lunes, 26 de octubre de 2015

Nuevos estilos, viejos mitos: la iglesia de San Pablo y el Colegio de San Gregorio de Valladolid


‘El trabajo en el mito, es como excavar en una roca e ir sacando y sacando, siempre más y más…’ (Erwin Rohde)

Se podría pensar, siguiendo en parte el razonamiento de Rohde, que de los primigenios orígenes románicos de una ciudad, sin duda cosmopolita, como es Valladolid, apenas quede sino un melancólico recuerdo, que obligue a suponer al visitante caprichoso que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y nada más lejos de la realidad, si admitimos, razonadamente también, que de la vieja crisálida románica sobrevive, cuando menos, la mariposa original del mito. Tal cuestión, ya la debatía Cristóbal de Villalón, cuando en 1539, publicaba su obra Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente, poniendo en boca del personaje defensor de lo nuevo, unas certeras palabras, que vienen como anillo al dedo al tema a debatir en la presente entrada: Pues en la Architectura no han faltado varones en estos tiempos que se ayan señalado en edificios. ¿Qué Memphis o qué Pirámides se pueden comparar con el monasterio y colesio de San Pablo, aquí en Valladolid?. Y no le falta, obviamente, parte de razón, por mucho que el espíritu románico –y a la vez, por qué no, romántico también-, se adolezca de ello. Situada a escasos metros del Palacio de Pimentel –no hacen falta más referencias, pues todo el que pasa por allí, no tardará mucho en averiguar, observando su fachada, en qué habitación nació Felipe II, el día 21 de mayo de 1527 y en qué templo fue bautizado-, la iglesia de San Pablo fue levantada entre los siglos XV y XVI, junto al convento de los Dominicos, del siglo XIII, que sería definitivamente demolido tras la Desamortización de Mendizábal, construyéndose, en su lugar, el actual Colegio de San Gregorio. De la espectacularidad, tanto de la iglesia como del colegio anexo –que actualmente, alberga el interesante Museo Nacional de Escultura-, caben destacar, tanto por la exuberancia como por la interesante mezcolanza de antiguos mitos, sus monumentales fachadas. Tanto es así, que con respecto a la fachada del colegio, mucho más directa, aún si cabe, con los antiguos tabúes, cabe la lícita idea de pensar si no hubo, al fin y al cabo, un acto de justicia poética ante los abusos ultra-ortodoxos de los denominados canes o perros de Dios. Sea como sea, y dejando aparte el maravilloso despliegue de geometría sagrada que, no obstante, evidencian sus planos herrerianos, donde la materia varía su forma con respecto a sus antecesores románicos y góticos, pero no sus elementos esenciales, definiendo plenamente lo que Ruskin consideraba como las siete lámparas de la Arquitectura (1), observamos cómo los canteros, siglos después de que la memoria de sus antecesores se confundiera con el polvo de los infinitos caminos que recorrieron, desplegando oficio, arte e ideal, continuaron la tradición, dejando en sus esculturas parte de esos guiños maliciosos que, por implícita heterodoxia, bien podrían ser considerados, metafóricamente hablando, por supuesto, como arte de Lucifer. También parece, sino evidente, al menos curioso, que no definitivo, que fuera de este contexto eminentemente escultórico, pocas o ninguna marca personal dejaron en los sillares de los nuevos templos, quizás porque los gremios en esa época estaban lo suficientemente asentados y definidos sus patrones, a la manera de las futuras empresas modernas –independientemente, de que siempre existan excepciones a la regla, fuera del ámbito del simple jornal-, como para no caer en la contabilidad de lo individual. Dejando, pues, aparte las grafías lapidarias, e introduciéndonos siquiera levemente en ese oneroso y a la vez complaciente universo espiritual de la portada sampablesca, llama la atención la relevancia que se le ha dado a dos figuras clave: Cristo y la Virgen. Mito Nuevo y Mito Antiguo, amparados en el débil lazo de una consanguineidad, que sin embargo, choca por su relativa desafección -¿qué tengo que ver yo contigo, mujer?, supuestas palabras de Cristo a su madre-, y una aún más específica revelación, que quizás nos ayuden a entender mejor el trasfondo central de la Coronación de la Virgen, sobre la que parece girar todo este entramado plateresco: vengo a destruir los trabajos de la hembra. En efecto, pieza central indiscutible, la Coronación de la Virgen, nos ofrece interesantes elementos para una hipotética interpretación, posiblemente en un intento interesado de reunificar dos corrientes antagónicas, cuya rivalidad resulta milenaria. El Padre y el Hijo coronan a la Madre, sí, pero si observamos con atención la escena, veremos que el elemento tradicional de ésta, el objeto de poder, la bola, se mantiene en la diestra del Padre, reafirmando su supremacía, relegando el principio femenino a un término secundario. No resulta extraño, por otra parte, encontrarse, a la vera de Éste, con la figura de uno de los principales promotores de la obra en su primera fase, y a la vez, uno de los más temibles inquisidores de la historia de España: Torquemada. Sí resulta significativo, no obstante, observar, en ambos extremos, como no podía ser de otra manera, a dos personajes que sustituyeron las grandes festividades precristianas basadas en los solsticios: los dos Juanes. Y de éste Jano desunificado, cabe destacar, naturalmente, esa figura de aspecto generalmente afeminado, que caracteriza siempre al Evangelista, cuya diestra, para terminar de rematar ese otro complemento gnóstico que casi siempre le acompaña, sostiene con fuerza la copa o grial, de la que surge la serpiente –dragón en ocasiones-, representativa de Sophia, la Sabiduría. Por debajo de ésta beatífica escena, y entre la numerosa representación formada por apóstoles, santos y santas, destaca, así mismo, otra controvertida figura: Santa Bárbara.

