miércoles, 22 de diciembre de 2010

Santa María de Eunate vs. San Miguel de Olcoz

'La primera sorpresa que nos reserva esta construcción, si observamos su planta, es el hecho de que el octógono que la rige no es perfecto. Cuando entremos y veamos las nervaduras de su bóveda podremos comprobarlo. Sin embargo, se tiene la sensación de que ese octógono irregular fue trazado así, imperfectamente, por un motivo muy determinado. ¿Será tal vez que la prolongación de la línea desde el centro a cada uno de los ángulos puede conducirnos, siguiendo una línea recta, a la localización de otros santos lugares mágicos fundamentales frecuentados, buscados y requeridos por la orden del Temple?. En efecto, si prolongamos sobre un mapa estas direcciones tan claramente indicadas por la estructura de Eunate iremos a parar a San Miguel in Excelsis, el monte del Temple de Castro Urdiales, a San Bartolomé de Ucero, a Tomar, Ágreda, a Lourdes, a Miravet, a Toledo...'.
[Juan García Atienza: 'Segunda Guía de la España mágica', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1982, página 93]
Cierta o no la teoría de Atienza, tanto la ermita de Santa María de Eunate, como la portada gemela que se ubica también en las proximidades del valle de Valdizarbe, concretamente en la iglesia de San Miguel de Olcoz, continúan siendo elementos completamente abiertos a todo tipo de hipótesis y especulaciones. Si bien Atienza no parecía dudar de la autoría templaria de la ermita de Santa María de Eunate, éste, precisamente, continúa siendo uno de los enigmas que más controversia genera; hasta el punto de que son muchos los historiadores e investigadores que tienden a señalar a la orden del Santo Sepulcro como los verdaderos artífices de lo que a todas luces constituye una auténtica joya del románico peninsular.
Su planta octogonal -no perfecta, como señala acertadamente Atienza- es otro de los factores de enfrentamiento, sobre todo a la hora de aceptar o de rechazar la hipotética teoría del modelo templario de arquitectura. Curiosamente, ésta misma controversia nos la encontramos en el pueblecito de Torres del Río y su iglesia del Santo Sepulcro, situados en los límites de las provincias de Navarra y Logroño.
Y no obstante, resultan de gran interés las aseveraciones de Fernando Arroyo Durán (1), en relación a los estrechos vínculos que unían a ambas órdenes -Santo Sepulcro y Orden del Temple- al menos en tiempos de su primer Gran Maestre: Hughes de Payns, recalcando el detalle de que en aquéllos enigmáticos comienzos, cuesta diferenciar a los unos de los otros. Estrechos vínculos, por añadidura, que los templarios también mantuvieron con otras órdenes un tanto al margen de la férrea ortodoxia eclesial de la época, como, por ejemplo, la de San Antón -los Antonianos, como vulgarmente se les denominaba-, hasta el punto de compartir con ellos la que quizá sea la más esotérica de todas las cruces que utilizaron: la Tau.
Retornando al tema de Eunate, no deja de ser interesante, por otra parte, el detalle de que, aunque el emplazamiento de la ermita no forma parte, propiamente hablando, de la ruta del Camino de las Estrellas que, allende los Pirineos -Roncesvalles y Somport, principalmente- se une con otras rutas en Puente la Reina, los peregrinos se desvíen a propósito, sin que importe en absoluto el detalle de tener que recorrer algunos kilómetros más, en un camino ya de por sí largo, difícil, extenuante y complicado.
Sí parece ser que, entre otras funciones aún por determinar, tuvo un más que plausible carácter funerario, si tenemos en cuenta los numerosos enterramientos localizados, correspondiendo los cuerpos, en muchos de los casos, a peregrinos, tal y como viene a confirmar el hallazgo de numerosas conchas o vieiras junto a sus restos.
Por otra parte, resulta evidente que este tipo de ermitas de planta octogonal o ascensionales, como también se las denomina, tienen una clara influencia oriental, basándose en el modelo de la denominada Cúpula de la Roca o mezquita de Al Aksá, de Jerusalén, situada en el lugar donde antaño se levantaba el famoso templo de Salomón, en cuyas caballerizas se instalaron los primeros templarios, y de donde precisamente reciben su nombre: Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón. De más que probable influencia oriental puede resultar, así mismo, la ancestral costumbre de los peregrinos de dar varias vueltas con los pies descalzos alrededor del claustro exterior de la capilla, acción que tendría su correspondencia en el rito musulmán denominado el Tawaf, aquél, precisamente, que los peregrinos musulmanes realizan en torno a la Kaaba (2).
Siendo ésta una roca de origen meteórico o celestial, cabe preguntarse si en Eunate hubo algún elemento similar; y se me ocurre pensar en la Virgen titular -probablemente negra, en origen- siendo la actual una mera reproducción; tema que nos llevaría, otra vez, a los freires del Temple, por cuanto que cada día son más los investigadores que coinciden en señalar que fueron ellos los que introdujeron el culto por la figura de la Virgen María, y posiblemente, muchas de las imágenes, también; hasta el punto de que, en su Regla 306, y de una manera muy significativa, se especificaba: Y las horas de Nuestra Señora siempre deberán recitarse primero en esta casa...porque Nuestra Señora fue el principio de nuestra Orden, y en ella y en su honor, si le place a Dios, será el fin de nuestras vidas y el fin de nuestra Orden, cuando Dios quiera que sea (3). Y un dato sin duda significativo: numerosos originales de Vírgenes Negras, contenían este tipo de elemento celeste, bien en su constitución; bien en su peana o bien como reliquia oculta en su interior.
Interesante, por otra parte, puede resultar el hecho de reseñar la presencia de similitudes con otros mitos relacionados con el Camino de las Estrellas, como puede ser la presencia de dos oscuras y legendarias reinas: una, de nombre Lupa, en Galicia -¿derivación, quizás de loup, lobo en francés y animal emblemático de las hermandades compañeriles?- relacionada con la leyenda del traslado de los restos del Apóstol y otra aquí, en Eunate, implicada en la construcción de la ermita. De ésta última, se dice que su cuerpo recibió sepultura debajo justo de la capilla octogonal, siendo, además, identificada ocasionalmente con una de las figuras de cuerpo serpentino y cabeza coronada -algunos las identifican como alusión a personajes reales de la época de edificación del edificio, siglo XII (4)- que se aprecian tanto en la portada de Santa María, como en la portada de San Miguel.

(1) 'Codex Templi, Templespaña 2005, Punto de Lectura, S.L., abril de 2006. Artículo de Fernando Arroyo Durán, 'La Orden del Templo de Salomón: los primeros años y su entorno social', página 65.
(2) Para mayor información, recomiendo la lectura del artículo de Ildefonso Robledo Casanova, 'Arquitectura sagrada octogonal (II), Capillas ascensionales románicas en España', revista Historia 16, Ano XXVI, Nº321, Enero de 2003, página 101.
(3) Piers Paul Read: 'Los Templarios, monjes y guerreros', Ediciones B, S.A., 1ª edición, marzo de 2010, página 202.
(4) Pablo Alonso Bermejo, 'Las estrellas de Eunate, guía simbólica de la portada norte', Templespaña, Sociedad de Estudios Templarios y Medievales, 2009.

[continúa]

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domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Pero hubo alguna vez ángeles canteros?

