sábado, 15 de diciembre de 2012

Tras las huellas de los canteros medievales os desea una Feliz Navidad



Navidad. Una palabra que suscita las más diversas emociones, pero que, por una de esas incomprensibles costumbres que terminan creando hábito, todos, o casi todos, nos dejamos llevar, anteponiendo el corazón; tirando la casa por la ventana; sintiéndonos desgraciados, por no haber atrapado a ese Gordo escurridizo que todos los años nos dá con la puerta en las narices; lamentándonos, acongojados, por esa interminable cuesta de enero, que posiblemente este año, más que nunca, se nos convierta en el peor de los puertos que hemos de superar. Sobre todo, cuando somos conscientes de nuestra situación, y humanamente nos preguntamos, con la angustia a flor de piel, qué nuevas desgracias y estrecheces nos deparará el Nuevo Año.
Eso no quita para que, siendo igualmente objetivo, sea fiel a mi costumbre. Sobre todo, porque me siento agradecido a todos aquellos que seguís este blog y aguantáis estóicamente las parrafadas con las que, con más o menos frecuencia, os bombardeo, en este afán desinteresado por compartir experiencias de algo que, por su mediática naturaleza, nos parece, sencillamente, apasionante.
No puedo evitar caer, pues, un año más en la vanalidad y desearos, de todo corazón, una Feliz Navidad y un venturoso Año Nuevo, en el que ese trece, afortunado en los últimos sorteos, si no nos agracia con riquezas, al menos que sea benevolente y no nos depare más desgracias. Y caso de hacerlo, me pregunto, ¿no podríamos imitar a los canteros medievales y empezar a construir con fe una Catedral de la Esperanza, aportando, siquiera, y en la medida de nuestras posibilidades, unas migajas de Solidaridad?. Pensémoslo. Y como las antiguas hermandades de canteros, hagamos buenos esos tres conceptos que muchos estamentos, por desgracia, han olvidado: Fe, Caridad, Solidaridad.
Me despido hasta pronto, y desde luego, siempre amenazando con volver. Un fuerte abrazo para todos.

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viernes, 7 de diciembre de 2012

La magia de los canteros de Carranque


Cuando la noche se enciende, dice la canción que complementa el vídeo de la presente entrada. Una canción y un título, que recuerdan a esa Noche de la Historia, cerrada, sin luna, que apenas deja parpadear una breve luz, un destello, una linterna de los muertos por encima de la cúpula hexagonal de una iglesia perdida entre la bruma. Una noche eterna, la mayoría de cuyos sueños, permanecen aletargados en el mullido colchón de la tierra que, cual celosa maga Circe, mantiene bajo su inmortal sortilegio el espacio y también el tiempo. Un ciclo cósmico, una espiral, un laberinto, un eterno retorno que nos recuerda constantemente nuestra simple condición de viajeros. Una partida y un regreso en la escuela de la evolución. Carranque es esa noche sin luna, ese sueño y ese laberinto inmemorial, bajo cuyas piedras, uno no puede por menos que sollozar, recordando, con nostalgia, aquél viejo refrán que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. Situado en la provincia de Toledo, a apenas una treintena de kilómetros de esa ciudad en la que todos se apean en Atocha, como diría Joaquín Sabina, las singulares ruinas de Carranque demuestran, en su milenaria soledad, el refinamiento hecho perfección, la maestría, el detalle y una industria de albañilería, cuyos diseños y simbolismo, habrían de constituir una de las fuentes principales en las que apagaron su sed hermética los canteros medievales. Este detalle, se percibe, no en las ruinas de la compleja basílica visigoda que recibe al visitante al comienzo de su recorrido, obligándole a imaginarse un edificio verdaderamente singular -quizás muy similar a aquél otro que fue arrasado por los invasores árabes en las ruinas de la antigua ciudad conquense de Segóbriga- pero sí algunos metros más adelante, en la magnífica casa de Materno, personaje que fuera prefecto romano, cristiano convertido y, al parecer, otra especie de San Martín Dumiense; es decir, martillo de herejes, entendiéndose éstos como aquellos que, al fin y al cabo, continuaban reafirmando su fidelidad a la Divinidad, en sus diversas formas y manifestaciones, desde una perspectiva imperdonable para la intencional universalidad del Cristianismo triunfante.
Es en ésta casa de Materno -la que, según se dice, y es cierto, vale por sí misma una visita- donde nos encontramos toda una serie de símbolos universales, no exentos de interés, y a la vez, de intencionalidad. Dejando aparte las maravillosas referencias mitológicas -incluida la cabeza de un singular Neptuno, con cuernos y novedosas antenas- en los diseños observaremos muchos elementos, que a partir de ese siglo IV, continuaron revelándose, en un contínuo fluir, en los templos cristianos que fueron completando ese puzzle arquitectónico sagrado y mistérico en la Península Ibérica antes, durante y después de la invasión sarracena. De hecho, aún quedan huellas de esa invasión entre los restos de Carranque.
Una zona, que fue reconquistada y repoblada a partir de 1085, por parte del rey Alfonso VI y que, originalmente, se conocía de manera muy similar a dos famosos monasterios riojanos: Carranque de Yuso, o de abajo, y Carranque de Suso, o de arriba. Un lugar que, al parecer, conoció también la presencia de los siempre enigmáticos caballeros templarios, quienes permanecieron en el lugar hasta el año 1140, fecha en la que lo dejaron en manos de la Orden de San Juan, cuando el rey Alfonso VII les concedió el castillo de Olmos.
Es, pues, en esos suelos maravillosamente enlosados, donde descubriremos estas referencias universales, en símbolos como la esvástica o martillo de Thor, como era conocida entre las tribus nórdicas; cruces de diferentes tipos, incluida la tau y la paté -que fuera adoptada como la más generalizada de sus cruces, no significa que fueran precisamente los templarios los inventores, pues este modelo ya era conocido en elementos prerrománicos-, estrellas de cinco, seis y ocho puntas encerradas en lazos eternos de origen celta; sellos salomónicos, e incluso, el símbolo por excelencia de la monarquía francesa, la flor de lis, elemento sumamente interesante, en el que muchos autores observan una referencia al lirio virginal -¿sustituto de la antigua espiga de Ceres, símbolo de la fertilidad?- y una forma encubierta, también, de ese misterioso símbolo rúnico de la vida, que es vulgarmente conocido como pata de oca.
Pero a diferencia de los canteros medievales, los canteros de Carranque sí dejaban sus señas de identidad; señas de identidad, que delataban el nombre de la industria de albañilería que había acometido la obra. Una obra en la que, curiosamente, se empleaba el plomo para las cañerías, elemento del que nos hemos seguido sirviendo hasta hace relativamente pocos años, en que fue sustituído por el plástico.
En fin, Carranque y sus misterios: todo un mundo por descubrir.

