miércoles, 12 de marzo de 2014

Santo Estevo de Ribas de Sil: Geometrías Mágicas en un monasterio de la Ribeira Sacra



Se suponen los orígenes de este monasteriode Santo Estevo en los brumosos tiempos de un siglo X, en los que la Península Ibérica estaba prácticamente sometida al control total del invasor agareno, tras el descalabro del ejército visigodo del rey Rodrigo en la célebre batalla del Guadalete, acaecida en el año 711. Época, en la que de alguna manera, proliferaba el eremitismo –generalmente, como un medio aceptado de acercarse a Dios en la meditación, la soledad y la pobreza, refugiándose en la matriz de la tierra, que en algunos casos, servía también para escapar de las continuas razzias de los musulmanes-, no es de extrañar que un monje, de nombre Franquila, decidiera, con la inestimable colaboración del rey Ordoño II, reagruparse en comunidad, adoptando una forma de vida monacal, basada en la Regla de San Benito o San Vieito, como se le recuerda por estas tierras. Tal es así, que considerado como el primer Abad de este monasterio de Santo Estevo, aparezca  su nombre consignado en el dintel de la puerta de la cercana ermita de San Juan del Cachón (1), haciendo referencia a un año en cuestión, por el que se determina lo anteriormente expuesto: el 918.

De la prosperidad y fama del lugar, nos hablan no sólo las espectaculares dimensiones del cenobio; la estancia de relevantes personajes (2) y la tradición, tan arraigada en la mente popular, sobre los numerosos milagros acaecidos a la vera de las reliquias de los nueve obispos santos cuyos restos parecen ejercer sobre el lugar y el entorno un halo de misterio y protección. Detalles que, para situarnos en el contexto medieval al que pertenecen, constituyen motivos suficientes para pensar que, una vez a punto de traspasar el umbral de sus puertas, nos hallemos frente a un cúmulo histórico y cultual de primer orden; posiblemente, el más importante –o uno de los más importantes-, de los numerosos monasterios situados como luciérnagas a uno y otro lado de la orografía fronteriza conformada por los ríos Sil y Miño a su paso por las provincias de Orense y Lugo.

Lejos de dejarnos sorprender por el estilo herreriano que impera actualmente, y que de alguna forma continua, desde el pensamiento del siglo XVI –época, en la que un pavoroso incendio estuvo a punto de arruinar definitivamente el lugar-, observando en su escueta conjunción las proporciones del modelo salomónico, que incluso, según numerosos autores, ya vagaba con fuerza intencionada por los pensamientos de reyes, como Felipe II y su obra cumbre, el monasterio de San Lorenzo de El Escorial (3), hemos de pensar, que aún, originalmente románicos o no, los detalles que nos aguardan en su interior son, cuando menos, genuinamente interesantes. Estos se refieren, principalmente, a lo que queda del primitivo claustro románico y a su parte inferior –el denominado Claustro dos Bispos-, puesto que la superior quedó prácticamente destruida en el siglo XVI, como ya se ha dicho, momento histórico al que pertenecen los dos claustros renacentistas, que prácticamente nada tienen que aportar en cuanto a imaginería y simbolismo, pero sí a geometría y proporción.

Dentro de la escueta ambigüedad característica de unos capiteles que basan el noventa por ciento de su temática, en recrear esos jardines representativos del Paraíso –esas rosaria pétreas, cuya tradición continuaría estando presente en los maravillosos manuscritos iluminados que pacientemente transcribían los monjes en los scriptoriums-, el resto, de carácter historiado, ofrecen algunos detalles de notable interés: las arpías o esfinges, como ha llegado a clasificarlas algún autor, aquellos terroríficos seres mitológicos con cabeza humana, cuerpo de ave y colas de serpientes unidas unas con otras haciendo lazos imposibles, que también se encontraban como motivo ornamental –y lo constato, exclusivamente, a modo de anécdota- en el interior de alguna encomienda templaria, como era la de Ceínos de Campos, en la provincia de Valladolid, según comentó en su momento Juan García Atienza, basándose en antiguos dibujos (4). Hay también varias representaciones de ángeles, que muestran a los dos arcángeles protagonistas, posiblemente, de los dos momentos más representativos del Cristianismo: Gabriel, con un Libro abierto entre las manos y debajo de su ala un cordero y Miguel, espada en mano, dispuesto a asestar el golpe mortal al Enemigo. Las típicas referencias a esos seres elementales presentes en la rica mitología celta, cuyas cabezas, objetivamente irónicas, surgen de esa matriz terrena, cuya mejor representatividad no es otra que la exuberancia propia de la Naturaleza. Incluso, interpolando las cabezas por las vieiras, no es difícil encontrar referencias a Santiago y a esa magia tan particular que el peregrino intuía y aprehendía en las escalas de su impenitente Camino. Un Camino, después de todo, relacionado con el Conocimiento, representado también aquí, en el claustro, en un curioso capitel, que a modo de hercúleo atlante, soporta también, en los laterales, parte de esas nervaduras que se expanden hacia la bóveda y que muestra dos serpientes, cuyo cuerpo entrelazado forma el inconfundible diseño del símbolo del infinito, abalanzándose sobre la parte superior de una cabeza humana, cuyo rostro, lejos de mostrar temor, permanece felizmente impasible, sabedor del don que está recibiendo y que en otros ámbitos artísticos se correspondería con la serpiente de la sabiduría que sale de la copa o grial que porta en su mano la figura de San Juan Evangelista. Por los detalles, se nota que es la misma mano que labró, al menos uno de los puntos de clave, en los que se muestra a una pareja desnuda –puede que Adán y Eva-, que con una mano se acarician los cabellos, mientras con la otra sujetan lo que parece una especie de rosario, a juzgar por las cuentas, pero que en cualquier caso, podría hacer referencia a la unión de los contrarios; en definitiva, a la dualidad, tema muy presente también en el ámbito del pensamiento medieval.

