miércoles, 1 de abril de 2015

Libros de Piedra: el Pórtico de Platerías de la catedral de Santiago


Xove en Santiago. Es una lluvia fina y limpia que los peregrinos, melancólicos, comparan con las aguas primerizas del Jordán, donde Jesucristo recibió el sagrado sacramento del bautismo de manos de su primo Juan. Frente a la denominada Puerta de Platerías, un hombre permanece silencioso e inmóvil. Viste un sayal de tosca lana de color marrón oscuro, en el que, aparte de algunas manchas parduzcas, también se aprecian varios remiendos, y que además está provisto de una ancha capucha, que le oculta el rostro por completo. En el fondo, es éste un detalle completamente intrascendente, pues si se la quitara, todo el que lo viera se encontraría con la burlona y siniestra mirada de una máscara de cera, que protege su identidad. Una máscara ambivalente, tragicómica, indecisa o inaparente, sin duda muy similar a las que utilizaban los actores greco-latinos en las antiguas representaciones teatrales. El hombre apenas se inmuta, cuando algún mendigo, de ropas aún más remendadas y andrajosas que las suyas pasa por su lado haciendo tintinear una desvencijada escudilla de metal; ni tampoco, cuando algún ruidoso grupo de peregrinos sube jocosamente por la calle de los plateros en dirección a la portada principal de la catedral, situada en la plaza del Obradoiro. Por el contrario, da la impresión de ser una estatua que algún desaprensivo hubiera liberado de la placenta pétrea que la albergaba, con la innoble intención de mortificar a los piadosos canónigos o de soliviantar aún más el ánimo de unos peregrinos, excitado de por sí hasta extremos inusitados,  que se pelean e incluso se apuñalan y matan por ocupar el lugar más cercano al sepulcro del Apóstol. Se llama Esteban, pero sabe que para los hombres de las generaciones venideras, será un completo desconocido, como le consta que impone la auténtica vía de humildad que debe seguir todo buen Magister Muri. Sonríe, no obstante, al pensar que para los hombres de esas generaciones futuras que acudan y a la vez sepan admirar esta obra sublime que es el Santuario de Santiago, será poco menos que una sombra y le place con plena satisfacción, ser consciente de que su nombre ni siquiera se consigne en ese Codex Calistino o supuesta guía de peregrinos, recientemente trascrito por un bisoño monje benedictino, procedente de una perdida abadía situada allende los Pirineos y de nombre Aymeric Picaud. Imagina, por consiguiente, que algunos pensarán en él como en un espíritu incorpóreo cuya vida se desliza entre la realidad y la leyenda: el ser o no ser empleado por algunos dramaturgos de siglos posteriores, que también intuían la magia del Verbo. Pudiera ser –el Verbo otra vez-, que los más avezados descubran que residió en Pamplona, donde vivió con su mujer y sus hijas en una cómoda casa cedida por la generosidad del Cabildo y donde, así mismo, participó en una obra cumbre de la monumental enciclopedia universal de haberes y saberes, antiguos y modernos, que es el  Camino de las Estrellas: su catedral. Y hasta cabe la posibilidad –siente el calor del sonrojo volver a encender de nuevo sus mejillas debajo de la máscara, hasta tal punto, que incluso teme que se derrita la cera- que los más observadores lleguen intuitivamente a percibir, en la forma octogonal de los ábsides o cabeceras, un detalle de su técnica y le atribuyan, de paso, alguna obra menor localizada en otros puntos equidistantes, pero igualmente situados en esta misteriosa y mítica tierra celta que un día albergará, de forma anónima, también, sus irrelevantes restos mortales.


