miércoles, 14 de diciembre de 2011

Las Huellas de los Caminantes


' - ¿Qué estás haciendo? -le preguntó un peregrino al peregrino loco.
- Estoy contemplando mi sombra -le respondió este escuetamente.
- ¿Y qué tiene de interesante tu sombra? -insistió el otro.
- Estoy esperando que me cuente algo...' (1).

Se trata sólo de una metáfora. Me refiero al título de la presente entrada. Pero eso sí, creo que es una metáfora que, desde luego, caracteriza las cualidades trashumantes de éstos verdaderos maestros de la piedra, que en su largo caminar fueron ilustrando una Edad Media sumida en el más impenetrable de los ocasos. Al menos, culturalmente hablando. El que más o el que menos, conoce básicamente los pormenores de una época que comenzó en el siglo VII, con la invasión musulmana de la Península, y se extendió hasta el siglo XV, con la conquista de Granada por los Reyes Católicos. Cerca de ocho siglos, pues, repletos de vicisitudes y acontecimientos, donde éstos anónimos Caminantes desarrollaron una labor ilustrativa y cultural sin parangón, dentro de las características de un mundo que estaba distribuído, básicamente, en tres estamentos claramente definidos: los oratores, o gentes del espíritu; los bellatores, o gentes de la guerra, y los laboratores, las gentes del trabajo; o lo que es lo mismo, el pueblo llano.
Políticamente correcto o no, coincido con la opinión de José Javier Esparza (2), cuando destaca el papel determinante de la Iglesia como rector del orden medieval. Es lógico, y dentro de sus funciones como poder temporal, político y religioso, la búsqueda de la sabiduría antigua conllevó también que la llama de la cultura no se extinguiera definitivamente, obrando el milagro de que la piedra se convirtiera en los libros de texto que, impresos en las páginas geométricamente sagradas de los templos, cumplían con creces dos conceptos a tener en cuenta: evangelizar e ilustrar. Aquí intervenía el nómada albañil, puliendo los mensajes, generalmente por encargo, y otras veces, incluyendo temáticas que, por no denominar abiertamente heréticas, las dejaremos deslizarse subrepticiamente por el nirvana particular de su estado espiritual en un momento dado.

También es cierto, que a la hora de levantar un templo, generalmente todos solían arrimar el hombro. En este sentido, la observancia de los zapatitos en numerosas iglesias podría responder perfectamente a la hipótesis más aceptada -de hecho, también la más sencilla y menos engorrosa- de que los sillares donde se localizan indican que fueron donados por el gremio de zapateros de un pueblo en cuestión. Lo mismo que las tijeras, quizás no tan numerosas de vislumbrar, constituirían, teóricamente, el tributo para con Dios y la Santa Madre Iglesia, del gremio de sastres que, de esa manera, se aseguraban unas relaciones provechosas, al menos en cuanto a conciencia se refiere, pues no olvidemos que en esa época, el temor a Dios resultaba de una naturaleza tan cotidiana como el comer.

En esta iglesia de San Miguel, localizada en el pueblecito de Beleña de Sorbe, provincia de Guadalajara, uno puede apreciar, en su portada, uno de los calendarios románicos que mejor se conservan, comparable al que se puede encontrar en la fachada de la capilla del caballero San Galindo, anexa a la iglesia de San Bartolomé de Campisábalos. También un curioso capitel que muestra a un ángel con una cruz en la mano y con la otra señalando el sepulcro vacío, o a las Tres Marías comparables, en el fondo, no diría ya que con las Tres Gracias de la tradición greco-latina, pero sí, quizás, con las Tres Madres de la mitología celta, que, por añadidura, también se pueden apreciar en la iglesia de San Miguel, en Estella, Navarra.

Bien es cierto, por otra parte, que si la visión de los zapatitos no deja de ser, hasta cierto punto corriente, también es verdad que no siempre se localizan en número y en lugar tan específico como en este templo -los sillares anexos a la portada-, aunque sí -y este es un dato curioso- en los lugares más insospechados, como en una losa junto al altar, como puede comprobar todo aquél que visite el interior de la iglesia de San Pedro, en Caracena, Soria.

Reconozco que por detalles como este, que pueden parecer insignificantes a priori, tengo mis reservas sobre la verdadera función de ésta señal. Pero de lo que no cabe duda, es de que, aún metafóricamente hablando, es un símbolo que describe perfectamente a uno de los gremios más misterioso y a la vez fascinante de todos cuantos arropó la Edad Media: el de los canteros.





(1) Grian: 'El Peregrino Loco', Ediciones Obelisco, 1ª edición, febrero de 2006, página 44.