Pero sin duda, donde los canteros dejaron patente, no sólo su habilidad artística, sino también una parte importante de su filosofía hermética, fue en los puntos de clave que soportan las bóvedas del claustro, en los que, aparte de la numerología implícita –basada, sobre todo, en los números cuatro, cinco, seis y ocho-, consignaron una pequeña enciclopedia subjetiva, basada, principalmente, en los detalles; de manera, que no ha de sorprendernos, si nos encontramos con una completa diversidad de lazos eternos, que a su vez sirven como marco perfecto a simbologías de índole crucífera, donde prolifera, entre otras, la llamada cruz de los Cuatro Evangelistas (5) en diferentes diseños, siendo de especial relevancia, aquélla en particular que forma ese mismo tipo de cruz en base a la unión de flores de lis, elemento que, por sus especiales características, conformaría un nuevo eslabón sobre el que especular largo y tendido. También hay cruces que, de acuerdo a su aspecto y a su diseño, nos remiten a las órdenes militares, cuya importancia fue determinante en la historia medieval, y entre las que se incluye la denominada Cruz de Jerusalén, que se remonta, cuando menos, al tiempo de los primeros cruzados, aunque a ésta le falten las cuatro pequeñas crucecitas que se situaban en el centro, en cada uno de los lados. Otro símbolo reseñable, es la presencia de la media luna, acompañada de tres pequeñas estrellas. Pero el detalle más espectacular, aquél que figura en uno de los puntos centrales, es la magnífica representación de estrella de ocho puntas, cuyo diseño es exactamente idéntico al que soporta las maravillosas bóvedas de ciertos lugares muy específicos y determinantes: la mezquita de Córdoba, Santa María de Eunate, el Santo Sepulcro de Torres del Río, la iglesia de San Miguel de Almazán o la mezquita toledana –reconvertida en iglesia- del Cristo de la Luz.

Y por supuesto, tampoco falta otro de los símbolos clave: la estrella renfam, que representa, independientemente de otras muchas referencias, a una figura trascendental, cuyo culto fue propagado, sobre todo por el Císter y en cuya figura comenzaba y terminaba la religión templaria: Nuestra Señora.



(1) De igual manera, que se sabe que el Maestro Esteban trabajó en la catedral compostelana, no por referencias directas o existentes en los archivos históricos gallegos, sino porque se toman como base cierta las que constan en los archivos del Reino de Navarra, que lo mencionan expresamente cuando hablan de su participación en las obras de la catedral de Pamplona.
(2) Uno puede llegar a imaginarse, por ejemplo, la llegada de San Froilán acompañado por el lobo que, según la tradición, se había comido a su mula y como castigo el santo le condenó a portar los Libros Sagrados. Tradición que nos llevaría a asociar a este emblemático animal con el Conocimiento, y partiendo de esa base, no nos debe causar extrañeza que fuera uno de los principales símbolos utilizados por las antiguas hermandades de canteros.
(3) San Lorenzo y su evidente relación con uno de los grandes mitos medievales: el del Santo Grial.
(4) Juan García Atienza: 'Los enclaves templarios: guía mágica de la Orden en España', Ediciones Martínez Roca, S.A., segunda edición, febrero de 2003, páginas 151-152.
(5) Llama la atención que este tipo de cruz, similar, por su diseño y comparativamente hablando a un trébol de cuatro hojas, figure entre las representaciones más repetitivas de una iglesia en la que cabe la sospecha de que hubieran coexistido cátaros y templarios: la de San Pedro de Arrojo, situada en el concejo asturiano de Quirós.
(6) Este tipo de cruz, tal y como aparece en Santo Estevo, también figura, toscamente labrada, en la cripta o Forno da Santa, en la también orensana población de Santa Mariña de Augas Santas.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Marcas de cantería en las murallas medievales de Allariz



De esos ejemplos que demuestran que los canteros medievales dejaban su firma particular en prácticamente todas las obras en las que trabajaban y como complemento a aquellas que abundan en los castillos de Castro Caldelas y Maceda, tenemos otra notable prueba en los restos de las antiguas murallas que cercaban y protegían a la ciudad de Allariz. Éstas, en concreto, se localizan en las cercanías de la calle de la Horta y la antigua iglesia de San Pedro, que tan sólo conserva una portada de su antigua fábrica románica, en cuyos capiteles se puede adivinar, una mano similar a la que trabajó también en Zamora, curiosamente y sobre todo, en la iglesia que lleva por nombre Santa María de la Horta, lugar donde hasta tiempos relativamente recientes, se conservó el archivo general de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén en la provincia.



-