay aquí, en San Pedro de la Nave, una pequeña inscripción, en letras latinas, en las que se lee el nombre de ALVARUS. Original o no, conforma otro de los enigmas anónimos del lugar. Un lugar en el que, si ya de por sí, contiene numerosos enigmas históricos, estos añadidos, que en el fondo, constituyen también un auténtico enigma antropológico, no le van a la zaga.


domingo, 24 de febrero de 2013

Bajo el símbolo de la serpiente: canteros de Moreruela



‘Estos signos han desafiado hasta el momento cualquier intento encaminado a descifrar su significado; lo más que poseemos sobre ellos son hipótesis, vagas teorías, suposiciones y presentimientos. Porque dichas marcas son, en un sentido amplio, la firma que los gremios de constructores pusieron a todas las obras realizadas por ellos según el arte sagrado transmitido mediante la tradición. Decir más es ejercitar el placer de la especulación’. (1)

El placer de la especulación. Leer estas palabras a través de la sabia pluma de un querido amigo y maestro, como es Rafael Alarcón Herrera, no deja de ser, para un espíritu libre, toda una grata invitación a poner de manifiesto, con absoluta libertad y sin prejuicios, el derecho personal que tenemos a inmiscuirnos en ese universo de sensaciones que nos envuelve y atrapa cuando nos encontramos frente a algo que sabemos de antemano que nos supera, pero al que nos enfrentamos con esa valentía suicida que, aún a riesgo de hacer el ridículo, nos alienta a continuar en nuestros esfuerzos, inquietos como nos encontramos frente a unas explicaciones oficiales que se nos antojan decididamente cortas e insuficientes. Cuando uno se enfrenta al gran enigma epigráfico que subyace en un lugar como este monasterio de Santa María de Moreruela, sabe de antemano que el viejo tópico de que eran marcas que se ponían, única y exclusivamente con el fin de que el cantero pudiera cobrar su jornal en función del número de sillares colocados,  no es, sino, una excusa demasiado simple para no reconocer abiertamente la poca dedicación que se ha dedicado al tema y el grado de ignorancia que existe a todos los niveles. Cierto que hay estudios, más o menos competentes y clasificaciones dignas de tener en consideración. Pero unos y otros, tienden a alejarse de la verdadera naturaleza de la cuestión, desviando la atención hacia los gremios en general, su naturaleza y composición, alejándose de la espinosa, por no decir ingrata cuestión de apuntar directamente hacia la diana del símbolo. ¿Qué significa ese símbolo en particular y por qué era utilizado por un gremio en cuestión?. ¿Por qué cada gremio tenía su símbolo en particular y qué sabiduría hermética se escondía detrás de él?. ¿Podría ser, por ejemplo, la síntesis de la especialización de cada gremio, aquélla que determinaba que ese y no otro gremio, es el que estaba capacitado para levantar una parte determinada del edificio?. Quizás sea aquí donde comience el gran enigma.
Se considera este monasterio de Santa María de Moreruela, como el primero o uno de los primeros que levantó el Císter en tierra hispana, estimándose sus antecedentes, a finales del siglo XI y principios del siglo XII. Se levanta, en un valle fértil en esa parte del reino perdido de Asturias que, según Julio Llamazares (2) y literariamente hablando, es la provincia de Zamora, y dista de la capital, unos quince kilómetros, aproximadamente. Zamora, la ciudad dos veces arrasada por los árabes y una ciudad donde el románico se difundió con tanta vehemencia, que se necesitarían días para poder visitar con holgada perspectiva todas y cada una de las iglesias románicas que, con mayor o menor entereza, aún mantienen enhiestos sus cimientos, provocando, en no pocos casos, la admiración del visitante. De hecho, perdida en el resto de la Península y también, al parecer, en Francia, donde tuvo su origen, es la maravillosa forma de su cabecera, destacando sus cinco pequeños ábsides, cuya contemplación, constituye, ya de por sí, una auténtica delicia. Que la tristemente famosa Desamortización de Mendizábal supuso un golpe mortal para el destino de esta maravilla del Arte Sacro, nadie lo pone en duda. Como tampoco se pone en duda la desfachatez y la desidia con la que posteriormente se dejó perder un lugar, cuya conservación, a mi modo de ver, hubiera significado, cuando menos, la gratificación de ser considerada como una de las maravillas de Occidente. Y aún así, llegar a Moreruela, caminar por sus ruinas y dejarse llevar por los susurros de su rico y misterioso pasado, es una aventura difícil de olvidar. Llama la atención, tanto por su vistosidad como por el hecho de que su presencia no deje de ser toda una señal de que el invierno está llegando a su fin, la singularidad con la que las cigüeñas han levantado sus nidos en los lugares más inverosímiles, exceptuando su ancestral costumbre de anidar sobre espadañas y campanarios.  De una forma simbólica, cualquier extraño que pasee entre los muros derruidos del monasterio y no tarde en dejarse llevar por la magia simpática que conlleva la visión de las numerosas y estilizadas marcas que los canteros dejaron grabadas para una posteridad que ha perdido la facultad de sentir el lenguaje de los símbolos, puede llegar a la conclusión de que estas aves benéficas permanecen vigilantes y al acecho, quizás nerviosas –sobre todo cuando entrechocan sus picos, provocando ese sonido familiar de cruce de palos, por denominarlo de alguna manera, que todavía pervive en las danzas tradicionales de algunos pueblos españoles- de que las serpientes que moran en el recuerdo, puedan liberarse de su prisión de la piedra y levantar la cabeza, proclamando una antigua herejía. Es una metáfora literaria, desde luego, pero junto con las formas serpentinas más o menos estilizadas que uno se va encontrando, no faltan tampoco marcas con cabezas de ave grabadas en la piedra –otro lugar donde aparecen dichas cabezas de ave, es en el también monasterio cisterciense de Veruela, en Vera de Moncayo, en una de cuyas celdas, el gran poeta Gustavo Adolfo Bécquer escribió sus famosas Cartas-, que le hacen recordar el antagonismo presente entre dos criaturas de naturaleza bien diferenciada: aérea y terrestre. Unas, detentadoras de secretos celestiales y otras, por el contrario, custodias de secretos terrenales.