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domingo, 18 de noviembre de 2012

Nigra Sum: Nª Sª de los Canteros 2: la Soterraña


Aún no encontrándose en su lugar original (1), la preciosa talla medieval que se aprecia al principio del primer vídeo, recuerda, en esencia, el verdadero origen del gran enigma que son las Vírgenes Negras: la caverna. Caverna, posteriormente sustituída por criptas cuando se levantaron los templos cristianos sobre los antiguos santuarios de veneración a la Gran Diosa Madre. Una de las pruebas más evidentes, y a la vez un ejemplo de notoria relevancia, lo tendríamos en la catedral de Chartres, auténtico foco energético, que se levantó sobre una antigua caverna, precisamente donde los celtas veneraban la figura de la denominada Virgine Pariturae -la Virgen que dará a Luz-, y en cuya construcción, se destruyó el bosque anexo que, consecuencia de su gran devoción por la Naturaleza, también era sagrado para este pueblo y sus sacerdotes, los míticos y sabios druidas. A ésta imagen de Chartres, se la conoce como Notre Dame de Souterre, Nª Sª de Bajo Tierra, o lo que es lo mismo, Soterraña, teniendo, aún en la actualidad, una gran devoción, no sólo por parte del pueblo, sino también por la inmensa mayoría de turistas y peregrinos que visitan regularmente el lugar, muchos de ellos -oportuno es decirlo- atraídos por la magia de su impresionante Laberinto.
Fiel a esta denominación -y cuya influencia, posiblemente, procede de este antiquísimo culto del país vecino, como de hecho, sabemos que proceden muchos de los preeminentes iconos marianos existentes en provincias como Navarra (2)- uno de los casos más relevantes de Soterrañas en España, lo tenemos en la provincia de Segovia, concretamente en la localidad de Santa María la Real de Nieva, en el monasterio que precisamente lleva su nombre: Nª Sª de Soterraña. Localidad y Virgen que, curiosamente, se encuentran hermanadas (3) con una de las principales ciudades del Camino de Santiago, donde el Temple tuvo una activa presencia, y donde todavía recibe la adoración de los peregrinos, en su antiguo Iglesia de Santa María de los Huertos -actualmente, del Crucifijo-, el espectacular Cristo renano crucificado sobre una cruz con pata de oca: Puente la Reina (4).

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Podría considerarse, también, que en el claustro de este espectacular monasterio segoviano, los canteros, de similar manera que en todo un referente de magistratura, como es la venerable iglesia oscensa de San Pedro el Viejo, desarrollaron, bajo sutiles subterfugios, ese culto subterráneo por la figura de la Gran Diosa Madre, ocultando sus manifestaciones telúricas, en la forma, abundante, para ser una simple casualidad, de las serpientes y los dragones que ilustran numerosos de sus excepcionales capiteles. Formas que, bajo un punto de vista netamente ortodoxo, y siguiendo la línea de pensamiento demonizador de la filosofía judeo-cristiana, estarían consideradas como simples alusiones a la lujuria y el pecado. Junto a ellas destacan, tanto por su singular simbolismo relacionado, como por la repetitividad con la que aparecen, esas misteriosas figuras que, denominadas vulgarmente como hombres verdes, han permanecido presentes, con obstinada determinación, en los diferentes estilos arquitéctonicos que fueron sucediéndose a lo largo de las épocas, conformando claves que, en el fondo, e independientemente de los significados esotéricos que se las adjudiquen, pudieran contener, sencillamente, una alusión a los antiguos cultos a la Naturaleza -sobre todo, de origen celta- y por defecto, una alusión más que probable a la figura de la Diosa Universal, y aún, también, a la figura del Padre Universal, cuando el Matriarcado ancestral y primigenio, fue sustituído. Obviando este detalle, y centrándonos en el de la Mater, puede ser interesante destacar una curiosa representación que se encuentra no sólo en los trazos románicos de los capiteles del claustro, sino también en la portada gótica del lado sur del templo, donde, entre otra escenografía (5) se advierten escenas de las torturas a que son sometidos los pecadores en el infierno y la resurrección de los muertos; en definitiva, el ciclo contínuo y natural de la renovación. Dichos capiteles muestran una cabeza femenina, con un tocado medieval, surgiendo de la floresta. ¿Nos hallamos, en el fondo, a una referencia a la Matrona por excelencia?. En mi opinión, creo que sí. Y ciertamente, todo es debatible. Pero como decía Rudyard Kipling, en su inolvidable novela Kim de la India: Hay un mundo ahí afuera. Vé y descúbrelo.

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(1) Su advocación -lo que no deja de ser, sin embargo una ironía- es del Alba. Pertenecía a un pueblo zaragozano, despoblado en la actualidad, de difícil acceso y del que apenas quedan restos.
(2) Para mayor información, se recomienda la lectura del libro de Clara Fernández-Ladreda, 'Imagínería medieval mariana', Patrocinado y distribuído por el Departamento de Presidencia e Interior (Publicaciones) de Pamplona, año 1989.
(3) La Soterraña de Puente la Reina, se localiza en la iglesia de Santiago. Se trata de una talla moderna y blanca.
(4) Interesante, resulta añadir que existe otro Cristo renano de los siglos XIV-XV (Cristos dolorosos), de similares características, crucificado también sobre una pata de oca, aunque ésta no sea la original que en su día tuvo. Se localiza en otra de las ciudades punteras del Camino Jacobeo: Carrión de los Condes. Ciudad que, oportuno, así mismo, se encuentra situada a escasos kilómetros de una importante encomienda templaria, la de Villalcázar de Sirga, cuya iglesia está bajo la advocación de la Virgen Blanca, famosa por sus numerosos milagros y por ser el modelo mariano loado por el rey Alfonso X el Sabio, en sus celebérrimas Cantigas.
(5) Un ángel que sostiene un escudo compuesto por triángulos, muy similar, en esencia, a aquél otro que el escritor Jesús Ávila Granados utilizó como portada para su libro 'La mitología templaria', cuyo original se localiza en la iglesia de Santa María, en Valderrobres, Teruel, lugar en el que se constata la presencia de cátaros y templarios.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Nigra Sum: Nª Sª de los Canteros



'He aquí que vengo conmovida por tus ruegos, ¡oh Lucio!. Sepas que yo soy madre y natura de todas las cosas, señora de todos los elementos, principio y generación de los siglos, la mayor de los dioses y reina de todos los difuntos, primera y única sola de todos los dioses y diosas del cielo, que dispenso con mi poder y mando las alturas resplandecientes del cielo, y las aguas saludables de la mar, y los secretos lloros del infierno. A mí, sola y una diosa, honra y sacrifica todo el mundo en muchas maneras de hombres. De aquí los troyanos que fueron los primeros que nacieron en el mundo, me llaman Pesinustica, madre de los dioses. De aquí, asimismo, los atenienses, naturales y allí nacidos, me llaman Minerva cecrópea, y también los de Chipre, que moran cerca de la mar, me nombran Venus Pafia. Los arqueros y sagitarios de Creta, Diana. Los sicilianos de tres lenguas me llaman Proserpina. Los eleusinos, la diosa Ceres antigua. Otros me llaman Juno, otros Bellona, otros Hecates, otros Ranusia. Los etíopes ilustrados de los hirvientes rayos del sol, cuando nace, y los arrios y egipcios, poderosos y sabios, donde nació toda la doctrina, cuando me honran y sacrifican con mis propios ritos y ceremonias, me llaman mi verdadero nombre, que es la reina Isis...' (1).