Según se comenta en el Génesis, hubo ángeles que encontrando hermosas a las hijas de los hombres, las tomaron por esposas, enseñándolas, de paso, las artes de la brujería. Otros, por el contrario, fueron ejecutores que derribaron murallas de ciudades míticas, como Jericó, haciendo sonar sus trompetas. Algunos, como el paladín por excelencia, San Miguel, destacaron al sofocar la rebelión de otros ángeles, liderados por Lucifer, expulsándolos de los Cielos, en una contienda que todavía se prolonga al cabo de los milenios.
Protagonista, así mismo, fue aquél otro, que de nombre Gabriel, comunicó la buena nueva a María, en un acto que ha permanecido en la memoria del Cristianismo con el nombre de Anunciación; y seguramente, también este mismo arcángel encabezara la comitiva celestial, que escoltó la Ascensión de ésta a los Cielos.
También es digno de mención, otro arcángel, que de nombre Rafael -junto a Miguel y Gabriel conforma el trío de arcángeles que, hemos de suponer, más contacto han tenido con los humanos- tiene encomendada, aparte de otras funciones, la custodia de la ciudad de Córdoba, según refiere la leyenda de su aparición a un religioso, fechada en el siglo XVI.

Su intervención en los asuntos de los hombres, ha sido constatada y referida en numerosas crónicas, a lo largo de los siglos, siendo numerosas las funciones que, independientemente de su papel de servidores elegidos de Dios, se les han atribuído: guerreros, ejecutores, emisarios, guías, jueces -en su definición de psicopompos o pesadores de almas, como San Miguel- guardianes, orfebres, y al parecer, como indican algunas curiosas tradiciones populares, también canteros.


A todos, o a casi todos, nos es familiar la legendaria tradición que dio origen, en Asturias, a una segunda cruz santa, tan relevante o más, incluso, que aquélla Cruz de la Victoria empuñada por el propio Pelayo: la Cruz de los Ángeles. Acaecía el año 808, cuando dos jóvenes desconocidos se presentaron ante el rey Alfonso II, el Casto -atribulado por aquél entonces, en realizar una prebenda insuperable para mayor gloria de la catedral de Oviedo- comprometiéndose a realizar una obra digna de sus deseos, en el transcurso de una noche.


Sin embargo, es posible que no sean tan conocidas, al menos para una gran mayoría, aquellas otras historias que, de forma paralela o similar, relacionan a los ángeles con otro apasionante y a la vez complicado misterio medieval: el de la vírgenes románicas.
A este respecto, siempre resulta recomendable acudir a las investigaciones realizadas en su momento por personas a las que tiendo a definir, con todo el respeto y el merecimiento, como grandes clásicos de la España mistérica. Citables son, entre otros muchos, desde luego, personas del carisma de Juan García Atienza, Rafael Alarcón Herrera o Xavier Musquera (desgraciadamente fallecido en diciembre de 2009), y tantos otros que, de una manera honesta y pionera, han abierto senderos dorados por los que continuar líneas de investigación al margen de lo ortodoxo establecido, atravesando con valentía las fronteras de lo irracional, que para mí constituyen los oscuros recovecos de la Tradición.
Es precisamente hablando de tradiciones, y siguiendo el hilo argumental del título de la presente entrada, que se localizan este tipo de asociaciones angélico-canteriles, relacionadas, al menos, con dos vírgenes románicas de piedra: la Virgen del Puig, Patrona de Valencia, y Nª Sª de Aránzazu, en el País Vasco, teniendo como denominador común, que ambas fueron encontradas debajo de una campana.
E incluso existe otra curiosa leyenda que, situada ésta vez en el Reino de Asturias, afirma que el monasterio de Coria fue bajado del cielo por los ángeles.