No deja de ser curioso, por otra parte, que la forma más estilizada de serpiente, aquélla parecida al caduceo de Hermes, se localice en lugares bien definidos y de importancia capital dentro del conjunto arquitectónico: las enormes basas que sustentaban las colosales columnas sobre las que se apoyaba el entramado de la techumbre de la nave del edificio.  También en las basas, se localiza otra forma que hace referencia a otro tipo de ave bien conocido en la mayoría de construcciones románicas que jalonan el Camino de Santiago (3): la pata de oca. En ocasiones, también se observa dicho símbolo formando parte de una cruz, señalando su influencia, o la influencia del gremio, hacia los cuatro puntos cardinales, como si de una forma velada, el cantero nos estuviera diciendo que su trabajo itinerante, se desarrolla o se ha desarrollado a lo largo y ancho del país. A partir de este punto, y de lo significativo o no que nos parezca este detalle, es en los muros laterales que todavía se mantienen en pie, donde las marcas se suceden en número portentoso. Pero a pesar de su rareza, en algunos casos, no poseen, generalmente, la calidad gráfica desplegada en la serpiente-caduceo anteriormente mencionada. Sí semejan, en numerosos casos, forma de báculo o de serpiente enroscada, que varían de forma notable, en el sentido de que algunas están provistas de lengua bífida; a otras se les ha añadido un pequeño travesaño cerca de la punta, para semejar la forma de una cruz, y aún están aquéllas en las que varía el número de espirales. Cabe suponer, como hipótesis, que dentro del gremio, digamos serpentil, para entendernos, que trabajó en esta parte del monasterio, pudo quedar de esta manera establecido, el trabajo que desarrolló el Magister Muri o jefe del gremio y el que desarrollaron los albañiles y aprendices que conformaban su cuadrilla.
Junto con estas marcas serpentiformes, cuya presencia también se detecta en la cabecera de la iglesia, se constatan otro tipo diferente de marcas. Unas, que semejan antenas brotando de una cruz tau invertida y otras, mucho más curiosas, que recuerdan, a pesar de su forma crucífera, los antiguos epigramas mesopotámicos. Es en este punto, en lo más alto del transepto, donde uno se pregunta, qué relación tuvieron con el monasterio las órdenes militares, puesto que allí, pintadas, se reconocen, al menos, la cruz que distinguía a dos de ellas: la de Montesa y la del Temple.
Intrigante resulta, por otra parte, recorrer los espacios exteriores del monasterio, y encontrase con tres cruces patadas sólidamente grabadas en los sillares y una de ellas, la central, de unas proporciones considerables.  Se localizan éstas, lo cuál aumenta aún más si cabe, la intriga, muy cerca de un sepulcro excavado en la pared, en cuya parte frontal, profundamente grabada en uno de los sillares, sorprende la visión de una extraña marca, con forma de broche o de doble hacha. ¿Nos encontramos, quizás, frente al sepulcro de un caballero templario?. ¿Tal vez un caballero de cierta relevancia dentro de la Orden?. ¿Incluso, el sepulcro de uno de los maestros canteros que trabajó para ellos?. Pudiera ser. La cuestión, ya que el tipo de cruz paté no parece ajena a las estelas funerarias encontradas en el monasterio, sería poder observar la lauda que cubría el sepulcro para intentar averiguar algo más. Pero me temo, que esto resulta ya imposible y que esa lauda hace tiempo que desapareció.
Las marcas se suceden en los sillares de todos y cada uno de los pequeños absidiolos de la cabera. Y también, los motivos solares en los capiteles. Pero un detalle curioso, es aquél que se localiza en el primero de los absidiolos, el de la izquierda. Allí donde, posiblemente el Magister Muri o uno de los Magister Muri dejó diseñado un plano del edificio.
Esto son sólo parte de las impresiones que puede experimentar cualquiera que un buen día decida darse una vuelta por tan extraordinario lugar. Y sin embargo, mentiría si dijera que, después de todo, visitar Moreruela me hizo más sabio. Estoy seguro de que no, pero creo que sí me hizo menos indiferente a los retos que plantea y abierto a la gran cantidad de posibilidades que sugiere.
Por último, y de momento, sólo me resta agradecer al guarda su maravillosa disposición y su inesperada amabilidad cuando, al preguntarle por las marcas de cantería –que para eso, hace algunos meses, Ana Manzano Peral, amiga y autora del excelente blog Iconos Medievales, tuvo a bien enviarme una buena selección de ellas- me sacó un par de hojas de papel en las que alguien había tenido la brillante idea –me recordó la iniciativa de Cristina, nieta de la persona que tiene la llave de la fantástica iglesia de Santa Marina, en Vallespinoso de Aguilar, Palencia- de recopilar con paciencia y buen hacer. Todavía me sorprendo ante la inmensa cantidad de marcas constatadas. Si hay algún lugar que se pueda considerar como una panacea en cuanto a marcas de cantería se refiere, este es, qué duda cabe, el monasterio de Santa María de Moreruela.


