jueves, 28 de marzo de 2013

Simbología y Heterodoxia en el Arte



Generalmente, no les prestamos atención. Entramos en los templos, atraídos por la magnificencia de unos estilos artísticos –el románico y el gótico, sobre todo, que por algo abundan en nuestra geografía- que nos motivan a buscar la estética artística en edificios que fueron promovidos y construidos hace cientos de años, por una mayoritaria explosión de Fe. Pero lejos de mover sólo montañas –como aquéllas que desmocharon los canteros a golpe de maza y escoplo para dar vida a la piedra en bruto-, la Fe es un paradigma existencial que se nutre de unos juicios y de unos valores, no siempre predispuestos a aceptar lo literal promulgado por la Palabra de la Ecclessia de Roma como única, real y verdadera exclusa que encamina los navíos del espíritu hacia el puerto de la Divinidad. Esto era algo que sabían esos canteros medievales que tan misteriosos nos parecen hoy en día; los mismos que, en un alarde de humildad, anteponían la Obra al Nombre y abonaban la tierra con el estiércol de su propio anonimato.
La críptica mediación con la que éstos retaban al mundo a que interpretara un mensaje entre líneas, se convirtió en una corriente filosófica de la que se nutrieron los artistas posteriores, muchos de los cuales, cambiaron la técnica y el material, pero no el mensaje. Un mensaje que, como si se tratara, comparativamente hablando, de una quinta columna, continuó introduciéndose en el interior de los templos, amparado en la, a priori, inocente catequesis de las historias y personajes contenidos en el soporte barroco de unos retablos que, en la mayoría de los casos, actuaron como censores inadvertidos de la originalidad de unas pinturas que, a modo de Capillas Sixtinas, solían recubrir ábsides y paredes.
Destrozados, recubiertos de polvo y desfigurados en muchos casos, estos retablos –exceptuando, generalmente, los mayores, que suelen atraer la atención por magnificencia y situación- en su gran mayoría, también anónimos trabajos, contienen escenas y claves que pueden inducirnos, perfectamente, a pensar en otras historias de la Historia. Como decía el filósofo y escritor francés Paul Elouard: hay otros mundos, pero están en este.
Aunque no se trata, al menos en la presente entrada, de hacer una tesina sobre las claves consignadas en sus trabajos por éstos, metafóricamente hablando, artistas de Lucifer, sí puede resultar conveniente consignar algunas de esas curiosidades o rarezas –si preferimos considerarlas así-, que pueden resultar interesantes. Elegidos al azar, resulta curioso observar, por ejemplo, que le madero que porta el Nazareno camino del Calvario, conforma una Tau. Esto es patente, en retablos como el de la Vera Cruz de Segovia o el de la iglesia de San Pedro, en Valdeande, provincia de Burgos. Modelo de cruz, donde ya se le ve crucificado en el retablo mayor de la iglesia soriana de Barcebal, donde, además, el anónimo artista dejó un pequeño misterio para la imaginación de los observadores: junto a la cruz, a uno y otro lado, se aprecian perfectamente las conocidas figuras de la Virgen María y el Evangelista. Ahora bien, quien tenga ocasión de ir por allí y se fije en el madero vertical, observará unos dedos que se aferran a él. ¿Qué misterioso personaje se oculta detrás del madero y parte del cuerpo del crucificado?. ¿María Magdalena?.