sábado, 30 de octubre de 2010

Canteros de Veruela: magia a la vera del Moncayo



'Genios del aire, habitadores del luminoso éter, venid envueltos en un jirón de niebla plateada. Silfos invisibles, dejad el cáliz de los entreabiertos lirios, y venid en vuestros carros de nácar, a los que vuelan uncidas las mariposas. Larvas de las fuentes, abandonad el lecho de musgo y caed sobre nosotras en menuda lluvia de perlas. Escarabajos de esmeraldas, luciérnagas de fuego, mariposas negras, ¡venid!. Y venid vosotros todos, espíritus de la noche; venid zumbando como un enjambre de insectos de luz y oro. Venid, que ya el astro protector de los misterios brilla en la plenitud de su hermosura. Venid, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas. Venid, que los que os aman os esperan impacientes...'.
[Gustavo Adolfo Bécquer: La corza blanca]
Afirmaba don Javier Lambán Montañés, allá por el año 2005, siendo Presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza, que los hermanos Bécquer y el monasterio de Veruela son uña y carne. Es imposible separarlos sin que se produzca un desgaste doloroso (1).
Y no le falta razón. Sucede que, cuando nos referimos a este viejo y desde luego, emblemático monasterio aragonés, resulta imposible dejar pasar de largo, aunque sea con una somera referencia, el entorno, espectacular y mágico, en el que se asienta. Un entorno que gira, desde tiempo inmemorial, alrededor de una montaña; una montaña sagrada y mítica, cuyo magnetismo ha atraído la atención y el respeto de los hombres desde el alba de los tiempos: el Moncayo.
Gustavo Adolfo Bécquer, cual Herodoto moderno, no sólo se nutrió de su febril imaginación en un tiempo en el que, gravemente enfermo, recaló en el lugar; sino que, a la vez recogió, como agua de mayo -esa misma agua que reclaman constantemente los sedientos campos aragoneses-, una rica variedad de tradiciones, de índole cultual y antropológico que, pertenecientes a lo que bien podríamos denominar como la Antigua Religión, fueron bruscamente cercenadas, cuál cabeza de Hydra, con la llegada de una religión que pronto olvidó sus orígenes humildes y que no tardó en olvidar también la persecución a la que había sido sometida -sobre todo, en tiempos del emperador Nerón-, para poner en práctica métodos de autoritarismo, cuya intransigencia y crueldad alcanzaron cotas demenciales en siglos posteriores, con la creación del Santo Oficio: el Cristianismo.
Las impresiones de Bécquer, no sólo basadas en cuentos y leyendas populares de la zona, sino también recogidas de una manera pinturesca y magistral en ese auténtico reportaje que, en mi opinión, constituyen sus Cartas desde mi celda -publicadas en su conjunto y a modo de homenaje póstumo, después de su muerte, acaecida en 1870- nos acercan, con la visión interior de un auténtico poeta, a un mundo extraño, romántico y fantástico a la vez, que no es otro que el que, aún a pesar de los siglos transcurridos, envuelve a este monasterio de Berola, tal y como era conocido en algunos cartularios de época medieval.
Atravesar la cerca amurallada que conduce al interior de ésta joya bizantina -término con el que, en la época de Bécquer, siglo XIX, se referían al arte románico en general- es penetrar en el mundo de las ideas; un mundo desde luego perdido, en el que éstas, precisamente, se transforman en símbolos que, a su vez, conllevan formas de pensamiento -no sólo científico, como puedan ser, comparativamente hablando, las espirales y su posible equivalencia astronómica y arquitectónica- sino también filosófico y religioso, sin que necesariamente este último concepto lleve implícita una genuina y exclusiva patente cristiana, apostólica y romana. Esta, al menos, es mi opinión, sin ir más lejos, cuando observo el que quizás sea el símbolo cantero más famoso y referente de cuantos figuran en el haber del monasterio de Veruela: la cabeza de la paloma.
Pero antes de profundizar en el tema, es bueno precisar que, si bien Gustavo Adolfo Bécquer prestó un inestimable servicio literario capaz de envolvernos con el ambiente y el entorno que rodean a Veruela, igual o mayor servicio prestó su hermano Valeriano, con sus dibujos y sketches. Dibujos y sketches, que llevan por título Expedición de Veruela, entre cuya colección -algunas de las pinturas de Valeriano, se hayan, como las pinturas de San Baudelio, allende los mares- figuran una variada gama de símbolos canteros que el buen Valeriano recopiló pacientemente, para una posteridad que, no obstante, y en el fondo, parece haberlo olvidado.
Y en ellos, no sólo aparecen la cabeza de la paloma y de esa otra ave que desde tiempo inmemorial y de una manera poco menos que genética, parece haber adoptado el edificio religioso como lugar imperativo para hacer su nido, la cigüeña, sino que, además -y en esto, vuelvo a recordar una precisión que apuntaba en la presentación de este blog, cuando acerca de las marcas reconocía que no están todas las que son- aporta la existencia de elementos que posiblemente se me pasaran por alto en mis dos expediciones al monasterio, y que, por supuesto, me obligan a preparar una tercera visita. Me refiero, a un símbolo importante de Magisterio, como es el báculo o bastón.
Posiblemente, parte del impenetrable misterio que rodea a los canteros, se encuentre camuflado, de alguna manera, en los acontecimientos políticos y filosóficos que se retrotraen a sus inicios. Unos inicios que, en cuanto al Císter se refiere, hablan de escisión y deseo de retorno a las fuentes, humildes y originales, de una religión que, hacia los siglos XI-XII representa una exhuberante opulencia con el Papado y los monjes negros de Cluny. Opulencia que, bajo un punto de vista, si no filosófico al menos sí ético y moral, conllevaría, en parte, la proliferación de modalidades de pensamiento encontradas, que originarían la creación de nuevos tipos de agrupaciones, consideradas como sectarias, como pueden ser, por ejemplo, bogomilos, valdenses, albigenses y cátaros.
Se sabe, entre otras cosas -o al menos, así lo apuntan algunos autores como Xavier Musquera (2)- que entre los cátaros existían, también, hábiles canteros y maestros constructores, siendo muchos los símbolos que dejaron como testimonio por los lugares donde pasaron, antes y después de su holocausto. Precisamente, uno de los símbolos más importantes utilizados por ellos, no es otro que el de la paloma, ave que, de igual manera que para los cristianos ortodoxos, representaba al Espíritu Santo. No obstante, una de las leyendas cátaras más conocidas, cuenta que Esclarmonda de Foix, alzó el vuelo desde lo más alto del monte Tabor, transformada en paloma (3). Leyenda que, si me apuran, añadiré que nos da una idea de la enorme importancia y trascendencia que dicho símbolo tenía entre la comunidad cátara, aunque haya historiadores ortodoxos que no contemplen dicho interés y asociación.
Otro de los símbolos utilizados por los maestros y canteros cátaros, es la estrella de cinco puntas o pentalfa, motivo geométrico de cierta relevancia que aparece también entre los símbolos y grafitis cátaros localizados en cuevas del Sabarthéz, por citar un ejemplo, y que, al igual que en numerosos edificios representativos de nuestro románico, aparece también grabada en los sillares de este monasterio de Veruela. La mano extendida, de posible significado basado en el consolamentun cátaro, según opinan algunos autores -entre ellos, el mencionado Xavier Musquera- no se localiza, a priori, en este monasterio; sin embargo, no es un símbolo desconocido en el románico español, y se puede localizar, en forma de canecillo -lo comento, porque en su día me llamó la atención-, en dos iglesias espectaculares, situadas en el Valle de Mena, en las Merindades burgalesas: San Lorenzo de Vallejo y Santa María de Siones. Ambas iglesias, aunque sin aval que lo justifique debidamente, arrastran la posibilidad de que en algún periodo de su historia, fueran o hubieran pertenecido al Temple.
El báculo, símbolo inseparable y decantador de la sabiduría y la autoridad del Maestro, se localiza en numerosos edificios románicos, no sólo como símbolo de cantería, sino también como atributo característico de numerosos santos, algunos de enigmática procedencia pero que, no obstante, fueron grandes constructores y pontífices -entiéndose ésta faceta, no como jerarcas de la Iglesia, sino como constructores de puentes- de los cuales destacan San Millán de la Cogolla y San Juan de Ortega, seguramente porque sus obras, o al menos parte de ellas, han llegado hasta nosotros con más claridad que las del resto, aunque sus vidas, en el fondo, continúen siendo un auténtico misterio. Algunos, quizás menos importantes que éstos, pero sin duda igual de relevantes en cuanto a los atributos de maestría y conocimiento que portan, se encuentran -generalmente en forma de figuras-, en la gran mayoría de templos -románicos o no-, siendo objeto de una profunda devoción por parte del pueblo y una no menos profunda relación con el Camino de Santiago: San Antón, San Roque e incluso aquél enigmático gigante, en el fondo no muy apreciado por la Iglesia, que no es otro que San Cristóbal.
Se sabe, por documentos de la época, que Veruela fue fundado en 1145 por monjes blancos procedentes de Fitero, siendo el más antiguo de los monasterios cistercienses en Aragón. Y aunque no se pueda demostrar fehacientemente una presencia cátara durante éste génesis, así como en periodos posteriores al término de la llamada cruzada cátara, tampoco hay indicios para pensar lo contrario, máxime a sabiendas de la simpatía demostrada hacia ellos por parte de la Corona de Aragón.
Y un detalle que puede resultar significativo: ¿cuántas marcas de cantería con la cabeza de la paloma se localizan fuera de éste monasterio?. Puede que las haya, desde luego, aunque yo, al menos, no me he topado todavía con ninguna.
(1) Jesús Rubio Jiménez: 'Guía sobre los hermanos Bécquer en el monasterio de Veruela', Diputación de Zaragoza, Área de Cultura y Patrimonio, 2005.
(2) Xavier Musquera: 'Cátaros: el secreto de los últimos herejes', Editorial Espejo de Tinta, S.L., 2006.
(3) Jean-Michel Angebert: 'Hitler y la tradición cátara', Plaza & Janés, S.A., Editores, colección Realismo Fantástico, 1ª edición, noviembre de 1976, página 57: 'Todos los puros perecieron en el fuego, excepto Esclarmonde de Foix. Cuando ella tuvo conocimiento de que el Graal estaba en lugar seguro, se transformó en paloma blanca y voló hacia las montañas de Asia. Esclarmunda no ha muerto. Hoy vive todavía, allí abajo, en el Paraíso Terrestre'.

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miércoles, 27 de octubre de 2010

El Camino de la Oca pasa por San Juan de Rabanera

No sería descabellado pensar en el símil del cuento aquél en el que el protagonista, sin duda precavido, iba dejando miguitas de pan por el suelo, con el fin de no errar en el camino de regreso y perderse en el bosque. El Camino de Santiago, cualquiera que sea el origen de sus múltiples itinerarios, sería, simbólicamente hablando, ese bosque tupido y tenebroso, pero a la vez repleto de misterios, enseñanzas y maravillas que habría que recorrer para alcanzar el premio final del mayor de los tesoros con los que pueda soñar el ser humano: el Conocimiento.

Los canteros medievales, al igual que el protagonista del cuento, serían los transmisores o depositarios de esas miguitas de pan que, a modo de señales, indicarían una dirección a seguir, valiéndose, a la vez, de un código que, aprehendido y mantenido en secreto a lo largo de milenios de existencia humana, contendría pequeñas lecciones de una sabiduría ancestral, cuya comprensión llevaría a la Gnosis final.