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El tintineo de la escudilla del pobre se pierde en la distancia, como el último trueno de una tormenta que se aleja hasta desaparecer y la algarabía del último grupo de peregrinos, se amortigua y acalla en el interior de la catedral. Silencio. Esteban sabe, por su condición de Magister, que el silencio es la clave para escuchar la melódica resonancia que brota como un torrente del alma de las piedras. Imagina, pues, que a través de las dulces notas de la viola que el rey David tañe con sus manos –por algo lo representó con unos dedos largos, finos y de delicada textura- todo aquel que se detenga a contemplar su obra, percibirá la magia de la Creación, con el propio dedo de Dios insuflando vida en el pecho de Adán. Y verá también, embriagado, quizás, por unas notas que durante unos breves momentos parecen revestir el amargo sabor de la tristeza, a ese mismo Dios convertido en Padre severísimo que expulsa a sus díscolos hijos de un hogar que hasta entonces se había llamado Paraíso.Una melodía que, por otra parte, irá no obstante in crescendo con las alusiones al Árbol de la Vida, cuya existencia va indivisiblemente unida a la cruz y a la redención eterna de una humanidad infantil, siempre temerosa y necesitada de guía y protección. Resulta previsible, incluso, que algunos se alarmen frente a la visión –atrapado entre Dios y un crismón que descansa en el lomo de dos leones de sonrisa tan pícara como la del Daniel del Maestro Mateo- de un Amón celta, CernunnosBaco, para algunos-, abatido por el triunfo de la Nueva Religión. O por la visión apocalíptica de esos ángeles-trompeteros, que los más viajeros volverán a ver reproducidos en la parte occidental del templo noyés dedicado a San Martiño. Pero seguramente todos, o en su defecto, la gran mayoría, verán ostensiblemente perturbados sus pensamientos frente a la gélida belleza de la mujer muerta que porta una calavera en su regazo. ¿Cómo lo interpretarán?, se pregunta Esteban, acariciándose el mentón, como si se mesara una inexistente barba. ¿Verán una referencia a los comentarios de San Agustín sobre las famosas Actas de Leucio y la historia de Calimaco y Drusila, una alegoría al amor sin más, sin caracterizaciones genéricas, como símbolo de vida y eternidad, en contraposición al amor físico, que engendra muerte?. ¿Se fijarán, por el contrario, en el detalle del cráneo trepanado y pensarán en la Vid, la dinastía sagrada descendiente de Cristo y María Magdalena?. Esteban sonríe para sus adentros. Sabe que de cualquier manera, el secreto siempre estará a salvo, sea, siquiera, por el tiempo que perdure su obra. Pero eso es vanidad, y después de todo, no es su deseo pensar en la posteridad. ¿Qué son él y la posteridad, sino humo que se desprende de la llama y se esparce por el infinito?.

lunes, 16 de marzo de 2015

Libros de Piedra: la Puerta del Paraíso de la catedral de Orense


‘No sé si este modo de escribir según el mapa de los eclipses y la norma del laberinto te confunde, compañero, mas no hay otro que me lleve al lugar que busco pasando por los sitios que debo conocer…’ (1)

Como se comentó en la entrada anterior, con referencia a la Puerta de la Majestad de la Colegiata de Toro, también ésta Puerta del Paraíso de la catedral de Orense, es otro de esos lugares imprescindibles del Camino que hay que buscar –parafraseando a Sánchez Dragó, en cuya obra reseñada, no dejaba de preguntarse si todavía quedaba rastro de esa antigua y fascinante España mágica-, y, desde luego, conocer. Lanzados los dados –alea jacta est-, continúa, pues, el viaje, saltando de oca en oca, para recalar en el casco antiguo de la capital orensana, seguramente pasando cerca de una curiosa representación moderna, en la que un Ganimedes celtiña, que ha cambiado el águila por el ave noctámbula de Atenea -¿el mismo, quizás, curiosamente representado en un famoso capitel de la iglesia de Santiago de Allariz?-, entretiene a viajeros, turistas y peregrinos con el sonido ancestralmente lejano de su caramillo. En la presentación de este nuevo Libro de Piedra –texto antiguo y esencial, cuya primera edición habríamos de situar en los albores del siglo XII-, no obstante, observaremos –en aquellas reseñas de identidad, que podrían considerarse, continuando las comparaciones, como el prólogo, la introducción o incluso las credenciales de autor-, la influencia de un nombre y un estilo indivisiblemente asociados a la Historia artística gallega, así como también al románico peninsular: el Maestro Mateo y su escuela.