Santa Bárbara, figura de la que tradicionalmente nos acordamos cuando truena, es otra figura en cuyo trasfondo, como en el caso de la Virgen María, parece esconderse, convenientemente camuflada tras un tupido velo de estricta ortodoxia, una personalidad trascendental, bastante incómoda para la misoginia de la Iglesia: María Magdalena. ¿Qué se esconde detrás de ésta figura tan perversamente manipulada?. ¿Fue, realmente, la prostituta arrepentida de que nos hablan los Evangelios canónicos, o por el contrario, fue algo mucho más importante y peligroso para los intereses apostólico-romanos, de lo que se nos ha querido hacer creer?. Cuestión digna de un capítulo aparte, como iremos viendo más adelante, a María Magdalena o María de Magdala, independientemente de las representaciones tradicionales que nos la muestran con la cruz de penitente, el frasco de ungüento con el que, según se nos relata, ungió el cuerpo de Nuestro Señor y la calavera a sus pies –detalle éste, bastante relevante, como se verá también-, el objeto que en realidad siempre le ha correspondido, no es otro que la torre o fortaleza, que a la postre y bien entendido, define, tanto física como espiritualmente, su fascinante personalidad. Objeto, que fue posteriormente atribuido, como en otros muchos casos, a un personaje de dudosa veracidad histórica, como es la referida Santa Bárbara. Aquí, aparece representada con la torre en su mano izquierda, una pala en su mano derecha y una nao o carabela sobre su cabeza, probablemente aludiendo a la leyenda Plus Ultra o Más Allá, que comenzaría a figurar en los escudos reales, a partir del Descubrimiento del Nuevo Mundo.

En la parte superior de todo el conjunto, aunque por debajo del escudo real escoltado por dos soberbios leones y un águila, una escultura de la Virgen con Niño en brazos, aparece, flanqueada a ambos lados, por los que bien pudieran ser representaciones de los otros dos benefactores del templo, aparte del mencionado Torquemada: Fray Alonso de Burgos, confesor de la reina Isabel la Católica y obispo de Palencia y el Cardenal García de Loaysa, confesor del rey Carlos V y presidente del Consejo de Indias. En esta portada, trabajó también un Maestro conocido, Simón de Colonia, que participó, entre otras, en la catedral de Burgos.