Una de esas pequeñas migajas, estaría contenida, entre otros, en un símbolo que sobresale en la gran mayoría de edificios afines a éste mágico y ancestral Camino de Peregrinatio: la pata de oca.

La oca ha sido considerada, desde tiempo inmemorial y por numerosos pueblos y culturas, un animal sagrado y trascendente. En la mitología griega, por ejemplo, el todopoderoso Zeus adopta la forma de un cisne para seducir a la hermosa Leda. Entre los celtas, la oca o el cisne constituía el animal totémico que acompañaba a los héroes muertos al Paraíso -nótese la similitud con los mitos nórdicos de las walkyrias, mujeres guerreras que acomopañan al Walhalla las almas de los guerreros muertos en combate- o a ese Tir an Og o Región de los Bienaventurados, cuya tradición aún es recordada hoy en día por numerosos cantantes y grupos de folk, como Alan Stivell.
Freya, una de las principales diosas del panteón céltico, tenía un pie de oca, detalle en el que, posiblemene, se basaran posteriormente numerosas leyendas acerca de la reina Padauca o Pie de Oca, que tanto florecieron en el occidente medieval.
Los egipcios, por otra parte, asociaban a los ánades un simbolismo religioso que se utilizaba para alejar el mal y evocar el renacimiento. Curiosamente, dentro de la cosmogonía tebana, Amón, que significa el Oculto, era representado con forma de oca o ganso, y entre los romanos existía la costumbre de mantener a estos animales como guardianes del hogar, que avisaban a sus moradores de cualquier peligro o intruso que merodeara por el lugar.
Pero el simbolismo que conlleva la pata de este emblemático animal, va aún más lejos, pues se ha querido ver, aunque de manera camuflada, en elementos florales, como el lirio o la flor de lis -del que son portadoras las manos de las imágenes de algunas vírgenes románicas y góticas- así como también en la vieira distintiva del peregrino de Santiago.
Dentro de los alfabetos nòrdicos, éste símbolo está asociado con la Runa de la Vida; y a su manera, enlaza directamente con la tradición esotérica relativa al cráneo de Adán y el Árbol de la Vida, de cuyo tronco se obtendría la madera que habría de servir para hacer la cruz en la que fue crucificado Jesucristo. Hasta tal punto ésta tradición se haya inmersa en el Arte -no sólo en lo que respecta a los propios crucificados, cuyo cuerpo, si nos fijamos, en ocasiones adopta la forma de una pata de oca- que existen imágenes de Cristos crucificados sobre una cruz con forma de pata de oca.
Aunque este tipo de representaciones no son muy corrientes, sí es cierto que en España, al menos, existen dos soberbios ejemplares. El más conocido, sin duda, es el Crucificado de Puente la Reina, localizado en la actual iglesia del Crucifijo; una iglesia que, en sus orígenes, se denominaba de Santa María dels Orzs, de los Huertos, y pertenecia a la Orden del Temple. El otro Cristo, seguramente menos conocido, se localiza también en un lugar emblemático del Camino de Santiago: en la iglesia de Santa María del Camino o de las Victorias, en Carrión de los Condes. Ambas representaciones, datadas en los siglos XIV a XVI, comparten un origen común: proceden de la región alemana de Renania, conocida, entre otras cosas, por su amplitud de catedrales y monasterios, así como también porque en ella se encuentra el famoso castillo de Wewelsburg, donde lo más selecto de la oficiliadad de la Orden Negra del Reichsführer Heinrich Himmler se entregaba a todo tipo de rituales de carácter iniciático y esotérico, teóricamente -al menos para los teóricos nazis- basados en los ciclos griálicos, el ciclo artúrico y comparándose con modernos templarios. De hecho, en la actualidad acaba de convertirse en museo que, aparte de levantar numerosas críticas, puede visitarse por un módico precio.
No obstante, si bien es cierto que la presencia de este símbolo puede considerarse como natural en numerosos edificios situados tanto dentro como fuera de las numerosas rutas del Camino de las Estrellas, no dejar de ser una curiosa y a la vez desconcertante novedad, encontrárselo en el enlosado que roda la entrada principal de una antigua iglesia románica: la iglesia de San Juan de Rabanera, en Soria.
Soria es una ciudad pequeña, pero repleta de Historia, de Arte y de Tradición. Basta sólo mencionar algunos de sus elementos distintivos -el monasterio de San Juan de Duero, el monasterio templario de San Polo, el claustro románico de la concatedral de San Pedro o la ermita de planta octogonal de San Saturio- para que la imaginación se dispare a límites insospechados. Resulta una pena, sin embargo, que de una de las más antiguas y principales iglesias románicas con que contaba la ciudad, la iglesia de San Nicolás, tan sólo quede un esqueleto descarnado y unas excepcionales pinturas -tapadas por una tabla de metal- que, representando el asesinato del arzobispo de Canterbury, están a punto de desaparecer definitivamente.
Es interesante tener esto en cuenta porque, precisamente, la portada original de la iglesia de San Nicolás, es la que actualmente se encuentra en la entrada principal de la iglesia de San Juan de Rabanera. Y este detalle podría, quizás, explicar también el origen del enlosado con los símbolos de la pata de oca, tema de la presente entrada. Otro detalle de interés, podría ser, también, la situación de ésta iglesia de San Juan de Rabanera, en cuyo interior, recordemos, se encuentra el Cristo templario de San Polo, también conocido como el Cristo cillerero.
Pues bien, San Juan de Rabanera se encuentra situada frente a la Diputación Provincial, al final de la calle Caballeros; una calle que -aparte de dejar en el aire la pregunta de a qué caballeros se refiere- curiosamente, se extiende hasta el cementerio y la iglesia de la Virgen del Espino. Una Virgen con advocaciones negras que, junto con las vírgenes hermanas de la catedral de El Burgo de Osma y el pueblecito de Barcebal, conforman el trío de Vírgenes del Espino que hay en la provincia. Y recordemos, una vez más, que tales denominaciones conllevan, en la inmensa mayoría de los casos, la presencia de la Orden del Temple; y que éstos, a la vez, eran protectores y benefactores de las hermandades de compañeros que fueron dejando su huella a todo lo largo y ancho de la Península. He aquí, pues, no pocos e interesantes enigmas que resolver.


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miércoles, 29 de septiembre de 2010