Curiosamente considerado hasta época relativamente moderna, como un oscuro arquitecto de la corte del rey Fernando II de León, y de similar manera a como en numerosos ámbitos académicos e incluso extra-académicos se habla de un estilo silense, que recoge como epicentro la influencia artística de los talleres canteros que trabajaron en el referente monasterio burgalés de Santo Domingo de Silos, desplegando su arte, su técnica y su modelo en provincias aledañas, siendo un buen ejemplo, las de Segovia y Soria, también el influjo mateano dejó una profunda huella, siquiera en el norte peninsular, amparada por las vicisitudes inherentes a un camino de peregrinación –el de Santiago, también conocido como de las Estrellas o de la Vía Láctea-, que fue ampliamente potenciado por los reyes de Castilla y Aragón, sobre todo en los siglos XI a XIII, en detrimento de las rutas originales de los siglos IX y X, inmediatamente posteriores al descubrimiento de los supuestos restos del Apóstol. Ahora bien, lejos de conocer el origen de este notable artesano de la piedra –posiblemente, extra-pirenaico y atraído por las inmensas posibilidades de trabajo inherentes al mencionado Camino de Santiago-  y especulando con la posibilidad de que interviniera personalmente en el diseño de los primeros tramos de una obra maestra, curiosamente dedicada a la figura de San Martín, cuyo altar mayor sabemos que fue consagrado en 1188, este magnífico volumen pétreo –de cuyas normas de calidad, conceptos tan de moda hoy en día, no debe resultarnos difícil vislumbrar los característicos isos basados en la longitud, la medida, el equilibrio y la proporción-, conserva, de esa primera etapa, tres monumentales portadas, siendo objeto de nuestra mayor atención, sin embargo, aquéllas dos situadas en el lado occidental. La primera, porque nos puede resultar interesante comprobar, que en el capítulo dedicado a las marcas de cantería, observaremos algunas que nos resultarán decididamente familiares –sobre todo, si hemos estado en el interior de la catedral compostelana-, siendo posiblemente la más relevante, por su repetitividad y trascendencia, aquélla en particular que representa algo muy similar al símbolo del infinito.


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Preámbulo al Pórtico del Paraíso, que nos espera apenas franqueado este umbral, donde la imaginería mateana despliega en su figuración todo un compendio teológico dirigido como una intrincada red, a pescar las conciencias de los fieles, la hierática mirada de un entronizado Santiago nos introduce, cual inesperado cicerone, en una pequeña maravilla, considerada como una representación, evidentemente a menor escala, del glorioso modelo compostelano. Un pórtico, que no obstante las apariencias, muestra, en su diseño, también esos modelos de puerta bífida, que así mismo utilizaron como referente, aparte del propio Mateo, maestros como Esteban, al que se atribuye, cuando menos, esa otra obra magna, de ingenio y misterio, mundialmente conocida como la Puerta de Platerías.


A diferencia del Liber Vitae que el Apóstol Santiago mantiene abierto, pero con las páginas en blanco –podría considerarse, como una alegoría a esa historia personal que ha de escribir cada uno con los capítulos de su propia vida-, los magníficos atlantes o columnas-estatua que representan, entre otros, a los grandes profetas bíblicos, se presentan a sí mismos, mostrando sus nombres en sus correspondientes filacterias desplegadas. De tal manera, que formando parejas o tríos –hercúleas espaldas sobre las que se sostienen los diferentes estadios o cielos compuestos por las arquivoltas-, Jonás, Jeremías, Ezequiel, Abacuc y Malaquías –por citar sólo a algunos- constituyen unos magníficos teloneros, que nos introducen en esos mundi speciosos, bien conocidos en el románico, donde no falta la presencia de los veinticuatro Ancianos del Apocalipsis, portando una variada gama de instrumentos musicales, bajo cuya influencia parece desarrollarse una melodía cósmica -¿la música de las esferas?-, cuyo influjo parece querer representar, a través de diferentes personajes y figuras, dantesca pero sublimemente representadas, las correspondientes alegorías a la eterna lucha entre el Bien y el Mal, la Antigua y la Nueva Ley a la que estaba sometida la concepción del mundo medieval.

(1) Fernando Sánchez Dragó: 'Discurso numantino. Segunda y última salida de los ingeniosos hidalgos Gárgoris y Habidis', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, mayo de 1995, página 71.

