martes, 10 de noviembre de 2015

Marcas de cantería en el Monasterio de San Salvador de Cornellana


No se trata, exclusivamente, de mostrar solamente las interesantes marcas de cantería que se localizan, principalmente, en el ábside de este peculiar monasterio, el de San Salvador de Cornellana, tan estrechamente ligado a los antiguos caminos de peregrinación del Principado de Asturias –incluidos aquéllos denominados como Ruta de los Salvadores-, sino también, de aprovechar la ocasión para aportar un pequeño grano de arena y a la vez elevar la voz, siquiera en tono de súplica, para que los organismos oficiales pertinentes remitan los medios adecuados y no permitan que este importantísimo conjunto histórico-monumental termine desapareciendo, corriendo la misma y triste suerte que la inmensa mayoría de monasterios –cerca de cien, según algunas fuentes-, que se calcula hubo antiguamente en ésta cuna de la Reconquista, que es ese paraíso natural llamado Asturias.

Si bien es cierto, que en la actualidad, la Constructora San José está realizando trabajos de rehabilitación –entre otros lugares de interés artístico, ésta misma constructora acometió los trabajos de restauración del Palacio de Santoña, que fuera la antigua Sede que la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Servicios de Madrid tenía en la céntrica calle de las Huertas, perteneciente al emblemático Barrio de las Letras-, éstos, al parecer, sólo se reducen a la adecuación de los tejados, obviando el interior de una iglesia que amenaza ruina, hasta tal punto que, como pudo comprobar un servidor a finales del pasado mes de agosto, no se permite visitar el claustro –no el original, sino uno barroco de dos plantas, levantado en el siglo XVI-, por el peligro real que supone para la integridad física de las personas la amenaza de desprendimiento.

Fundado en el año 1024 por la infanta Cristina, hija de Bermudo II, rey de León, no tardó en pasar a depender de la Orden de Cluny, o monjes negros que, recordemos, fueron de los primeros en establecerse en puntos estratégicos situados tanto dentro como en las proximidades de los principales caminos de peregrinación. Posiblemente de esa época, siglo XII, sean las numerosas marcas que los canteros dejaron en los sillares, tanto del ábside principal como de los absidiolos secundarios, la mayoría de ellas sobradamente familiares y fácilmente observables –tanto en conjunto, como por separado: la a o alfa mayúscula con forma de compás, la w con forma de omega, la ballesta, algo parecido a una f mayúscula que podría describir algún tramo de la nave, etc- en otros lugares de similar época y condición. Pero también es cierto que, como suele ocurrir en numerosos casos, la persona observadora descubra alguna marca curiosa que, solitaria y ajena al conjunto, le llame especialmente la atención. Y eso, a fin de cuentas, forma parte, a la vez, de los numerosos y fascinantes enigmas que contiene este admirable lugar, donde, para abrir boca a futuros investigadores y curiosos, se localiza, además, una rareza de singular simbolismo, de la que se hablará en otro momento: la famosa osa amamantando a una niña, que no sólo figura en una portada lateral, sino que también forma parte del simbolismo integrado en el escudo del propio monasterio. Notable, así mismo, es el simbolismo de las pinturas que decoran –con mayor o menor grado de deterioro- las bóvedas laterales, entre las que se advierte, pintada en negro, una cruz de Malta o de ocho beatitudes, así como una curiosa cruz-crismón, que a la vez, remite a otro de los grandes arquetipos de la Historia de la Humanidad: la rueda.

En fin, que aun de una manera escueta y somera, no cabe duda de que cualquier esfuerzo por conservar una riqueza patrimonial como la que se observa en este monasterio de San Salvador, ha de suponer siempre más que un esfuerzo, una auténtica obligación.




lunes, 26 de octubre de 2015

Nuevos estilos, viejos mitos: la iglesia de San Pablo y el Colegio de San Gregorio de Valladolid


‘El trabajo en el mito, es como excavar en una roca e ir sacando y sacando, siempre más y más…’ (Erwin Rohde)

Se podría pensar, siguiendo en parte el razonamiento de Rohde, que de los primigenios orígenes románicos de una ciudad, sin duda cosmopolita, como es Valladolid, apenas quede sino un melancólico recuerdo, que obligue a suponer al visitante caprichoso que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y nada más lejos de la realidad, si admitimos, razonadamente también, que de la vieja crisálida románica sobrevive, cuando menos, la mariposa original del mito. Tal cuestión, ya la debatía Cristóbal de Villalón, cuando en 1539, publicaba su obra Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente, poniendo en boca del personaje defensor de lo nuevo, unas certeras palabras, que vienen como anillo al dedo al tema a debatir en la presente entrada: Pues en la Architectura no han faltado varones en estos tiempos que se ayan señalado en edificios. ¿Qué Memphis o qué Pirámides se pueden comparar con el monasterio y colesio de San Pablo, aquí en Valladolid?. Y no le falta, obviamente, parte de razón, por mucho que el espíritu románico –y a la vez, por qué no, romántico también-, se adolezca de ello. Situada a escasos metros del Palacio de Pimentel –no hacen falta más referencias, pues todo el que pasa por allí, no tardará mucho en averiguar, observando su fachada, en qué habitación nació Felipe II, el día 21 de mayo de 1527 y en qué templo fue bautizado-, la iglesia de San Pablo fue levantada entre los siglos XV y XVI, junto al convento de los Dominicos, del siglo XIII, que sería definitivamente demolido tras la Desamortización de Mendizábal, construyéndose, en su lugar, el actual Colegio de San Gregorio. De la espectacularidad, tanto de la iglesia como del colegio anexo –que actualmente, alberga el interesante Museo Nacional de Escultura-, caben destacar, tanto por la exuberancia como por la interesante mezcolanza de antiguos mitos, sus monumentales fachadas. Tanto es así, que con respecto a la fachada del colegio, mucho más directa, aún si cabe, con los antiguos tabúes, cabe la lícita idea de pensar si no hubo, al fin y al cabo, un acto de justicia poética ante los abusos ultra-ortodoxos de los denominados canes o perros de Dios. Sea como sea, y dejando aparte el maravilloso despliegue de geometría sagrada que, no obstante, evidencian sus planos herrerianos, donde la materia varía su forma con respecto a sus antecesores románicos y góticos, pero no sus elementos esenciales, definiendo plenamente lo que Ruskin consideraba como las siete lámparas de la Arquitectura (1), observamos cómo los canteros, siglos después de que la memoria de sus antecesores se confundiera con el polvo de los infinitos caminos que recorrieron, desplegando oficio, arte e ideal, continuaron la tradición, dejando en sus esculturas parte de esos guiños maliciosos que, por implícita heterodoxia, bien podrían ser considerados, metafóricamente hablando, por supuesto, como arte de Lucifer. También parece, sino evidente, al menos curioso, que no definitivo, que fuera de este contexto eminentemente escultórico, pocas o ninguna marca personal dejaron en los sillares de los nuevos templos, quizás porque los gremios en esa época estaban lo suficientemente asentados y definidos sus patrones, a la manera de las futuras empresas modernas –independientemente, de que siempre existan excepciones a la regla, fuera del ámbito del simple jornal-, como para no caer en la contabilidad de lo individual. Dejando, pues, aparte las grafías lapidarias, e introduciéndonos siquiera levemente en ese oneroso y a la vez complaciente universo espiritual de la portada sampablesca, llama la atención la relevancia que se le ha dado a dos figuras clave: Cristo y la Virgen. Mito Nuevo y Mito Antiguo, amparados en el débil lazo de una consanguineidad, que sin embargo, choca por su relativa desafección -¿qué tengo que ver yo contigo, mujer?, supuestas palabras de Cristo a su madre-, y una aún más específica revelación, que quizás nos ayuden a entender mejor el trasfondo central de la Coronación de la Virgen, sobre la que parece girar todo este entramado plateresco: vengo a destruir los trabajos de la hembra. En efecto, pieza central indiscutible, la Coronación de la Virgen, nos ofrece interesantes elementos para una hipotética interpretación, posiblemente en un intento interesado de reunificar dos corrientes antagónicas, cuya rivalidad resulta milenaria. El Padre y el Hijo coronan a la Madre, sí, pero si observamos con atención la escena, veremos que el elemento tradicional de ésta, el objeto de poder, la bola, se mantiene en la diestra del Padre, reafirmando su supremacía, relegando el principio femenino a un término secundario. No resulta extraño, por otra parte, encontrarse, a la vera de Éste, con la figura de uno de los principales promotores de la obra en su primera fase, y a la vez, uno de los más temibles inquisidores de la historia de España: Torquemada. Sí resulta significativo, no obstante, observar, en ambos extremos, como no podía ser de otra manera, a dos personajes que sustituyeron las grandes festividades precristianas basadas en los solsticios: los dos Juanes. Y de éste Jano desunificado, cabe destacar, naturalmente, esa figura de aspecto generalmente afeminado, que caracteriza siempre al Evangelista, cuya diestra, para terminar de rematar ese otro complemento gnóstico que casi siempre le acompaña, sostiene con fuerza la copa o grial, de la que surge la serpiente –dragón en ocasiones-, representativa de Sophia, la Sabiduría. Por debajo de ésta beatífica escena, y entre la numerosa representación formada por apóstoles, santos y santas, destaca, así mismo, otra controvertida figura: Santa Bárbara.