 
(1)    Rafael Alarcón Herrera: ‘El enigma de los signos lapidarios’, Revista Año Cero, Año III, Nº11, Noviembre de 1992, páginas 64 a 69.
(2)    Julio Llamazares: ‘Las rosas de piedra’, Santillana Ediciones Generales, S.L., 2008.
(3) No olvidemos, que este monasterio de Santa María de Moreruela se localiza también dentro de la ruta jacobea conocida como Camino o Vía de la Plata

domingo, 10 de febrero de 2013

La Edad Media: un mundo de color


'Los cronistas nos pintan esta desdichada época con los colores más sombríos. Por espacio de muchos siglos, no hay más que invasiones, guerras, hambres y epidemias. Y, sin embargo, los monumentos -fieles y sinceros testimonios de aquellos tiempos nebulosos- no evidencian la menor huella de semejantes azotes. Muy al contrario, parecen haber sido construídos entre el entusiasmo de una poderosa inspiración de ideal y de fe por un pueblo dichoso de vivir, en el seno de una sociedad floreciente y fuertemente organizada...' (1)
 
Después de estar toda la noche lloviendo, de madrugada las nubes ofrecieron una tregua. Pero fue tan breve, como breve, según dicen, es el tiempo real que dura un espejismo. El nuevo día, pues, comenzaba de igual manera a como había terminado el anterior: lloviendo. Las botas aún continuaban húmedas, pero ese era un detalle que, aunque incómodo y desagradable, resultaba al fin y al cabo intranscendente, porque una vez desayunados y aún con los ojos entumecidos por las quimeras con las que los sueños nos habían cerrado los párpados durante la vigilia, regresábamos al Camino. Un Camino, que no cejaba en su empeño de lanzarnos el guante; de seducirnos, cual Mefistófeles, haciendo vibrar nuestras almas con sugerencias de belleza, historia y misterio. Una niebla gris y espesa flotaba, como un hongo nuclear, sobre las cimas del desfiladero de Pancorbo, que quedaba a nuestra espalda, y que no tardó en desaparecer de nuestra vista, cuando enfilamos carretera adelante, dirigiéndonos hacia la provincia de Álava. Viajábamos cargados de expectativas y con las baterías de las cámaras dispuestas para otra agotadora jornada, en la que pensábamos desmenuzar, detalle a detalle, numerosos elementos patrimoniales que figuraban en nuestra hoja de ruta, incluyendo, por supuesto, aquéllos otros que ese incognoscible factor equis quisiera también mostrarnos y que, a priori, mantenía nuestros sentidos alerta, haciéndonos tener siempre presente aquello de que nunca se sabe lo que te puedes encontrar detrás de la siguiente curva. Permanecimos algunas horas deambulando por la provincia de Álava, para después, poco más allá del mediodía, recalar en una zona singular de la Vieja Castilla, como son las Merindades. En realidad, si no fuera por los carteles, difícil sería saber cuando se está a uno u otro lado de la frontera, pues la nota característica -verdes valles, frondosos bosques y singulares picachos- apenas difería de una zona a otra. Según nuestra hoja de ruta, en Bortedo, la iglesia de San Pedro merecía una visita. Reconozco, que en un principio, no me lo pareció. A simple vista, el pueblo tampoco era de los más vistosos de las Merindades. La iglesia se levanta en las inmediaciones de una carreterilla general y hace cuña con ésta y otra que se adentra en el casco urbano. Mal cubero sería, si dijera que aquél pequeño edificio, de aspecto indeterminado, en principio feucho, con porche en lugar de galería porticada, que aparentemente había perdido toda identidad con el paso del tiempo y las sucesivas transformaciones, me había impresionado. Posiblemente, tal sensación no hubiera sido la misma, si en lugar de un día gris, en el que la lluvia formaba regueros en el suelo, así como pequeños torrentes que bajaban raudos por la pendiente, el sol nos hubiera gratificado, acentuando los colores, hasta el punto de crear una singular sensación de contraste entre el verde del jardín en forma de cuña, el blanco de la fachada de la iglesia y el rojo sanguino de las tejas de las casas del pueblo. De haber sido así, repito, tal visión, posiblemente hubiera sido muy diferente y hubiera alejado de mi pensamiento la idea de permanecer seco dentro del coche, mientras mi compañero de viaje se empapaba de arriba abajo, intentando llevarse algo más que recuerdos a golpe de click y flash. Evidentemente, no lo hice. Y gracias a esa oportuna decisión y al pensamiento de que no había realizado el esfuerzo de llegar hasta allí para quedarme dentro de un coche como una liebre asustada en el fondo de su madriguera, descubrí una auténtica maravilla que, a pesar de los siglos transcurridos, mantenía, con un vigor cuando menos desconcertante y poco conocido, su cromatismo original: su portada románica. 