La Coronación de María, por parte de Padre e Hijo, es también otro motivo interesante. Sobre todo, porque la figura de María carecía prácticamente de relevancia durante los primeros tiempos del Cristianismo. Esta representación, se puede ver en la iglesia de Santa María, en Caracena, Soria y en la también soriana iglesia de San Juan Bautista de Garray. Ahora bien, con curiosas diferencias, pues mientras que en la primera es el Hijo quien porta en la mano la bola del mundo –bola que caracteriza, así mismo, numerosas representaciones marianas de índole románico y gótica (1)-, en la segunda el portador es el Padre, mostrando el Hijo la cruz del martirio entre sus brazos.
En la iglesia de San Cristóbal (2), en el pueblecito segoviano de La Cuesta, se nos muestra una imagen de San Juan Evangelista, quien sostiene una copa-grial en su mano, de la sale una serpiente. Motivo que también se localiza en muchos otros lugares, siendo uno de ellos, la iglesia de Santo Tomás, en Covarrubias, provincia de Burgos. También en esta misma iglesia de La Cuesta, se nos muestra a un ángel portando la copa-griálica, motivo que localizamos en la iglesia asturiana de San Vicente de Serrapio, concejo de Aller, en cuyos frescos se ve al ángel recogiendo en la copa la sangre que brota de la herida de la mano derecha de Cristo crucificado. Mito, el del Grial, cuyos antecedentes paganos tampoco son del agrado de la Iglesia.
Santa Catalina de Alejandría, generalmente representada con una rueda -llámese si se prefiere, Rueda de la Vida, Rueda de la Fortuna o Rueda del Destino (3)-, aparece representada con la rueda partida por la mitad, en un cuadro de la iglesia soriana de Nª Sª del Mirón. En Cacabelos, pueblo berciano, el Niño Jesús juega a cartas con San Antonio, detalle que atrae a numerosos curiosos y que sienta reticencias en el párroco a la hora de permitir las fotografías.
Cátaros y templarios, aborrecían la cruz. Numerosas representaciones muestran a Cristo sin ella, ingrávido, a pesar de que la cruz es un símbolo universal, conocido desde la más remota Antigüedad y, por poner un ejemplo, representado entre los motivos que decoran la cerámica celtíbera recuperada en las ruinas de Numancia -se puede ver en el Museo Numantino de la capital soriana- no sólo en su forma de esvástica -tanto destrógira como levógira- sino también en su forma griega de brazos iguales. Una de las representaciones más significativas de Cristo sin el elemento crucífero de su martirio, nos la legaron los canteros que levantaron la iglesia de planta hexagonal de Santa María de Eunate, en uno de sus capiteles. Un capitel similar, de características prerrománicas, lo encontramos en la iglesia-santuario de Nª Sª de Elizmendi, en el pueblo alavés de Contrasta.
En las cavernas del Paleolítico, el artista primitivo ya representó la mano, como un símbolo en el que algunos investigadores quieren ver una referencia a la mano creadora de la Divinidad. Mano, que también fue utilizada por los canteros románicos que levantaron, por ejemplo, los templos de San Lorenzo de Vallejo y Santa María de Siones, en el Valle de Mena, en las Merindades burgalesas.
Se ha descubierto, que algunos de esos retablos a los que hacía referencia y a los que apenas prestamos atención cuando nos dedicamos a contemplar la belleza de un templo de época, tienen un valor incalculable, perteneciendo, en algunos casos, a las manos de reconocidos artistas. Quizás este haya sido el motivo para desaparezcan algunos de los frescos más interesantes -tal es el caso del pequeño pueblo asturiano de La Carballosa, enclavado en el entorno del famoso Monsacro- de la misma manera que, en tiempos, los anticuarios se dedicaban a recorrer los pueblos llevándose verdaderos tesoros a precio insignificante. Este fue el caso, por ejemplo, de muchos antiguos calderos de cobre del pueblo soriano de Suellacabras.
Los casos son innumerables. Y es posible, que todo aquél que lea la presente entrada y no le parezcan una sarta de estupideces lo que en ella se comenta, se sienta picado por la curiosidad y la próxima ocasión en la que visite un antiguo templo, preste atención a todos estos elementos, por muy viejos y deteriorados que le parezcan.


(1) La redondez de la Tierra, concepto herético en esos tiempos.
(2) Santo muy popular, pero poco agradable para la Iglesia, pues representa conceptos paganos, como el de los gigantes, los titanes, los jentillaks de las míticas tradiciones vascas.
(3) Comparable, en la mitología griega, a la rueca con la que las Parcas tejían la vida, el destino y la muerte de todos los seres humanos.

miércoles, 13 de marzo de 2013

De Santa María de Moreruela a Santa María de la Horta


La iglesia de Santa María de la Horta, es otro de los numerosos templos destacables de la ciudad de Zamora. Como el resto, y a juzgar por los carteles explicativos, sus orígenes se remontan a un siglo, cuya característica principal, parece encajar perfectamente en un concepto moderno de lamentables consecuencias, que se ha convenido en denominar como burbuja inmobiliaria. Al menos, esa es la idea que acude a la mente, cuando se comienza a patear la ciudad, y sin importar el aspecto actual de sus elementos artísticos patrimoniales, se constata que prácticamente todos los templos, salvando alguna excepción, pertenecen al siglo XII. Quizás este detalle, no nos llame en exceso la atención, si tenemos en cuenta que la ciudad fue arrasada dos veces por los sarracenos, una de ellas, precisamente por Almanzor; pero tal vez nos resulte más atractivo para dar rienda suelta a la especulación, pensar en él, como en un siglo en el que comenzó a destacar la presencia de cruzados en la España de la Reconquista –no en vano, considerada como una prolongación de las Cruzadas en Tierra Santa-, además de la presencia de agrupaciones de carácter religioso-militar –las Órdenes Militares- que no sólo peleaban, generalmente, en la vanguardia de los ejércitos cristianos, sino que también contribuyeron, de una manera bastante meritoria, a la protección y auxilio de los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela –recordemos que por Zamora pasa la llamada Ruta o Vía de la Plata- y sobre todo, a las labores de repoblación de los territorios que iban siendo reconquistados.