Quizás todo se reduzca, en el fondo, a una cuestión tan simple, como es aquella de admitir, lejos de posturas de fanatismo e intransigencia, que éste fenomenal legado imaginario, especialmente relevante y prolífico en países como Francia y España, representa la esencia de unos cultos matriarcales y ancestrales, que el Cristianismo fue incapaz de abolir, pero que convenientemente enmascaró, accediendo a conceder a la figura matriarcal de María, una importancia que en absoluto tuvo en sus orígenes.
Presente, pues, desde las eras más oscuras de una humanidad que ya comenzaba a sentir atisbos de la presencia divina en su forma más fructífera y femenina, con la idea de una Gran Diosa Madre, a la que no sólo representó con la forma vital y ondulada del mar primigenio, sino de una manera aún más gráfica y significativa, como son las inconfundibles vulvas que llenaron los rincones más oscuros y secretos de los más impenetrables sancta-sanctórum de las cavernas, el concepto fue evolucionando hacia formas más concretas que, con mayor o menor grado de femineidad o de grafismo, fueron sugiriendo diferentes puntos de vista a la hora de su interpretación.
No tan abundantes como las imágenes que, por desgracia, se muestran, en muchas ocasiones, en un estado lamentable en nuestros templos, o bien convenientemente amputadas y ocultas debajo de vestidos pomposos que las desmerecen por completo, hubo canteros que rindieron culto a la Gran Mater, reflejándola de una manera, en cierto modo grotesca, en sus trabajados capiteles. De tal manera que, a pesar de su ocasional presencia, suelen verse representadas como figuras femeninas de cuyos pechos maman serpientes y cuya interpretación, desde un punto de vista ortodoxo y ajeno a las circunstancias mencionadas -que darían para escribir auténticos tratados-, se tiende a considerarlas desde una ocasional referencia a la lujuria. Esto se nos puede antojar ridículo, si añadimos que existen representaciones que no sólo muestran a las serpientes –animal netamente terrestre- mamando de los pechos de la figura femenina en cuestión, sino que además, se percibe la universalidad del concepto representado, con la inclusión, no sólo de las espirales o círculos concéntricos que suelen apreciarse a la altura de la barriga –el eterno ciclo vital de muerte y renacimiento- sino también con la inclusión de seres de carácter aéreo y celestial, como las aves.


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(1) Lucio Apuleyo: 'El asno de oro', S.A. de Promoción y Ediciones (Club Internacional del Libro), 1993, Undécimo Libro, página 234.

lunes, 8 de octubre de 2012

Silos: Maestros, tumbas y símbolos lapidarios



'Del mundo, pues, de la llamada "realidad" concreta o visible, al invisible mundo abstracto y superior del Símbolo, pasamos constantemtne, sin que de ello nos demos cuenta en todos los momentos de nuestra vida' (1)

Hace tiempo que vengo preguntándome, por qué en los claustros de los grandes monasterios aparece, entre los diversos símbolos grabados desde el anonimato medieval en sus sillares, la cruz paté. He tenido ocasión de comprobarlo, en lugares tan dispares, complejos y alejados entre sí, como pueden ser el monasterio de Santa María la Real, en Aguilar de Campóo, Palencia; la concatedral de San Pedro, en Soria y este espectacular claustro del monasterio de Santo Domingo de Silos, en Burgos, dejando aparte -en este caso, por lo detallado de algunas de sus lápidas funerarias- el claustro de la iglesia cántabra de San Martín de Elines.
Junto a este tipo de cruz, bastante corriente, por otra parte, pero también utilizada con harto frecuencia por órdenes militares como el Temple, suelen aparecer, así mismo, curiosas grafías, que nos remiten hacia conceptos y referencias que con frecuencia suelen rozar la heterodoxia. Un simbolismo criptográfico, que se vale de elementos de marcado carácter esotérico, entre los que no faltan figuras como el sol, la luna, los círculos concéntricos, las espirales o las campanas que, a posteriori, podrían interpretarse como una alusión sustitutiva de los sistros que se utilizaban en los antiguos cultos isíacos.
Uno de los elementos que, no obstante, llama poderosamente la atención en este aparentemente galimatías criptográfico silense, lo encontramos en esa cruz latina sobre la que el anónimo grabador dispuso una estrella de cinco puntas, símbolo de la perfección de la Naturaleza y por defecto, representación también del hombre. Símbolo que, por alguna curiosa y disociativa circunstancia, a partir de la Edad Media, y sobre todo después de los famosos juicios por herejía a que fueron sometidos los templarios, vio negativizado su primigenio y salutífero simbolismo, siendo asociado no sólo con avaros y judíos, sino también con la figura entre sombras del Enemigo y la contrapartida de la misa cristiana: las misas negras.
En el caso que nos ocupa, y dado que una de las puntas de la estrella -no olvidemos, que se trata de un elemento celeste, al fin y al cabo, y como tal, cercano a la Divinidad- parece tocar la parte superior de la cruz -elemento terrestre- en cuya conexión bien se podría especular con una alusión no sólo crística, como pueda parecer a priori, sino también con una referencia quizá más profunda y encaminada hacia tradiciones anteriores en las que el dios -llámese Jesús, Mitra, Osiris u Odín- se sometía voluntariamente a un proceso martirial, que continuaba con la muerte y posterior resurrección, con las que el dios redimía a la Humanidad. Versiones, evidentemente, no del agrado de la ortodoxia establecida, que en mi opinión, fueron consignadas, no por el cantero que oficiosamente empleó largos años de su vida en levantar una obra de Arte y de la que generalmente marchaba con idéntico sigilo a como había llegado, sino quizás por algún monje disoluto -los castigos eran frecuentes- o tal vez por algún exponente de una orden de caballería -también hay cruces de ocho beatitudes, utilizadas indistintamente por templarios y hospitalarios- cuya formación podía ir más allá de las Reglas previamente establecidas.
Sea como sea, lo cierto es que, de similar manera a como ocurre con los contenidos de los asientos de muchos coros, dentro de la estricta observancia de la Iglesia, siempre ha habido referencias de sublime heterodoxia, en la que los sillares de muchos claustros, también, han servido como pantalla para el alegato de pensamientos intrusistas, que han pasado desapercibidos para la aparente inocencia de una comunidad monástica mansamente establecida.
Especulo, especulorum.
 