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La portada del Colegio de San Gregorio

Netamente de índole cabalística, la visión de un Árbol de la Vida tan monumental como el que exhibe la portada del Colegio de San Gregorio, no deja de llamar la atención, sobre todo, si comparativamente hablando, observamos en esa referencia hebráica, la proliferación de un simbolismo que, si bien maquillado convenientemente, no deja de remitir a influencias consideradas netamente como de origen pagano. La extrañeza se acentúa, mucho más aún si cabe, si consideramos que sus artífices o benefactores fueron, precisamente, los dominicos: aquéllos que hacían de la más estricta ortodoxia ley inquebrantable, y que llevaron a la hoguera a cientos de personas, y posiblemente, me quede corto, por no pecar de exagerado. Por encima del referido Arbor Vitae –plantado en una fuente con la base de forma hexagonal, coronado por el enorme escudo imperial que protegen el águila y los leones y por cuyas ramas, convertidas en metafórica escala de Jacob, ascienden, descienden y evolucionan multitud de putos o angelotes, que en los estilos renacentista, plateresco o barroco, vendrían a sustituir a aquéllos espíritus elementales de las antiguas religiones, que en el románico, por ejemplo, asomaban sus burlonas cabecitas entre medias de la floresta o vegetación-, notable, enmarcado en un tri-ángulo, un elemento tri-faz, de cuyas bocas surgen los zarcillos que también en las antiguas representaciones románicas caracterizaban a los denominados hombres-verdes, nos vuelve a remitir a la Antigua Religión y a la figura primordial de la Triple Diosa Madre, alusión, que hacía que éstas figuras –obvio es el por qué, si lo comparamos con uno de los grandes misterios del Cristianismo-, fueran consideradas heréticas. También presente, la referencia al mito de Sansón –o quizás, a esa doma de los instintos salvajes que viven en la naturaleza humana-, apreciable en ambos laterales, aunque la imaginación del autor, juegue así mismo con la alquimia simbólica –solar y lunar-, al representar, respectivamente al león y el dragón o serpiente. Pero sin duda, entre los muchos detalles que se pueden apreciar –tantos, que daría para un pequeño ensayo-, no pueden dejar de ser percibidas, aquéllas soberanas referencias a los hombres-salvajes –utilizados en los escudos de algunos ayuntamientos, como el de Ayllón, en Segovia-, que en forma de atlantes, cariátides o columnas-estatua –en número de ocho, cuatro a cada lado del pórtico-, portan un rico simbolismo detrás, parte del cual se aprecia en los diferentes símbolos que adornan sus escudos y que hacen referencia a la abismal antigüedad de unos linajes, unas gestas y una historia, cuya riqueza, en gran parte, está aún por descubrir.

(1) Las siete lámparas de la Arquitectura, de Ruskin: Sacrificio, Verdad, Poder, Belleza, Vida, Memoria y Obediencia.

martes, 13 de octubre de 2015

Marcas y graffitis en la catedral de Oviedo


‘Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al siervo pero olvida al Señor…’

