lunes, 23 de septiembre de 2013

El fascinante universo simbólico de Noya: Santa María a Nova


'Viendo Yahveh que era grande la maldad del hombre sobre la tierra, y que todos los designios de su corazón eran siempre perversos, se arrepintió Yahveh de haber hecho al hombre en la tierra, se dolió en su corazón y dijo: "Voy a barrer de la faz de la tierra al hombre que he creado, desde el hombre hasta los animales domésticos, y hasta los reptiles, y las aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho". Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahveh...'.
[Génesis, 5, 6]
 
'Los hijos de Noé salidos del arca fueron Sem, Cam y Jafet. Cam es el padre de Canaán. Estos tres fueron los hijos de Noé y a partir de ellos se pobló toda la tierra...'.
[Génesis, 8, 18]
 
¿Comienza aquí la historia de Noya y buena parte de ese misterio ancestral, consignado en una insólita colección de laudas, que yacen abandonadas con desdén, en su gran mayoría, en el cementerio anexo a la iglesia de Santa María a Nova?. ¿Qué se oculta, en realidad, tras esa abismal Protohistoria frente a la que los historiadores modernos sienten un vértigo o terror parecido al que, supuestamente, sentían los marinos medievales cuando se alejaban más allá de las Columnas de Hércules y el mar conocido?. ¿Quién era, en realidad, ese misterioso personaje llamado Ioan de Estivadas, cuyo sensacional sepulcro ocupa un lugar preeminente en el interior de la iglesia de Santa María a Nova y por qué, no menos relevante y misteriosa coincidencia, su mujer, María Oanes lleva el nombre de aquél enigmático ser que, según la mitología mesopotámica, salía del mar todos los días para enseñar a los hombres los rudimentos de la civilización?. ¿Existe alguna relación con aquél otro personaje oriental, anónimo para más señas, cuyo sepulcro se encuentra también en el interior de una iglesia cristiana, San Francisco de Betanzos, que se levanta, a escasos metros de otra no menos interesante iglesia que lleva el relevante nombre de Santa María del Azogue, en el lugar donde se supone que la Orden del Temple tuvo una importante encomienda?. ¿Existe algún tipo de relación, entre las vacas que se advierten en la parte frontal del sepulcro de Estivadas y aquélla otra vaca cíclica que se aprecia por encima del sepulcro de una Dona de la familia Pardo de Aguiar que, como el anónimo personaje oriental al que se hacía referencia anteriormente, reposa también en la iglesia de San Francisco, en Betanzos?. ¿Es la misma María Oanes, relacionada también con el vino, aquélla que figura, precisamente, en el testamento de Lopo Núñez Pardo?. ¿Qué tiene de especial ésta pequeña población costera de Noya, que se levanta, aproximadamente, a medio camino entre Santiago de Compostela y Finisterre?.
 
Noya, obviamente, es la gran Incógnita; el pequeño Axis Mundi sobre el que, por razones que de momento se nos escapan, la Tradición no sólo encontró refugio, sino también fuente en la que, al parecer, saciaron su sed de conocimiento, no sólo canteros y gremios, sino también individuos que acudían en busca de una iniciación hermética, parte de cuyos fragmentos a duras penas sobreviven entre el polvo y el olvido. Por eso, qué duda cabe, que para todo amante del Símbolo, constituye el Paraíso; pero, paradójicamente, y aunque parezca una exageración, también su descenso a los infiernos. Y aun así, resulta difícil, cuando no imposible, no dejarse subyugar por ese fruto prohibido, sabiendo de antemano, que toda respuesta que aparentemente surge del ciclo infinito de preguntas que uno se plantea apenas pone los pies en el interior de este templo, calificado, todo sea dicho de paso, como de típicas influencias marinheiras (1), no son, sino, meras especulaciones; apenas cabos fragmentarios de una extraordinaria madeja cuyo verdadero corazón se pierde en los innumerables laberintos de la Historia. Unos hilos y una Historia que, a medida que uno se implica –o al menos, intenta implicarse- va presentándole no sólo una infinitud de símbolos, sino también una serie de personajes, que tal vez estén o no relacionados, pero que sin duda le llamarán poderosamente la atención, hasta el punto de intentar buscar algún tipo de conexión donde, quién sabe si después de todo, no existe nada.
Creo que sería un error, intentar derivar el enigma, sólo y exclusivamente al ámbito de influencia de esta iglesia de Santa María a Nova, obviando un detalle, relevante, como puede ser, así mismo, la magnífica iglesia de San Martiño, donde se supone que trabajó, si no el propio Maestro Mateo, sí parientes cercanos que, al parecer, seguían la tradición canteril de la familia. Una iglesia, y una portada, la oeste o principal, que es toda una maravillosa obra de Arte, en la que, además, en vista de ciertos personajes, como el ángel que toca su trompeta, podríamos implicar -por alusión y similitud-, incluso, a aquél antecesor de éste, el Maestro Esteban: precisamente el que levantó la magnífica y a la vez enigmática portada de Platerías de la catedral de Santiago de Compostela y también, la antigua portada románica que fue sustituida por el Pórtico de la Gloria. Pero no solamente existen interesantes claves referidas a los monumentos más relevantes que se pueden visitar en una ciudad como Noya, sobre todo en lo que se refiere a sus templos más representativos. Hay que mirar también sus casas más antiguas, los guiños que algunos restos todavía nos hacen, al cabo de los siglos, y donde el perro -que no sólo figura en los sepulcros, incluido el de Ioan de Estivadas, sino también sorprendentemente atados por una cadena a ciertos escudos nobiliarios, y no sólo fue compañero de santos mistéricos y camineros, sino también del propio Hijo del Trueno- y esas pequeñas capillas o capelas que, como la de San Antón, aún habiendo perdido su mensaje original -me pregunto, qué claves no mostrarían sus desaparecidas pinturas- vuelven a reunir, en un lugar tan pequeño a relevantes personajes relacionados directamente con el misterio, el conocimiento y el Camino de las Estrellas.
Santa María a Nova y su impresionante colección de laudas -no diría sepulcrales, porque, según parece, ninguna se utilizó para tal fin, aunque sí fueran reutilizadas para ello, siglos después- aunque importante, no es, aunque a priori lo parezca, el enigma fundamental de Noya, sino que, en mi opinión, tan sólo forma parte de un grandioso mosaico, que hizo de Noya un centro de iniciación de primera magnitud. Y eso es, precisamente, lo que me propongo ir desarrollando en las próximas entradas.