(2) José Javier Esparza: 'Moros y cristianos', editorial La Esfera de los Libros, S.L., 2ª edición, febrero de 2011, páginas 246-247.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Juegos de Geometría Sagrada en una ermita mozárabe



'Más cosas encontraréis en los bosques que en los libros; los árboles y las piedras pueden haceros ver lo que los maestros nunca sabrán enseñaros...'. (1)

Igual que esa historia de los sueños que nunca ha sido escrita, como asevera Jacobo Siruela, la historia de los canteros y su fantástico mundo simbólico permanece, también, envuelta por brumas oníricas, cuyos elementos clave escapan, la mayoría de las veces, a cualquier tipo de psicoanálisis racional que pretendamos aplicar para desentrañar el mensaje que subyace aletargado en su rico simbolismo. Es cierto que en ocasiones, la sorpresa salta cuando menos te lo esperas. Pero no es menos cierto, también, que después, cuando desaparece esa ilusoria euforia frente a lo que parecía, a priori, una piedra de Rosetta que, cual ingenuo Champollion, habría de proporcionarte la clave de un idioma ancestral, la desesperanza se abre camino inexorablemente, hasta el punto de volver a dejarte en ese punto muerto inicial; en esa tierra de nadie, prohibida y tremendamente peligrosa, que pocos se arriesgan a atravesar, en la mayoría de las veces por temor a hacer el ridículo.
La ermita de Santa Cecilia, es un canto a la belleza. Si bien el entorno es un poderoso aliado, su sencillez, su calculada proporción y su nostálgica elegancia, hacen de ella un tesoro que invita a la ternura, al mimo, y sobre todo, a la contemplación. No en vano, creo que se podría afirmar que es el único ejemplar de arte mozárabe que sobrevive en la provincia de Burgos. Y de hecho, ya en sí misma y con esa supervivencia añadida, constituye todo un enigma. En realidad, la zona es un enigma en sí, en cuanto a ermitas, advocaciones, cultos y romerías se refiere, disponiendo, incluso, de una ruta específica: la ruta de las ermitas, cuyo punto de partida, comienza, probablemente, en Quintanilla del Coco.

Su situación de aislamiento, a medio camino de las poblaciones de Santibáñez del Val y Barriosuso, hacen de ella un lugar solitario y tranquilo que, de alguna manera, recuerda a esa otra ermita, mozárabe también, escondida en lo que ahora son las parameras de Berlanga: San Baudelio. Dejando aparte las evidentes diferencias entre una y otra, ambas, no obstante, tienen una cosa en común: por algún motivo, ninguna de las dos parece haber sufrido las consecuencias de las terribles razzias de Almanzor. No olvidemos la cercanía a la que la ermita de Santa Cecilia se encuentra de Silos y también de ese imponente desfiladero de la Yecla, donde el caudillo moro estuvo a punto de perder la cabeza, cuando regresaba de una de ellas.

Pequeña en su conjunto, Santa Cecilia posee una galería porticada, que juega con la magia de los números: cinco arcadas, contando con la arcada principal. A través de ésta, se accede al pórtico de entrada y a una galería interior, cegada en sus extremos. El pórtico es sencillo, y está totalmente desprovisto de ornamentación, a excepción de una cenefa que muestra motivos foliáceos, semejando arquillos. A juzgar por los carteles informativos, el interior, en su zona absidal, está presidido por una imagen de la santa que, entre otros, porta como atributos la hoja de palma caracteristica de la santidad. Como en cualquier templo, las marcas de cantería -en realidad, escasas- se confunden con las cruces de peregrino y los graffitis modernos, incluido un curioso nudo celta, esmeradamente labrado, todo hay que decirlo, y varios círculos, conteniendo una cruz tipo paté apenas perceptible uno y el radio dentro de la circunferencia, otro.

Ahora bien, la cosa cambia cuando echamos un vistazo al lado este de la galería y observamos, en sus sillares, un círculo perfecto con una flor de seis pétalos -otra vez la magia de los números- y un círculo más pequeño en su interior. Modelo similar, comparativamente hablando, a esas otras conocidas como espantabrujas, que tanto imperan en los dinteles y en las fachadas de muchas casas de nuestros pueblos, aunque sin la acepción del segundo círculo. Idéntico modelo, aunque sin el círculo interior, lo encontramos al lado opuesto de la galería, en una esquina formada por los muros oeste y sur. Y aquí comienza el drama, porque si bien, tanto uno como otro modelo, parecen de época, al menos uno de ellos, contiene añadidos visiblemente menos marcados y previsiblemente modernos.

Curiosamente, a la derecha del primer modelo cuya flor está inmersa en dos círculos concéntricos, se puede observar una flecha a la derecha que señala una estructura geométrica de forma determinada. Estructura que podría corresponder a un plano y un trazado de ángulos aplicables a la construcción del templo, de los que se valió el Magister Muri para, o bien orientarse u ofrecer a los operarios una lección teórica. Esta sensación quedaría, en cierta manera, evidenciada, en el segundo diseño. Precisamente aquél que no posee el círculo más pequeño pero que, por el contrario, sí cuenta con unos añadidos que pudieran ser modernos, pues el trazo es más débil y está menos remarcado. Los añadidos a los que me refiero, son flechas que, partiendo del centro, señalan una dirección determinadas; a las flechas hay que sumarles letras y conjuntos de letras -RPM, IAC, R, M, E- que podrían corresponder con fórmulas geométricas de las que valerse para la obtención de planos y ángulos aplicables a la construcción y posiblemente también a la orientación del templo. Pero repito que, por su aspecto, se tiene la sensación de que alguien, en época relativamente reciente y aprovechando un diseño original dejado por los canteros que levantaron esta ermita, o bien practicó a solas o por el contrario, ofreció una lección en vivo, y posiblemente magistral, de geometría sagrada.

