Los Símbolos de un Maestro: cenotafio de Santo Domingo de Silos
L a lluvia, infatigable compañera durante toda la mañana, apenas ofrece un momento de tregua cuando, todavía empapado a consecuencia del desplazamiento desde el aparcamiento habilitado a las afueras del pueblo, pongo los pies por primera vez en el claustro de ésta milenaria abadía de Santo Domingo de Silos. El viaje, sin duda extraño, no estaba previsto. En realidad, Silos no era mi destino esta tempestuosa, desapacible mañana de sábado. Ni siquiera pensaba en Silos, ni en la herejía que supone para un amante del románico, no haber recalado allí todavía, sobre todo cuando, como un lorito parlanchín, he utilizado en numerosas ocasiones el término silense para referirme a las características de las esculturas capitelinas de ésta o de aquélla iglesia. Mi destino, fruto de la locura o del romanticismo para desafiar a estos idus de febrero, se encontraba, aproximadamente, una cincuentena de kilómetros más allá, en Hortigüela y las ruinas de lo que en tiempos fuera uno de los más antiguos y...