Santa Bárbara, figura de la que tradicionalmente nos acordamos cuando truena, es otra figura en cuyo trasfondo, como en el caso de la Virgen María, parece esconderse, convenientemente camuflada tras un tupido velo de estricta ortodoxia, una personalidad trascendental, bastante incómoda para la misoginia de la Iglesia: María Magdalena. ¿Qué se esconde detrás de ésta figura tan perversamente manipulada?. ¿Fue, realmente, la prostituta arrepentida de que nos hablan los Evangelios canónicos, o por el contrario, fue algo mucho más importante y peligroso para los intereses apostólico-romanos, de lo que se nos ha querido hacer creer?. Cuestión digna de un capítulo aparte, como iremos viendo más adelante, a María Magdalena o María de Magdala, independientemente de las representaciones tradicionales que nos la muestran con la cruz de penitente, el frasco de ungüento con el que, según se nos relata, ungió el cuerpo de Nuestro Señor y la calavera a sus pies –detalle éste, bastante relevante, como se verá también-, el objeto que en realidad siempre le ha correspondido, no es otro que la torre o fortaleza, que a la postre y bien entendido, define, tanto física como espiritualmente, su fascinante personalidad. Objeto, que fue posteriormente atribuido, como en otros muchos casos, a un personaje de dudosa veracidad histórica, como es la referida Santa Bárbara. Aquí, aparece representada con la torre en su mano izquierda, una pala en su mano derecha y una nao o carabela sobre su cabeza, probablemente aludiendo a la leyenda Plus Ultra o Más Allá, que comenzaría a figurar en los escudos reales, a partir del Descubrimiento del Nuevo Mundo.

En la parte superior de todo el conjunto, aunque por debajo del escudo real escoltado por dos soberbios leones y un águila, una escultura de la Virgen con Niño en brazos, aparece, flanqueada a ambos lados, por los que bien pudieran ser representaciones de los otros dos benefactores del templo, aparte del mencionado Torquemada: Fray Alonso de Burgos, confesor de la reina Isabel la Católica y obispo de Palencia y el Cardenal García de Loaysa, confesor del rey Carlos V y presidente del Consejo de Indias. En esta portada, trabajó también un Maestro conocido, Simón de Colonia, que participó, entre otras, en la catedral de Burgos.


La portada del Colegio de San Gregorio

Netamente de índole cabalística, la visión de un Árbol de la Vida tan monumental como el que exhibe la portada del Colegio de San Gregorio, no deja de llamar la atención, sobre todo, si comparativamente hablando, observamos en esa referencia hebráica, la proliferación de un simbolismo que, si bien maquillado convenientemente, no deja de remitir a influencias consideradas netamente como de origen pagano. La extrañeza se acentúa, mucho más aún si cabe, si consideramos que sus artífices o benefactores fueron, precisamente, los dominicos: aquéllos que hacían de la más estricta ortodoxia ley inquebrantable, y que llevaron a la hoguera a cientos de personas, y posiblemente, me quede corto, por no pecar de exagerado. Por encima del referido Arbor Vitae –plantado en una fuente con la base de forma hexagonal, coronado por el enorme escudo imperial que protegen el águila y los leones y por cuyas ramas, convertidas en metafórica escala de Jacob, ascienden, descienden y evolucionan multitud de putos o angelotes, que en los estilos renacentista, plateresco o barroco, vendrían a sustituir a aquéllos espíritus elementales de las antiguas religiones, que en el románico, por ejemplo, asomaban sus burlonas cabecitas entre medias de la floresta o vegetación-, notable, enmarcado en un tri-ángulo, un elemento tri-faz, de cuyas bocas surgen los zarcillos que también en las antiguas representaciones románicas caracterizaban a los denominados hombres-verdes, nos vuelve a remitir a la Antigua Religión y a la figura primordial de la Triple Diosa Madre, alusión, que hacía que éstas figuras –obvio es el por qué, si lo comparamos con uno de los grandes misterios del Cristianismo-, fueran consideradas heréticas. También presente, la referencia al mito de Sansón –o quizás, a esa doma de los instintos salvajes que viven en la naturaleza humana-, apreciable en ambos laterales, aunque la imaginación del autor, juegue así mismo con la alquimia simbólica –solar y lunar-, al representar, respectivamente al león y el dragón o serpiente. Pero sin duda, entre los muchos detalles que se pueden apreciar –tantos, que daría para un pequeño ensayo-, no pueden dejar de ser percibidas, aquéllas soberanas referencias a los hombres-salvajes –utilizados en los escudos de algunos ayuntamientos, como el de Ayllón, en Segovia-, que en forma de atlantes, cariátides o columnas-estatua –en número de ocho, cuatro a cada lado del pórtico-, portan un rico simbolismo detrás, parte del cual se aprecia en los diferentes símbolos que adornan sus escudos y que hacen referencia a la abismal antigüedad de unos linajes, unas gestas y una historia, cuya riqueza, en gran parte, está aún por descubrir.

(1) Las siete lámparas de la Arquitectura, de Ruskin: Sacrificio, Verdad, Poder, Belleza, Vida, Memoria y Obediencia.

martes, 13 de octubre de 2015

Marcas y graffitis en la catedral de Oviedo


‘Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al siervo pero olvida al Señor…’

Dejándolo aparte, pero no sin previamente reconocer la importante deuda histórica que la peregrinación a Santiago tiene con Oviedo y su monumental catedral, dedicada a la figura del Salvador –relegadas ambas a un segundo plano, por un calculado interés político, económico y social avalado por el afianzamiento de las fronteras, cuyas consecuencias más inmediatas, fueron la variación del destino y de las rutas originales, aquellas, que para evitar el peligro del moro, pasaban por los lugares más escabrosos, geográficamente hablando, de Álava y de Asturias-, no deja de ser un hecho cierto, también, que una parte considerable de esos paradigmas que han acompañado siempre a la aventura humana, dejaron buenas influencias, sin duda, en un lugar tan legendario y espectacular. Es cierto, así mismo, que como todo o casi todo vestigio de nuestro rico, riquísimo pasado, la catedral de San Salvador se ha visto afectada por una importante cantidad de alteraciones, cuya pérdida, con toda seguridad, nos suponga, en más ocasiones de las que realmente nos gustaría, acudir por obligación a ese pobre recurso, que no deja de ser, después de todo, la especulación. Aun así, no obstante, el buen observador todavía puede constatar, que en el fondo, y como piezas descabaladas de lo que podríamos considerar una parte importante de ese inconsciente colectivo que tan oportunamente nos presentara C.G. Jung –sobre su persona, reconozco que me inclino eventualmente por la aseveración informal que hacía de él Enrique Eskenazi, al afirmar que no era tanto un psicólogo preocupado por temas de ocultismo, sino más bien un ocultista disfrazado de psicólogo-, en cuyos profundos estratos, la psique oculta el inapreciable –y generalmente inalcanzable- tesoro del Símbolo.

A tal respecto, cierto es, también, que no disponemos de un manual de instrucciones que nos vaya guiando y señalando, a cada paso de nuestro recorrido, las pautas que debemos seguir en cada momento, cada vez que en nuestros viajes nos tropezamos, de manera involuntaria o no, con cualquiera de sus expresiones. Tampoco existe un manual, que pueda afirmar categóricamente en qué lugar específico hay que mirar, aunque sí podría afirmarse que, al menos en cuanto a graffitis de peregrino se refiere, las portadas de acceso a los templos parecen constituir ese imaginario tablón de anuncios, en el que generalmente el peregrino dejaba constancia, no sólo de su paso por el lugar, sino también de la posible motivación espiritual o anímica, relacionada con el viaje que estaba realizando. Posiblemente, y basándonos en la persistencia de ciertos símbolos, tendríamos que dejar a un lado las consideraciones personales y pensar en la posibilidad de un lenguaje común. Un lenguaje codificado, se podría decir, que puede variar en el modus operandi, pero que se mantiene fiel en cuanto al objetivo a conseguir. Dentro de ese supuesto lenguaje, y por una repetitividad más que casual, hay ciertos símbolos que destacan del resto, y que, de alguna manera, parecen guardar, después de todo, una no menos estrecha relación: entre ellos, caben destacar la pata de oca y la cruz monxoi. Ambas, a su manera, no sólo se relacionan con la prueba del laberinto o el viaje iniciático que se está siguiendo –que en el fondo, se trata de eso-, sino que además, comparten el objetivo final de éste: el encuentro con Sophia. O lo que es lo mismo, dicho sin el suplemento gnóstico, con la Sabiduría. Al menos, en su sentido alegórico.