Ahora bien, al hacerlo, quizás añadió las claves a una piedra de Rosetta que podría despejar, cuando menos, algunas incógnitas en cuanto a este fascinante mundo de la cantería medieval y sus, en ocasiones, inexplicables misterios. Pero eso formará parte de otro estudio.





(1) San Bernardo de Claraval, 'Epístola 106'.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Cebrecos, curiosidades de una ermita expoliada

'Observando la Realidad con los ojos abiertos, mirando nuestro entorno sin la indiferencia de quien se cree de vuelta de todas las preguntas, teniendo el valor de inquirir y de aventurar, aunque nos equivoquemos. Señalando con el dedo lo que vemos, sin ignorarlo, sin tapujos y sin reticencias ante lo que, en apariencia, rompe el ritmo de lo aceptado y nos introduce en la aventura que lleva a lo desconocido'. (1)

No siempre la Realidad, como decía el fallecido investigador Juan García Atienza, es fácil de vislumbrar, pero está ahí. El tema de la presente entrada, aún a pesar de toda la leyenda negra a él asociada, también ha estado ahí siempre, aunque muchas veces nos pase inadvertida. Recuerdo que esta pasada Semana Santa, conocí a una persona, arquitecto por más señas, que afirmaba que él, viendo una iglesia románica por fuera, ya sabía cómo era por dentro. Yo, sinceramente, reconozco mis limitaciones, pero asumo, no obstante, la certidumbre de su existencia, aunque no se pueda ver a simple vista. Generalmente, ésta, su existencia, se desarrolla entre bastidores; permanece agazapada en las sombras, como, por ejemplo, esas que ocultan los entramados interiores de los pórticos de muchas iglesias románicas; integrada en la misteriosa geometría sagrada de los ábsides; oculta en la mente prodigiosa de los Magister Muri, pero plasmada en sus planes; presente en multitud de formas, sobre todo vegetales y minerales, milimétricamente calculadas por la Naturaleza: la estrella de cinco puntas o pentalfa.


Hay iglesias, como la de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos, que la tienen bien visible, incorporada, además por partida doble, a su transepto. Otras, como la de la Asunción, en Leache, Navarra, la incorporan en el tímpano, haciendo valer, por antigüedad, el concepto del Hombre Universal llevado a la perfección, doscientos o trescientos años después, por Leonardo Da Vinci. En ocasiones, el cantero, siguiendo el ritmo de su crónica personal -o de su estado espiritual, como opinan algunos autores-, la incorpora, en forma de metopa, en un lugar algo escondido del ábside, como en el caso de la iglesia de la Natividad, en Sotillo, provincia de Segovia.

Se la localiza también, como marca de cantería, profundamente grabada en los sillares de numerosas iglesias, y no resulta extraña su presencia, así mismo, identificando a determinados personajes marginales de la época, como avaros o judíos -dicho con objetividad, sin intenciones racistas ni partidistas- como queda de manifiesto, por ejemplo, en un revelador capitel que se encuentra en el interior de la iglesia de San Martín de Frómista, en Palencia. Significativamente, y según el profesor Fernando Ruiz de la Puerta (2), también es conocida, en algunos ámbitos, con el nombre de Pie de Druida.



Cebrecos es una pequeña población burgalesa, perteneciente al partido judicial de Lerma, en la comarca del Arlanza, que dista, aproximadamente, unos 55 kilometros de Burgos capital. La ubicación, a las afueras del pueblo, perdida entre montes y campos de labor, hace que la ermita de San Vicente, no sea fácil de localizar para los foráneos. Recuerdo, como anécdota digna de mención que, al preguntar por ella a varios vecinos, nos dedicaban una sonrisa irónica, y antes de indicarnos la dirección a seguir, nos preguntaban con cierta sorna si la íbamos a arreglar. Resulta evidente que, de haber conocido su verdadero estado, posiblemente hubiéramos preguntado también por el destino o ubicación de los elementos ornamentales que la decoraban en origen, principalmente canecillos. Éstos, así como otros posibles elementos que pudieran encontrarse en el despoblado de Maluca -pueblo desaparecido, a cuyo municipio pertenecía realmente esta ermita- seguramente estén diseminados por los hogares de los vecinos de Cebrecos, o quizás, recogiendo polvo en las vitrinas de algún museo provincial, extraprovincial o definitivamente extranjero, como se conocen numerosas referencias en la provincia.

[continúa]






(1) Juan García Atienza: Nueva guía de la España mágica', página 538.


(2) Fernando Ruiz de la Puerta: 'Historia de la Magia en Toledo'.