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(1) Mario Roso de Luna: 'Simbolismo de las Religiones', Editorial Eyras, Colección Hespérides, Segunda Edición Española, 1977, página 10.

miércoles, 25 de julio de 2012

La pervivencia del Símbolo: los romances mudos



'...el simbolismo se nos muestra como un modo especialmente adaptado a las exigencias de la naturaleza humana, la cual no es simplemente intelectual, sino más bien muestra su necesidad de una base sensible para elevarse a esferas más altas'. (1)

No es un hecho casual, que los canteros medievales se sirvieran de los símbolos, no sólo para reconocerse entre ellos, tanto a nivel individual como a nivel gremial, sino también que los utilizaran como vehículo perfecto para transmitir un conocimiento que, en la mayoría de los casos y dada su naturaleza heterodoxa frente a los modelos de pensamiento establecidos por los poderes fácticos de la época -principalmente, la Iglesia- podrían suponer un duro castigo, y de hecho, también la muerte.
Pero dejando aparte esta versión secreta, que también ha llegado hasta nosotros convenientemente camuflada en modelos aparentemente versados en los conceptos dualistas cristianos del Bien y del Mal, el pecado y la virtud, lo correcto y lo incorrecto, que son fáciles, a priori, de vislumbrar en los motivos, generalmente repetitivos, de esa fenomenal herencia románico-gótica legada por las sociedades medievales, puede ser interesante hacer hincapié en la función del símbolo, como elemento didáctico esencial desde tiempos antediluvianos. Desde lo más profundo de las cavernas, hasta las cúpulas más altas de las catedrales, como ya aventuraba en la entrada anterior-, el símbolo ha servido de vehículo transmisor al alcance de unos pueblos en los que el acceso a la cultura se veía exclusivamente limitado a un reducido ámbito de privilegiados. Hasta tal punto era así, que el siempre perjudicado pueblo llano, aprendía una serie de conceptos, sobre todo religiosos, cultivando su sentido de la percepción -cuando no de la interpretación- basado precisamente en la observación de ese simbolismo, en ocasiones aberrante cuando no terrorífico, que copa, como una marea que viene y va, la gran mayoría de templos de la época.
No obstante, si desde ésta línea de pensamiento, adoptamos la máxima científica de que todo está sujeto a la evolución, veremos que mucho antes del nacimiento oficial de la figura básica del maestro y su sentido de magisterio -al menos, como lo conocemos hoy en día-, la transmisión, generalmente oral, se valía también de símbolos para propagar, entre gentes mayoritariamente analfabetas, ideas e historias de diversa índole y origen.
La que aquí presento, es una auténtica joya que se encuentra en la iglesia de Nª Sª del Mirón, en Soria capital, y narra, a través de innumerables símbolos, la historia de la construcción del santuario y los milagros atribuídos, valga la redundancia, a una de las imágenes tenidas como más milagreras de la provincia: precisamente, la Virgen del Mirón. En esa genuina y antigua pizarra que sirve de soporte a este romance mudo -dividida en recuadros que se leen de manera vertical y no horizontal, como cabría suponer a priori- volvemos a encontrarnos con multitud de símbolos que están profundamente grabados en el subconsciente junguiano del hombre. Y entre ellos, podemos resaltar, con toda su fuerza simbólica intacta, elementos como la serpiente, la campana, la escalera, el compás, el sol, la luna y un largo etcétera que recupera, hasta tiempos relativamente modernos, esas ideas que, cual líquido amniótico, alimentan al ánima homini desde los mismos tiempos de la Creación.

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Un romance mudo contado por la custodia del templo.

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Rodado en el interior de la sacristía, en el mismo lugar donde se conserva este romance mudo de la historia de la iglesia del Mirón, Iluminada Mozas, custodia del lugar y en principio, hemos de considerar que su última trovadora, nos narra en romance y siguiendo las pautas simbólicas marcadas en el gráfico pizarrón, la historia de este genuino santuario soriano.
Bien es cierto, que no siempre se dispone de los medios adecuados para hacer de estos acontecimientos, pequeños reportajes culturales de cierta calidad. En ese lejano y caluroso sábado del mes de junio de 2008, cuando accedí por primera vez al interior de ésta iglesia de la Virgen del Mirón, mis medios técnicos resultaban, evidentemente, muy limitados. No obstante, espero que esto no sea un inconveniente para considerar este vídeo, a pesar de la oscuridad que apenas deja apreciar a Iluminada y al tablero, obstáculo para considerarlo, cuando menos, interesante.

lunes, 4 de junio de 2012

Cuevas, dólmenes, menhires, iglesias y catedrales: simplemente, una reflexión

'La soledad de aquél templo me concede una extraña paz, y con el tiempo he llegado a entender que para encontrar la verdad de la historia es necesario buscar en las sombras'...(1).

El hombre siempre ha tenido alma de cantero; su subconsciente, quizá celoso de la mano creadora de la Divinidad, le ha empujado siempre, de alguna manera, a moldear ese gran abismo del que procede, buscando sin cesar esa Luz al final del Túnel.

Las colinas, con su forma de cúpula, son aprovechadas no solo para contener castros o fortalezas, sino también para albergar túmulos funerarios, como una premonición natural de esas cúpulas románicas, exponentes, milenios más tarde, de belleza y complejidad técnica.


Las catedrales, vástagos incondicionales de la magia gótica, abandonan las sombras del románico, para elevar sus agujas hacia el infinito. Pero en sus criptas, aún mantienen, celosamente protegidas, las eternas raíces que las unen a la tierra. Quizás no sea casual, que estuvieran casi todas dedicadas a la figura de Nuestra Señora, de igual modo que en lo más profundo y sagrado de los santuarios prehistóricos el hombre, llamado ingenuamente primitivo, plasmara referencias inequívocas a la Gran Diosa Madre. Referencias que fueron igualmente trasladadas a la decoración interior de las cámaras de los dólmenes, y de éstas, aguardando el salto evolutivo, a los ábsides y las cúpulas de ermitas e iglesias.
En definitiva: nada nuevo bajo el Sol y la Luna, y sin embargo, continuamos adoleciéndonos de un desconocimiento total.

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(1) Paloma Sánchez-Garnica: 'El alma de las piedras', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, junio de 2010, página 626.

jueves, 24 de mayo de 2012

Los enigmas epigráficos del Monasterio de Carracedo


Cualquier viajero que tome la autovía en dirección a La Coruña, se lo encuentra a su derecha, apenas dos kilómetros más adelante de Ponferrada, histórica ciudad donde, entre otros interesantes atractivos históricos, la Orden del Temple tuvo su principal encomienda en el Reino de León. La cúpula neo-clásica de su torre indica, aún en la distancia, la tumba silenciosa de un antiguo cenobio sacro, cuya historia se pierde en la noche de los tiempos: el Monasterio de Carracedo. Una historia incierta, desde luego, cuyas vicisitudes obligan a remontar el curso de nuestra mirada hacia los profundos abismos que marcaron el destino fatal del reino visigodo, sellando un largo y tortuoso periodo de sangre y dominación, que duraría, cuando menos, siete largos siglos.
En base a esto, podríamos situar los comienzos históricos del monasterio de Carracedo, por lo pronto, en esa terrible décima centuria, en la que destacó un personaje de infausto recuerdo, no sólo para los reinos cristianos, sino también para las iglesias, los cenobios y monasterios dispersos como colmenas por la geografía peninsular: Almanzor. No en vano, considerado por éstos como el azote de Dios, sus continuas y devastadoras razzias empujaban a los monjes a buscar refugio en lugares cada vez más abruptos e inaccesibles en montes y montañas. Llama la atención, entonces, que este enigmático cenobio se levante en esa desprotegida llanura del Bajo Bierzo, que une Ponferrada con Villafranca y facilita, de paso, la puerta de acceso a Galicia. Y lo llama mucho más, en ésta primera fundación -posteriormente, hubo varias refundaciones- que la elección fuera un inmenso bosque de robles y encinas; es decir, un típico bosque sagrado celta. Semejante detalle, puede conllevar, así mismo, la hipotética pregunta de si en sus orígenes pudo haber, quizás, monjes o refugiados de origen irlandés, o scoto, como se les denominaba. Tal vez alguno de esos grupos que, a imitación de los guerreros celtas, solían embarcar y viajar por el mundo en grupos de trece -atención al simbolismo-, incluido el maestro o jefe de la expedición. La pregunta, creo que no es banal, si tenemos en cuenta el origen diverso de las comunidades que se fueron estableciendo por la zona, bajo la protección del rey Bermudo II -rey de profundas raíces bercianas, cuyo cuerpo reposó en este monasterio después de su muerte-, y las numerosas reminiscencias de origen celta, con las que nos vamos a tropezar, prácticamente desde el momento en el que comencemos nuestra visita a un lugar tan peculiar.