Como alegórico puede ser, también, hablar de marcas de reconocimiento, sea del tipo que sea la naturaleza del que podría considerarse como jugador: gremio, asociación, cofradía o buscador solitario. Presente, así mismo, hay otra marca que parece original, de época y que resulta fácilmente de localizar en numerosos templos románicos: la a mayúscula o el compás, asociado, cuando menos, a la mayoría de los gremios canteros medievales y en ocasiones, si nos referimos al ámbito de la pintura en los retablos, sustitutiva de la Tau en la figura de San Antón, como podrá constatar todo aquel que se pase un día por la iglesia de San Martín, en Artaiz, Navarra. Junto a ésta, y evidentemente manipulada, figuran no sólo cruces aspadas tipo esvástica, sino lo que bien podría considerarse como un esquema geométrico, a los que eran muy dados los canteros, puesto que también utilizaban la piedra como soporte de planos: un rectángulo de cuyo centro aproximado parte una línea recta, que podría señalar la planta del recinto en cuestión. A la línea central, se la han añadido más líneas verticales, hasta conformar algo similar a la pata de oca.


martes, 29 de septiembre de 2015

Otros petroglifos de Amoedo


'Si me armonizo con el objeto que me inflama y me arrebata, la culpa es de quien me creó para el fuego'.
(Miguel Ángel Buonarroti)


Reconozco que últimamente se está convirtiendo, espero que no en un abuso, pero sí en una costumbre que amenaza con transformarse, per secula seculorum, en tradición y que durante los últimos veranos vengo poniendo en práctica -y dejemos aparte la manida cuestión de que nobleza obliga, que tanto de una como de otra no me cabe duda de que vamos todos sobrados-, la de levantarme antes del canto del gallo, coger carretera y manta y en cuestión de algunas horas -que realmente tampoco hay prisa, y de maravillas como excusa el camino anda también afortunadamente sobrado-, plantarme en el pueblecito pontevedrés de As Xunqueiras, perteneciente al Concejo de Pazos de Borbén y tal y como antiguamente acostumbraban a hacer los curillas de pueblo, dejarme caer en casa de los amigos –Fernando, naturalmente el genuino, el de Pedro y por supuesto Ana, de los Méndez del Bierzo, que ya de púber sentía la fascinante atracción del extraño Camino de Santiago, dejándose llevar por la magia de O Cebreiro-, ocasional y oportunamente a la hora de comer.


Evidentemente, hacer un viaje tan largo, conlleva, sine quanum, la intención de quedarse unos días e instalarse plácidamente en esa pequeña geografía sagrada, que metafóricamente hablando, no deja de ser la habitación de huéspedes, donde uno se recoge cenobíticamente con posterioridad a una intensa jornada. Después, por lo general, y salvo que el canto ininterrumpido de la lluvia lo impida, el viajero impenitente, figurada reencarnación de ese Ulises que siempre camina con él, diseña odiseas por el intrínseco laberinto territorial, a la búsqueda y captura de unas claves, que le permitan acercarse un poco más a ese centro primordial, al que remite siempre la Antigua Tradición.


Y suele ocurrir, que como complemento a búsquedas anteriores, el primer día, sin alejarse mucho de esa costa ficticia que es la casa, la nave recale en puertos conocidos, donde, por paradójico que resulte decirlo, siempre hay algo nuevo por descubrir. Es el caso –y aquí entro ya en materia-, de Amoedo y sus petroglifos. Amoedo, pueblecito situado a pie mismo de esa carretera general, que aproximadamente doce kilómetros más adelante desemboca en la peregrina y costera población de Redondela, resulta, a la postre, un auténtico vivero de petroglifos, que sin las oportunas menciones promocionales, ni contar, tampoco, con un centro orientativo o de interpretación como hay en otros lugares –citaremos a Tourón o a Campo Lameiro, por poner un ejemplo, sin olvidar a Mogor, aunque éste, al menos el año pasado, todavía no se había estrenado-, suele pasar bastante desapercibido para turistas y peregrinos, independientemente de que durante los periodos de estío y generalmente de noche –porque, créase o no, parece ser que por la noche y a la luz de la luna se aprecian mejor, lo mismo que cuando están mojados-, algunos encuentros programados cuenten con la presencia de profesionales –arqueólogos, generalmente-, encargados de confiar algunos secretos, a un público por lo general movido exclusivamente por la curiosidad.


Pues bien, antes de llegar a la gasolinera -que sirve como referencia, pues nada más pasarla, a mano derecha hay un caminillo rural que conduce hacia el grueso de petroglifos, que sí están convenientemente señalizados-, se encuentra un desvío hacia la izquierda que indica, entre otras, la dirección de TV Galega. Algunos metros más adelante, llegando a la última casa de la derecha, bordeándola, parte un sendero arbolado en sus primeros tramos, el cual unos metros más adelante desemboca en un formidable claro, donde la exuberante arboleda que debió de tener antaño, se ha visto manipulada por la mano del hombre, habiéndose ganado el terreno para pastos y tierras de labor. Prácticamente desnudo, pues, de árboles, el terreno se caracteriza por una notable conjunción de rocas, en algunos casos parcialmente invadidas por hongos y musguillos, pero con el denominador común de que parecen brotar de un manto herbáceo que lleva el apellido celta en el adn de su clorofila. Y aquí encontramos el quiz de la cuestión, porque de toda esa cantidad de formaciones rocosas, tan sólo conserva un bloque ilustrado, como testimonio cultural y cultual, el lenguaje del silencio, que en forma de petroglifos, nos legaron incógnitas generaciones pretéritas. Pero aun así, resulta suficiente para sacar alguna interesante conclusión, porque, además de los típicos grafismos comunes a estos retazos de protohistoria, con la inclusión de un elemento destacado, como es el jinete que se aprecia –que puede señalarnos algunas cosas, como por ejemplo, el periodo aproximado en el que la doma del caballo ya era un hecho o incluso, indicarnos alguna de las múltiples invasiones que se produjeron-,  los extremos de la roca, cortado con precisión, indican, además –como comentaba Ana-, la utilización como cantera desde tiempos indeterminados a la actualidad. Se conseguía partir la roca de una forma tan certera, con un método rudimentario pero tremendamente eficaz: la inclusión de estacas entre las grietas, que al ser mojadas y dilatar, conseguía tan oportuno efecto. Dicho esto, sería poco menos que imposible decir cuántos bloques repletos de petroglifos no fueron despiazados y reutilizados en casas y cercados vecinos. Esto, obviamente, nos deja la conclusión de que, de la misma manera que siempre han existido personas que han utilizado el papel y los libros como carburante, sin obviar, por supuesto, su nula disposición a valorar y respetar opiniones contrarias a sus propias creencias, también la piedra ilustrada ha visto tristemente amputadas unas concepciones protohistóricas, que utilizando el más puro de los lenguajes, el lenguaje simbólico, deberían de atraer no sólo el respeto, sino además, la atención de todo hermeneuta o aspirante a serlo, que debería incluirlos, con todo merecimiento, en un capítulo totalmente abierto, de ese costoso e inagotable volumen enciclopédico, que conforma la historia de las religiones.


jueves, 24 de septiembre de 2015

Alquerques: juegos de estrategia e iniciación


No siempre fueron juegos, ni la habilidad o la estrategia constituyeron unas características afines a su naturaleza, o no lo fueron en un primer momento. Pero sí podrían ser considerados, después de todo, como elementos tradicionales de culto o de iniciación, cuyo rastro se pierde en lo más oscuro de la noche de los tiempos, posiblemente a la par que en la mentalidad colectiva de las culturas del Neolítico e incluso también en la de periodos históricos anteriores, comenzaban a manifestarse los primeros síntomas de intuición, expresión y comunicación, como así parece deducirse de unos antecedentes, auténticas epopeyas gráficas, como son, por ejemplo, los petroglifos. Siguiendo este razonamiento, quién sabe, así mismo, si dentro de estos primeros atisbos anímicos, en la concepción de los primitivos tableros, recintos, espirales y laberintos, no habría unos rudimentarios conocimientos astronómicos, en los que aquellos primeros ojos que comenzaban a fijarse en el infinito, intentaran representar los movimientos de unos objetos que, en el telón de fondo de la noche, les parecían sencillamente mágicos y dotados de una vida, cuando menos preternatural, en la que determinados astros –o mejor dicho, su movimiento-, dieran origen a la posterior creación de complejos mitos cosmogónicos. Y éstos, a su vez, como diría más tarde un polémico personaje, Termes Trismegisto, a una representación terrestre –como es arriba, así es abajo-, señalando posibles centros o caminos iniciáticos de peregrinación, que se fueron olvidando y adaptando a las nuevas cosmogonías, pero cuyo recuerdo quedó en la memoria colectiva, en muchas ocasiones bajo la apariencia de inocentes juegos. Porque, como bien dice Rodrigo de la Torre Martín-Romo (1), opinión con la que coincido: en un gran número de casos, no se hallan en superficies practicables para el juego.


