viernes, 26 de abril de 2013

Hombres Verdes, Hombres Salvajes




‘Los hombres del Neolítico no fueron, en absoluto, “hombres mono” primitivos, al igual que los de la alta Edad Media no fueron sólo seres piadosos e ingenuos…’ (1)
 
La grandiosidad de la Naturaleza, sus fuerzas elementales y su secreta Alquimia. Probablemente sea este el origen de esas misteriosas criaturas con las que los canteros medievales adornaron infinidad de templos y catedrales, cuya visión tanto nos llaman la atención, pues en numerosas ocasiones, solemos encontrárnoslas en los lugares más inverosímiles e insospechados: los denominados Hombres Verdes. Seres, generalmente de aspecto humano y en algunas ocasiones incluso burlón, que surgen de los tupidos escondrijos de un mundo netamente vegetal, testigo y a la vez custodio, de la opulencia, los misterios y las imprevisibles manifestaciones de la primigenia Diosa Madre. Un mundo perdido, metafóricamente hablando, lejano incluso en la memoria, al que también pertenecen otro tipo de seres, aparentemente similares, cuya presencia se detecta, principalmente, en los rancios escudos nobiliarios: los Hombres Salvajes. Si bien, la significancia de estos últimos, se puede resumir en una cuestión académicamente aceptada que no se extiende, a priori, más allá de los límites que determinan la antigüedad de un lugar o de un determinado linaje (2), por el contrario, el espinoso tema de los Hombres Verdes, nos hace penetrar de lleno en un mundo paralelo, estratificado, cambiante, subjetivo y de compleja significación.
De igual manera que existen notables diferencias, por ejemplo, entre el pensamiento gnóstico y el literalismo representativo de la Iglesia de Roma, en este mito de los Hombres Verdes, podemos encontrar, también, una corriente esotérica u oculta, y otra corriente, no menos extraña, pero sí más literal que, posiblemente surgida como consecuencia del inmenso tráfico de personas, culturas y formas de pensamiento que significó el descubrimiento de la supuesta tumba del Apóstol Santiago, diera lugar, entre otras muchas cosas, a que fabulosas historias se extendieran como un reguero de pólvora, conectando lugares y tradiciones, tan dispares entre sí, como Inglaterra y España, de cuyo antagonismo la Historia ha dejado cumplida constancia.
Sería una forma de explicar, entre otras maravillosas historias medievales (3), la existencia de versiones literalistas, que según los datos manejados por diversos autores, se remontarían, cuando menos, a la Inglaterra del rey Esteban, donde ya se mencionaba la historia de ciertos niños verdes, que aparecieron en cierto pueblo de Suffolk, de nombre Woolpit, siendo alcalde un tal Richard de Calne. Historia que nada tiene que envidiar, por cierto, a los muy posteriores y fantásticos relatos del viajero veneciano Marco Polo, y que, de hecho fue plagiada en tiempos modernos (4), para trasladarla a Cataluña, a cierto pueblo inexistente, llamado Banjos, situando la aparición de los niños verdes, aproximadamente en el año 1897, habiendo sido convenientemente modificado el nombre del alcalde, por otro, supuestamente españolizado, pero suena rotundamente a portugués: Ricardo Da Calno.
Pero las intenciones de los canteros medievales al cincelar estas criaturas (5), iban mucho más allá del literalismo de algunas historias, o de la simple broma –como dirían historiadores de la talla de Ricardo de la Cierva, al referirse a ciertos aspectos de la escultura románica- y ocultaban un complejo simbolismo que, en mi opinión, se fue haciendo cada vez más cabalístico, a medida que las imágenes y las épocas evolucionaban. Este detalle, queda de manifiesto, en aquéllas representaciones paralelas, que muestran rostros, en la mayoría de los casos de aspecto hierático, de cuyas bocas surgen lianas, que se extienden alrededor, creando curiosas geometrías, cuya complejidad se podría pensar que depende del nivel cultural del cantero en cuestión y del grado de intencionalidad del supuesto mensaje a transmitir. Tal complejidad e intencionalidad, han dado lugar a que, en un intento de interpretación, sean muchas las teorías e hipótesis que sobre su significado se han ido sucediendo. Básicamente, las principales, serían las siguientes:

A) Retorno a esa añorada Edad Dorada de la civilización.
B) Referencia, entre otros, a los cultos mistéricos de las Antiguas Religiones, establecidas mucho antes del advenimiento del Cristianismo.
C) Alusión a la transmisión de un secreto, con toda probabilidad, de índole iniciático y relacionado, básicamente, con los conceptos anteriores, determinativo, a la vez, del precepto del silencio debido.
D) 'Don de lenguas', basado, probablemente, en la capacidad de interpretar el carácter hermético o argótico contenido en los símbolos, concepto desarrollado en épocas modernas por el misterioso y controvertido autor Fulcanelli -a quien se atribuyen dos obras extraordinarias: 'El misterio de las catedrales' y 'Las moradas filosofales'-, 'especialidad' en la que eran auténticos maestros la gran mayoría de los canteros medievales.

Tampoco parecen ostentar un lugar determinado, sino que, por el contrario, su presencia indica una aleatoriedad, que posiblemente obedeciera a un fin determinado en sus orígenes, pero cuyo sentido se ha perdido, de tal manera, que se pueden encontrar en capiteles, tanto de iglesias como de claustros, en canecillos -un lugar corriente, sería en los ábsides- e incluso en el interior de los templos, donde también se observa cierta evolución hacia conceptos demiúrgicos, como sería el caso del que se puede observar, a modo de atlante y cerca del altar, en el interior de la iglesia de Revilla Cabriada, cercana a Silos y su entorno.
En definitiva, otro fascinante enigma, de los muchos que nos legaron los canteros medievales, que todavía conserva su fuerza antagónica dentro el fascinante mundo del Símbolo y su interpretación.


 
(1) Petra van Cronnenburg: 'El misterio del monte de Odilia', Grupo Editorial Ceac, S.A., año 2000, páginas 15-16.
(2) Posiblemente, el mejor ejemplo de esto, estaría en el apellido asturiano Quirós y la arcana divisa familiar que lo acompaña, una de cuyas variantes (pues hay varias), dice así: 'antes que Dios fuera Dios y los peñascos, peñascos, los Quirós eran Quirós, y los Velascos, Velasco'. Lo cual vendría a significar los lejanos atecedentes de una familia que ya estaba asentada en Asturias, 'antes que Dios'; es decir, antes de la llegada del Cristianismo. Esta versión, todo hay que decirlo, está sacada del libro 'A la sombra de los templarios', cuyo autor es Rafael Alarcón Herrera.
(3) Como la del enigmático Preste Juan, que algunos autores situarían en Etiopía -recordemos la vinculación de este país con la Reina de Saba, el hijo tenido con Salomón, Menelak y el Arca de la Alianza- y otros relacionarían con las maravillosas leyendas orientales relativas al Agharta, la mítica ciudad de Shambhalla y el Rey del Mundo, también conocido como Rigden Jiepo o 'Anciano de los Días'. Bajo esta última denominación -en su versión inglesa, 'The Ancient of Days'-, existe una excelente pintura del controvertido pintor inglés, místico y visionario, William Blake.
(4) La historia de los niños verdes de Banjos, tiene similares características de notoriedad, manipulación y desinformación -aunque a menor escala y por poner un ejemplo- que los famosos 'dossiers sécrets' del extraordinario affaire de Rennes-le-Chateau, o las alucinantes 'cartas Ummitas', que tanto han dado de que hablar desde el famoso caso de San José de Valderas, Madrid, 1967, y la publicación del libro de Antonio Ribera y Rafael Farriols, 'Un caso perfecto', Editorial Plaza & Janés.
(5) Las asociaciones suelen ser interesantes y complejas. Por ejemplo, no deja de ser curioso que cabezas humanas con la casulla de monje -adviértase, que este tipo de representación suele ser común, sobre todo en el románico silense, a las arpías- se identifiquen saliendo de la vegetación, en un capitel del pórtico principal de entrada a la ermita templaria -cuidado, que no lo identifico como símbolo netamente templario, ni mucho menos- de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos, lugar en el que se advierte presencia antigua, neolítica, cuando menos. O aquéllas otras que, en algunos capiteles del claustro del monasterio aragonés de Veruela -en una de cuyas celdas, Bécquer se dejó seducir por las Musas- que acompañan a un concepto netamente sacro, como son las hojas de parra y los racimos de uva de donde se extrae el líquido vital para hacer la bebida sagrada, el vino, equivalente, comparativamente hablando, al tradicional soma hindú.