 
(1) A este respecto, no deja de llamarme la atención, la similitud, comparativamente hablando, entre la forma del interior de esta iglesia de Santa María a Nova y aquélla otra, a menor escala, desde luego, que caracteriza el denominado como cripta o Forno da Santa, en la población orensana de Santa Mariña de Augas Santas. Su relación con el agua, o con una enseñanza derivada de ella, parece también evidente.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Noya: el cementerio de los símbolos olvidados


'Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados...'
[Carlos Ruiz Zafón (1)]
 
Dudo mucho que cuando Carlos Ruiz Zafón pensó en su Cementerio de los Libros Olvidados, imaginase que quizás, sólo digo quizás, ese cementerio existiera en realidad. O quizás, no. Quizás -en el fondo, todo se reduce a una simplificada cuestión de incertidumbres-, una idea tan brillante le fuera románticamente sugerida por un cementerio, cuando menos tan peculiar como el de Noya. Un cementerio mágico -como la dulce tristeza de Rosalía de Castro-, en cuyos muros se apilan, como si fueran cartón viejo destinado a ser recogido y reciclado en un insulso producto nuevo, docenas de fabulosos libros de piedra, cuyo enigmático mensaje, no hay maestro en actualidad que sepa descifrar. Son auténticos, genuinos libros de piedra, escritos en el lenguaje de los sueños -puede que, después de todo, éste no sea otro que el incomprensible lenguaje de las aves-, aquél que ya no comprendemos y que, posiblemente, las generaciones pretéritas lo grabaran con una intención que, por desgracia, también nos vemos incapaces realmente de valorar. Pero están ahí, arrinconados como ropa vieja, expuestos a la caricia del viento -que a veces llega envalentonado, procedente de la Ría-, ateridos frente a la lluvia de la que se alimenta la tupida sabana de musgo que los cubre, sedientos frente al sol de unos estíos que los dora, y en algunos casos, hasta cuartea. La pérdida de la memoria, referida a unos personajes anónimos, entre cuyas filas quizás -vuelvo a repetir, que la incertidumbre es una sensación con la que se vive constantemente frente a los mensajes del pasado- ejercieron muchos de los maestros que labraban magia con sus manos y que, sin más gloria que la propia satisfacción de ver su obra terminada, sembraron de maravillas ese Camino de la Oca, que sin importar la ruta o los caminos elegidos, siempre tiene como destino Galicia.
Por otra parte, y como determinada por una selección netamente darwiniana, existe otra colección, ajena al olvido existencial de la intemperie, que conforma el leif-motiv principal de la próxima entrada: la exposición permanente de losas sepulcrales que se localiza en la anexa iglesia de Santa María a Nova, y que os invito a visitar, plácidamente sentados frente a la pantalla de vuestros ordenadores, en un futuro próximo. Quién sabe, quizás entre ellas alguien como la genial escritora Matilde Asensi pueda sonreír pícaramente recordando aquéllas que le sirvieron de modelo para llevar la iniciación de su personaje principal -Galcerán de Born, alias el Perquisitore (2)- al séptimo cielo de los elegidos; o quizás los más, como servidor hace poco, puedan hacerse una idea más aproximada de todo cuanto de referencia hayan leído y no hayan tenido la oportunidad de presenciar con sus propios ojos. Creo que, después de todo, obviando los comentarios e incluso las opiniones que cada uno se pueda o no formar sobre el tema, lo más objetivo, después de todo, seguirá siendo una imagen. Y ya se sabe, que una imagen vale más que mil palabras. 


(1) Carlos Ruiz Zafón: 'La sombra del viento', Editorial Planeta, S.A., 2008, página 13.
(2) Matilde Asensi: 'Iacobus' y 'Peregrinatio', Editorial Planeta.