No son muchos los templos que han sobrevivido a nuestros días, manteniendo parte de ese maravilloso cromatismo original que los caracterizaba. Sin duda, Bortedo y su portada, son uno de los pocos que conozco, aunque he de reconocer que en algunos lugares, todavía los capiteles deparan agradables sorpresas en este sentido. Uno de tales lugares, una auténtica maravilla para dejarse llevar por la magia del color, sería la cripta de la iglesia de San Salvador, en el pueblo aragonés de Murillo de Gállego, donde los capiteles, no sólo demuestran la acción de un taller cantero de evidente calidad -resultan particularmente simbólicas, las dos aves que beben de una copa o Grial- sino que también, sugieren la existencia en tiempos, de una escuela de pintores que complementaba la labor de aquéllos otros, insuflando con el color, vida en el alma de las piedras. Este, como digo y el pórtico de Bortedo, son los dos ejemplos más impresionantes con los que me he tropezado en mis viajes. No quita, sin embargo, el haber presenciado, también, retazos de esa riqueza cromática en muchos otros lugares. Detalles que vienen a confirmar, en parte, las palabras de Fulcanelli que sirven como introducción a la presente entrada y que, de hecho, también nos muestran hasta qué punto nuestros templos, gozaban de una salud y una alegría -entiéndase, comparativamente hablando- que están muy lejos de ser entendidas y tenidas en cuenta hoy en día. Tanto las iglesias como las catedrales, estaban originalmente revestidas de capas de vistosos colores, que atraían la atención de las gentes a kilómetros de distancia. No sólo muchas de ellas constituían verdaderas capillas sixtinas de puertas para adentro, sino que el color y su magia, se extendían, en muchos casos, a la totalidad del templo. De lo primero, aún quedan numerosos ejemplos, a pesar de haber sufrido la incompetencia de siglos posteriores (2) y también el recubrecimiento, muchas de ellas, con varias capas de yeso, consecuencia de la peste que asoló Europa, cuando se descubrió que entre los pigmentos de pintura, se localizaba también sangre de origen animal, que atraía a pulgas y chinches, transmisoras de la mortal enfermedad. Dignos de tener en cuenta, también, eran las excelentes pinturas que decoraban los artesonados de los coros de muchas iglesias. Uno de los ejemplos más notables, que ha sobrevivido a nuestros días, lo constituye, independientemente de que sus modelos sean góticos o posteriores, las pinturas que decoran el ábside de la iglesia de Santa Elena, en la población burgalesa de Revilla Cabriada, muy cercana al monasterio de Santo Domingo de Silos. En algunos lugares, como en la iglesia de San Martín, en la población de Peroniel del Campo, aún se conservan pequeños fragmentos de madera que formaban parte de la decoración del susodicho coro. Pequeños retazos de Arte, que generalmente pasan desapercibidos, pero que nos muestran una habilidad y una corriente de creatividad que generalmente navega a la sombra de las grandes construcciones, precisamente porque no han sobrevivido, como éstas, en las proporciones adecuadas.
Lo que se muestra aquí, fruto de numerosos viajes y búsquedas, es tan sólo unos breves destellos de ese otro gremio de excelentes pintores y decoradores que trabajaban conjuntamente con los gremios canteriles y desarrollan una maestría singular, haciendo verdadera teurgia con la Magia de los Colores, imitando y tomando como modelo primordial, al más singular y perfecto de los artistas conocidos: la Madre Naturaleza.