lunes, 23 de febrero de 2015

Libros de Piedra: el Pórtico de la Majestad de la Colegiata de Toro

El mundo de los canteros medievales, fascinante y complejo, como todo lo que tiene que ver con la religión, la filosofía y las bellas artes, no se reduce tan sólo a aquello que, aun constituyendo un misterio de primer orden, son las curiosas cuando no significativas marcas que éstos iban dejando en los sillares de los templos, de las fortalezas o de los edificios civiles que iban levantando, a medida que las condiciones favorables de la Reconquista iban ampliando sus horizontes, ofreciéndoles nuevas y cuantiosas oportunidades en las villas y ciudades de nueva creación. Lejos de conformarme, pues, con ese aspecto meramente esotérico de unas más que probables huellas de identidades o de lenguajes técnicos encaminados, cuando menos, al ámbito de influencia de los propios gremios, me gustaría incidir en la faceta monumental, educativa y estética del trabajo realizado; en ese macrocosmos de belleza, perfección y precisión integradas donde, qué duda cabe, destacan, en conjunto o bien por partes bien definidas y estructuradas, lugares como la Colegiata de Santa María la Mayor, de Toro, provincia de Zamora y su espléndido Pórtico de la Majestad. Una colegiata y un pórtico, en las que algunos autores y especialistas en la materia observan similares influencias a las técnicas y detalles utilizadas, precedentemente, en lugares relativamente cercanos, tomando como base y patrón, la inconmensurable belleza y perfección de un lugar como San Isidoro de León. No es casual, tampoco, que sean muchos los autores modernos, que aúnen su línea de pensamiento hacia ciertos asertos, como los realizados a principios del siglo XX por el controvertido y enigmático Fulcanelli, tendentes a ver, en estas obras soberbias, representadas en buena medida por colegiatas y catedrales, las verdaderas universidades de las que se nutría la Edad Media. En vista de ello, tampoco sería contraproducente hablar del Camino de Santiago, Camino de las Estrellas o de la Vía Láctea, en términos universitarios, y ver en estas espléndidas portadas y portas speciosas, auténticas enciclopedias donde se recogía todo el saber no sólo del mundo conocido hasta entonces, sino también la sabiduría de aquellos otros mundos y culturas que los precedieron, en busca de cuyo saber perdido se hizo un auténtico acopio –tras una intensa labor de busca y captura-, en los florecientes monasterios cluniacenses. Acción que, paradójicamente, se repetiría, aproximadamente un milenio después en la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial, cuando estadounidenses, ingleses, franceses y soviéticos libraron una dura pugna por conseguir todos los manuscritos medievales posibles, referidos, sobre todo, al ámbito de la Alquimia.

Toro, elevada orgullosamente sobre una hermosa y próspera vega, denominada justamente como el Oasis de Castilla, que riega con generosidad el trascendental y viejo Duero en su prolongada migración hacia Portugal y el océano Atlántico, fue una de esas villas medievales, cuya prosperidad e importancia queda suficientemente demostrada, cuando menos si observamos el número de templos que tuvo –algunos desaparecidos actualmente, como el de Santa María, que perteneció a los caballeros templarios, conjuntamente con el de San Salvador- y nos fijamos, sobre todo, en una de las obras cumbres que, aun a día de hoy, muestran poco menos que intacta su mediática grandiosidad medieval y la magnífica habilidad y sabiduría de los canteros que la levantaron: la Colegiata de Santa María la Mayor.

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Realizada, según estimaciones, en el último tercio del siglo XIII y cargada de simbolismo en todo su conjunto, la parte esencial, sin embargo, digna por su belleza y perfección –hasta el punto, de que ya individualmente podría ser considerada con toda justicia como Patrimonio Artístico Cultural de la Humanidad-, sería esa soberbia Puerta de la Majestad que, como un auténtico libro de texto medieval, conformaría, detalladamente, un peculiar pozo de sabiduría, cuyas aguas –comparativamente hablando- refrescarían la sed de saber y conocimiento sobre todo de peregrinos, hasta el punto de recoger, con todo lujo de detalles, ese mundo religioso y escatológico en el que vivía inmerso el hombre del Medievo. No sería escandaloso afirmar, por tanto, que en obras tan singulares, se inspiraran también grandes poetas como Dante Alighieri, para llevar a la escritura una de las obras cumbres de la Literatura Universal: la Divina Comedia. Como en ésta, en la Puerta de la Majestad, distribuida también en esos círculos o niveles determinados por las arquivoltas, que recogen interesantes escenas sobre el Juicio Final, el Purgatorio, el Paraíso y el Infierno, el artista medieval, cuyo anonimato engrosa las incógnitas del misterio, nos invita a recorrer otro viaje simbólico, lleno de claves, que a semejanza de las epopeyas clásicas, nos introduce en esa espiral trascendental y a la vez iniciática, donde el hombre no sería, sino, más que un simple peón en el complejo tablero del Universo. Un Universo, cuyo lenguaje es mediáticamente matemático, y en la mente del artista, los números tienen también su correspondiente importancia simbólica. De tal manera, que números tradicionalmente considerados como mágicos por su trascendencia, como el siete, conforman el número de columnas que se distribuyen a derecha e izquierda de un pórtico que, si bien, como se ha dicho, se desconoce el nombre del cantero que lo diseñó, sí conserva, no obstante, el del artesano que aplicó el toque de distinción y belleza, utilizando como un imán, la seducción inherente a la magia de la policromía: Domingo Pérez. 

