viernes, 31 de octubre de 2014

Los Lenguajes del Silencio. Petroglifos de Pontevedra: Amoedo



Para poner fin, al menos momentáneamente a esta breve incursión por el fascinante mundo de los petroglifos pontevedreses, nos acercamos a las inmediaciones de Redondela, en pleno Camino de Santiago portugués –no sin hacer mención a su bonito puerto de Cesantes y a la isla de San Simón, con su leprosería y cárcel en la posguerra-, y al pueblo de Amoedo, a cuya salida, y a breves metros de la gasolinera, parte un camino rural a la derecha, que se adentra en el monte. No bien se entra en él, se observa, a la izquierda, un crucero de piedra, que si bien no parece ser muy antiguo, sí confirma, cuando menos, la continuidad de las primeras cristianizaciones, de las que quedan constancia, como se constatará más adelante con las cruces grabadas en la piedra, que distorsionan algunos petroglifos. A menos de una docena de metros más delante del crucero, también en el margen izquierdo por delante del crucero, aunque prácticamente oculto por la vegetación, se aprecia un pequeño edificio que, por edad, posiblemente no desmerezca el calificativo de histórico: se trata de un viejo molino que, a fin de cuentas, ofrece un genuino toque de romanticismo al lugar.


Se conoce, así mismo, la presencia de numerosos túmulos funerarios en los alrededores, y aunque no tiene la categoría, al menos todavía, de parque arqueológico como los de Touron y Campo Lameiro, sí es cierto que se convocan numerosas visitas guiadas al lugar, muchas de las cuales transcurren de noche, pues al parecer y por increíble que parezca, los petroglifos se distinguen mejor. Una de las características más reseñables de este conjunto, es la representación de misteriosas cazoletas, muy similares, por no decir idénticas, a las que se recogen en numerosos lugares peninsulares, incluso tierra adentro, como las innumerables cazoletas que decoran las paredes de la cueva de la Santa Cruz, en Conquezuela, provincia de Soria.
Éstos, por lo demás y en líneas generales, como si se tratara de un lenguaje universal, apenas difieren en sus temáticas de los que hemos podido apreciar en las anteriores entradas, señalando, quizás, lugares eminentemente sagrados. Como dato a tener en cuenta, además, se constata la presencia de petroglifos en numerosos pueblos de los alrededores, a veces distribuidos en pequeñas cantidades y otras, en solitario.


miércoles, 29 de octubre de 2014

Petroglifos, también una cuestión de percepción


(Fotografía 1)

No es cuestión ni pretensión de sentar cátedra, ni hay, tampoco, un empeño intencionado de levantar polémicas donde posiblemente no las haya. Pero sí puede resultar oportuno poner de manifiesto lo frágil que en ocasiones puede resultarnos ese maravilloso sentido que es la vista y de qué manera, según la perspectiva de nuestra mirada, la información transmitida a nuestro cerebro puede ser errónea o estar fatalmente distorsionada. Una buena ocasión que tuve para comprobarlo, fue precisamente aquí, en este interesantísimo complejo arqueológico de Touron.

(Fotografía 2)

Bien es cierto, que cuando uno llega al lugar, los primeros petroglifos que se tienen la oportunidad de observar apenas se comienza la visita, son aquellos que, para más señas, se localizan en una roca situada en las proximidades de la caseta de información, al principio, podríamos decir, del sendero delimitado que recorre el circuito principal. La roca en cuestión, tiene forma, comparativamente hablando –que comparar, forma también parte de la expresividad humana, aunque también esto tiene, por supuesto, su relatividad-, de cabeza de ajo. Pues bien, dicha roca contiene, como así lo confirma un cartel gráfico (fotografía 1), tres formas zoomorfas –posiblemente ciervos-, superpuestas, que se aprecian, si se miran de manera horizontal, como aparecen en la fotografía número 2.

(Fotografía 3)

El problema estriba, en que si nos acercamos a la roca y miramos tal cual se nos aparece, es decir, de manera vertical, por poca imaginación que le echemos, comprobaremos que las teóricamente tres figuras zoomorfas superpuestas, se transforman en un grabado, acerca de cuya visión podemos jurar y perjurar que lo que realmente estamos contemplando, no parece otra cosa que un guerrero a lomos de su montura, como se puede apreciar en la fotografía número 3.

jueves, 23 de octubre de 2014

Los lenguajes del silencio. Petróglifos de Pontevedra: Touron


Otro importante yacimiento arqueológico, con especial profusión de petroglifos, se localiza en el Concejo de Ponte Caldelas. Concretamente, en el pueblecito de Touron, que además cuenta con una parroquial dedicada a la figura de Santa María, que aunque muy atacada por las numerosas reformas realizadas sobre todo en el periodo comprendido entre los siglos XVII y XVIII, aún conserva algunos rastros de su primigenia cuna románica -como por ejemplo, su portada oeste- y con su presencia señala, además, la cristianización de un entorno que todavía mantenía, previsiblemente, su estatus sagrado anterior. De similares dimensiones y características que el yacimiento arqueológico de Campo Lameiro, los antiguos habitantes del lugar también dejaron consignada su expresividad anímico-espiritual en el eterno vehículo de la roca.
 