(1) Revista de Folklore Nº49, Valladolid, 1985. Rodrigo de la Torre Martín-Romo: 'Tradición de algunos juegos de fichas en los signos lapidarios (I)'.

miércoles, 5 de agosto de 2015

La Psicomaquia de Cifuentes



Uno de los detalles que ponen de manifiesto ese movimiento de recuperación de las antiguas fuentes clásicas, promovido, sobre todo, por esa multinacional de la fe, que comparativamente hablando, podríamos considerar a Cluny y su entorno religioso-cultural, es, entre otros, la utilización de viejos textos que siglos, milenios antes, e incluso también después, como veremos, de ese kilómetro cero del Cristianismo, que comienza a partir del martirio, crucifixión y muerte de Cristo, enfrentaba vicios y virtudes, cualidades y defectos, que se batían en una balanza muy particular, llamada mundo, teniendo como objetivo la liberación o la condenación del alma humana. Posiblemente, hubiera otros textos; y también, evidentemente, otros autores, cuyas referencias, perdidas y olvidadas, han sido definitivamente tragadas por las incontenibles arenas de ese reloj biológico imparable que es el tiempo. Pero no cabe duda, de que uno de los modelos esenciales seguidos por los canteros medievales –bien por sugerencias patronales, bien por iniciativa propia, cosa ésta bastante más improbable, aunque no imposible, si tenemos en cuenta una sociedad donde el acceso a la cultura quedaba apenas relegado a los ámbitos estrictamente monasteriales- fue un poema de Prudencio, titulado La Psicomaquia. Precursor de otras alegorías medievales que calaron hondamente en el pensamiento, así como en el espíritu medieval –como el Roman de la Rose o Romance de la Rosa-, se supone que éste, poeta hispano-latino –nacido en la emblemática ciudad riojana de Calagurris, o Calahorra, aunque existen voces discordantes, que lo sitúan en Cesaraugusta, Zaragoza-, lo compuso hacia el año 392 d. C., convirtiéndose en todo un referente, seguido incluso en épocas muy posteriores, como el denominado Siglo de Oro, siendo utilizado por insignes dramaturgos, como Calderón de la Barca, en sus famosos Autos Sacramentales. Si bien este tema podría considerarse como la materia prima que lenta, pero constantemente se cuece en el atanor del más puro estilo románico, en pocos sitios se tendrá una visión tan generalizada del mismo, como en la fantástica portada de Santiago, uno de los escasos restos bizantinos originales sobrevivientes en la muy reformada iglesia de San Salvador de Cifuentes, pueblo que hemos de situar en esa zona tan particular de Guadalajara –a la que allá por los años cincuenta, ya se lamentaba el polifacético escritor Camilo José Cela, al hablar de un hermoso país al que la gente no le da la gana ir-, que es la Alcarria, en cuyas cercanías se encontraba el monasterio cisterciense de Óvila, comprado por el magnate de la prensa, Randolph Hearst –el famoso Ciudadano Kane, de la película de Orson Welles-, y trasladado piedra a piedra a los Estados Unidos. Situada en plena ruta jacobea a su paso por la provincia –de ahí, precisamente, su nombre-, se estima que ésta portada, en la que los expertos observan influencias franco-poitevinas –recuérdese, en este sentido, aquéllas otras que así mismo destacan en la iglesia de Santo Domingo, antiguamente Santo Tomé, de la capital soriana-, responde a un románico tardío, sin duda, influenciado por los avatares de la Reconquista, estimándose su ejecución o elaboración, hacia el año 1261. De las numerosas arquivoltas que se aprecian en la portada, tan sólo tres de ellas contienen ornamentación: la más externa, donde se alternan figuras humanas y demoníacas en eterna lucha por la posesión del alma; la central, que muestra motivos geométricos en forma de puntas adiamantadas y la interna, que, correspondiéndose con el núcleo, corazón o paradisum, estaría representada por las figuras de ángeles y apóstoles. Y en medio de tan espeluznante maremágnum simbólico –posiblemente, antecedentes también de esos escatológicos viajes al otro mundo, cuyas referencias no sólo se encuentran abundantemente en las fuentes clásicas a las que hacíamos referencia al comienzo, sino también en el Nuevo Testamento, en el Corán y en grandes obras de la literatura universal, como la Divina Comedia, de Dante-, los motivos de los capiteles, con seguridad, más atacados por la lamia del tiempo que el resto del conjunto ornamental, muestran pasajes de la vida de Cristo. Pero hay algunos temas colaterales, como las abundantes marcas de cantería, pródigas en los sillares anexos a ésta portada, así como ciertas similitudes estilístico-temáticas, afines a determinadas figuras y personajes, que recuerdan mucho a otras representaciones que, aunque situadas fuera de las lindes precisas del Camino Francés a su paso por Navarra, y más concretamente, en las proximidades de Puente la Reina, inducen, cuando menos a reflexionar, y también, por qué no decirlo, a especular. Pero eso formará parte de otra u otras entradas en el futuro.


viernes, 17 de julio de 2015

Lenguajes del Silencio: graffitis de peregrino en una ermita solitaria


Símbolos, señales, huellas, marcas de identidad indefinidas, conforman una parte esencial de ese universo mágico-espiritual que ha acompañado siempre a la aventura humana y cuya constancia queda reflejada, principal que no exclusivamente, en la miríada de templos y santuarios que jalonan tanto las pequeñas como las grandes rutas de peregrinación. Ni las marcas de cantero, ni tampoco ese otro simbolismo amateur asociado –pero evidentemente intencionado-, al que a falta de mejor nombre solemos referirnos, generalmente, como graffitis de peregrino, son exclusivas de una época y de una cultura determinadas; sino que, bien al contrario, se manifiestan en el tiempo, surgidos, diríase que espontánea y subjetivamente, en el impreciso momento en el que el concepto de espiritualidad germinó en los pensamientos de las primeras civilizaciones, tal vez a la vez que el descubrimiento del fuego y de la rueda.

Lejos de considerarse como un aserto indiscutible, capaz de sentar cátedra en un tema tan complejo, sí podría decirse que hay ciertas iglesias con la categoría actual de ermitas que, situadas en muchas ocasiones en lugares solitarios y más o menos distantes de las poblaciones más cercanas, parecen mantener vigente un importante foco de atracción para este tipo de manifestaciones, incluidas aquellas que, por su inconsecuente simpleza, podríamos calificar de dañino narcisismo personal, las cuales las describía perfectamente el gran poeta Antonio Machado, al referirse a las cortezas de los álamos del Duero, cuando decía en sus versos aquello de iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas.

Ermitas, que además parecen tener como una característica destacable, lo especial de sus advocaciones –San Roque, San Vicente, San Cristóbal, Santa María Magdalena, etc-, incidiendo, tal vez con más ahínco que en el resto, en una figura mariana muy particular que demarca el lugar, y que posiblemente señale –como los antiguos miliarios romanos-, un camino de iniciación, remarcando los antiguos lugares de culto a la figura primordial de la Gran Diosa Madre. Por otra parte, si bien estos graffitis no parecen ser ajenos a cualquier tipo de construcción religiosa –sobre todo, en aquellas situadas en los ámbitos rurales-, sí parecer ser mucho más prolíficas y abundantes en este tipo de lugres, estando determinados, no sólo por la presencia de símbolos de carácter mágico e incluso astrológico, en algunos casos, sino también por la exuberante presencia de un tipo de cruz muy específico y determinado, a la que se denomina como monxoi –inconfundible por el montículo sobre el que se eleva-, y que además de la referencia a esos montes del gozo desde los que se divisaba el santuario de destino –Santiago, Roma o Jerusalén-, conllevan también, en su propia génesis, la costumbre pagana del tributo simbólico a los lares viales, siendo posiblemente el ejemplo más claro y evidente, la Cruz de Ferro de Foncebadón, en pleno Camino de Santiago a su paso por los montes de León. Sin obviar, por supuesto, aquellos otros objetos de simbolismos más complejos, como la asociación entre el árbol de la vida, la cruz y sus singularidades espacio-temporales aplicadas a la geometría sagrada.


