domingo, 21 de septiembre de 2014

Los Lenguajes del Silencio. Petróglifos de Pontevedra: Mogor


Hay algo arcano, misterioso y terriblemente impenetrable en éstas tempranas manifestaciones socio-culturales, que en el fondo constituyen ese universo, primitivo, cuando no oscuramente primigenio, que son los petroglifos. No se trata, en absoluto, de manifestaciones esporádicas, ni tampoco puede ninguna de nuestras provincias, arrogarse el privilegio de ser la cuna de un modo de expresión que todavía, milenios después de la extinción de sus anónimos autores, continúa oculto detrás de esa hermética protohistoria, a la que los arqueólogos parecen tener vértigo y a la que los teósofos, de una manera netamente romántica, se referían como el hipotético e impenetrable Velo de Isis.
 
Galicia, no obstante y a pesar de éstas consideraciones, puede que sea, en cuanto a la materia a la que nos estamos refiriendo, si no la mayor, desde luego que sí una de las provincias más prolíficas en tales referencias. Y si bien el ámbito de existencia de ésta críptica simbología se extiende sin excepción a los límites de sus cuatro provincias, parece ser que, a juzgar por la cantidad de que hace gala, Pontevedra es la provincia donde más petroglifos parecen haberse localizado, lo cual no significa, necesariamente, que estén todos convenientemente clasificados, y lo que sería aún mucho más provechoso y aconsejable, debidamente señalizados.
 
Posiblemente, uno de los lugares de culto -se podría considerar, que fueron de los primeros en descubrirse y posiblemente por ello, los que recibieron más propaganda y popularidad, hasta el punto de que se sospechan ciertas injerencias modernas, que alteran por completo el mensaje original-, sea este de Mogor, enclave situado en plena Península del Morrazo, y al que se accede fácilmente desde la hermosa y carismática villa marinera de Marín. Cercanos a una hermosa playa, en la que todavía, y a pesar de las exigencias del turismo, conserva una parte interesante de ese bosque ancestral que servía de frontera con el mar tenebroso, los motivos que sobresalen en sus descarnados peñascos, nos muestran menos proliferación del animismo animal -ciervos y serpientes principalmente, se disputaban, respectivamente, según la opinión de algunos expertos, el protagonismo en santuarios rupestres y castros-, presente, sobre todo, en los enclaves cultuales situados más al interior, como Touron, Amoedo o Campo Lameiro, y una mayor presencia subjetiva de elementos geométricos -círculos, espirales y laberintos, en su mayor parte-, que deberían llamarnos la atención, no sólo con la familiaridad que presentan con culturas mediterráneas, como la cretense, y cuya memoria se continuó conservando milenios después por peregrinos y canteros -no olvidemos catedrales, como la de Chartres-, que de alguna manera, conservaron la memoria de una simbología presente en caminos estelares, que ya existían antes de que en Libredón se produjera la supuesta aparición de la tumba del Apóstol y el Camino de Santiago pasase a convertirse en otra de las grandes rutas de peregrinación, capaz de hacer sombra a las de Roma y Jerusalén.
 
Pero aún, hay algo más; algo que, si bien puede parecer una elucubración más a cuantas sugerencias, hipótesis o comentarios se han dicho sobre el tema, yo no lo descartaría sin más. Y es que, si observamos en un plano, la distribución de auténticos templos megalíticos, como el de Stonehenge o el de Woodhenge, en Gran Bretaña (1), observaremos, no sin cierta sorpresa, que su planta, nos recuerda, con una más o menos acertada regularidad, algunos de estos diseños circulares, incluidas las pequeñas cazoletas insertas en su interior, que bien podrían coincidir con la colocación de los basamentos interiores de tan sugestivo lugar.

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(1) Un buen ejemplo de ello, se puede encontrar en el libro 'Stonehenge', de Fernand Niel, Editorial Plaza & Janés, colección Realismo Fantástico, primera edición, Barcelona, marzo de 1981.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Montserrat: una Magister Muri llamada Gaia


'No es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción'.
[Rabindranath Tagore]
 
Alguien, muy acertadamente, rescató para el visitante esta frase del genial poeta hindú, Rabindranath Tagore, para describir y recordarle, allá, en los mágicos laberintos naturales del Monasterio de Piedra, que cuevas, cascadas y jardines conforman un perfecto ejemplo de lo que en lejanos países orientales, como Japón, denominan suiseki o arte de las piedras. En definitiva: arte creado por la Naturaleza. Un arte que, si bien ellos importaron de China hacia el siglo V, lleva desarrollándose sobre la faz del planeta desde que el mundo es mundo, pareciendo tener una fuerza y una magnitud sobresalientes, en lugares muy determinados, los cuales siempre han destacada por sus especiales características, actuando sobre la imaginación del hombre, como imanes difíciles de eludir. Uno de tales lugares, fuera de toda duda, es la montaña -y añado el calificativo de mágica, porque lo es- de Montserrat.
 
Tal vez fuera orientándose en el mencionado arte japonés del suiseki, o más probablemente, acudiendo a lugares como Montserrat, como el mayor genio de la arquitectura moderna, Antoni Gaudí, asumió el concepto de arquitectura orgánica, que habría de equilibrar la balanza armónica entre lo natural y lo artificial, como base fundamental de su idea creadora. Posiblemente antes que él, también los canteros que comenzaron a levantar las ermitas y el santuario en las postrimerías de ese siglo VII, nefastamente recordado por la invasión de los ejércitos musulmanes comandados por Tarik, tuvieran similares sensaciones y a la sombra de lugares tan significativos como el Cavall Bernat, los Encantats, la Roca Foradada, el Cap de Mort, el Gegant Encantat o el Gorro Frigi, entre otros, tuvieran el mejor manual de Arquitectura Sagrada que se pueda imaginar.
 
Como decía el gran filósofo francés, Paul Elouard: hay otros mundos, pero están en éste. Y entre esos mundos, figuran no sólo las ideas fantásticas de la inimitable Magister Gaia, sino también todas aquellas expresiones gráficas, simbólicas y totalmente incomprensibles legadas por culturas y civilizaciones pretéritas, muchas de las cuales sirvieron, por su universalidad, como fuentes de las que se nutrieron posteriormente los canteros medievales. Son, como diría la profesora titular de Prehistoria de la Universidad de Santiago de Compostela, Mar Llinares García, los lenguajes del silencio. Sirva esto, pues, como colofón para las futuras entradas de este blog.

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