(1) Fulcanelli: 'Las moradas filosofales', Plaza & Janés, S.A., editores, colección El Arca de Papel, 1972, página 61.
(2) Existen numerosos casos de haber pintado encima de pinturas originalmente románicas. Como ejemplo de ello, podría citar el caso de San Salvador de Valdedios, a cuyas pinturas originales,prerrománicas se las añadió angelotes y estupides barrocas, o también el de San Vicente de Serrapio, que parece confirmado que se sobrepintó sobre los originales y tal sensación, me produjeron los frescos del ábside de la iglesia de San Pedro de Arrojo, todos estos casos, en el Principado de Asturias.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Palmeras y geometrías mágicas en San Pedro Manrique



'Palmera la más alta de aquel cielo
y conventillo de gorriones;
parra firmamental de uva negra,
los días del verano dormían a tu sombra...'.
[Jorge Luis Borges]

Hace tiempo, en un periódico de ámbito nacional, leí que los expertos consideraban a la palmera como el árbol más antiguo del mundo. Por alguna razón especial, muchos pueblos pretéritos veían en ella un símbolo espiritual de primera magnitud, y sus ramas, dentro de la significancia judeo-cristiana, adquirieron el emblema de santidad y representatividad del martirio, acompañando a la gran mayoría de imágenes de santos, santas y vírgenes que sustituían a los atributos que portaban deidades anteriores, como por ejemplo, las espigas de trigo, símbolo de fertilidad que solía acompañar a la diosa Ceres. Hasta tal punto se consideraba sagrada a la palmera, que en Salmos (92.12), se lee: florece el justo como la palmera, crece como un cedro del Líbano. De madera de cedro fueron, al parecer, las famosas columnas del Templo de Salomón, que respondían al nombre de Jakim y Boaz, siendo precisamente este rey, Salomón quien, en sus hermosos Cantares, ofrecía una visión simbólica de la palmera, asociada a la fertilidad, sobre todo en aquéllos versos que decían: ¡Qué hermosa eres, qué encantadora, mi amor y mi delicia!. Tu talle se parece a la palmera, tus pechos a sus racimos. Yo dije: subiré a la palmera y recogeré sus frutos...Incluso en el Corán, se afirma que Jesús nació bajo una palmera, aunque hay expertos que opinan que posiblemente sus fuentes se basaran en el denominado Pseudo Evangelio de Mateo, donde se describe una curiosa historia, acaecida durante la huida a Egipto de la Sagrada Familia, en la que ésta acampó bajo una palmera. Dado que los frutos estaban a una altura inalcanzable, el Niño pronunció unas palabras y el árbol bajó la corona para que pudiesen alcanzar sus frutos, mientras salía agua desde sus raíces para que pudieran también refrescarse. Su simbolismo y su asociación con la Divinidad, puede darnos una idea, siquiera relativa, de su importancia.
Dentro de la Península Ibérica, y merecidamente tanto por su perfección como por su belleza, tenemos aquélla palmera fantástica que sirve de base y columna principal a una de las ermitas más meritorias y entrañables que conozco: la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. En ella, puede tener especial relevancia la última frase del poema de Salomón, descrito anteriormente, pues no cabe duda de que el huevo o receptáculo que conserva ésta en la corona -un símil, por qué no, del fruto- puede asociarse con la búsqueda, siquiera interior, de un tesoro muy especial: el del Conocimiento. Pero no es de ésta joya, Patrimonio indiscutible de la Humanidad, de la que quiero hablar, sino de otra u otras, con distintas características, interesante y misteriosa cuando menos la principal, que aparte de ser menos conocida, ha corrido también peor suerte: la o las que se localizan en el interior de la iglesia en ruinas de San Miguel, en la notoria localidad soriana de San Pedro Manrique.