De tales órdenes, no tanto por su histórica y carismática animadversión como por su veteranía y organización, destacaron, principalmente, dos: la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón –más popularmente conocidos como templarios- y la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, fundada algunos años antes por comerciantes de Amalfi, y como los anteriores, conocidos más popularmente como hospitalarios. Definición que describe, a la perfección, los cometidos que impulsaron a la creación de dicha orden: la asistencia y auxilio de los palmeros (1) que acudían a los Santos Lugares.
Dentro de la infraestructura interna que caracterizaba, en mayor o en menor medida, a ambas órdenes, destacaba el aprovechamiento propio de gremios especializados en diversas actividades y oficios. Y entre ellos, naturalmente, hay que destacar a los gremios de canteros, independientemente de que muchos de ellos tuvieran el carácter de itinerantes. Sobre ello, cabría señalar que no sólo la utilización de alarifes de carácter mudéjar o mozárabe conllevó una influencia de marcado tipo oriental en numerosas construcciones, sino que también podría hacerse, en parte, responsable a templarios y hospitalarios –vuelvo a repetir, principalmente- de la importación de modelos orientales, y entre ellos, aunque suponga levantar polvareda entre la diversidad de opiniones al respecto, la utilización de modelos estilísticos basados en la geometría de planta hexagonal, siendo el ejemplo más notable a imitar, la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Recordemos que en Zamora, el caso más destacable, toda una obra de Arte, lo encontramos en el maravilloso cimborrio de su catedral de San Salvador.
Si bien el hecho de que, una vez disuelta la Orden del Temple, los hospitalarios fueron los receptores más beneficiados de las antiguas posesiones de éstos, detalle que con mucha frecuencia induce a numerosos conflictos a la hora de atribuir determinados templos, no ocurre esto con la iglesia zamorana de Santa María de la Horta, puesto que se sabe a ciencia cierta que fue la sede principal de la orden de los Caballeros Hospitalarios en Zamora. De hecho, es uno de los templos mejor conservados, independientemente de la torre-chimenea -recuerdo de la primera central eléctrica que hubo en Zamora-, que le resta atractivo con su desagradble visión, y que junto a él, adosado a su parte oeste -justo aquélla que da a la calle de la Horta, donde se localiza uno de los tanatorios de la ciudad- se encuentran las dependencias del hotel Puerta del Duero, perteneciente a la cadena hotelera NH.
Pues bien, este templo, que en 1537 pasó a ser el convento de las Comendadoras Sanjuanistas, en cuya torre se custodió el archivo de la Orden hasta bien entrado el siglo XX -en la actualidad, se encuentra en el Archivo Histórico Nacional- aparte de una interesante iconografía, sobre todo en los capiteles del pórtico principal de entrada -donde vemos, repetido, un tema curioso, como es el de dos dragones flanqueando a ambos lados a una cabeza humana- posee la no menos curiosa particularidad de que en los sillares de su ábside, aún se localizan numerosas marcas de cantería. Marcas que recordará perfectamente, todo aquél que se haya paseado por las inconmensurables dependencias de Santa María de Moreruela. Y si es observador, comprobará que, mientras algunas se hallan desperdigadas sin orden aparente, hay otra, con forma de báculo, que se localiza, perfectamente definida y ordenada, en al menos dos de las series de sillares.
Si bien este detalle, no demostraría, a priori, sino la participación de alguno o algunos de los grupos de canteros que participaron también en la remodelación del monasterio de Santa María de Moreruela, cosa lógica, por otra parte, también vendría a confirmar, de alguna manera, lo que anteriormente se exponía sobre las especializaciones dentro de las órdenes y la utilización, a la vez, de compañías de canteros que, o bien formaban parte de la orden en cuestión, o bien trabajaban a sueldo para ella, acompañándola, de igual manera que se sabe hicieron algunas hermandades de canteros (2) que participaron activamente en la que, se podría definir, como la gran aventura del Temple y pasaron a la clandestinidad cuando la Orden fue juzgada y suprimida, llegando a ser opinión generalizada entre los investigadores, de que a través de ellos se fueron consolidando las diversas agrupaciones de índole masónica que tanto han dado que hablar hasta el día de hoy.
Como anécdota, añadir que en el interior de esta iglesia, se guardan las reliquias de San Cucufate (3).



(1) Como aclara el propio Dante Alighieri: ‘Es preciso conocer que existen tres maneras de nombrar las gentes que van al servicio del ALTISIMO: se les llama “paulmiers”, en tanto que van a ultramar por aquello que muchas veces solían llevar la palmera de Jericó. Se les llama “peregrinos”, cuando su destino es la Casa de Galicia, pues el sepulcro de Santiago quedaba más lejos de su patrio que de cualquier otro apóstol; se les llama romeros en tanto era Roma el lugar de su destino…’.
(2) Al menos, si hemos de creer en las declaraciones del investigador francés Louis Charpentier, se reconocían al menos tres de ellas: 'los Hijos del Padre Soubise', 'los Hijos de Maitre Jacques', y la que quizá fuera más activa de todas: 'los Hijos de Salomón'.
(3) San Cucufate o Cucufato, aquél mártir muy recordado en la tradición, al que se aplica el refranillo de: San Cucufato, San Cucufato, concédeme lo que te pido, o los cojones te ato'.