miércoles, 17 de junio de 2015

Libros de Piedra: San Juan de Duero


Afirman los anónimos autores de esta monumental enciclopedia pétrea, que en pocos lugares de nuestra Península el equilibro, la medida, la mesura y la proporción, entre otras muchas características de su genuino prólogo, se conjugaron, parece ser que en esos nebulosos eones de principios o mediados del siglo XII, para inscribir en las singulares páginas de la Historia, una auténtica Obra de Arte, que aproximadamente un milenio después, continúa levantando no sólo admiración por inercia propia sino también ampollas en cuanto a su verdadera funcionalidad. Cierto es, no obstante, que buena parte de sus originales cubiertas, hechas del mejor material de las canteras sorianas, han sido roídas por la voracidad del tiempo, posiblemente más inocente, en lo que cabe, si lo comparamos con la siempre funesta y permisiva ansia de destrucción, que suele caracterizar a ese defecto tan humano llamado irrespetuosidad. Y sin embargo, lo que todavía se nos permite leer en sus dorados restos, resulta más que suficiente como para hacernos pensar, alicaídos pero también aliviados, que frente a nuestra vista tenemos, después de todo, un maravilloso aunque impredecible y poco comprendido incunable. Un incunable que, a juzgar por el lenguaje jeroglífico que caracteriza al conjunto de sus gloriosas páginas, bien pudiera haber contado, entre sus anónimos pero sabios autores, con parte de aquéllos singulares genios de la piedra que también participaron en la cercana concepción escultural de otra obra cumbre del románico capitalino soriano –la iglesia de Santo Domingo, que ya tuviéramos ocasión de ver en una entrada anterior-, donde quizás a la elegante glosa poitevina, se le añadió el encanto hechizador de la dulce semántica oriental. Una semántica ésta, por añadidura, que habría de caracterizar no sólo los curiosos templetes situados en la cabecera de la iglesia, que conforman cuasi-novedosamente las tradicionales capillas de la Epístola y del Evangelio –que tan abundantes se encuentran en tierras de la antigua y mitológica reina Lupa, sea, siquiera, coronando la fría austeridad de las torres de sus iglesias-, sino también, en lo que se refiere, principalmente, a esa exquisitez escatológica que constituye un sorprendente deambulatorio, quizás erróneamente considerado como claustro. Porque ahora bien, sin ánimo de desmerecer a ese encantador romanticismo que generalmente suele gustar de ir acompañando a toda aventura artística a la que el tiempo ha concedido las prebendas nostálgicas del rastrojo y del musguillo –detalle que solía enaltecer las carismáticas preferencias de un genio de la arquitectura moderna, como fue el Maestro D. Antoni Gaudí i Cornet-, ni tampoco a ese cientifismo lineal que traza senderos de buey con el arado de su escepticismo, puede que el lector que acaricie con sus manos –ingenuo aunque no carente de determinación- el pergamino ferruginoso de esos arcos diametrales que miran con perentoria melancolía hacia Jerusalén, coincida, después de todo, con la idea original de alguien que, si bien se ignora sea cuello laureado dentro del celoso y a la vez privilegiado círculo de la exclusiva Argonáutica románica –aunque sí parece destacar en la enseñanza universitaria- y cuyo nombre éste romántico biógrafo de las nieves de antaño no se quiere privar de decir, Javier Martínez de Aguirre (1), y vea, en la estructura de semejante texto, una familiaridad con esas otras capillas de índole funerario y deambulatorio bien definido –Eunate, Torres del Río, etc-, que harían de este lugar, si tal fuera el caso, qué duda cabe, una novedosa alternativa a lo orientalmente conocido, ofreciendo de paso, una visión nueva respecto de una obra que, aunque pudiera haber sido concebida como cementerio, continúa despertando una admiración y una pasión inusitadas.



(1) Javier Martínez de Aguirre, es profesor de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. De su extensa e interesante obra, se recomienda, en lo que respecta a la presente entrada, la lectura de su trabajo titulado 'San Juan de Duero y el Sepulcrum Domini de Jerusalén'.

jueves, 14 de mayo de 2015

Libros de Piedra: Soria, el pórtico de Santo Domingo


Santo Tomé o Santo Domingo. Poco importa el nombre o la advocación, si tenemos realmente en cuenta que hablamos de uno de los templos más importantes y significativos del románico de Soria, cuando no del románico peninsular. Declarada Monumento Histórico Artístico en junio de 1931, su portada principal, orientada hacia occidente –no sería de extrañar, que muchos peregrinos que llegaban a la capital soriana a través del denominado camino castellano-aragonés, lo hicieran con la mente predispuesta no sólo en aprovechar las lecciones relevantes de las diferentes escalas de su ruta, sino también mirando con determinación hacia ese plus ultra algo más alejado de Compostela, llamado Finis Terrae-, es otro de esos libros de piedra, monumental y de una riqueza simbólica, que merece, cuando menos, una mención, breve o no, en ésta espero que interesante biblioteca –entiéndase de una manera poética y comparativa-, de inconmensurables incunables medievales que todavía resisten, enconadamente, los embites del tiempo y de los hombres. Su génesis, prólogo o capitular árbol de Jesé –que todo libro que se precie, tiene también su divina genealogía-, está ligado a singulares personajes que por realengo y representatividad se aseguraron convenientemente un lugar destacado en los índices o separatas de la Historia, teniendo sus autores –cuyos huesos reposan en cripta anónima, posiblemente a más profundidad y a salvo que los del pobre Cervantes, recientemente profanados-, un origen extra-pirenaico y poitevino, que permite compararlo con aquél otro enciclopédico libro situado en Poitiers, -cincelado con el escoplo de la lengua materna de Moliére-, dedicado a la figura de Nuestra Señora. Nada más oportuno, pues, que comenzar a desglosar capítulos, disertando sobre la Gran Dama, por cuanto que en la iconografía de nuestro templo se localiza una de las escasísimas rarezas –la Trinidad Paternitas de su tímpano- que ya debería indicarnos hasta qué punto fue importante su figura, introduciendo al lector, de paso y por añadidura, en un genuino thriller de misterio paulino, suplantación de personalidad –malleus malleficarum- y especulación difícil de superar. A eso habría que añadir ese aspecto poco conocido también, pero presente en el simbolismo de algunos rosetones, que alude, por su forma inequívoca de rueda, a otro personaje muy determinado al que en ocasiones se representa con una bifrontalidad januinamente familiar –perdón por la licencia ortográfica-: la Diosa Fortuna, y que en este caso, tiene una gran similitud con el rosetón que corona la iglesia del cercano monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, cuyos monjes fundadores, escindidos de Cluny, provenían, así mismo, del antiguo reino franco del alabado Carlomagno. No es de extrañar, por tanto, que en los siglos posteriores, el ojo crítico de muchos estudiosos del Arte, como Blas Taracena, considerasen a esta portada como la más rica y armónica de las iglesias románicas de España. Opinión compartida, además, por José Antonio Gaya Nuño, quien nos la hizo llegar también por boca de su entrañable e inmortal personaje, el santero de San Saturio, aunque éste, sin duda más humilde pero indudablemente con un gusto exquisito, prefiriera San Juan de Duero, que no tiene capellán ni beatas, pero donde permanece el husmillo guerrero de los caballeros hospitalarios. Éstos fueron, precisamente, los que escoltaron a Leonor –hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania, de quien obtuvo su ducado-, para sus esponsales en esta iglesia con Alfonso VIII, y los que pasaron, en el transcurso de su viaje hacia la capital soriana, por la encomienda que tenían en Hortezuela, pequeña población situada, aproximadamente, a mitad de camino de dos importantes núcleos de población como son El Burgo de Osma y Berlanga de Duero, y de la que en la actualidad apenas queda una iglesia prácticamente remodelada de arriba abajo, sobre cuyo sencillo pórtico principal aún se observa una cruz de ocho beatitudes que distinguía –sin que ello constituyera un privilegio exclusivo- a la orden referida. Como cruces montesinas o calatravesas –posteriores herederos de los templarios-, quisieron los canteros que lucieran algunos guerreros en sus escudos, quizás con la intención de resaltar ese importante capítulo que, después de todo, jugaron las órdenes militares en otra Cruzada que poco tenía que envidiar, en realidad, a la que se estaba desarrollando en Oriente, si exceptuamos, claro está, los Santos Lugares: aquéllos ollados por el gran paradigma que ha supuesto siempre la figura de Jesús.