Ahora bien, una de las claves que definen mayor protagonismo simbólico en esta magnífica portada, no es otra que la relevancia puesta de manifiesto en una figura primordial, bajo la que gravitan, advocacionalmente hablando, la mayoría de las grandes catedrales: Nuestra Señora. Una figura que, independientemente de otras consideraciones, fue particularmente venerada y alentada por cistercienses y templarios a partir del siglo XII, sustituyendo, en muchos de los casos, a otra figura no menos peculiar y popular: Santa María Magdalena. De hecho, si el motivo del tímpano representa la Coronación de la Virgen, ésta misma vuelve a figurar algo más abajo, de una manera muy cisterciense, como estatua-columna que se localiza en el centro de las dos pequeñas puertas o puertas bífidas, modelo ampliamente utilizado, no sólo en diferentes lugares del Camino, sino también en la catedral de catedrales, dada la relevancia de los restos que supuestamente alberga: la propia catedral del Apóstol Santiago.

martes, 10 de febrero de 2015

Briones o el oscuro encanto de las capillas de planta octogonal



Hay ocasiones en las que, durante los avatares de un viaje o de una excursión, el viajero tropieza –que el azar decante en la caída de la moneda si de una forma casual o causal-, con alguno de los viejos mitos que, en determinadas circunstancias, han alimentado los sentidos del hombre moderno, con paradigmáticos enigmas del mundo medieval. Tuve ocasión de comprobarlo, el pasado mes de octubre cuan­do, por fortuitos o causales motivos, me des­placé a La Rioja, formando parte de un viaje previamente organizado. Durante la primera etapa de dicho viaje, el programa determinaba una parada en una ciudad muy peculiar de la denominada Rioja Alta: Briones. Briones, si­tuado a escasamente tres kilómetros de otro pueblo no menos peculiar, San Vicente de la Sonsierra -que seguramente mucha gente re­cuerde por dos motivos fundamentales: los famosos picaos de su Semana Santa y su impo­nente y mistérica iglesia dedicada a la figura de Santa María de la Piscina-, es un pueblo que, si bien ha perdido la antigua esencia de los mo­numentos románicos que acompañaban las sufridas escalas de los peregrinos que la atra­vesaban camino de Compostela, no es menos cierto, que en cuestión de monumentalidad y riqueza artística, dispone, al menos, de dos importantes monumentos, que nadie que pase por allí, debería dejar nunca de visitar: la imponente iglesia-colegiata dedicada a la figura de Santa María y la singular ermita del Santo Cristo de los Remedios, fechadas en los siglos XVI y XVIII, respectivamente. Dejando para mejor ocasión las singularidades de la iglesia de Santa María –que habelas haylas, y muchas, como meigas en Galicia-, propongo centrar nuestra atención, en la ermita del Santo Cristo.


Construida por los arquitectos Juan Bautista Arbaizar e Ignacio de Elejalde entre los años 1737 y 1745, sus cimientos se elevan sobre las ruinas de la antigua igle­sia –probablemente, románica- dedicada a la figura de San Juan Bautista, situándose en un lugar privilegiado del casco antiguo de la ciudad, desde donde se divi­san esas infinitas extensiones de viñedos, cuyos caldos son mundialmente conocidos, entre las que destaca, como un oasis en un mar de uvas, la presencia de una de las bodegas más importantes de la provincia: las bodegas Vivanco.



