martes, 20 de agosto de 2013

Canteros de Compostela



Compostela, uno de los principales Axis Mundi de la peregrinación. Un microcosmos del Espíritu, nacido en lo más impenetrable y oculto de una tierra consagrada en cuerpo y alma al misterio. Un misterio, envuelto diariamente en unas brumas que, cual levitas y comparativamente hablando, custodian con celo el acceso al sancta santorum de su templo inmemorial. Un templo éste, que fuera en sus orígenes una infinidad de Jakines y Boaces de sólido lustre, cuyos pilares estaban profundamente arraigados en una tierra donde el lobo, compañero inseparable de poderosos dioses celtas, aullaba lastimeramente a la luna, quizás presintiendo ese cambio de ciclo que se acercaba inexorable a las costas de Galicia, llevando como ajuar funerario y futura herencia no sólo los dispendios y rigores de una filosofía espiritual que hasta entonces no había conseguido penetrar, al menos de una forma primordial, en el alma del gallego primitivo, sino también la materia prima sobre la que giraría, a escala universal, todo un complejo vital que habría de caracterizar esas supuestas edades bárbaras del hombre, que algunos suponen fueron la Alta y la Baja Edad Media: la piedra. Quizás fuera precisamente en el momento en el que la barca de piedra que trasladaba los supuestos restos del Hijo del Trueno, atracara en Padrón, cuando el lobo supo que su destino quedaría para siempre marcado como servil compañero de camino de santos nuevos, colonizadores espirituales que guardaban en su zurrón infinidad de secretos y mostraban en su muslo la dolorosa herida del Conocimiento, transmitida por Dios a través de los dedos de sus fieles mensajeros: los ángeles.
Cuando uno se acerca a Compostela, y accede a las alturas de ese Monte do Gozo que hace derramar lágrimas de alegría, a todo peregrino que lleva a sus espaldas no sólo su zurrón, sino también cientos de kilómetros de esfuerzos y sufrimientos, la visión de una enorme urbe que se arremolina sobre las torres inmensas de lo que muchos suponen como la obra más grandiosa del románico español, no deja de sentir también, en el fondo de su alma –eminentemente, aventurera y romántica-, la ausencia nostálgica de ese inmemorial sancta sanctórum natural, que fue el bosque de Llibredón, que aún llegó a alcanzar la visión del más crítico, y a la vez más conocido de los peregrinos francos que atravesó los Pirineos: Aymeric Picaud.
Como los lobos que animaban las primeras intenciones de la reina Lupa –cuya muerte en santidad, le otorgó el honor de reposar en la catedral, según dicen, cerca de los restos del Apóstol-, solitarios e itinerantes, muchos fueron los canteros que dejaron su huella en el lugar. La gran mayoría, para desesperación de las generaciones futuras, intrigadas no sólo por la maestría de su arte sino también por los pormenores de su propia vida, lo hicieron en el más completo de los anonimatos. Hubo otros, no obstante, que bien por orgullo personal o por autoestima –que a fin de cuentas humanos, a todo artista le toca una u otra-, se dejaron llevar por un tímido impulso, y dieron apenas un paso más allá, legando nombres que, definitivamente eclipsados por el Maestro Mateo, apenas se pronuncian. De igual manera que en Aragón, donde sólo se menciona a aquél que, a falta de nombre conocido se le ha dado en llamar como el Maestro de Agüero o el Maestro de las Serpientes –que ejerció su arte, en lugares como Santiago de Agüero, San Pedro el Viejo o San Juan de la Peña- el que acude a Compostela o alude en general al románico gallego, sólo pronuncia el nombre de Mateo, obviando el de aquellos otros que hicieron cantar de emoción a la piedra, en ese mismo lugar cuyo mérito se lleva aquél en exclusiva. Apenas se pronuncian nombres como Bernardo y Roberto, que participaron en la primera etapa constructiva y Esteban, en la posterior y cuyo rastro, si bien diluido en los libros de Historia, permanece inalterable en los símbolos que dejaron grabados en los sillares. Es cierto, que estos símbolos no nos permiten saber quiénes fueron en realidad; y tampoco sabemos el significado de tan ambigua firma. Pero al menos, observándolos, nos permiten sugerir caminos y hacernos ver que no se estancaron en un lugar determinado, sino que, como auténticos artífices y soportes de esa filosofía de vida románica, participaron en la construcción de muchos de los templos que todavía, un milenio después, nos siguen sorprendiendo, cortándonos la respiración por su perfección y magnificencia.
Es a través de estos símbolos universales, como sabemos, o al menos intuimos, que detrás de la visión de esas estrellas de cinco puntas, de esas llaves o de esos báculos terminados en espiral, en una y otra punta, posiblemente estos mismos canteros anduvieran por lugares como Moreruela, en la provincia de Zamora, o que llegaran de esta parte de los Pirineos, desde Agüero, por ejemplo, en Huesca, atraídos por las inmensas posibilidades que ofrecía el Camino de Santiago. Un Camino que, se mire por donde se mire, siempre ha de sorprendernos, pero también, un Camino con el que, a medida que lo vamos recorriendo, nos vamos familiarizando. Y de alguna manera, con pequeños esbozos arrebatados al sigilo de los tiempos, vamos presintiendo presencias, que cada vez nos parecen más amigas.

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