Canteros del Císter: Monasterio de Santa María de Huerta

No deja de ser una paradoja que, promulgadores a ultranza de la austeridad como vía de retorno a las auténticas fuentes del Cristianismo, los monasterios cistercienses contengan, profundamente labradas en sus sillares, una verdadera cilla -permítaseme la comparación- capaz de contener, en sus marcas de cantería, una variada y apasionante riqueza simbólica, que hoy por hoy, se escapa a todo intento de interpretación.
Da la impresión, no obstante, de que dispuestas sin aparente orden y concierto, choquen, de alguna manera, con ese elaborado concepto del hombre medieval del siglo XIII, que representaba a Dios con un compás en la mano, otorgándole el papel de arquitecto o creador de un universo ordenado y milimétrico, donde todo tiene un motivo y una razón de ser.
Papel y definición, por otra parte, adoptado posteriormente por las sociedades masónicas modernas, siguiendo esa supuesta línea hereditaria iniciada por las hermandades compañeriles medievales.
A propósito del tema, manifestaba San Agustín, allá por el siglo IV y refiriéndose al concepto de tiempo que, si nadie me pregunta, lo sé. Si deseo explicárselo a alguien que lo pregunte, no lo sé. Una sensación similar se experimenta, cuando se interpola el concepto tiempo a la problemática interpretativa de las marcas, que es el problema que nos ocupa, por no decir, mejor, que nos preocupa y que en este caso, posiblemente pertenezcan a diferentes épocas.
Antes de iniciar los prolegómenos que conlleva siempre el intento de interpretación -cualquiera que sea la naturaleza de éste- es conveniente situarnos en el edificio objeto de nuestra atención: el Monasterio de Santa María de Huerta.
Situado a una distancia equidistante una treintena de kilómetros, aproximadamente, de Medinaceli y otro tanto del también monasterio cisterciense de Piedra, los orígenes de Santa María de Huerta habría que situarlos una cincuentena de años después del movimiento de escisión que dio lugar al nacimiento de la Orden del Císter; es decir, alrededor del año 1150. De ésta época, siglo XII, data la portada de la iglesia, situada debajo del extraordinario rosetón que, entre otras cosas, le sirve como punto de referencia. Es en ésta pared de la iglesia, donde se encuentra anexo el pequeño cementerio, que se localiza un número determinado de interesantes marcas, incluida la emblemática estrella de cinco puntas o pentalfa.
Un segundo foco de localización de marcas, lo tendríamos una vez situados en el interior del monasterio, en las paredes que conforman su austero claustro del siglo XIII, y dentro también de la iglesia, en una de sus capillas más pequeñas y antiguas: la de la Magdalena.
El tercer foco, no obstante, y donde más abundancia de marcas se localizan, incluida la significativa pata de oca o runa de la vida (1), se encuentra en la posterior posterior del monasterio, precisamente la zona más antigua y, de hecho, más deteriorada del mismo.
(1) Sería interesante reseñar que, entre otras derivaciones, en la cosmogonía egipcia, el dios Amón ("el Oculto"), se asimilaba al dios Re, de la cosmogonía heliopolitana y era representado como una oca o un ganso.

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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Montalbán: marcas de cantería en un castillo templario


La iglesia de Santa María, en Ayllón, es un híbrido levantado con los sillares de varias iglesias románicas que ofrecían antaño un fidedigno testimonio de la importancia de esta villa segoviana en la Edad Media. Aparte de los sillares, también se utilizaron -supongo que sin otro orden ni concierto ni otra intencionalidad que la de un simple relleno- restos temáticos que en el tiempo original -probablemente, siglos XII ó XIII- representaban figuras y símbolos cuya disposición, evidentemente, así como su probable significado secuencial, se ha perdido por completo. Verlos sobresaliendo del vetusto armazón de la actual parroquia, aparte de una lógica curiosidad, genera, también, una cierta sensación de extrañeza. Posiblemente a consecuencia de dicha sensación, y con ánimo de entablar conversación, recuerdo que la áultima vez que estuve en Ayllón -si no me falla la memoria, debió de ser hace algo más de un año- le pregunté al párroco, si sabía qué significaban esos extraños símbolos. Una pregunta posiblemente estúpida, lo reconozco, pero ahora bien, hecha con ese tipo de espontaneidad que sólo se manifiesta cuando la curiosidad y los deseos de saber, no se pueden reprimir. El párroco en cuestión, un hombre relativamente joven todavía, se encogió de hombros y aunque cortés, me contestó:

- No son extraños; sencillamente, no los entendemos.

A mi modo de ver, el buen hombre -quizás con la intención de quitarse a un posible pesado de encima- y momentáneamente iluminado, dijo una verdad como un templo. Templo, Verdad y Entendimiento. Tres conceptos que, no me cabe duda, estuvieron estrechamente ligados en su momento, y en la actualidad forman por separado las piezas vitales de un complejo rompecabezas cuya resolución, a falta de una oportuna piedra de Rosetta que nos ofrezca la clave, está aún lejos de conseguirse.


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Por eso, es conveniente que entendamos que prácticamente todo cuanto podemos hacer en este complejo tema es, sencilla y llanamente -mal que me pese decirlo- especular.

Especulando, pues, y siguiendo con el hilo argumental de esta breve introducción, permítaseme ahora hacer un pequeño viaje (espero que los vídeos que se acompañan, ayuden a ambientarse) para trasladarnos a las cercanías de la arcana Toletum, la antigua y multicultural capital visigoda, y comentar sobre algunos de sus enclaves más misteriosos y significativos.


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A menos de una treintena de kilómetros de alli, y dentro del término municipal de La Puebla de Montalbán, se localiza el castillo objeto de la presente entrada. Extraordinariamente cerca como para no considerarlo una mera casualidad, se encuentra un emblemático complejo sagrado visigótico, conocido como Santa María de Melque, así como también otro elemento sacro de la cultura megalítica: un dolmen.

Elementos ya de por sí más que suficientes para atraer la atención de un cuerpo medieval de élite, no sólo referido a sus cualidades en el campo de batalla, sino también por ser lo suficientemente audaces como para embarcarse en la más absoluta de las búsquedas trascendentales, con independencia de su origen y línea de pensamiento: los templarios.


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Aunque no fueron los constructores del castillo, ni tampoco -como parece demostrado históricamente- los únicos que procedieron en algún momento a su remodelación, adaptándolo a sus necesidades y conveniencia, los investigadores tienen a ver su sombra -alargada y terriblemente escurridiza- detrás de la asombrosa cantidad de marcas de cantería que hacen de él, no me cabe duda, un caso notablemente atípico. Tal vez resulte significativa la presencia entre éstas, de un símbolo frecuente en numerosas construcciones templarias, e incluso en aquéllas otras que, basadas en la tradición oral, se les atribuye: la pentalfa.

Si bien es cierto que, aunque no demasiado frecuentes, sí se han localizado marcas en algún que otro castillo -incluso símbolos de inequívoco origen egipcio, el ankh o cruz de la vida, como es el caso del castillo alcarreño de la Riba de Santiuste, famoso, entre otras cosas, por las supuestas apariciones de un fantasma al que se llama popularmente Manuela y que fue foco de atención, entre otros, del programa Medianoche de la Cadena Ser, dirigido por Antonio José Alés- encontrárselas en número tan elevado sí que hacen, para nuestros propósitos, especial a éste histórico baluarte.

Difícil resulta sustraerse al poder las leyendas, cuando de castillos, templarios y hermandades compañeriles se trata; y aunque aún no han sido localizados -al menos en su totalidad- es cierto que se habla de túneles que conectaban el castillo con la ermita de Santa María de Melque, foco de atención y por algún tiempo lugar de pertenencia al Temple que, por si fuera poco, poseía en tiempos dos vírgenes titulares, con la particularidad de que una era negra y la otra blanca. El simbolismo de los colores del bauceant templario.


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Las marcas, en su gran mayoría, son de base lineal y representan ángulos de 90 grados, que podrían tener relación, se me ocurre pensar en un principio, con ciertos códigos utilizados durante la Edad Media, atribuidos -con o sin fundamento- a templarios y rosacruces. En número menos significativo, aunque repetido con cierta frecuencia, aparece otro tipo de trazo lineal, semejante a una pajarita -por poner un ejemplo lo más aproximado posible a su forma- y una angulación probable de 30 grados; hay también triángulos equiláteros, así como flechas, típicas en la gran mayoría de edificaciones de índole románica. Cierta repetitividad tienen, así mismo, las representaciones crucíferas que se podrían calificar del tipo griego, dado que tienen los brazos iguales.