Si en España, a partir del siglo XIX, cuando la ar­queología comenzaba a boquear, sobre todo como afición entre lo más rancio de la nobleza del país, ya el Marqués de Cerralbo creó cátedra al considerar la posibilidad de que una hermosa virgen del siglo XIII que se conserva en el monasterio soriano de Santa María de Huerta, fuera la que llevara el arzobispo de Toledo, Ximénez de Rada en la famosa batalla de los Tres Reyes o de las Navas de Tolosa, no fue menor la cátedra que sentó en el siglo XIX el gran arquitecto francés Violet le Duc –recordemos, que reconstruyó, de la mejor manera posible, la emblemática catedral parisina de Notre Dame-, al afirmar rotundamen­te, que los edificios de planta octogonal obedecían a un modelo de arquitectura templaria. Polémica que, extendiéndose a nuestros días, ha hecho –y todavía continúa haciendo-, correr ríos de tinta, en relación a una serie de fantásticos monumentos románicos, que situados en diferentes regiones, causan no poca sorpresa y admiración. Los principales de ellos –algunos situados en pleno Camino de Santia­go o en sus inmediaciones-, no son otros que los siguientes, cuya ignota protohistoria, está envuelta en el fantástico halo de la leyenda y la tradición: Santa María de Eunate y el Santo Se­pulcro, de Torres del Río, en Navarra; la iglesia de la Vera Cruz, en Segovia –cuya planta es do­decagonal, como al parecer, lo fue también, una de las ermitas que se encontraba en el interior del castillo templario de Pelerin, en Tierra San­ta-, y la iglesia de Santiago –inicialmente, bajo la advocación de la figura de Nuestra Señora-, en la cima del Monsacro asturiano, lugar legen­dario, donde Santo Toribio, obispo de Astorga escondió las reliquias que trajo de Tierra Santa y donde también la tradición sitúa similar ac­ción, con aquellas otras que el mítico y rebelde Don Pelayo salvó de Toledo, poco después de la invasión agarena.Si bien es cierto, que si hemos de considerar alguna forma de arquitectura templaria, más que a sus iglesias, propiamente hablando, sería aquélla re­lacionada con la costumbre que tenían de plantear las defensas de sus fortalezas –tanto las que construían con sus propias manos, como muchas otras de las que heredaban-, dotándolas del denominado triple re­cinto, que ya los celtas utilizaban para la defensa de sus castros, e incluso, yendo más allá, la forma en que distribuían sus encomiendas, dotándolas de recinto amurallado, con torres de guardia y vigilancia en cada una de sus esquinas, como así se demuestra, en los restos de la antigua encomienda templaria de Abe­rin, también situada en tierras navarras. Sin poner en duda, de que tal vez alguna de ellas, incluso otras que se encuentran allende las fronteras españolas, sí pudo pertenecerles –no olvidemos, que todas ellas siguen el modelo de la Casa Madre templaria en Jerusalén, la mezquita de Al-Aksá-, no se les puede atribuir la au­toría, simplemente por el hecho de que su planta sea  de forma octogonal. Forma que, curiosamente, tiene la ermita del Santo Cristo de Briones. Como también la tiene, la planta de otra ermita, también del siglo XVIII, dedicada a la figura de Cristo: la de Almazán, en la vecina provincia de Soria, realizada, al parecer, hacia 1723, por el maestro, se cree, que de origen ita­liano, Juan Antonio Pempinela.

Y esto nos lleva a plantearnos, otras cuestiones que han flotado siempre, con un siniestro halo de fanta­sía idealizada –sobre todo, en los siglos XVIII y XIX-, acerca de las organizaciones masónicas surgidas des­pués de la desaparición de la Orden del Temple, y supuestamente heredera de sus secretos arquitectóni­cos, tema que, por supuesto, alcanza para mucho más que un breve artículo. Pero sí que podemos decir, para terminar, que por los motivos que fueran –asociados o no, a este supuesto resurgir masónico-, durante los siglos anteriormente citados, la historia de la arqui­tectura recuperó la magia de los edificios de planta octogonal, y no menos curioso detalle, en general, fueron dedicados a una figura crística con caracterís­ticas tan milagrosas, como las que tradicionalmente, han acompañado siempre a la mayoría de imágenes marianas románico-góticas que inundan nuestras er­mitas e iglesias.

domingo, 25 de enero de 2015

Gaudí: retorno a los orígenes. Introducción


Aun a pesar de sentir pasión por ese estilo novedoso y argótico, cuya aparición en el siglo XIII había dejado por completo obsoletas las antiguas construcciones románicas, afirmaba Gaudí que el gótico, no obstante, era un estilo incompleto y que sus edificios adquirían mayor belleza cuando estaban en ruinas y eran poseídos por la naturaleza. El retorno a las fuentes tradicionales, y sobre todo, el respeto y observación de ésta última, la naturaleza, fueron una constante a lo largo de su obra y conjugaron una parte esencial de las técnicas afines a un estilo y un renacer arquitectónico, la Reinaixança o modernismo, que comenzaba a brotar con fuerza en las principales ciudades europeas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Atrás quedaban las aburridas soluciones de unos estilos, renacentista y barroco, que habían proliferado con fuerza durante siglos anteriores, sobrecargados en algunos y con falta de imaginación en otros, herederos, sin duda, de unas edades marcadas por el oscurantismo y la Inquisición, posiblemente tan bárbaras o más, a aquellas otras que habían definido uno de los periodos históricos más brutales, denominados como Alta Edad Media.