Escenas de ternura y de crueldad; de dolor, de fe, de esperanza y de caridad, los capítulos distribuidos en esa figurada media luna que son las arquivoltas, dirigen los ojos del espectador hacia misterios neotestamentarios, que se desarrollan, sine quanum, bajo la atenta sinfonía de los veinticuatro Ancianos músicos, que confirman, con su presencia, ese sentido peyorativo de revelación que conlleva siempre el término Apocalipsis. Desplegados, pues, como las alas del águila sanjuanera, la música que imaginariamente surge de sus instrumentos nos traslada, como lectores privilegiados, por ese fantástico universo de mitos representativos del mundo medieval, en el que el baile lujurioso de Salomé sirve de colofón al degollamiento del Bautista, producido algunos años después del episodio del Jordán y de que el Diablo despertara en el temeroso corazón de Herodes latidos sangrientos que le llevarían a ordenar la matanza de los inocentes, una vez burlado también por tres Magos, en cuyo sueño se cuela un ángel de rondón -¿quizás Gabriel, el mismo que acompañó al profeta Mahoma en su viaje escatológico o mi’ray, precursor, según algunas fuentes, de la dantesca Divina Comedia?-, para inducirles a continuar hacia el pesebre, punto de destino al que habría de conducirles una estrella inteligente. La Adoración, continuación y preludio, a la vez, que sugiere la integración en la trama de la figura mesiánica por antonomasia: aquélla que, una vez depurada en hombre, encarnaría a otra figura todavía más mística aún si cabe, como es la del rey sagrado, cuyo holocausto, está predestinado desde el alba de los tiempos a ser el cordero de Dios que limpia los pecados del mundo. Opus Nigrum. La Obra concluye. Por encima de ella, la Mano Creadora: la misma que ya figuraba en las subjetivas mentalidades prehistóricas; el Velo inefable de lo Desconocido; la Mano de Dios. Digno escenario para los Esponsales de un Rey.

miércoles, 1 de abril de 2015

Libros de Piedra: el Pórtico de Platerías de la catedral de Santiago


Xove en Santiago. Es una lluvia fina y limpia que los peregrinos, melancólicos, comparan con las aguas primerizas del Jordán, donde Jesucristo recibió el sagrado sacramento del bautismo de manos de su primo Juan. Frente a la denominada Puerta de Platerías, un hombre permanece silencioso e inmóvil. Viste un sayal de tosca lana de color marrón oscuro, en el que, aparte de algunas manchas parduzcas, también se aprecian varios remiendos, y que además está provisto de una ancha capucha, que le oculta el rostro por completo. En el fondo, es éste un detalle completamente intrascendente, pues si se la quitara, todo el que lo viera se encontraría con la burlona y siniestra mirada de una máscara de cera, que protege su identidad. Una máscara ambivalente, tragicómica, indecisa o inaparente, sin duda muy similar a las que utilizaban los actores greco-latinos en las antiguas representaciones teatrales. El hombre apenas se inmuta, cuando algún mendigo, de ropas aún más remendadas y andrajosas que las suyas pasa por su lado haciendo tintinear una desvencijada escudilla de metal; ni tampoco, cuando algún ruidoso grupo de peregrinos sube jocosamente por la calle de los plateros en dirección a la portada principal de la catedral, situada en la plaza del Obradoiro. Por el contrario, da la impresión de ser una estatua que algún desaprensivo hubiera liberado de la placenta pétrea que la albergaba, con la innoble intención de mortificar a los piadosos canónigos o de soliviantar aún más el ánimo de unos peregrinos, excitado de por sí hasta extremos inusitados,  que se pelean e incluso se apuñalan y matan por ocupar el lugar más cercano al sepulcro del Apóstol. Se llama Esteban, pero sabe que para los hombres de las generaciones venideras, será un completo desconocido, como le consta que impone la auténtica vía de humildad que debe seguir todo buen Magister Muri. Sonríe, no obstante, al pensar que para los hombres de esas generaciones futuras que acudan y a la vez sepan admirar esta obra sublime que es el Santuario de Santiago, será poco menos que una sombra y le place con plena satisfacción, ser consciente de que su nombre ni siquiera se consigne en ese Codex Calistino o supuesta guía de peregrinos, recientemente trascrito por un bisoño monje benedictino, procedente de una perdida abadía situada allende los Pirineos y de nombre Aymeric Picaud. Imagina, por consiguiente, que algunos pensarán en él como en un espíritu incorpóreo cuya vida se desliza entre la realidad y la leyenda: el ser o no ser empleado por algunos dramaturgos de siglos posteriores, que también intuían la magia del Verbo. Pudiera ser –el Verbo otra vez-, que los más avezados descubran que residió en Pamplona, donde vivió con su mujer y sus hijas en una cómoda casa cedida por la generosidad del Cabildo y donde, así mismo, participó en una obra cumbre de la monumental enciclopedia universal de haberes y saberes, antiguos y modernos, que es el  Camino de las Estrellas: su catedral. Y hasta cabe la posibilidad –siente el calor del sonrojo volver a encender de nuevo sus mejillas debajo de la máscara, hasta tal punto, que incluso teme que se derrita la cera- que los más observadores lleguen intuitivamente a percibir, en la forma octogonal de los ábsides o cabeceras, un detalle de su técnica y le atribuyan, de paso, alguna obra menor localizada en otros puntos equidistantes, pero igualmente situados en esta misteriosa y mítica tierra celta que un día albergará, de forma anónima, también, sus irrelevantes restos mortales.



El tintineo de la escudilla del pobre se pierde en la distancia, como el último trueno de una tormenta que se aleja hasta desaparecer y la algarabía del último grupo de peregrinos, se amortigua y acalla en el interior de la catedral. Silencio. Esteban sabe, por su condición de Magister, que el silencio es la clave para escuchar la melódica resonancia que brota como un torrente del alma de las piedras. Imagina, pues, que a través de las dulces notas de la viola que el rey David tañe con sus manos –por algo lo representó con unos dedos largos, finos y de delicada textura- todo aquel que se detenga a contemplar su obra, percibirá la magia de la Creación, con el propio dedo de Dios insuflando vida en el pecho de Adán. Y verá también, embriagado, quizás, por unas notas que durante unos breves momentos parecen revestir el amargo sabor de la tristeza, a ese mismo Dios convertido en Padre severísimo que expulsa a sus díscolos hijos de un hogar que hasta entonces se había llamado Paraíso.Una melodía que, por otra parte, irá no obstante in crescendo con las alusiones al Árbol de la Vida, cuya existencia va indivisiblemente unida a la cruz y a la redención eterna de una humanidad infantil, siempre temerosa y necesitada de guía y protección. Resulta previsible, incluso, que algunos se alarmen frente a la visión –atrapado entre Dios y un crismón que descansa en el lomo de dos leones de sonrisa tan pícara como la del Daniel del Maestro Mateo- de un Amón celta, CernunnosBaco, para algunos-, abatido por el triunfo de la Nueva Religión. O por la visión apocalíptica de esos ángeles-trompeteros, que los más viajeros volverán a ver reproducidos en la parte occidental del templo noyés dedicado a San Martiño. Pero seguramente todos, o en su defecto, la gran mayoría, verán ostensiblemente perturbados sus pensamientos frente a la gélida belleza de la mujer muerta que porta una calavera en su regazo. ¿Cómo lo interpretarán?, se pregunta Esteban, acariciándose el mentón, como si se mesara una inexistente barba. ¿Verán una referencia a los comentarios de San Agustín sobre las famosas Actas de Leucio y la historia de Calimaco y Drusila, una alegoría al amor sin más, sin caracterizaciones genéricas, como símbolo de vida y eternidad, en contraposición al amor físico, que engendra muerte?. ¿Se fijarán, por el contrario, en el detalle del cráneo trepanado y pensarán en la Vid, la dinastía sagrada descendiente de Cristo y María Magdalena?. Esteban sonríe para sus adentros. Sabe que de cualquier manera, el secreto siempre estará a salvo, sea, siquiera, por el tiempo que perdure su obra. Pero eso es vanidad, y después de todo, no es su deseo pensar en la posteridad. ¿Qué son él y la posteridad, sino humo que se desprende de la llama y se esparce por el infinito?.

lunes, 16 de marzo de 2015

Libros de Piedra: la Puerta del Paraíso de la catedral de Orense


‘No sé si este modo de escribir según el mapa de los eclipses y la norma del laberinto te confunde, compañero, mas no hay otro que me lleve al lugar que busco pasando por los sitios que debo conocer…’ (1)

Como se comentó en la entrada anterior, con referencia a la Puerta de la Majestad de la Colegiata de Toro, también ésta Puerta del Paraíso de la catedral de Orense, es otro de esos lugares imprescindibles del Camino que hay que buscar –parafraseando a Sánchez Dragó, en cuya obra reseñada, no dejaba de preguntarse si todavía quedaba rastro de esa antigua y fascinante España mágica-, y, desde luego, conocer. Lanzados los dados –alea jacta est-, continúa, pues, el viaje, saltando de oca en oca, para recalar en el casco antiguo de la capital orensana, seguramente pasando cerca de una curiosa representación moderna, en la que un Ganimedes celtiña, que ha cambiado el águila por el ave noctámbula de Atenea -¿el mismo, quizás, curiosamente representado en un famoso capitel de la iglesia de Santiago de Allariz?-, entretiene a viajeros, turistas y peregrinos con el sonido ancestralmente lejano de su caramillo. En la presentación de este nuevo Libro de Piedra –texto antiguo y esencial, cuya primera edición habríamos de situar en los albores del siglo XII-, no obstante, observaremos –en aquellas reseñas de identidad, que podrían considerarse, continuando las comparaciones, como el prólogo, la introducción o incluso las credenciales de autor-, la influencia de un nombre y un estilo indivisiblemente asociados a la Historia artística gallega, así como también al románico peninsular: el Maestro Mateo y su escuela.