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Dada la cantidad, y a la vez variedad de simbología grabada en los arcanos sillares de este longevo lugar, ésta impresión nos resultará más evidente y fácil de localizar, si comenzamos nuestra visita a los mismos pies del pórtico principal de acceso a la antigua iglesia medieval, de los siglos XII-XIII. Si en el monasterio asturiano de Arbás destacan las figuras de un buey y un oso, legendariamente asociadas a su fundación, los custodios asmodeos que guardan la entrada al templo, son aquí las cabezas, por desgracia mutiladas, de dos toros. Figuras de rico simbolismo, no sólo asociadas a antiguos cultos de origen táurico y solar, característicos de numerosas culturas mediterráneas, sino también a una persistente leyenda, cuyo foco original, parece ser, se localiza en el antiguo reino de Asturias, y que se fue extendiendo progresivamente a los demás reinos a medida que avanzaba la Reconquista: el tributo de las Cien Doncellas (1).
Un escudo constituido por castillos y leones, ocupa el centro del tímpano. Con referencia a los tímpanos románicos, quizás sea oportuno precisar que tan sólo se conservan tres en la provincia de León, reduciéndose a uno en la de Asturias (2): uno se localiza precisamente aquí, en Carracedo, en un lateral de la iglesia; otro, en la catedral y el tercero, en un pueblecito, Castroquilame, que se sitúa siguiendo la carretera de Carucedo -famoso por el lago de la Xana Caricea o Carisia- en dirección a la provincia de Orense.
Ya antes de observarlos distribuidos secuencialmente en la torre circular anexa a la torre principal, se los localiza, aparentemente sin orden ni concierto, en numerosos sillares cercanos a ésta. Se trata de motivos florales, estrellados y polisquélicos, que algunos autores consideran como pruebas de cantería realizadas antes de confeccionar la cenefa artística de la torre a la que hacía referencia (3). Pero, sin duda, donde mayor número de marcas de cantería hay, propiamente hablando, es en el claustro, precisamente en esa zona arruinada de antiguas dependencias, situadas junto a la iglesia y el moderno e interior acceso a ésta. Allí, entre un león y algunos otros símbolos de origen visigodo -como un árbol de la vida, cuya posición, visto tumbado, puede sugerir, incluso, la espina dorsal de un pez; algún disco solar y alguna inscripción indescifrable- sobreviven numerosos símbolos lapidarios, entre los que destacan, por su cantidad y repetitividad, esencialmente dos de ellos: la estrella de cinco puntas y un símbolo similar al del infinito, aunque sin llegar a completar la unión de las elipses.
Es, precisamente en ésta parte del defenestrado monasterio, donde también se constata la presencia, insistentemente repetitiva como para no tenerla en cuenta, de motivos aparentemente florales que, no obstante, reproducen una cruz paté. Modelo de cruz que, inevitablemente -y aún admitiendo de antemano su inexclusividad- conlleva a preguntarse -quizás para aumentar aún más los ya de por sí numerosos misterios del lugar-, si en la historia de Carracedo, hubo un periodo en el que el Temple estuvo presente. Y de admitir esa posibilidad, cabría, a la vez preguntarse si con éstos legendarios monjes-guerreros, llegó alguna de esas herméticas hermandades de canteros que, está constatado, trabajaron bajo su tutela y protección, pasando en algunos casos a la clandestinidad con la supresión de la Orden. Hermandades, oportuno es decirlo, que firmaban sus obras con unos símbolos particulares que los definían: la pata de oca, la estrella de cinco puntas y el famoso Sello de Salomón (4). 
A éste respecto, y encaminado a toda aquella persona que desee ampliar sus conocimientos sobre este tema, les recomiendo la lectura del artículo de Maese Alkaest, titulado El Bierzo templario: Pieros.

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(1) Este episodio legendario, se puede encontrar, entre otras, en Carrión de los Condes y Villalcázar de Sirga, en la provincia de Palencia, y también en el rito de las Móndidas, que se celebra en el pueblo soriano de San Pedro Manrique, coincidiendo con el solsticio de verano.
(2) El de la iglesia de San Juan Bautista, en Priorio, a unos 8 kilómetros de Oviedo.
(3) José Antonio Balboa de Paz: 'El monasterio de Carracedo', Instituto Leonés de Cultura. Diputación Provincial de León, 2ª edición, año 2005.
(4) Entre estas hermandades, cabe mentar: los Hijos del Padre Soubise, los Hijos de Maître Jacques y los Hijos de Salomón.

