jueves, 14 de mayo de 2015

Libros de Piedra: Soria, el pórtico de Santo Domingo


Santo Tomé o Santo Domingo. Poco importa el nombre o la advocación, si tenemos realmente en cuenta que hablamos de uno de los templos más importantes y significativos del románico de Soria, cuando no del románico peninsular. Declarada Monumento Histórico Artístico en junio de 1931, su portada principal, orientada hacia occidente –no sería de extrañar, que muchos peregrinos que llegaban a la capital soriana a través del denominado camino castellano-aragonés, lo hicieran con la mente predispuesta no sólo en aprovechar las lecciones relevantes de las diferentes escalas de su ruta, sino también mirando con determinación hacia ese plus ultra algo más alejado de Compostela, llamado Finis Terrae-, es otro de esos libros de piedra, monumental y de una riqueza simbólica, que merece, cuando menos, una mención, breve o no, en ésta espero que interesante biblioteca –entiéndase de una manera poética y comparativa-, de inconmensurables incunables medievales que todavía resisten, enconadamente, los embites del tiempo y de los hombres. Su génesis, prólogo o capitular árbol de Jesé –que todo libro que se precie, tiene también su divina genealogía-, está ligado a singulares personajes que por realengo y representatividad se aseguraron convenientemente un lugar destacado en los índices o separatas de la Historia, teniendo sus autores –cuyos huesos reposan en cripta anónima, posiblemente a más profundidad y a salvo que los del pobre Cervantes, recientemente profanados-, un origen extra-pirenaico y poitevino, que permite compararlo con aquél otro enciclopédico libro situado en Poitiers, -cincelado con el escoplo de la lengua materna de Moliére-, dedicado a la figura de Nuestra Señora. Nada más oportuno, pues, que comenzar a desglosar capítulos, disertando sobre la Gran Dama, por cuanto que en la iconografía de nuestro templo se localiza una de las escasísimas rarezas –la Trinidad Paternitas de su tímpano- que ya debería indicarnos hasta qué punto fue importante su figura, introduciendo al lector, de paso y por añadidura, en un genuino thriller de misterio paulino, suplantación de personalidad –malleus malleficarum- y especulación difícil de superar. A eso habría que añadir ese aspecto poco conocido también, pero presente en el simbolismo de algunos rosetones, que alude, por su forma inequívoca de rueda, a otro personaje muy determinado al que en ocasiones se representa con una bifrontalidad januinamente familiar –perdón por la licencia ortográfica-: la Diosa Fortuna, y que en este caso, tiene una gran similitud con el rosetón que corona la iglesia del cercano monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, cuyos monjes fundadores, escindidos de Cluny, provenían, así mismo, del antiguo reino franco del alabado Carlomagno. No es de extrañar, por tanto, que en los siglos posteriores, el ojo crítico de muchos estudiosos del Arte, como Blas Taracena, considerasen a esta portada como la más rica y armónica de las iglesias románicas de España. Opinión compartida, además, por José Antonio Gaya Nuño, quien nos la hizo llegar también por boca de su entrañable e inmortal personaje, el santero de San Saturio, aunque éste, sin duda más humilde pero indudablemente con un gusto exquisito, prefiriera San Juan de Duero, que no tiene capellán ni beatas, pero donde permanece el husmillo guerrero de los caballeros hospitalarios. Éstos fueron, precisamente, los que escoltaron a Leonor –hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania, de quien obtuvo su ducado-, para sus esponsales en esta iglesia con Alfonso VIII, y los que pasaron, en el transcurso de su viaje hacia la capital soriana, por la encomienda que tenían en Hortezuela, pequeña población situada, aproximadamente, a mitad de camino de dos importantes núcleos de población como son El Burgo de Osma y Berlanga de Duero, y de la que en la actualidad apenas queda una iglesia prácticamente remodelada de arriba abajo, sobre cuyo sencillo pórtico principal aún se observa una cruz de ocho beatitudes que distinguía –sin que ello constituyera un privilegio exclusivo- a la orden referida. Como cruces montesinas o calatravesas –posteriores herederos de los templarios-, quisieron los canteros que lucieran algunos guerreros en sus escudos, quizás con la intención de resaltar ese importante capítulo que, después de todo, jugaron las órdenes militares en otra Cruzada que poco tenía que envidiar, en realidad, a la que se estaba desarrollando en Oriente, si exceptuamos, claro está, los Santos Lugares: aquéllos ollados por el gran paradigma que ha supuesto siempre la figura de Jesús.



Escenas de ternura y de crueldad; de dolor, de fe, de esperanza y de caridad, los capítulos distribuidos en esa figurada media luna que son las arquivoltas, dirigen los ojos del espectador hacia misterios neotestamentarios, que se desarrollan, sine quanum, bajo la atenta sinfonía de los veinticuatro Ancianos músicos, que confirman, con su presencia, ese sentido peyorativo de revelación que conlleva siempre el término Apocalipsis. Desplegados, pues, como las alas del águila sanjuanera, la música que imaginariamente surge de sus instrumentos nos traslada, como lectores privilegiados, por ese fantástico universo de mitos representativos del mundo medieval, en el que el baile lujurioso de Salomé sirve de colofón al degollamiento del Bautista, producido algunos años después del episodio del Jordán y de que el Diablo despertara en el temeroso corazón de Herodes latidos sangrientos que le llevarían a ordenar la matanza de los inocentes, una vez burlado también por tres Magos, en cuyo sueño se cuela un ángel de rondón -¿quizás Gabriel, el mismo que acompañó al profeta Mahoma en su viaje escatológico o mi’ray, precursor, según algunas fuentes, de la dantesca Divina Comedia?-, para inducirles a continuar hacia el pesebre, punto de destino al que habría de conducirles una estrella inteligente. La Adoración, continuación y preludio, a la vez, que sugiere la integración en la trama de la figura mesiánica por antonomasia: aquélla que, una vez depurada en hombre, encarnaría a otra figura todavía más mística aún si cabe, como es la del rey sagrado, cuyo holocausto, está predestinado desde el alba de los tiempos a ser el cordero de Dios que limpia los pecados del mundo. Opus Nigrum. La Obra concluye. Por encima de ella, la Mano Creadora: la misma que ya figuraba en las subjetivas mentalidades prehistóricas; el Velo inefable de lo Desconocido; la Mano de Dios. Digno escenario para los Esponsales de un Rey.