lunes, 15 de diciembre de 2014

Wamba: Cábala y Simbolismo


Uno de los lugares, sin duda más apasionantes, más desconcertantes y más variopintos en cuanto a historia y a la conjunción de diferentes modos de aplicar la Geometría Sagrada y su simbolismo asociado, no es otro que lo que el tiempo y la acción destructiva e impremeditada de los hombres, han dejado como residuo sobreviviente de lo que antaño fuera el importante monasterio de Santa María de Wamba, situado en los impresionantes Montes Torozos vallisoletanos. De la acción de los canteros, y aun a pesar de los pesares, conserva numerosas referencias que, independientemente de su prosaico estado de conservación –por ejemplo, las pinturas de probable origen visigodo de su ábside o cabecera-, todavía ofrecen encomiables detalles, cuando menos para ejercer ese derecho a la especulación, que al fin y al cabo, a todos nos asiste.
Situada en el camino de Robledillo –la alusión a uno de los árboles más sagrados de la mitología celta, puede resultar algo más que casual-, Wamba, la antigua Gérticos, y en su particular su monasterio de Santa María, fueron testigos de numerosos e importantes hechos históricos, que merece la pena reseñar. Se supone que fue aquí donde Wamba –de ahí su nombre actual- fue obligado a aceptar la corona visigoda y donde, así mismo, se le nombró rey. De hecho, sus restos, así como los del también rey Recesvinto, que le precedió –recordemos su asociación con la basílica palentina de San Juan de Baños y la fuente con virtudes curativas que lleva su nombre, situada a escasos metros de ésta-, reposaron aquí, hasta que fueron trasladados a Toledo, en tiempos de Alfonso X el Sabio. Posteriormente –se cita como probable, el año 1175-, los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, utilizaron el lugar como encomienda, aunque, por motivos que se desconocen, no estuvieron en mucho tiempo: cinco o seis años, a lo sumo. Parece ser, que también la Orden del Temple se instaló aquí y probablemente, algún residuo simbólico –sobre todo, referido a la portada oeste, que se mantiene en buen estado de conservación, por haber estado sepultada durante muchos años-, les pertenezca. Curiosamente, se sabe, así mismo, que en este antiguo monasterio estuvo refugiada la reina doña Urraca, esposa del rey Fernando II de León, rey que, al parecer, no sólo donó extensas propiedades a los templarios, siguiendo la política iniciada por su padre, el rey Alfonso VII, sino que, además, les encomendó misiones de vigilancia en ciertos lugares de la provincia orensana, tanto en el interior –uno de ellos, podría ser A Mezquita-, como en las cercanías de la frontera con Portugal. Y recordemos, de paso, la reciente polvareda levantada por los historiadores Margarita Torres y José Miguel Ortega, quienes identifican el denominado Cáliz de Doña Urraca, que se custodia en la catedral de León, como el verdadero Santo Grial, en detrimento del que la tradición sitúa como el que puso a salvo San Lorenzo cuando las hordas de Alarico conquistaron Roma, el cual se custodió durante muchos años en el monasterio oscense de San Juan de la Peña, pasando por lugares como la Aljafería zaragozana, en tiempos del rey Martín el Humano, hasta desembocar en la catedral de Valencia, donde permanece custodiado hasta la fecha. Y en cuanto a la presencia del mito en tierras vallisoletanas, recordemos, igualmente, la referencia que se localiza en un lugar muy cercano a Wamba, situado también en plenos Montes Torozos: San Cebrián de Mazote y su iglesia mozárabe, dedicada a la figura de San Cipriano.


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Por otra parte, y en relación a las actividades de los diferentes gremios y las distintas organizaciones monásticas que residieron en este insólito complejo de Wamba, se pueden apreciar algunas singularidades bastante notables. Entre ellas, por ejemplo, esas referencias al panteísmo celta a las que aludíamos anteriormente, reflejadas, cuando menos, en uno de los capiteles de la nave, en la intrigante figura de Pan, caracterizado con sus dos pequeños cuernos en la cabeza; una cabeza, que además surge de una floresta ancestral, a la manera de tantas representaciones alusivas a la Antigua Religión, a las que se ha  denominado como hombres-verdes, cuya presencia en lugares sacros, se ha venido constatando, a lo largo de los siglos, sin importar el estilo y la época. Otras figuras simbólicas, como el zapatero que mastica una tira de cuero –al que generalmente, se confunde con una alusión a la lujuria-, hacen referencia a los gremios de artesanos que ya comentaban a tener su importancia en las villas y ciudades en las que se iban asentando, a medida que la Reconquista iba medrando el poder musulmán en la Península y colonizándose los territorios ocupados.
Especulación, por otra parte, aunque no exenta de interés, es aquella donde algunas fuentes pretenden ver, en los escasos restos de lo que un día debieron de ser unas magníficas pinturas situadas en la cabecera principal, detrás del altar, alusiones a la Kabalah hebráica, en base a los motivos florales y animales que las componían, donde todavía se puede apreciar, la forma inconfundible de los leones de origen visigodo, cuya representación aún puede observarse en algunos interesantes edificios de la época, como Santa Comba de Bande, en la provincia de Orense o San Pedro de la Nave, en la vecina provincia de Zamora.
Más compleja, aun si cabe, es la presencia, anexa a uno de los laterales de la nave y situada enfrente de la pequeña Sala Capitular –donde uno de los detalles más reseñables, es la abundancia de marcas de cantería-, de una pequeña capilla, en mitad de cuyo paso –eje o Axis Mundi-, se encuentra el tronco de un impresionante Árbol de la Vida, cuya bóveda se despliega en forma de hermosas hojas de palmera. La capilla, de reducidas dimensiones, todavía conserva restos de pinturas, probablemente góticas o posteriores, y entre ellas, en la parte superior central, dos ángeles portan un pequeño escudo con una cruz de Malta, detalle frente al que cabe la suspicacia de preguntarse sobre el tipo de actividades o ceremonias que en ella llevaban a cabo los caballeros hospitalarios, una de cuyas encomiendas se encontraba en las inmediaciones de Simancas, en un pueblo que todavía lo recuerda en su nombre: Arroyo de la Encomienda. Completan las pinturas, en orden de izquierda a derecha: una Natividad, algunos retazos del Prendimiento y la Pasión y lo que pudiera ser una referencia a la denominada Invención de la Cruz, pasaje donde, según la Tradición, Santa Elena, madre del emperador Constantino, encuentra en Jerusalén la Vera Cruz.