sábado, 21 de abril de 2012

Villanueva de Cangas: la Llave del Maestro del Monasterio de San Pedro



Un monasterio, puede definirse como un conjunto simbólico monumental, donde todos y cada uno de los elementos que lo constituyen, responden a unos patrones concretos que determinan, tanto por separado como en conjunto, un mensaje fundamental, cuya trascendencia se ve directamente influenciada por el nivel de conocimiento y asimilación de la comunidad que habita en él. Los esquemas funcionales, en el fondo, suelen se iguales en todos, y responden a formas estructurales de índole universal. Tanto es así, por ejemplo, que en la zona donde se ubica el claustro, observaremos idéntica distribución e idéntica influencia simbólica añadida a cada una de sus galerías y sus correspondientes equivalencias cardinales.
En este monasterio cangués de San Pedro, esa funcionalidad se ha visto alterada, indudablemente, toda vez que en la actualidad se encuentra reconvertido en Parador Nacional; de tal manera que, independientemente de los cambios actuales, aún podemos hacernos una idea de que en su lado este, aún conserva ese espacio reservado a la Sala Capitular, una sala pequeña, es cierto, pero que aún conserva su original arquería románica, un acceso a la iglesia -es de suponer, que abierto en épocas muy posteriores- y dos curiosas representaciones artísticas -posiblemente de los siglos XVII ó XVIII-, en las cuales, por poco que nos fijemos, encontraremos otra de las muchas referencias griálicas que existen en territorio astur, en el caso presente, referida a la copa que el ángel le entrega a un arrodillado Jesús. Por contrapartida, el lado oeste continúa manteniendo su antigua función de alojamiento de conversos, pues en él se localizan la recepción y el acceso a las habitaciones. Este lado está presidido por una pequeña imagen, supongo que de San Pedro, portadora de una cruz patriarcal triple o de tres travesaños. El lado norte, generalmente aquél que por su gelidez y su pérfida influencia se conocía como el lado del demonio (1) y del que procedía el mortal aliento del Aquilón, alberga hoy día la cafetería, en contrapartida con el lado sur, el lugar generalmente más fresco y sombrío, que lejos de alberga en la actualidad la cilla y la cocina, alberga una pequeña pero inestimable colección de objetos artísticos, entre la que destacan varias laudas sepulcrales del siglo XII y algunas sillas abaciales, de excelente manufactura, entre cuyos símbolos, volvemos a encontrar el báculo de los Maestros, grabado en la madera de una manera muy similar, a como aparece representado, sin ir más lejos, en los sillares de algunas iglesias románicas, como podría ser el caso de la ermita soriana de San Bartolomé, enclavada en lo más profundo del famoso Cañón del Río Lobos.
Si bien es cierto, que este antiquísimo lugar bien merece una historia más elaborada y completa de la que actualmente se ha escrito sobre él -independientemente del interés despertado en historiadores de renombre, como Morales, Yepes o Sandoval- parece ser, que aunque ciertas bases que corroboran la tradición que sitúa su fundación en las primeras décadas de la Reconquista, por mediación del rey Alfonso I el Católico (739-757) y su esposa Ermesinda, lo que ha sobrevivido a nuestros días, pertenece a una época muy posterior, que podríamos situar en los siglos XII y XIII, obviando, desde luego, los sucesivos remodelamientos que se ha ido sucediendo a lo largo de los siglos. A este respecto, no deja de ser curioso el detalle de que, salvando a Don Pelayo, lógicamente, el rey más conocido o al menos más recordado de la monarquía asturiana, sea, curiosamente, su hijo Favila, aquél que levantó sobre un antiguo dolmen, la ermita de la Santa Cruz, en Cangas de Onís. Y tal es así, porque en la memoria popular permanece el recuerdo, indeleble, de que fue el rey al que mató un oso. Esto se hace más patente, aún, en la portada principal de acceso a la iglesia, donde a esa representación de la partida del caballero -tema, por otra parte, conocido dentro de la imaginería románica, encontrándose en algunas iglesias, como podría ser la de San Vicente, en Pelayos del Arroyo, Segovia-, a cualquier vecino que se le pregunte, contestará, sin dudar, que es el beso de despedida entre Favila y su esposa Froiliuba, antes de la aciaga partida de caza, en la que un oso terminó con su vida.


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Pero pocos caerán en la cuenta, por ejemplo, también, del enorme simbolismo que se oculta detrás de esta historia. Porque el oso tiene una importancia capital como animal totémico, representando a la casta de los guerreros entre los celtas -también era el animal totémico entre los reyes merovingios, los de los largos cabellos- y en cuyos precedentes, aquí en Asturias, podemos situarlo, entre otros, en esa curiosa -por no decir oportuna- representación, de un hombre revestido con una piel de oso, que se localiza en uno de los fenomenales capiteles prerrománicos situados en el interior de la Colegiata de San Pedro de Teverga.
También hay que tener muy en cuenta, la magnífica representación de ese Cuélebre -serpiente o dragón- tan presente en la tradición asturiana, que también figuraba en los estandartes de la caballería celta. La presencia, además, de un ángel lanceador -previsiblemente, San Miguel- en la escena, ¿podría interpretarse como ese choque de religiones, que tuvo lugar en épocas ancestrales?. Seguramente.
Algo más allá, otro capitel llama poderosamente la atención, al mostrar dos parejas de águilas, con los picos afrontados, y detrás de sus cabezas, unas curiosas espirales o laberintos, muy similares, en esencia, a esas curiosas orejeras, la más popular de las damas iberas: la Dama de Elche. Curiosidades y simbolismo, como vemos, no faltan en ese mensaje ancestral grabado en la milenaria piedra de este monasterio.
Como tampoco faltan, como cabría esperar, las señas de identidad particulares de los canteros que desarrollaron su maestría en semejante lugar. Aunque las hay en el interior, aunque en número menor, sobresalen, sobre todo, en el exterior; y concretamente, en el pequeño absiolo de la izquierda. La más generalizada, es una marca, muy curiosa, que, para una mejor identificación, diremos que tiene la forma de ere mayúscula. Pero que bien podría estar formada por dos símbolos muy determinados -es sólo una opinión- como podrían ser el bastón o báculo y la serpiente. Su relación bíblica, por otro lado, creo que puede resultar incluso bien evidente. Hay otras, que también se repiten, aunque en menor número, y que por su forma, podrían formar una inicial "d" e incluso una "c". Pero el misterio, y de ahí el hombre de la entrada, ha de remitirnos, de nuevo, a esa primera que hemos identificado como ere mayúscula. En todos los casos, aparece tal cuál. En todos los casos, excepto en uno que, por cierto, es única: el palo o báculo, se ve sustituído por una llave. Llave que, por otro lado, aparece como marca individual en numerosos templos, siendo, quizás, el más conocido o relevante, el de Santiago de Agüero. Y yo me pregunto: ¿era el símbolo distintivo del Magister Muri?. ¿Quizás la marca del responsable de la cantera real, si tal cosa existió en el tiempo y lugar referido?. Algo por encima, y aparte del formidable mensario grabado en los canecillos y metopas, un curioso personaje nos muestra, en un libro abierto, otra curiosa señal: una ese, o quizás una serpiente. ¿Qué se oculta detrás de todo este misterioso simbolismo cantero?. He aquí, pues, uno de los enormes retos que nos plantea, entre otros muchos, este fascinante monasterio de San Pedro.

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miércoles, 4 de abril de 2012

El placer de la especulación: marcas lapidarias del Monasterio de Moreruela




'Estos signos han desafiado hasta el momento cualquier intento encaminado a descifrar su significado; lo más que poseemos sobre ellos son hipótesis, vagas teorías, suposiciones y presentimientos. Porque dichas marcas son, en un sentido amplio, la firma que los gremios de constructores pusieron a todas las obras realizadas por ellos según el arte sagrado transmitido mediante la tradición. Decir más es ejercitar el placer de la especulación...' (1).


