martes, 12 de agosto de 2014

Marcas de cantería en la iglesia más antigua de Sepúlveda


Chorros de sangre corren por las venas de su historia, pero también infinitos enigmas de difícil solución. Vista en la distancia, Sepúlveda es, comparativamente hablando, como esa fabulosa montaña de las tradiciones árabes, el Khaf, en cuya superficie habita el fabuloso pájaro Roc, pero en cuyas entrañas sobreviven, indolentes al paso tiempo, tesoros perdidos en la noche de los tiempos. Celtas y romanos, árabes y cristianos dejaron sus huellas en una inequívoca confluencia que, aunque a menor escala, hacen de esta ciudad una pequeña toletum enclavada en pleno corazón de Castilla. Basta echar un vistazo a sus calles estrechas, cargadas de símbolos y recuerdos, a su transformada judería, apenas reconocible por las nuevas construcciones y a sus milenarias tradiciones, para comprender que hubo un tiempo en el que el Conocimiento circulaba a su libre albedrío entre las distintas gentes del Libro. De su prosperidad medieval, dan cumplido testimonio los restos de las murallas que la cercaban y los numerosos templos que, en mejor o en peor estado, todavía mantienen sus torres-campanario enhiestas hacia unos cielos en los que en las noches claras, todavía se ve el candil del Carro guiando el camino de los peregrinos. Gentes del camino debieron de ser, también, aquellos mismos artesanos que establecieron en ella sus talleres y levantaron templos de belleza y precisión, entre los que destacan, situados en lo más alto, el del Salvador y aquél otro dedicado a la figura de una Virgen Negra: Nª Sª de la Peña, posiblemente los que menos hayan sufrido las alteraciones de un tiempo y de unos hombres que olvidaron su auténtico sentido y valor.
 
Llegar al templo del Salvador, supone ascender un pequeño via crucis que, no obstante la posible fatiga de la ascensión, proporciona unas vistas espléndidas de una ciudad, que parece dormir un sueño eterno alrededor del monte sobre la que se asienta. De proporciones esbeltas, conserva una hermosa galería porticada y prácticamente intacta toda su ornamentación original. Una ornamentación, en cuyos detalles encontraremos, quizás, elementos que nos proporcionen alguna pista, si no de quiénes fueron en realidad los que lo levantaron, sí al menos, reseñas más o menos fiables, de dónde estuvieron y también en donde pararon. Por cierto tipo especial de nudo -colocado a propósito en vídeo que ilustra la presente entrada-, se podría decir que fueron coetáneos y hasta posiblemente trabajaron allá, allende la frontera con Soria, en el también arcano templo de San Miguel en San Esteban de Gormaz. Pero a diferencia de éste, en el que apenas se encuentran marcas, los canteros que levantaron el templo del Salvador, dejaron, en unos sillares que desafían obstinadamente al tiempo, una pequeña colección de símbolos, que merece la pena observar. La mayoría, en su conjunto, no difieren apenas de los que se pueden encontrar en numerosos templos de sus características, independientemente del lugar en el que éstos se levanten: compás, flechas, iniciales, formas rúnicas, patas de oca, etc. Pero hay uno, bastante abundante, por cierto, que llama mucho la atención, pues su forma, antiquísima y bien conocida desde la más remota antigüedad, no suele verse con facilidad: la esvástica. De hecho, sólo recuerdo haberla visto como marca de cantero, en el claustro de un monasterio orensano venido a menos, el de Santa María de Xunquera de Espadañedo. Una esvástica que, curiosamente, mantiene sin trazo el extremo superior e inferior del madero central. Una forma, que de hecho, no se vuelve a encontrar en ninguno de los restantes templos, no sólo de ciudad (Santiago, Justo y Pastor, San Bartolomé), sino también, me atrevería a decir, de toda la región.
Hay también algunas inscripciones romanas, probablemente pertenecientes a antiguas sepulturas, y algunos curiosos grafitis, como el que muestra una extraña figura -quizás un ángel o una representación mariana- portadora de una cruz. Y no muy lejos, un crismón a cuyo pie de aprecia una fecha, a la que algunos consideran aquella en la que se consagró el templo, pero que otros desmienten y consideran apócrifa. En fin, apenas pequeñas gotas de agua en un mar revuelto, pues realmente podría decirse que son insignificantes si las comparamos a la extraordinaria simbología que los misteriosos canteros desplegaron en la ornamentación de un templo que, como muy bien dice la dedicatoria que hay en la calle, al comienzo de la subida, caminante catador del hechizo de esta villa; sube y llega con fervor hasta el altar de Castilla, donde en románico brilla, la joya del Salvador.

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