Significativos, por otra parte, podrían ser aquellos otros elementos que aparecen con escaso o unitario criterio. Entre estos, cabe destacar los siguientes: pentalfa, compás, círculo y un símbolo que se me ocurre muy similar a la ómicron griega.

martes, 14 de septiembre de 2010

Por sus huellas los conoceréis: la enigmática pentalfa

[Ermita de San Bartolomé, Soria]

Una frase teóricamente grandilocuente, si tenemos en cuenta el carácter reservado, generalmente anónimo, de un gremio del que posteriormente surgirían numerosas sociedades secretas, cuya consigna principal radicaba en el más hermético de los silencios, relativos a su arte y a sus actividades: las hermandades compañeriles.

[Ermita de San Bartolomé, Soria]

Esta actitud de anonimato y secretismo ha generado que, a lo largo de los siglos, todo lo referido a ellas se vea envuelto en un halo extraordinario de leyenda -generalmente magnificado- que implica que un intento de acercamiento a su conocimiento se realice a través de lo que se podría considerar, hipotéticamente hablando, como el lenguaje de los sueños, siendo su figura clave, evidentemente, el símbolo.

[Anverso de una lauda sepulcral templaria]

Es, mediante la representación sensorialmente perceptible de una realidad -utilizando los parámetros establecidos por la Real Academia de la Lengua- como estas hermandades han dejado huella de su existencia, sirviendo, además, de referencia para aquellos que, con posterioridad, estuvieron en condiciones de percibir e interpretar sus señales, basadas en la preservación y prevención de un supuesto Conocimiento arcano, cuando no universal, reservado sólo para los elegidos, dada la dimensión de su naturaleza.

[Monasterio de Veruela]

Uno de los símbolos que define, cuando no representa parte de este Conocimiento ancestral, es la estrella de cinco puntas o pentalfa. Conocida desde tiempo inmemorial, no sólo representaba la marca personal del cantero o del gremio de cantería en cuestión, sino que además se utilizaba como marca o señal de reconocimiento entre los miembros de diversas sociedades. Posiblemente, el ejemplo más significativo sea el de los pitagóricos. A este respecto, no deja de ser oportunamente interesante, la aseveración de Juan García Atienza (1) quien, refiriéndose al tema que nos ocupa, añade:
...el pentáculo, la estrella salomónica de cinco puntas, el signo especialmente utilizado por los constructores medievales que heredarán los masones desde sus albores oficiales en los inicios del siglo XVIII.

[Iglesia de Santa Cecilia, Vallespinoso de Aguilar, Palencia]
Pero mucho antes de que la sociedad helena viviera su auténtico apogeo histórico y cultural, antes incluso de que aparecieran estos gremios canteros y estas sociedades secretas a las que hacemos referencia, resulta oportuno resaltar que la pentalfa era conocida por las civilizaciones más brillantes del mundo antiguo, como la egipcia y la babilónica, dejando constancia de tal conocimiento a través de los numerosos restos que han sobrevivido hasta nuestros días.

[Frómista, Palencia. Capitel]

Visible o no, es un hecho cierto que está presente en la gran mayoría de manifestaciones artisticas, jugando un papel relevante dentro de la denominada geometría sagrada. Y también, si observamos su evolución a la largo de la Historia, veremos que forma parte de otro tipo de manifestaciones y asociaciones.
Porque detrás de la figura de la pentalfa existe, así mismo, una auténtica mitología de índole o carácter ocultista, basada, en parte, en una pseudociencia que tuvo un auge inusitado en ciertos ambientes herméticos medievales: la de los talismanes. Basados, probablemente, en los precedentes mágicos de culturas pretéritas -cuando no, en las propias experiencias mágicas del mítico rey Salomón -este ambivalente símbolo se convierte en elemento imprescindible de una variada gama de amuletos y talismanes encaminados a atraer toda clase de venturas que a lo largo de los siglos han atraído irremisiblemente la atención del ser humano: amor, fortuna, salud, poder...

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Yendo aún más lejos, y continuando con ésta asociación de índole oculta y mágica, la pentalfa también se ha visto envuelta en todo tipo de operaciones goéticas -tanto en rituales de magia blanca como en rituales de magia negra- como demuestra su presencia en antiguos grimorios, representada, por regla general, en el interior de círculos mágicos -otro modo de operar con la geometría- diseñados para la invocación de diferentes entidades supranaturales.
Curiosamente, destaca también su presencia en un sofisticado tablero -en cierto modo, precursor de los modernos sistemas criptográficos- diseñado por un conocido mago y astrólogo de época isabelina: el doctor John Dee.
Básicamente, dicho tablero se puede definir como una especie de traductor del lenguaje de los ángeles, el lenguaje enoquiano -el mismo que hablaban Adán y Eva antes de la Caída- que este polifacético personaje había aprendido de manera mediúmnica a través del vehículo físico de un espejo de cristal. Espejo y tablero se encuentran actualmente en el Museo Británico de Londres.
Quizás su propia trascendencia haya hecho que éste símbolo fuera adoptado, no obstante también, para señalar personas y condiciones, como parece demostrar el curioso capitel de la iglesia palentina de San Martín de Frómista (ver foto). Humildemente diré, que mi conocimiento de dicho capitel y su probable significado, se debe a las inestimables indicaciones de mi buena amiga Baruk, pues reconozco que yo no me percaté de su existencia, durante nuestra visita a Frómista, acaecida el pasado mes de agosto. Lo que yo, en principio, consideré como una posible marca de cantería grabada con alguna intención indeterminada en la bolsa o el zurrón del personaje del capitel en cuestión, representaba, simbólicamente en la Edad Media, al avaro; y por defecto -siglos más tarde, y en épocas de oscurantismo nazi, se les representaba con el otro símbolo salomónico por excelencia, la estrella de David- a los judíos. Recordemos, como dato a tener en cuenta, que en las proximidades de esta iglesia, existió, en tiempos, una aljama judía, detalle quizás no tan extraño, si tenemos en cuenta la concesión de puebla judía concedida por el rey Alfonso VII. De ahí que, de manera ofensiva, a los habitantes de Frómista se les denominaba los rabudos hasta tiempos relativamente recientes (2).



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Por otra parte, su adopción por parte de una de las más célebres órdenes religoso-militares de la Edad Media -la Orden del Temple- queda de manifiesto en una provincia, Soria, y en la enigmática ermita de San Bartolomé, enclavada en lo más profundo de un paraje natural único: el Cañón del Río Lobos. Independientemente de que ya en el nombre del referido Cañón volvemos a encontrarnos con otro símbolo asociado a antiguos ritos célticos y a las hermandades compañeriles medievales -el lobo-, las dos pentalfas formadas por corazones entrelazados que conforman esa línea imaginaria o transepto de unión entre las capillas del Santo Cristo de la Agonía y la Virgen de la Salud, denotan, bien a las claras, la importancia esotérica e iniciática del lugar en cuestión.
Conseguir con una nitidez perfecta dicha pentalfa reflejada a la inversa del modelo original con una cámara fotográfica -como dato, añadiré que el modelo de cámara es una Energy System LCD LTPS 2.5"- tal y como se demuestra en el segundo vídeo, no tiene ningún mérito especial, eso sí, siempre y cuando la operación se realice desde la capilla de la Virgen, al pie de la llamada losa o piedra de la salud, y no a la inversa, pues el efecto, si se intenta conseguir desde la capilla del Santo Cristo de la Agonía, resulta apenas perceptible.
Volvemos a encontrar la pentalfa, en forma de marca de cantería, en la zona absidial de la ermita, no lejos de una marca maestra, como es el famoso báculo de San Bartolomé. E incluso a unos 60 kilómetros de distancia, en Soria capital, en el reverso de una de las tres estelas sepulcrales templarias que aún subsisten en los terrenos de lo que antaño fuera el monasterio de San Polo, en la actualidad, propiedad privada.
La naturaleza también nos ofrece sugerentes elementos basados en este modelo.
(1) Juan García Atienza: 'La meta secreta de los templarios', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1979.
(2) Juan García Atienza: 'Segunda Guía de la España Mágica', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1982, página 141.