Si bien existe una notable diferencia entre la forma de explotar las posibilidades temáticas de uno y otro yacimiento, no se evidencia apenas variación alguna en cuanto al contenido, aunque podría decirse que precisamente aquí, en el yacimiento de Touron, lo simbólico subjetivo parece ser más determinante -si nos atenemos al factor volumen o repetitividad-, que lo antropomorfo o zoomorfo -independientemente de la presencia de una curiosa figura que parece estar dotada de alas y quizás sí haga referencia a algún tipo de divinidad tribal-, que, no obstante, vuelve a remarcar la importancia de un animal muy determinado: el ciervo.
 
El factor determinante, es que en este yacimiento se pueden observar a simple ojo, muchos más petroglifos que en Campo Lameiro, aunque también es cierto que la erosión y la proliferación de las diferentes familias de hongos y hiedras hacen que muchos de ellos pasen prácticamente desapercibidos.

martes, 14 de octubre de 2014

Los Lenguajes del Silencio. Petróglifos de Pontevedra: Campo Lameiro


Sin duda, tenemos en este sorprendente lugar, no sólo uno de los mayores yacimientos de petroglifos de toda la comunidad de Pontevedra, sino además, uno de los pocos Centros Arqueológicos destinados a salvaguardar esta rica herencia cultural, que mantienen sus puertas abiertas al público y donde no resulta difícil encontrarse con profesores de secundaria que acompañan a sus alumnos a clases eminentemente prácticas, donde se les muestra una parte de la forma de vida, las costumbres y el espíritu que animaba a aquéllos pueblos protohistóricos, que en buena ley podrían considerarse como sus más remotos antepasados. Se accede a Campo Lameiro, por la carretera general 541, precisamente aquella que conecta Pontevedra con Carballino y Orense -capital de la vecina provincia de idéntico nombre, de la que dista ochenta y tres kilómetros-, y por la que el buscador de singularidades, puede acceder a lugares donde se constata -sea documental o tradicionalmente-, la presencia de una orden medieval muy particular de monjes-guerreros, cuya afición por asentarse en las cercanías de lugares megalíticos y antiguos cultos, resulta bastante más que casual: los caballeros templarios. De hecho, uno de tales lugares, sería la población de Astureses -distante seis o siete kilómetros de Carballino-, y su iglesia de San Xulián, donde todavía se puede contemplar el sarcófago en el que reposan los restos de Frei Juan Pérez de Outeiro, fallecido en 1286.
 
Localizados en una extensión aproximada de 22 hectáreas, los petroglifos de Campo Lameiro no sólo ofrecen una extraordinaria variedad de temáticas, sino que además han sido datados por los arqueólogos en varias fases predeterminadas, considerándose que el principal conjunto de ellos, se desarrolló en los milenios III a II a. de C., coincidiendo con el desarrollo del Neolítico Final y la Edad del Bronce. Tal antigüedad, así como diversos factores relacionados con el tiempo, la erosión, la barbarie -y no me refiero al concepto de latino encaminado a aquellos que vivían fuera de las ciudades-, así como un clima pródigo en el desarrollo de múltiples colonias de líquenes y hongos, hacen que muchos de ellos sean prácticamente indistinguibles a simple vista, detalle del que avisan en el Centro de Interpretación y recomiendan restringir la visita a aquellos mejor conservados, perfectamente delimitados en un circuito previamente numerado. Sea como sea, merece la pena recorrerlo entero.
 
Dentro de la diversidad de motivos, sobresale la figura trascendente del ciervo, que aquí adquiere proporciones monumentales, lo que puede dar una idea de la fascinación que dicho animal totémico ejercía sobre los pobladores de la zona. A este respecto, quizás no fuera demasiado descabellado sugerir si dicho interés, no desembocaría, con el paso del tiempo, en cultos determinados que darían origen a los mitos sobre los reyes sagrados, que portaban grandes astas de ciervo en sus tocados -como se descubrió en algunos yacimientos, como el de New Grange-, a la formación de grandes deidades, como el Cernunnos celta o incluso, de alguna manera, a la continuidad del mito, particularmente adaptado, como los cuernos que portaban Moisés, Dioniso e incluso el propio Alejandro Magno, sin olvidar que incluso en ciertas representaciones románicas, se identifica al ciervo con el propio Jesucristo y, hecho curioso, su caza y persecución desembocó en el descubrimiento del lugar sagrado y la imagen virginal, generalmente negra.
 
Junto a la figura abundante de cérvidos y equinos -predominantes sobre una fauna que debía de ser abundante y variada-, destacan, así mismo, las tradicionales espirales y los laberintos, símbolos fundamentales que no sólo fueron adoptados durante la Edad Media por las diferentes hermandades de canteros, sino que, por añadidura, se ha constatado su presencia en los cinco continentes, diseño que no sólo se encuentra abundantemente en diseños terrestres naturales o celestes, lo que así mismo, determinaría la presunción de posesión de ciertos conocimientos que la historiografía oficial lejos está de admitir y contemplar, y que además, fueron utilizados como modelos subterráneos en tumbas y posteriormente reproducidos en el interior de numerosas catedrales góticas.