Famosa, sobre todo, por las espectaculares hogueras de San Juan y el denominado Paso del Fuego, así como por otro rito añadido a la fiesta y no menos interesante, como es el de las Móndidas (1), San Pedro Manrique, pueblo puntero de las denominadas Tierras Altas sorianas -sus orígenes celtíberos quedan bien testimoniados, porque precisamente de esta zona procedían muchas de las tribus, entre ellas las de los pelendones, que proveían de guerreros a la heróica Numancia- guarda un rico, aunque vapuleado pasado. En realidad, no es mucho lo que he conseguido encontrar referente a estas curiosas ruinas de San Miguel (2), a excepción de que algunos expertos las sitúan poco menos que a finales del siglo XIII, cuando el gótico comenzaba su expansión y lo ojival, entre otros detalles, comenzaba a anunciar la llegada de un Arte -más conocido por las excepcionales catedrales- cuyos orígenes, aún hoy en día, se debaten en el más absoluto de los misterios. Ojival, de hecho, es la forma de los ventanales que se localizan en el lado sur, no muy lejos de una sencilla portada. Del conjunto, se debe exceptuar la torre, bastante más tardía y cuya entrada está cegada para evitar males irreparables. Las ruinas, en deplorable estado, forman parte del cementerio municipal y en su interior, se aprecian modificaciones realizadas en tiempos indeterminados, inclusive modernos, si por éstos conocemos, cuando menos aquéllas que muy bien pudieran responder a los siglos XVII y XVIII. Aún así, y salvando el detalle de tener que acceder a ellas a través del cementerio -en su interior, aún se aprecian fragmentos de lápidas e incluso alguna cruz herrumbrosa con el nombre del difunto- no deja de ser una aventura sorprendente apreciar la pasmosa singularidad, por lo menos, de la columna principal que, en forma de palmera, soporta una bóveda en la que muchas partes han cedido lastimosamente al peso del tiempo y el abandono y sus huecos responde, perfectamente, a esa palmera convertida en conventillo de gorriones imaginada por Borges en su poema.
No se aprecian, por otra parte, marcas de cantería que puedan sugerirnos alguna idea, aunque fuera comparativa, que apoyen una teoría acerca de la misteriosa cofradía que levantó el templo, aunque yo no descartaría, a priori, que hubiera sido un pequeño convento de fratres. Los motivos mandálicos de las claves apoyan, quizás, esta sugerencia e inducen, cuando menos, a meditar, como quizás fuera su intención original. Pero sí vuelvo a llamar otra vez la atención sobre ésta formidable palmera y recavar, cuando menos, en el detalle de que aquí, en Soria, hubo hermandades de canteros que, aparte de San Baudelio, hizo de la palmera el arbor vitae que conectaba, desde el interior de sus templos, el Cielo con la Tierra.

 
(1) Mito que se remonta a la Reconquista y tiene su símil en el denominado Tributo de las Cien Doncellas, tradicionalmente recogido en numerosos lugares de la Península, como pueden ser, entre otros, Asturias y Palencia. De hecho, algunos especialistas piensan que los toros que forman parte de la portada de la iglesia de Santa María del Camino o de las Victorias, en Carrión de los Condes, representan, precisamente este mito, de cuya autenticidad, como la famosa batalla de Clavijo, algunos también dudan.
(2) Quizás sea oportuno recordar que, dentro del término y a un kilómetro aproximadamente del pueblo, sobre un cerro, otro edificio en ruinas atrae poderosamente la atención. Se trata de las ruinas de San Pedro el Viejo, a las que la tradición califica como convento de templarios.