Dejándolo aparte, pero no sin previamente reconocer la importante deuda histórica que la peregrinación a Santiago tiene con Oviedo y su monumental catedral, dedicada a la figura del Salvador –relegadas ambas a un segundo plano, por un calculado interés político, económico y social avalado por el afianzamiento de las fronteras, cuyas consecuencias más inmediatas, fueron la variación del destino y de las rutas originales, aquellas, que para evitar el peligro del moro, pasaban por los lugares más escabrosos, geográficamente hablando, de Álava y de Asturias-, no deja de ser un hecho cierto, también, que una parte considerable de esos paradigmas que han acompañado siempre a la aventura humana, dejaron buenas influencias, sin duda, en un lugar tan legendario y espectacular. Es cierto, así mismo, que como todo o casi todo vestigio de nuestro rico, riquísimo pasado, la catedral de San Salvador se ha visto afectada por una importante cantidad de alteraciones, cuya pérdida, con toda seguridad, nos suponga, en más ocasiones de las que realmente nos gustaría, acudir por obligación a ese pobre recurso, que no deja de ser, después de todo, la especulación. Aun así, no obstante, el buen observador todavía puede constatar, que en el fondo, y como piezas descabaladas de lo que podríamos considerar una parte importante de ese inconsciente colectivo que tan oportunamente nos presentara C.G. Jung –sobre su persona, reconozco que me inclino eventualmente por la aseveración informal que hacía de él Enrique Eskenazi, al afirmar que no era tanto un psicólogo preocupado por temas de ocultismo, sino más bien un ocultista disfrazado de psicólogo-, en cuyos profundos estratos, la psique oculta el inapreciable –y generalmente inalcanzable- tesoro del Símbolo.

A tal respecto, cierto es, también, que no disponemos de un manual de instrucciones que nos vaya guiando y señalando, a cada paso de nuestro recorrido, las pautas que debemos seguir en cada momento, cada vez que en nuestros viajes nos tropezamos, de manera involuntaria o no, con cualquiera de sus expresiones. Tampoco existe un manual, que pueda afirmar categóricamente en qué lugar específico hay que mirar, aunque sí podría afirmarse que, al menos en cuanto a graffitis de peregrino se refiere, las portadas de acceso a los templos parecen constituir ese imaginario tablón de anuncios, en el que generalmente el peregrino dejaba constancia, no sólo de su paso por el lugar, sino también de la posible motivación espiritual o anímica, relacionada con el viaje que estaba realizando. Posiblemente, y basándonos en la persistencia de ciertos símbolos, tendríamos que dejar a un lado las consideraciones personales y pensar en la posibilidad de un lenguaje común. Un lenguaje codificado, se podría decir, que puede variar en el modus operandi, pero que se mantiene fiel en cuanto al objetivo a conseguir. Dentro de ese supuesto lenguaje, y por una repetitividad más que casual, hay ciertos símbolos que destacan del resto, y que, de alguna manera, parecen guardar, después de todo, una no menos estrecha relación: entre ellos, caben destacar la pata de oca y la cruz monxoi. Ambas, a su manera, no sólo se relacionan con la prueba del laberinto o el viaje iniciático que se está siguiendo –que en el fondo, se trata de eso-, sino que además, comparten el objetivo final de éste: el encuentro con Sophia. O lo que es lo mismo, dicho sin el suplemento gnóstico, con la Sabiduría. Al menos, en su sentido alegórico.

Como alegórico puede ser, también, hablar de marcas de reconocimiento, sea del tipo que sea la naturaleza del que podría considerarse como jugador: gremio, asociación, cofradía o buscador solitario. Presente, así mismo, hay otra marca que parece original, de época y que resulta fácilmente de localizar en numerosos templos románicos: la a mayúscula o el compás, asociado, cuando menos, a la mayoría de los gremios canteros medievales y en ocasiones, si nos referimos al ámbito de la pintura en los retablos, sustitutiva de la Tau en la figura de San Antón, como podrá constatar todo aquel que se pase un día por la iglesia de San Martín, en Artaiz, Navarra. Junto a ésta, y evidentemente manipulada, figuran no sólo cruces aspadas tipo esvástica, sino lo que bien podría considerarse como un esquema geométrico, a los que eran muy dados los canteros, puesto que también utilizaban la piedra como soporte de planos: un rectángulo de cuyo centro aproximado parte una línea recta, que podría señalar la planta del recinto en cuestión. A la línea central, se la han añadido más líneas verticales, hasta conformar algo similar a la pata de oca.

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