Curiosamente considerado hasta época relativamente moderna, como un oscuro arquitecto de la corte del rey Fernando II de León, y de similar manera a como en numerosos ámbitos académicos e incluso extra-académicos se habla de un estilo silense, que recoge como epicentro la influencia artística de los talleres canteros que trabajaron en el referente monasterio burgalés de Santo Domingo de Silos, desplegando su arte, su técnica y su modelo en provincias aledañas, siendo un buen ejemplo, las de Segovia y Soria, también el influjo mateano dejó una profunda huella, siquiera en el norte peninsular, amparada por las vicisitudes inherentes a un camino de peregrinación –el de Santiago, también conocido como de las Estrellas o de la Vía Láctea-, que fue ampliamente potenciado por los reyes de Castilla y Aragón, sobre todo en los siglos XI a XIII, en detrimento de las rutas originales de los siglos IX y X, inmediatamente posteriores al descubrimiento de los supuestos restos del Apóstol. Ahora bien, lejos de conocer el origen de este notable artesano de la piedra –posiblemente, extra-pirenaico y atraído por las inmensas posibilidades de trabajo inherentes al mencionado Camino de Santiago-  y especulando con la posibilidad de que interviniera personalmente en el diseño de los primeros tramos de una obra maestra, curiosamente dedicada a la figura de San Martín, cuyo altar mayor sabemos que fue consagrado en 1188, este magnífico volumen pétreo –de cuyas normas de calidad, conceptos tan de moda hoy en día, no debe resultarnos difícil vislumbrar los característicos isos basados en la longitud, la medida, el equilibrio y la proporción-, conserva, de esa primera etapa, tres monumentales portadas, siendo objeto de nuestra mayor atención, sin embargo, aquéllas dos situadas en el lado occidental. La primera, porque nos puede resultar interesante comprobar, que en el capítulo dedicado a las marcas de cantería, observaremos algunas que nos resultarán decididamente familiares –sobre todo, si hemos estado en el interior de la catedral compostelana-, siendo posiblemente la más relevante, por su repetitividad y trascendencia, aquélla en particular que representa algo muy similar al símbolo del infinito.




Preámbulo al Pórtico del Paraíso, que nos espera apenas franqueado este umbral, donde la imaginería mateana despliega en su figuración todo un compendio teológico dirigido como una intrincada red, a pescar las conciencias de los fieles, la hierática mirada de un entronizado Santiago nos introduce, cual inesperado cicerone, en una pequeña maravilla, considerada como una representación, evidentemente a menor escala, del glorioso modelo compostelano. Un pórtico, que no obstante las apariencias, muestra, en su diseño, también esos modelos de puerta bífida, que así mismo utilizaron como referente, aparte del propio Mateo, maestros como Esteban, al que se atribuye, cuando menos, esa otra obra magna, de ingenio y misterio, mundialmente conocida como la Puerta de Platerías.


A diferencia del Liber Vitae que el Apóstol Santiago mantiene abierto, pero con las páginas en blanco –podría considerarse, como una alegoría a esa historia personal que ha de escribir cada uno con los capítulos de su propia vida-, los magníficos atlantes o columnas-estatua que representan, entre otros, a los grandes profetas bíblicos, se presentan a sí mismos, mostrando sus nombres en sus correspondientes filacterias desplegadas. De tal manera, que formando parejas o tríos –hercúleas espaldas sobre las que se sostienen los diferentes estadios o cielos compuestos por las arquivoltas-, Jonás, Jeremías, Ezequiel, Abacuc y Malaquías –por citar sólo a algunos- constituyen unos magníficos teloneros, que nos introducen en esos mundi speciosos, bien conocidos en el románico, donde no falta la presencia de los veinticuatro Ancianos del Apocalipsis, portando una variada gama de instrumentos musicales, bajo cuya influencia parece desarrollarse una melodía cósmica -¿la música de las esferas?-, cuyo influjo parece querer representar, a través de diferentes personajes y figuras, dantesca pero sublimemente representadas, las correspondientes alegorías a la eterna lucha entre el Bien y el Mal, la Antigua y la Nueva Ley a la que estaba sometida la concepción del mundo medieval.

(1) Fernando Sánchez Dragó: 'Discurso numantino. Segunda y última salida de los ingeniosos hidalgos Gárgoris y Habidis', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, mayo de 1995, página 71.

lunes, 23 de febrero de 2015

Libros de Piedra: el Pórtico de la Majestad de la Colegiata de Toro

El mundo de los canteros medievales, fascinante y complejo, como todo lo que tiene que ver con la religión, la filosofía y las bellas artes, no se reduce tan sólo a aquello que, aun constituyendo un misterio de primer orden, son las curiosas cuando no significativas marcas que éstos iban dejando en los sillares de los templos, de las fortalezas o de los edificios civiles que iban levantando, a medida que las condiciones favorables de la Reconquista iban ampliando sus horizontes, ofreciéndoles nuevas y cuantiosas oportunidades en las villas y ciudades de nueva creación. Lejos de conformarme, pues, con ese aspecto meramente esotérico de unas más que probables huellas de identidades o de lenguajes técnicos encaminados, cuando menos, al ámbito de influencia de los propios gremios, me gustaría incidir en la faceta monumental, educativa y estética del trabajo realizado; en ese macrocosmos de belleza, perfección y precisión integradas donde, qué duda cabe, destacan, en conjunto o bien por partes bien definidas y estructuradas, lugares como la Colegiata de Santa María la Mayor, de Toro, provincia de Zamora y su espléndido Pórtico de la Majestad. Una colegiata y un pórtico, en las que algunos autores y especialistas en la materia observan similares influencias a las técnicas y detalles utilizadas, precedentemente, en lugares relativamente cercanos, tomando como base y patrón, la inconmensurable belleza y perfección de un lugar como San Isidoro de León. No es casual, tampoco, que sean muchos los autores modernos, que aúnen su línea de pensamiento hacia ciertos asertos, como los realizados a principios del siglo XX por el controvertido y enigmático Fulcanelli, tendentes a ver, en estas obras soberbias, representadas en buena medida por colegiatas y catedrales, las verdaderas universidades de las que se nutría la Edad Media. En vista de ello, tampoco sería contraproducente hablar del Camino de Santiago, Camino de las Estrellas o de la Vía Láctea, en términos universitarios, y ver en estas espléndidas portadas y portas speciosas, auténticas enciclopedias donde se recogía todo el saber no sólo del mundo conocido hasta entonces, sino también la sabiduría de aquellos otros mundos y culturas que los precedieron, en busca de cuyo saber perdido se hizo un auténtico acopio –tras una intensa labor de busca y captura-, en los florecientes monasterios cluniacenses. Acción que, paradójicamente, se repetiría, aproximadamente un milenio después en la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial, cuando estadounidenses, ingleses, franceses y soviéticos libraron una dura pugna por conseguir todos los manuscritos medievales posibles, referidos, sobre todo, al ámbito de la Alquimia.

Toro, elevada orgullosamente sobre una hermosa y próspera vega, denominada justamente como el Oasis de Castilla, que riega con generosidad el trascendental y viejo Duero en su prolongada migración hacia Portugal y el océano Atlántico, fue una de esas villas medievales, cuya prosperidad e importancia queda suficientemente demostrada, cuando menos si observamos el número de templos que tuvo –algunos desaparecidos actualmente, como el de Santa María, que perteneció a los caballeros templarios, conjuntamente con el de San Salvador- y nos fijamos, sobre todo, en una de las obras cumbres que, aun a día de hoy, muestran poco menos que intacta su mediática grandiosidad medieval y la magnífica habilidad y sabiduría de los canteros que la levantaron: la Colegiata de Santa María la Mayor.

