domingo, 9 de noviembre de 2014

Nuestras Señoras del Misterio


El tiempo, los hombres y el olvido destruyeron sus santuarios. En ocasiones, la tierra, de alguna manera imitando a esa mar que, según los marineros, termina devolviendo parte de todo lo que se traga, tiene un acto de voluntaria piedad y abre pequeños surcos en su carne, donde, a la luz de ese mismo sol que ilumina el mundo desde el alba de los tiempos, sorprende al hombre moderno con la tesitura de los antiguos misterios. Observándolas, aun a la luz mortecina que se cuela a través de las urnas de vidrio que en ocasiones las contienen, la mirada ausente de su hierática apostura, nos hace un guiño de complicidad. Son extrañas, pero a la vez, son también familiares, pues a pesar de todo, de los cambios de culto, de esas telas domingueras que ocultan sus auténticas bellezas, continúan escuchando, siglo tras siglo, milenio tras milenio, las eternas súplicas de los hombres. Como hacían antiguamente, a veces se presentan ellas mismas: Isis, para Plutarco, Tanith para los honderos de las Islas Afortunadas, el Pilar para reforzar el mito de Santiago o Astarté para Ramón J. Sender. Poco importa el nombre, después de todo, pues como eterno paradigma que son, de una u otra manera, han estado, están y seguirán estando presentes en la gran aventura del hombre. Nuestras Señoras del Misterio.

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martes, 4 de noviembre de 2014

La voz perdida de Iberia


Iberia y su voz. Una voz apagada, perdida irremisiblemente en frías salas de museo, una vez mutilada su lengua de ese lugar de origen donde su susurro acariciaba las soledades del pastor trashumante, que llevaba los antiguos símbolos al abrigo del corazón, bien protegidos en el calor de su pelliza de lana de oveja, transmitiéndolos oralmente de generación en generación; en innumerables ocasiones, ahogada definitivamente por ese sicario sin escrúpulos al servicio de la especulación urbanística llamado hormigón, que vuelve a inundar la tierra, condenando al universo de la imaginación los viejos mitos atlantes y tartésicos que nunca más verán la luz, destruido para siempre el soporte que les daba un hálito de vida; rea a cadena perpetua en los calabozos insondables de la maldita burocracia; mal interpretada, nunca comprendida y siempre a merced de los convencionalismos científicos. Y sin embargo, si lo analizamos fríamente, veremos que de su voz malherida, de su lengua olvidada o quizás del frotamiento de dos palos colocados en cruz -la primera cruz- vio la luz en forma de fuego el espíritu de Prometeo, del que nos hemos ido nutriendo a lo largo de los milenios. Cambia la mentalidad, pero el símbolo permanece. Tal vez tengan razón los budistas cuando afirman aquello de que el efecto sigue a la causa, lo mismo que la sombra sigue al caminante.

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