Recibiera o no el don de Dios que le permitía, según él, ver y concebir las cosas en el espacio, lo cierto es que en sus obras, a poco que se esfuerce uno en mirar, descubrirá la presencia y la fuerza de los viejos símbolos que subyacen en el inconsciente colectivo y que ya fueron empleados con profusión por sus antecesores, los maestros y canteros medievales: la salamandra, el dragón, el caduceo, la serpiente, el hexágono, la tortuga, el toro o el árbol de la vida entre otros, sin obviar, por supuesto, las características de una arquitectura así mismo fractal, inspirada por la magia y la perfección de las espirales y helicoides, conocidas y aplicadas desde la más remota Antigüedad.


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lunes, 15 de diciembre de 2014

Wamba: Cábala y Simbolismo


Uno de los lugares, sin duda más apasionantes, más desconcertantes y más variopintos en cuanto a historia y a la conjunción de diferentes modos de aplicar la Geometría Sagrada y su simbolismo asociado, no es otro que lo que el tiempo y la acción destructiva e impremeditada de los hombres, han dejado como residuo sobreviviente de lo que antaño fuera el importante monasterio de Santa María de Wamba, situado en los impresionantes Montes Torozos vallisoletanos. De la acción de los canteros, y aun a pesar de los pesares, conserva numerosas referencias que, independientemente de su prosaico estado de conservación –por ejemplo, las pinturas de probable origen visigodo de su ábside o cabecera-, todavía ofrecen encomiables detalles, cuando menos para ejercer ese derecho a la especulación, que al fin y al cabo, a todos nos asiste.
Situada en el camino de Robledillo –la alusión a uno de los árboles más sagrados de la mitología celta, puede resultar algo más que casual-, Wamba, la antigua Gérticos, y en su particular su monasterio de Santa María, fueron testigos de numerosos e importantes hechos históricos, que merece la pena reseñar. Se supone que fue aquí donde Wamba –de ahí su nombre actual- fue obligado a aceptar la corona visigoda y donde, así mismo, se le nombró rey. De hecho, sus restos, así como los del también rey Recesvinto, que le precedió –recordemos su asociación con la basílica palentina de San Juan de Baños y la fuente con virtudes curativas que lleva su nombre, situada a escasos metros de ésta-, reposaron aquí, hasta que fueron trasladados a Toledo, en tiempos de Alfonso X el Sabio. Posteriormente –se cita como probable, el año 1175-, los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, utilizaron el lugar como encomienda, aunque, por motivos que se desconocen, no estuvieron en mucho tiempo: cinco o seis años, a lo sumo. Parece ser, que también la Orden del Temple se instaló aquí y probablemente, algún residuo simbólico –sobre todo, referido a la portada oeste, que se mantiene en buen estado de conservación, por haber estado sepultada durante muchos años-, les pertenezca. Curiosamente, se sabe, así mismo, que en este antiguo monasterio estuvo refugiada la reina doña Urraca, esposa del rey Fernando II de León, rey que, al parecer, no sólo donó extensas propiedades a los templarios, siguiendo la política iniciada por su padre, el rey Alfonso VII, sino que, además, les encomendó misiones de vigilancia en ciertos lugares de la provincia orensana, tanto en el interior –uno de ellos, podría ser A Mezquita-, como en las cercanías de la frontera con Portugal. Y recordemos, de paso, la reciente polvareda levantada por los historiadores Margarita Torres y José Miguel Ortega, quienes identifican el denominado Cáliz de Doña Urraca, que se custodia en la catedral de León, como el verdadero Santo Grial, en detrimento del que la tradición sitúa como el que puso a salvo San Lorenzo cuando las hordas de Alarico conquistaron Roma, el cual se custodió durante muchos años en el monasterio oscense de San Juan de la Peña, pasando por lugares como la Aljafería zaragozana, en tiempos del rey Martín el Humano, hasta desembocar en la catedral de Valencia, donde permanece custodiado hasta la fecha. Y en cuanto a la presencia del mito en tierras vallisoletanas, recordemos, igualmente, la referencia que se localiza en un lugar muy cercano a Wamba, situado también en plenos Montes Torozos: San Cebrián de Mazote y su iglesia mozárabe, dedicada a la figura de San Cipriano.