Realizada, según estimaciones, en el último tercio del siglo XIII y cargada de simbolismo en todo su conjunto, la parte esencial, sin embargo, digna por su belleza y perfección –hasta el punto, de que ya individualmente podría ser considerada con toda justicia como Patrimonio Artístico Cultural de la Humanidad-, sería esa soberbia Puerta de la Majestad que, como un auténtico libro de texto medieval, conformaría, detalladamente, un peculiar pozo de sabiduría, cuyas aguas –comparativamente hablando- refrescarían la sed de saber y conocimiento sobre todo de peregrinos, hasta el punto de recoger, con todo lujo de detalles, ese mundo religioso y escatológico en el que vivía inmerso el hombre del Medievo. No sería escandaloso afirmar, por tanto, que en obras tan singulares, se inspiraran también grandes poetas como Dante Alighieri, para llevar a la escritura una de las obras cumbres de la Literatura Universal: la Divina Comedia. Como en ésta, en la Puerta de la Majestad, distribuida también en esos círculos o niveles determinados por las arquivoltas, que recogen interesantes escenas sobre el Juicio Final, el Purgatorio, el Paraíso y el Infierno, el artista medieval, cuyo anonimato engrosa las incógnitas del misterio, nos invita a recorrer otro viaje simbólico, lleno de claves, que a semejanza de las epopeyas clásicas, nos introduce en esa espiral trascendental y a la vez iniciática, donde el hombre no sería, sino, más que un simple peón en el complejo tablero del Universo. Un Universo, cuyo lenguaje es mediáticamente matemático, y en la mente del artista, los números tienen también su correspondiente importancia simbólica. De tal manera, que números tradicionalmente considerados como mágicos por su trascendencia, como el siete, conforman el número de columnas que se distribuyen a derecha e izquierda de un pórtico que, si bien, como se ha dicho, se desconoce el nombre del cantero que lo diseñó, sí conserva, no obstante, el del artesano que aplicó el toque de distinción y belleza, utilizando como un imán, la seducción inherente a la magia de la policromía: Domingo Pérez. 

Ahora bien, una de las claves que definen mayor protagonismo simbólico en esta magnífica portada, no es otra que la relevancia puesta de manifiesto en una figura primordial, bajo la que gravitan, advocacionalmente hablando, la mayoría de las grandes catedrales: Nuestra Señora. Una figura que, independientemente de otras consideraciones, fue particularmente venerada y alentada por cistercienses y templarios a partir del siglo XII, sustituyendo, en muchos de los casos, a otra figura no menos peculiar y popular: Santa María Magdalena. De hecho, si el motivo del tímpano representa la Coronación de la Virgen, ésta misma vuelve a figurar algo más abajo, de una manera muy cisterciense, como estatua-columna que se localiza en el centro de las dos pequeñas puertas o puertas bífidas, modelo ampliamente utilizado, no sólo en diferentes lugares del Camino, sino también en la catedral de catedrales, dada la relevancia de los restos que supuestamente alberga: la propia catedral del Apóstol Santiago.

martes, 10 de febrero de 2015

Briones o el oscuro encanto de las capillas de planta octogonal



Hay ocasiones en las que, durante los avatares de un viaje o de una excursión, el viajero tropieza –que el azar decante en la caída de la moneda si de una forma casual o causal-, con alguno de los viejos mitos que, en determinadas circunstancias, han alimentado los sentidos del hombre moderno, con paradigmáticos enigmas del mundo medieval. Tuve ocasión de comprobarlo, el pasado mes de octubre cuan­do, por fortuitos o causales motivos, me des­placé a La Rioja, formando parte de un viaje previamente organizado. Durante la primera etapa de dicho viaje, el programa determinaba una parada en una ciudad muy peculiar de la denominada Rioja Alta: Briones. Briones, si­tuado a escasamente tres kilómetros de otro pueblo no menos peculiar, San Vicente de la Sonsierra -que seguramente mucha gente re­cuerde por dos motivos fundamentales: los famosos picaos de su Semana Santa y su impo­nente y mistérica iglesia dedicada a la figura de Santa María de la Piscina-, es un pueblo que, si bien ha perdido la antigua esencia de los mo­numentos románicos que acompañaban las sufridas escalas de los peregrinos que la atra­vesaban camino de Compostela, no es menos cierto, que en cuestión de monumentalidad y riqueza artística, dispone, al menos, de dos importantes monumentos, que nadie que pase por allí, debería dejar nunca de visitar: la imponente iglesia-colegiata dedicada a la figura de Santa María y la singular ermita del Santo Cristo de los Remedios, fechadas en los siglos XVI y XVIII, respectivamente. Dejando para mejor ocasión las singularidades de la iglesia de Santa María –que habelas haylas, y muchas, como meigas en Galicia-, propongo centrar nuestra atención, en la ermita del Santo Cristo.


Construida por los arquitectos Juan Bautista Arbaizar e Ignacio de Elejalde entre los años 1737 y 1745, sus cimientos se elevan sobre las ruinas de la antigua igle­sia –probablemente, románica- dedicada a la figura de San Juan Bautista, situándose en un lugar privilegiado del casco antiguo de la ciudad, desde donde se divi­san esas infinitas extensiones de viñedos, cuyos caldos son mundialmente conocidos, entre las que destaca, como un oasis en un mar de uvas, la presencia de una de las bodegas más importantes de la provincia: las bodegas Vivanco.



Si en España, a partir del siglo XIX, cuando la ar­queología comenzaba a boquear, sobre todo como afición entre lo más rancio de la nobleza del país, ya el Marqués de Cerralbo creó cátedra al considerar la posibilidad de que una hermosa virgen del siglo XIII que se conserva en el monasterio soriano de Santa María de Huerta, fuera la que llevara el arzobispo de Toledo, Ximénez de Rada en la famosa batalla de los Tres Reyes o de las Navas de Tolosa, no fue menor la cátedra que sentó en el siglo XIX el gran arquitecto francés Violet le Duc –recordemos, que reconstruyó, de la mejor manera posible, la emblemática catedral parisina de Notre Dame-, al afirmar rotundamen­te, que los edificios de planta octogonal obedecían a un modelo de arquitectura templaria. Polémica que, extendiéndose a nuestros días, ha hecho –y todavía continúa haciendo-, correr ríos de tinta, en relación a una serie de fantásticos monumentos románicos, que situados en diferentes regiones, causan no poca sorpresa y admiración. Los principales de ellos –algunos situados en pleno Camino de Santia­go o en sus inmediaciones-, no son otros que los siguientes, cuya ignota protohistoria, está envuelta en el fantástico halo de la leyenda y la tradición: Santa María de Eunate y el Santo Se­pulcro, de Torres del Río, en Navarra; la iglesia de la Vera Cruz, en Segovia –cuya planta es do­decagonal, como al parecer, lo fue también, una de las ermitas que se encontraba en el interior del castillo templario de Pelerin, en Tierra San­ta-, y la iglesia de Santiago –inicialmente, bajo la advocación de la figura de Nuestra Señora-, en la cima del Monsacro asturiano, lugar legen­dario, donde Santo Toribio, obispo de Astorga escondió las reliquias que trajo de Tierra Santa y donde también la tradición sitúa similar ac­ción, con aquellas otras que el mítico y rebelde Don Pelayo salvó de Toledo, poco después de la invasión agarena.Si bien es cierto, que si hemos de considerar alguna forma de arquitectura templaria, más que a sus iglesias, propiamente hablando, sería aquélla re­lacionada con la costumbre que tenían de plantear las defensas de sus fortalezas –tanto las que construían con sus propias manos, como muchas otras de las que heredaban-, dotándolas del denominado triple re­cinto, que ya los celtas utilizaban para la defensa de sus castros, e incluso, yendo más allá, la forma en que distribuían sus encomiendas, dotándolas de recinto amurallado, con torres de guardia y vigilancia en cada una de sus esquinas, como así se demuestra, en los restos de la antigua encomienda templaria de Abe­rin, también situada en tierras navarras. Sin poner en duda, de que tal vez alguna de ellas, incluso otras que se encuentran allende las fronteras españolas, sí pudo pertenecerles –no olvidemos, que todas ellas siguen el modelo de la Casa Madre templaria en Jerusalén, la mezquita de Al-Aksá-, no se les puede atribuir la au­toría, simplemente por el hecho de que su planta sea  de forma octogonal. Forma que, curiosamente, tiene la ermita del Santo Cristo de Briones. Como también la tiene, la planta de otra ermita, también del siglo XVIII, dedicada a la figura de Cristo: la de Almazán, en la vecina provincia de Soria, realizada, al parecer, hacia 1723, por el maestro, se cree, que de origen ita­liano, Juan Antonio Pempinela.

Y esto nos lleva a plantearnos, otras cuestiones que han flotado siempre, con un siniestro halo de fanta­sía idealizada –sobre todo, en los siglos XVIII y XIX-, acerca de las organizaciones masónicas surgidas des­pués de la desaparición de la Orden del Temple, y supuestamente heredera de sus secretos arquitectóni­cos, tema que, por supuesto, alcanza para mucho más que un breve artículo. Pero sí que podemos decir, para terminar, que por los motivos que fueran –asociados o no, a este supuesto resurgir masónico-, durante los siglos anteriormente citados, la historia de la arqui­tectura recuperó la magia de los edificios de planta octogonal, y no menos curioso detalle, en general, fueron dedicados a una figura crística con caracterís­ticas tan milagrosas, como las que tradicionalmente, han acompañado siempre a la mayoría de imágenes marianas románico-góticas que inundan nuestras er­mitas e iglesias.