El placer de la especulación. ¡Qué gran frase, Don Rafael, para definir ese abúlico estado de frustración que nos invade cuando los signos lapidarios medievales se cruzan en nuestro camino para hacernos una mueca burlona y decirnos con toda impunidad: descíframe si puedes!. Ya casi había olvidado este inestimable artículo que escribiste en 1992 para la revista Año Cero -como observarás, al trato de respeto inicial obligado al Maestro, le sigue el trato de confianza debido al amigo- si una inesperada muestra de grandeza y generosidad, no me hubiera obligado a poner patas arriba mi biblioteca, siquiera para poner en práctica, con padrinos, ese placer de la especulación que, en definitiva, es el único recurso que nos queda frente a todos aquellos misterios que permanecen aletargados en esa inalcanzable Caja de Pandora simbólica que custodia con excesivo celo el Padre Cronos.
Mi conocimiento de la provincia de Zamora, es prácticamente nulo; se puede resumir, tal cual, a ese paso obligatorio por sus lindes cuando voy y vuelvo del Norte, siguiendo esa línea longitudinal que, con el nombre de Autovía y el añadido numérico de 6, comunica Madrid con La Coruña. Bien es cierto, que Zamora y su románico hace tiempo que están dentro de mi pasional interés, pero por circunstancias comprensibles, donde priman por el momento otras motivaciones y proyectos, aún no había llegado la hora de perderse -digo bien, pues creo que toda búsqueda implica una pérdida inicial, ya sea de caminos o de concepciones preestablecidas- por los ríos artísticos de su Historia. ¿Existe la sincronización de mentes?. Algunos científicos opinan que sí, y precisamente eso me comentaba mi jefe hace unos días, mientras aprovechábamos un respiro en el trabajo para fumarnos un cigarrillo, sentirnos durante unos breves minutos lagartos al sol, y platicar tan panchos emulando esos tradicionales filandones que tanto echo de menos en estos días de nomadismo e individualidad. Por aquél entonces, créase o no, pensaba en marcas de cantería y también en un monasterio. Un monasterio que tuve oportunidad de visitar el pasado mes de enero y cuyas vicisitudes simbólicas me tienen bastante más que desconcertado, aunque será el protagonista de una próxima entrada: el de Santa María de Carracedo, en León. Estos son, a grosso modo, los antecedentes a un correo electrónico en el que Ana Manzano -periodista y autora del blog Iconos Medievales, en el que mediante la sublime expresividad que destila su pluma de oca, nos deleita con multitud de genialidades afines a este mundo medieval que tanto nos interesa- se ofrecía generosamente a enviarme algunas fotografías de signos lapidarios que había tenido ocasión de recoger durante un reciente viaje a la provincia de Zamora. ¿Qué decir en mi descargo, salvo que este ofrecimiento era como agua de mayo para un insaciable golosón como yo?. Dicho y hecho. Con sus fotografías, así como con su cortés consentimiento, me he decidido a montar este pequeño vídeo en el que por olvido -lo digo con cierta vergüenza- falta una foto que, tomada en conjunto, mostraba una serie de signos lapidarios, entre los que se incluían algunos de aquéllos que, comúnmente, se denominan patas de oca; o lo que es lo mismo, símbolos rúnicos de la vida, marca distintiva de ciertos gremios compañeriles que extendieron su ámbito de actuación dentro y fuera del Camino Jacobeo y que, en algunos casos y tal y como especifica un reputado investigador en la materia -Louis Charpentier- constituía, digámoslo así, la marca distintiva al menos de un gremio conocido como los Hijos del Maestre Jacques, de origen franco y que se sabe que trabajaron bajo la tutela y protección de la Orden del Temple, a la par que los también llamados Hijos de Salomón, que utilizaban el pentáculo salomónico como marca distintiva. Pentáculo o estrella de cinco puntas que, en el mencionado y vecino monasterio leonés de Carracedo, aparece con una más que sospechosa frecuencia.
Por otra parte, y volviendo otra vez a Zamora y este monasterio de Moreruela, sí he podido observar, por comparación entre las fotos enviadas por Ana y aquellas otras que se muestran en el artículo de Rafael Alarcón, que hay un símbolo determinativo que aparece con frecuencia, aunque con distintas acepciones que, bajo mi punto de vista, no dejan de ser curiosas: me refiero al báculo-espiral. Al menos, se pueden distinguir tres acepciones observables en la terminación del ángulo recto del bastón: una acepción en la que la punta del bastón se dobla (¿báculo roto? (2)) hacia la izquierda; una segunda acepción en la punta se bifurca en dos pequeños ramales curvos, como la lengua bífida de una serpiente, idéntica a las que se pueden observar dentro y fuera del ábside de la iglesia soriana de San Miguel de Caltójar, y la tercera acepción, recogida en el artículo de Alarcón, donde el extremo final del báculo conforma una cruz similar a las utilizadas por el Temple.
Resulta curiosa, así mismo, la proliferación de triángulos, forma geométrica medieval que representaba a la Divinidad y por defecto, a la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y también la representación de los contrarios (masculino-femenino) del célebre Sello de Salomón o Estrella de David.
La llave, con todas sus connotaciones simbólicas y labrada de una manera muy similar a como se localiza, por ejemplo, en la iglesia de Santiago de Agüero (Huesca), también está presente entre los signos lapidarios de Moreruela. Símbolos que, en conjunto y recurriendo otra vez al mencionado artículo de Rafael Alarcón, se localizan, no sólo en otros lugares de la geografía peninsular, sino que también aparecen en construcciones de toda Europa, e incluso en paises orientales y latinoamericanos.
Y es aquí, donde surge, irremediablemente, la Gran Pregunta: ¿son, quizás, los restos de una tradición arcaica y universal, transmitida de manera oral y en secreto a lo largo de generaciones?.
Buena pregunta, sobre todo si, empeñándonos en buscar la respuesta, no dejamos de acudir a ese gran placer que es la especulación.
Ana, sinceramente, gracias.


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(1) Rafael Alarcón Herrera, 'El enigma de los signos lapidarios', Revista Año Cero, Año III, nº11, noviembre de 1992, páginas 64-69.


(2) Algo similar se describe en la novela de Paloma Sánchez Garnica, 'El alma de las piedras', Editorial Planeta, 2010, aunque en este caso no se trata de un báculo, sino de una espada.

martes, 20 de marzo de 2012

Coruña del Conde. graffitis de peregrino en la ermita del Cristo de San Sebastián



'El mundo era para mí un secreto que deseaba desentrañar. Entre las primeras sensaciones de que tengo recuerdo, están la curiosidad, la investigación seria de las leyes ocultas de la naturaleza y un gozo rayano en el éxtasis cuando se me revelaban...' (1).



Una vez recuperado de la impresión al observar un viejo reactor evolucionando junto a las melladas murallas del castillo, quien acude a la población burgalesa de Coruña del Conde y se detiene el tiempo suficiente para observar los detalles que hacen poco menos que única en su género a la ermita del Cristo de San Sebastián, no tarda mucho en experimentar la curiosa sensación de estar realizando, in situ, un genuino viaje en el tiempo. Un viaje, que comienza en esa cronología anterior a Cristo, teniendo como protagonista a un pueblo, refinado en teoría pero bárbaro en ansia de poder y conquista que, sojuzgando pueblo tras pueblo bajo el ímpetu arrollador de las águilas de sus legiones, fundaron una ciudad, Clunia, muy cerca de aquí. De esa gloria pasada, que hoy está considerada como una maravilla -al menos lo que queda- pero que el tiempo cubrió de polvo y olvido durante siglos, surgieron, principalmente, los materiales de los que se nutre esta ermita. De manera que, teniendo esto presente, no ha de resultar extraño observar esa grotesca convivencia con la que capiteles y otros restos de índole netamente romana, se ven cortejados por otros parientes posteriores, aunque románicos, como pueden ser, algunos canecillos. Y balanceándose entre unos y otros, encaramados en la panacea simbólica de los paradigmas, algunos curiosos graffiti de peregrino, que llaman poderosamente la atención, con su anónimo toque de intencionalidad.