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Por otra parte, y en relación a las actividades de los diferentes gremios y las distintas organizaciones monásticas que residieron en este insólito complejo de Wamba, se pueden apreciar algunas singularidades bastante notables. Entre ellas, por ejemplo, esas referencias al panteísmo celta a las que aludíamos anteriormente, reflejadas, cuando menos, en uno de los capiteles de la nave, en la intrigante figura de Pan, caracterizado con sus dos pequeños cuernos en la cabeza; una cabeza, que además surge de una floresta ancestral, a la manera de tantas representaciones alusivas a la Antigua Religión, a las que se ha  denominado como hombres-verdes, cuya presencia en lugares sacros, se ha venido constatando, a lo largo de los siglos, sin importar el estilo y la época. Otras figuras simbólicas, como el zapatero que mastica una tira de cuero –al que generalmente, se confunde con una alusión a la lujuria-, hacen referencia a los gremios de artesanos que ya comentaban a tener su importancia en las villas y ciudades en las que se iban asentando, a medida que la Reconquista iba medrando el poder musulmán en la Península y colonizándose los territorios ocupados.
Especulación, por otra parte, aunque no exenta de interés, es aquella donde algunas fuentes pretenden ver, en los escasos restos de lo que un día debieron de ser unas magníficas pinturas situadas en la cabecera principal, detrás del altar, alusiones a la Kabalah hebráica, en base a los motivos florales y animales que las componían, donde todavía se puede apreciar, la forma inconfundible de los leones de origen visigodo, cuya representación aún puede observarse en algunos interesantes edificios de la época, como Santa Comba de Bande, en la provincia de Orense o San Pedro de la Nave, en la vecina provincia de Zamora.
Más compleja, aun si cabe, es la presencia, anexa a uno de los laterales de la nave y situada enfrente de la pequeña Sala Capitular –donde uno de los detalles más reseñables, es la abundancia de marcas de cantería-, de una pequeña capilla, en mitad de cuyo paso –eje o Axis Mundi-, se encuentra el tronco de un impresionante Árbol de la Vida, cuya bóveda se despliega en forma de hermosas hojas de palmera. La capilla, de reducidas dimensiones, todavía conserva restos de pinturas, probablemente góticas o posteriores, y entre ellas, en la parte superior central, dos ángeles portan un pequeño escudo con una cruz de Malta, detalle frente al que cabe la suspicacia de preguntarse sobre el tipo de actividades o ceremonias que en ella llevaban a cabo los caballeros hospitalarios, una de cuyas encomiendas se encontraba en las inmediaciones de Simancas, en un pueblo que todavía lo recuerda en su nombre: Arroyo de la Encomienda. Completan las pinturas, en orden de izquierda a derecha: una Natividad, algunos retazos del Prendimiento y la Pasión y lo que pudiera ser una referencia a la denominada Invención de la Cruz, pasaje donde, según la Tradición, Santa Elena, madre del emperador Constantino, encuentra en Jerusalén la Vera Cruz.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Nuestras Señoras del Misterio


El tiempo, los hombres y el olvido destruyeron sus santuarios. En ocasiones, la tierra, de alguna manera imitando a esa mar que, según los marineros, termina devolviendo parte de todo lo que se traga, tiene un acto de voluntaria piedad y abre pequeños surcos en su carne, donde, a la luz de ese mismo sol que ilumina el mundo desde el alba de los tiempos, sorprende al hombre moderno con la tesitura de los antiguos misterios. Observándolas, aun a la luz mortecina que se cuela a través de las urnas de vidrio que en ocasiones las contienen, la mirada ausente de su hierática apostura, nos hace un guiño de complicidad. Son extrañas, pero a la vez, son también familiares, pues a pesar de todo, de los cambios de culto, de esas telas domingueras que ocultan sus auténticas bellezas, continúan escuchando, siglo tras siglo, milenio tras milenio, las eternas súplicas de los hombres. Como hacían antiguamente, a veces se presentan ellas mismas: Isis, para Plutarco, Tanith para los honderos de las Islas Afortunadas, el Pilar para reforzar el mito de Santiago o Astarté para Ramón J. Sender. Poco importa el nombre, después de todo, pues como eterno paradigma que son, de una u otra manera, han estado, están y seguirán estando presentes en la gran aventura del hombre. Nuestras Señoras del Misterio.

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