jueves, 19 de agosto de 2010

Villacadima: marcas canteras en el ábside de la iglesia de un pueblo abandonado

Posiblemente, lo más destacable de este despoblado de Guadalajara -aparte del románico y las marcas de cantería localizadas, sobre todo, en el ábside de su iglesia de San Pedro- sea su situación, a la vera de la Sierra de Pela -con su curiosa e interesante ermita del Santo Alto Rey y sus extraordinarias leyendas sobre templarios- así como su proximidad a la frontera de las provincias de Segovia y Soria, siendo reseñables de ésta última, al menos, la localidad de Pedro y su ermita hispano-visigoda del siglo VII -ermita de la Virgen del Val- y la relativa cercanía al yacimiento arqueológico de Tiermes.
Del románico destacado de la zona cabe comentar, así mismo, su cercanía a las localidades de Campisábalos -con su extraordinaria iglesia de San Bartolomé, incluido su interesante calendario agrícola y una menos conocida aunque enigmática capilla añadida, denominada como del Caballero Galindo o del Caballero San Galindo- y por supuesto, Albendiego, pueblo en el que se localiza una de las joyas indiscutibles del románico mudéjar de la provincia: la iglesia de Santa Coloma, en periodo de restauración, al menos la última vez que la visité, hace ya algo más de un año.

Población destacable, y reseña cultural de primer orden, cabe citar, también, a Atienza, lugar en el que, aparte de otros templos hoy día convertidos en museos -como San Gil o San Bartolomé- se puede mencionar la iglesia de Santa María del Rey y su extraordinaria portada del siglo XII, así como aquella otra más humilde y situada a las afueras que, denominada como la ermita visigoda de Pedro -ermita de la Virgen del Val- muestra en su portada principal, distribuídos a todo lo largo de su arquivolta principal, interesantes figuras de contorsionistas, no desconocidas en España, aunque generalmente representadas en figuras sueltas, sobre todo en cuanto a canecillos se refiere. Estamos, pues, frente a una auténtica e interesante rareza, dentro del amplia espectro del románico español.


Pero volviendo al tema que nos ocupa, un detalle a tener en cuenta, son las sucesivas remodelaciones de este templo de San Pedro a lo largo de su historia, según comenta Antonio Herrera Casado (1) quien, refiriéndose precisamente al ábside, lugar en el que se localizan las marcas de cantería -algunas son las que se muestran en las últimas fotografías-, lo sitúa como obra del siglo XVI.
Este dato dificulta, en parte, la posible datación -cuestión ya de por sí espinosa- aunque puede sugerir la hipótesis de que los sillares reutilizados en la remodelación sean, posiblemente, los sillares originales del siglo XII y por tanto, se pueda dar el caso de que las referidas marcas pertenezcan también a ese siglo.


Por otra parte, en su observación, se pueden sacar algunas conclusiones -rebatibles, por supuesto- destacando, en primer lugar, su aparente desconcierto o caos, ocupando varias marcas un mismo sillar, detalle que, si hemos de ser objetivos, desbarataría, en principio, la hipótesis sillar-jornal tan aceptada entre los historiadores oficiales.
Tampoco hay que descartar, a priori, que pueda tratarse de graffitis, marcas realizadas por peregrinos para dejar constancia de su paso por el lugar o, puestos a especular, señales que de alguna manera servían de orientación a otros peregrinos, incluso barajando la posibilidad de haber sido realizadas en diferentes periodos históricos.
Aparte de las más grandes y remarcables, de las que hablaremos más adelante, se localizan marcas comunes a la gran mayoría de templos; entre ellas, se pueden reseñar las siguientes: estrella de cinco puntas; cruz latina; compás; marca rúnica en forma de zeta; el arco y la flecha; los zapatitos (no tan hábilmente tallados como en otros templos) y el aspa o cruz de San Andrés...

(1) Antonio Herrera Casado: 'El románico de Guadalajara', aache ediciones, 2ª edición, 2003, página 59.




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miércoles, 7 de julio de 2010

Sepúlveda: el Santuario de las Patas de Oca

Sin lugar a dudas, uno de los lugares donde se localiza este emblemático símbolo cantero con mayor perseverancia, es el Santuario sepulvedano de Nª Sª de la Peña. En efecto, tal es la cantidad de patas de oca grabadas por los canteros en la dura superficie de los sillares de este edificio religioso, que se remonta, cuando menos, a los siglos XII-XIII, que llega un momento en el que el observador se siente poco menos que desconcertado ante la persistencia de la visión.
La repetitividad, por tanto, de tal símbolo -que cobra una importancia más que relativa, sobre todo dentro de las rutas principales del Camino Jacobeo, conocido entre otros varios nombres como Camino de Santiago, Camino de la Vía Láctea, e incluso Camino de las Ocas Salvajes- lejos de parecer casual, supone, por el contrario, cierto grado de intencionada obstinación; cierta implicación, por parte de los mencionados canteros, por dejar de manifiesto el gremio compañeril al que pertenecían, dejando constancia, a la vez, de quién o quiénes habían realizado la obra.
No es mucho lo que se sabe acerca de tales gremios, sus orígenes, fundadores y principales magister muri. Y mucho menos, teniendo en cuenta el extraordinario trasiego no sólo de peregrinos, sino también de especialistas que supuso el descubrimiento, en Iria Flavia, de la tumba y el cuerpo del Apóstol.
Aproximadamente por esas fechas, se produjo una revolución espiritual que hizo tambalearse los cimientos de Europa, amenazada, de hecho, por el incontenible avance musulmán. Como en los días posteriores a la Segunda Guerra Mundial y la búsqueda desenfrenada de algunas potencias vencedoras, e incluso de coleccionistas y particulares por localizar y hacerse con todo tipo de manuscritos referidos a la Alquimia, la recopilación, el archivo y el estudio de las corrientes clásicas, hizo que Cluny se constituyera, probablemente, en el núcleo principal del que surgieron la gran mayoría de Maestros que dejarían su ciencia y su firma personal en los principales lugares del Camino de Santiago, e incluso en numerosos lugares situados fuera de éste.
A este respecto interesan, y mucho, las aseveraciones del investigador francés Louis Charpentier, quien, en una de sus obras principales (1) identificaba, al menos, a tres de estas hermandades compañeriles: los Hijos del Padre Soubisse; los Hijos del Maestre Jacques y los Hijos de Salomón, siendo los símbolos más emblemáticos de los dos últimos gremios mencionados, la estrella de seis puntas (o Sello de Salomón) y la pata de oca.
Por otra parte, hemos de tener en cuenta que, al referirnos al Santuario de Nª Sª de la Peña, nos estamos refiriendo a una figura mariana que es la Patrona de la Villa y Tierra de Segovia; una figura, cuya imagen entronizada, que puede observarse en el centro, aproximadamente, del Retablo Mayor, aunque de apariencia gótica, tiene, sin duda, connotaciones de Virgen Negra, y responde a un culto mucho más antiguo. No es de extrañar, por tanto, dada su aparente relación, que entre las huellas o señales labradas en los sillares, figuren, también, dos cruces de reminiscencia claramente templaria -sospechosos, permítaseme el término, de fomentar este tipo de cultos-, siendo numerosos los autores que mencionan los vínculos tan estrechos que existían entre éstos y los gremios de constructores, a los que amparaban y protegían, y que, incluso, pasaron también a la clandestinidad cuando la Orden fue suprimida.
Otro detalle importante, que a simple vista puede pasar inadvertido para muchos visitantes, es el Cristo -probablemente gótico también- que se localiza en uno de los laterales del templo, conformando la cruz de su martirio, un tipo de cruz esotéricamente especial: de las denominadas cruz de gajo; denominación que, en palabras de Rafael Alarcón Herrera (2), representaría al iniciado que está en camino de alcanzar su total elevación.
Aunque este tipo de representaciones artísticas abundan, y no todas están relacionadas con el Temple, sería interesante rastrear, en este tipo de santuarios -por desgracia, muchos de ellos, como por ejemplo, el de la misma advocación existente en Calatayud, han sido prácticamente reconstruídos por completo- la posible existencia, al menos, de aquellas marcas que, como la pata de la oca -o runa de la Vida- caracterizaron a algunos de estos gremios, ocultando un simbolismo esotérico, como demuestra el Cristo renano del siglo XIV que se localiza en la iglesia del Crucifijo -antiguamente de Santa María de les Horzs o de los Huertos- de Puente la Reina.