A diferencia de los graffiti de peregrino observados en la iglesia de Jaramillo Quemado, en la entrada anterior, los graffiti que más abundan en ésta curiosa ermita híbrida de Coruña del Conde, tienen a la cruz como base principal e intencional, y se basan, principalmente, en tres modelos determinados: la cruz latina, más sencilla y abundante -localizada, sobre todo, en la zona este o absidal-, la cruz patriarcal y una cruz griega -de brazos iguales- cuyos extremos conforman, significativamente, uno de los símbolos más complejos y abundantes del Camino Jacobeo, la Runa de la Vida, más comúnmente conocida como pata de oca. Estos dos tipos de graffiti crucífero se localizan, interesantemente dispuestos, en las basas que conforman el pórtico de entrada al templo.

La cruz, cuyos brazos de intersección conforman ese punto primordial o Axis Mundi sobre el que prevalecen el espacio y el tiempo y que, desde un punto de vista teórico y comparativo, podría considerarse como una evolución de antiguos símbolos solares y arios, entre ellos la esvástica, también conocida como martillo de Thor. Un simbolismo, éste de la cruz, en el que se reciclan, entre otros, conceptos como los solsticios y equinoccios, señalados por la barra horizontal y los polos en el ecuador, señalados por la barra vertical (2). La pata de oca, Runa o Árbol de la vida, modelo también de cruz martirial, característicos de los denominados Cristos Dolorosos renanos de los siglos XIV-XV, cuyos dos casos conocidos en España -el de la iglesia del Crucifijo, de Puente la Reina y el de la iglesia de Santa María del Camino, de Carrión de los Condes- están indiscutiblemente relacionados con la más heterodoxa de las órdenes religioso-militares medievales: la Orden del Temple. Y, curiosamente -tómese en cuenta a modo de anécdota-,era la forma que tenía el crucifijo de plata que solía llevar siempre consigo el Papa Juan Pablo II.

Relacionada también con el Temple, era la cruz patriarcal, llamada también de Caravaca y con fama de muy milagrosa, y era la forma adoptada por los Lignum Crucis que utilizaba ésta Orden, pudiéndose citar, entre ellos, el que se conserva, en el más inaccesible de los casos en Zamarramala, Segovia -que teóricamente, pertenecía a los templarios de la Vera Cruz, difieran o no los sanjuanistas-, el que se conserva en el Museo Catedralicio de Astorga -que bien pudiera haber pertenecido a los templarios de Ponferrada- o el que pertenecía a la parroquia asturiana de Santo Adriano de Tuñón, en Asturias, hoy día desaparecido en algún rincón ignoto de la catedral de San Salvador de Oviedo.

Levántese o no la polvareda, puesto que todas las opiniones son libres, lo que resulta indiscutible es que, en la gran mayoría de los casos, lo que denominamos como graffiti de peregrinos, distan mucho de ser meras manifestaciones espontáneas de piedad o devoción, y conllevan todo un mundo de intenciónalidad simbólica detrás.



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(1) Mary W. Shelley: 'Frankenstein o el moderno Prometeo', cesión de Alianza Editorial, S.A. a Círculo de Lectores, S.A., 1995, página 49.


(2) Dato obtenido del libro de Juan Pedro Morin Bentejac y Jaime Cobreros Aguirre, 'El Camino iniciático de Santiago', Edciones 29, 1ª edición , junio de 1976, página 77.

martes, 24 de enero de 2012

Los graffiti crucíferos de Jaramillo Quemado



'Paradójica en sus manifestaciones y desconcertante en sus signos, la Edad Media propone a la sagacidad de sus admiradores la resolución de un singular contrasentido. ¿Cómo conciliar lo inconciliable?. ¿Cómo armonizar el testimonio de los hechos históricos con el de las obras medievales?...(1)


Uno no puede evitar volverse aún más suspicaz que de costumbre cuando, por alguna de esas felices casualidades del destino -en las que, paradójicamente, no termino de creer- tiene la oportunidad de recorrer camino por una de las zonas más interesantes y mistéricas de ese solar idiosincrático que es la provincia de Burgos: la Sierra de la Demanda. Si bien sus diferentes administraciones territoriales, dejan generalmente un agradable sabor en el paladar -La Bureba, La Esgueva, La Ribera del Duero, Las Merindades...- la Sierra de la Demanda condiciona, y llegado el caso, subyuga. Historia y Leyenda se mezclan con una facilidad tan grande, que en ocasiones desarma el sentido de la objetividad, desafiando, de paso y con guante blanco, esa no menos tramposa cualidad humana que es la lógica. Un detalle aquí, otro más allá y aún un tercero entre aquél y este, donde el hombre y el tiempo se confabulan para que la prueba del carbono 14 no signifique absolutamente nada. Si ya de por sí, las marcas auténticas de cantería constituyen un universo paralelo con reglas propias y metafísico lenguaje de ave, aquéllas otras que, comúnmente solemos calificar como graffitis de peregrino, no le andan a la zaga. Nos los encontramos continuamente, y a veces, incluso, los miramos con desdén, pensando que no pasan de ser simples testimonios piadosos y apenas les prestamos atención. En la mayoría de los casos, los motivos se reducen a una representación crucífera, que puede tener unas connotaciones más simples o más complejas, si tomamos la forma como base: cruz griega, cruz latina, cruz monxoi, cruz patriarcal...En otras ocasiones, se puede constatar que a la supuesta fe, se le añade una cierta dosis de partidismo y se desvirtúan marcas originales que, quizás por su sentido, no voy a decir esotérico pero sí más complejo, no gustan u ofenden la ortodoxia implícita, que nada entiende de otros caminos espirituales que los estrictamente marcados por la iglesia de Pedro. El caso más corriente que se me ocurre, es el de una curiosa marca que seguramente todos conocemos: la pata de oca.
En el caso de la parroquial de Jaramillo Quemado, muy modificada por los avatares del tiempo y el capricho de los hombres, pocas marcas ecnontraréis en otro lugar que no sea su parte sur. Pocas originales y de cantero, a excepción de alguna flecha y poco más; pero sí observáreis numerosas cruces, incluída aquélla que, para doblar significado, se le ha añadido un aspa o cruz de San Andrés. Entre unas y otras, hallaréis, casi juntas en un determinado sillar, cuatro curiosas representaciones, que enseguida, por su forma, os llamarán poderosamente la atención: una cruz contenida en un círculo, con una basa rectangular. Idéntica forma, y aquí comienza el largo camino que conduce al universo de la conjetura, que el de las estelas funerarias medievales. Estelas que, como se sabe, conforman así mismo, todo un universo simbólico de primera magnitud.
Ahora bien, si en efecto se tratara de representaciones simbólicas de estelas, ¿qué significado podríamos darle?. ¿Quizás rememoran a aquéllos peregrinos amigos caídos en su viaje?. ¿Tal vez se trate, simplemente, de crismones?. He aquí, en mi opinión, un pequeño misterio. O quizás no sea tan pequeño.




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(1) Fulcanelli: 'Las Moradas Filosofales', Editorial Plaza & Janés, S.A., 1972, página 61