(1) Louis Charpentier: 'El misterio de Compostela', editorial Plaza & Janés.
(2) Rafael Alarcón Herrera: 'La otra España del Temple', Editorial Martínez Roca.


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sábado, 3 de julio de 2010

Dejando huellas en la Piedra

[Iglesia de San Miguel Arcángel: Caltójar, Soria]
Se puede afirmar, con el relativismo que otorga siempre lo hipotético, que las marcas de cantería no son exclusivas de una civilización, de una cultura o de una época determinadas, sino que, de hecho, se han venido utilizando desde la más remota Antigüedad, hasta tiempos relativamente modernos. Buena prueba de ello, la tenemos, por ejemplo, en las famosas porcelanas de la Real Fábrica del Buen Retiro de Madrid, siglos XVII-XVIII (1), en las que los distintos artesanos firmaban sus obras con marcas o símbolos a veces tan escogidos y en principio tan extraños y esotéricos para el mundo en general, como aquellos otros que utilizaban las hermandades compañeriles en la gran mayoría de edificios románicos y góticos que, sin ir más lejos -y aún así, ya es más que suficiente- jalonan nuestra geografía peninsular.


[Monasterio de Santa María de Huerta, Soria]
Otro detalle significativo, que podría resultar de interés, también, serían los curiosos símbolos utilizados por las ganaderías taurinas para indicar la posesión y procedencia de sus animales, que en principio, y es de suponer que casualmente, mientras no se demuestre lo contrario, guardan cierto parecido con algunas marcas medievales, e incluso, apurando, con algunos símbolos astrológicos, cuando no también de índole alquímica.

[Marcas de cantería árabes: Mezquita de Córdoba]
No obstante, remontándonos mucho más en el tiempo, merece especial mención, para variar, y a modo ilustrativo, el descubrimiento, en una cantera de Assuán, Egipto, de bloques de piedra que aún conservaban las marcas de cantería de los obreros que trabajaron allí hace miles de años. Estas marcas consistían, principalmente, en figuras de animales, destacando, entre otras, las figuras del ibis y del delfín, definiendo éste último, según las especulaciones de los expertos, un posible origen del cantero o canteros en cuestión, localizado, a priori, en las islas griegas. Los egiptólogos coinciden en señalar, no obstante, que dichas marcas identificaban, así mismo, a las cuadrillas de trabajadores, hasta el punto de que éstas, que llevaban nombres de cierta relevancia para su identificación, como, por ejemplo, Cuadrilla de Horus, competían entre sí para ver qué cuadrilla avanzaba más y mejor.


[Castillo de Montalbán: la Puebla de Montalbán, Toledo]
Eso, por no mencionar esa herencia de la Edad de Piedra, que constituyen los petroglifos diseminados no sólo por toda Europa, cuyos símbolos -y a falta de una oportuna Piedra de Rosseta- están todavía lejos de haber sido descifrados, y no parece que se hayan hecho significativos avances en su interpretación, hasta el día de hoy.
Por estos detalles, y algunos otros, se puede decir que las marcas de cantería no son, en absoluto, un detalle exclusivo de las hermandades de Compagnons europeas, como se pueda suponer a priori, sino que también, aparte de existir en el mundo musulmán -como demuestra, por poner un ejemplo cercano, la gran cantidad de ellas expuestas en la Mezquita de Córdoba- suponen no sólo un reto para el investigador sino también un apasionante buceo en los mares más profundos de la Historia, en busca de la fuente original de la que manó el concepto del trabajo sagrado, y sus posteriores transformaciones en acepciones como Conocimiento y Secreto.
[Casona de época: La Cerca, Burgos]

Además, y contrariamente a lo que se pueda suponer, tampoco resultan exclusivas de templos, ermitas, santuarios o cualquier otro tipo de edificaciones religiosas en general, sino que se localizan -en menor medida, desde luego, pero no en interés- en castillos e incluso en edificios particulares de época. Téngase en cuenta, como ejemplo significativo del primero, el castillo de Montalbán, situado en la localidad toledana de la Puebla de Montalbán -a escasos dos o tres kms. de la ermita visigoda de Santa María de Melque, y a similar distancia de una zona megalítica-, y como ejemplo ilustrativo y a valorar en el segundo, los símbolos que se encuentran labrados en la fachada de una casona particular, situada en la localidad burgalesa de La Cerca, entre los que cabe destacar un interesante símbolo utilizado por los canteros medievales: la llave, localizada en múltiples lugares, incluidos templos, sirviendo como ejemplo significativo el gran parecido que guarda con aquellas otras labradas con cierta abundancia, en los muros de la iglesia de Santiago, en la localidad oscense de Agüero.
Resulta interesante reseñar, llegados a este punto, que muchas de estas marcas de cantería y de estos símbolos, extraños a priori, guardan relación con antiquisimos alfabetos, como el rúnico o futhark, siendo reseñable la abundancia de marcas con forma de pata de oca -la mística runa de la Vida- que se encuentran en numerosos lugares, conformen o no éstos parte del Camino de Santiago. Quizás sea éste uno de los símbolos más universales y esotéricos de cuantos se puedan encontrar, habiéndonos dejado el Arte una de las muestras más significativas en el famoso Cristo renano del siglo XIV que se encuentra en la iglesia del Crucifijo de Puente la Reina, en tiempos denominada de Santa María de los Huertos. A este respecto, cabe añadir un no menos interesante dato: en sus inicios, y hasta su disolución, ésta iglesia perteneció a la Orden del Temple.
¿Hemos de suponer, pues, que también existe una relación o vínculo entre el tema que nos ocupa y las formas artisticas, en sus múltiples manifestaciones?. Yo así lo creo...


(1) Para quien desee ampliar este dato, añadir que estas marcas se encuentran expuestas en el Museo Arqueológico de Madrid, y están divididas en tres épocas: marcas de la primera época (1760-1783); marcas de la segunda época (1784-1803); marcas de la tercera época (1804-1808). Además, se recomienda la lectura del libro de Mª Jesús Sánchez Beltrán, 'La porcelana de la Real Fábrica del Retiro', editorial Electa España, S.A., 1998.