miércoles, 12 de marzo de 2014

Santo Estevo de Ribas de Sil: Geometrías Mágicas en un monasterio de la Ribeira Sacra



Se suponen los orígenes de este monasteriode Santo Estevo en los brumosos tiempos de un siglo X, en los que la Península Ibérica estaba prácticamente sometida al control total del invasor agareno, tras el descalabro del ejército visigodo del rey Rodrigo en la célebre batalla del Guadalete, acaecida en el año 711. Época, en la que de alguna manera, proliferaba el eremitismo –generalmente, como un medio aceptado de acercarse a Dios en la meditación, la soledad y la pobreza, refugiándose en la matriz de la tierra, que en algunos casos, servía también para escapar de las continuas razzias de los musulmanes-, no es de extrañar que un monje, de nombre Franquila, decidiera, con la inestimable colaboración del rey Ordoño II, reagruparse en comunidad, adoptando una forma de vida monacal, basada en la Regla de San Benito o San Vieito, como se le recuerda por estas tierras. Tal es así, que considerado como el primer Abad de este monasterio de Santo Estevo, aparezca  su nombre consignado en el dintel de la puerta de la cercana ermita de San Juan del Cachón (1), haciendo referencia a un año en cuestión, por el que se determina lo anteriormente expuesto: el 918.

De la prosperidad y fama del lugar, nos hablan no sólo las espectaculares dimensiones del cenobio; la estancia de relevantes personajes (2) y la tradición, tan arraigada en la mente popular, sobre los numerosos milagros acaecidos a la vera de las reliquias de los nueve obispos santos cuyos restos parecen ejercer sobre el lugar y el entorno un halo de misterio y protección. Detalles que, para situarnos en el contexto medieval al que pertenecen, constituyen motivos suficientes para pensar que, una vez a punto de traspasar el umbral de sus puertas, nos hallemos frente a un cúmulo histórico y cultual de primer orden; posiblemente, el más importante –o uno de los más importantes-, de los numerosos monasterios situados como luciérnagas a uno y otro lado de la orografía fronteriza conformada por los ríos Sil y Miño a su paso por las provincias de Orense y Lugo.

Lejos de dejarnos sorprender por el estilo herreriano que impera actualmente, y que de alguna forma continua, desde el pensamiento del siglo XVI –época, en la que un pavoroso incendio estuvo a punto de arruinar definitivamente el lugar-, observando en su escueta conjunción las proporciones del modelo salomónico, que incluso, según numerosos autores, ya vagaba con fuerza intencionada por los pensamientos de reyes, como Felipe II y su obra cumbre, el monasterio de San Lorenzo de El Escorial (3), hemos de pensar, que aún, originalmente románicos o no, los detalles que nos aguardan en su interior son, cuando menos, genuinamente interesantes. Estos se refieren, principalmente, a lo que queda del primitivo claustro románico y a su parte inferior –el denominado Claustro dos Bispos-, puesto que la superior quedó prácticamente destruida en el siglo XVI, como ya se ha dicho, momento histórico al que pertenecen los dos claustros renacentistas, que prácticamente nada tienen que aportar en cuanto a imaginería y simbolismo, pero sí a geometría y proporción.

Dentro de la escueta ambigüedad característica de unos capiteles que basan el noventa por ciento de su temática, en recrear esos jardines representativos del Paraíso –esas rosaria pétreas, cuya tradición continuaría estando presente en los maravillosos manuscritos iluminados que pacientemente transcribían los monjes en los scriptoriums-, el resto, de carácter historiado, ofrecen algunos detalles de notable interés: las arpías o esfinges, como ha llegado a clasificarlas algún autor, aquellos terroríficos seres mitológicos con cabeza humana, cuerpo de ave y colas de serpientes unidas unas con otras haciendo lazos imposibles, que también se encontraban como motivo ornamental –y lo constato, exclusivamente, a modo de anécdota- en el interior de alguna encomienda templaria, como era la de Ceínos de Campos, en la provincia de Valladolid, según comentó en su momento Juan García Atienza, basándose en antiguos dibujos (4). Hay también varias representaciones de ángeles, que muestran a los dos arcángeles protagonistas, posiblemente, de los dos momentos más representativos del Cristianismo: Gabriel, con un Libro abierto entre las manos y debajo de su ala un cordero y Miguel, espada en mano, dispuesto a asestar el golpe mortal al Enemigo. Las típicas referencias a esos seres elementales presentes en la rica mitología celta, cuyas cabezas, objetivamente irónicas, surgen de esa matriz terrena, cuya mejor representatividad no es otra que la exuberancia propia de la Naturaleza. Incluso, interpolando las cabezas por las vieiras, no es difícil encontrar referencias a Santiago y a esa magia tan particular que el peregrino intuía y aprehendía en las escalas de su impenitente Camino. Un Camino, después de todo, relacionado con el Conocimiento, representado también aquí, en el claustro, en un curioso capitel, que a modo de hercúleo atlante, soporta también, en los laterales, parte de esas nervaduras que se expanden hacia la bóveda y que muestra dos serpientes, cuyo cuerpo entrelazado forma el inconfundible diseño del símbolo del infinito, abalanzándose sobre la parte superior de una cabeza humana, cuyo rostro, lejos de mostrar temor, permanece felizmente impasible, sabedor del don que está recibiendo y que en otros ámbitos artísticos se correspondería con la serpiente de la sabiduría que sale de la copa o grial que porta en su mano la figura de San Juan Evangelista. Por los detalles, se nota que es la misma mano que labró, al menos uno de los puntos de clave, en los que se muestra a una pareja desnuda –puede que Adán y Eva-, que con una mano se acarician los cabellos, mientras con la otra sujetan lo que parece una especie de rosario, a juzgar por las cuentas, pero que en cualquier caso, podría hacer referencia a la unión de los contrarios; en definitiva, a la dualidad, tema muy presente también en el ámbito del pensamiento medieval.

Pero sin duda, donde los canteros dejaron patente, no sólo su habilidad artística, sino también una parte importante de su filosofía hermética, fue en los puntos de clave que soportan las bóvedas del claustro, en los que, aparte de la numerología implícita –basada, sobre todo, en los números cuatro, cinco, seis y ocho-, consignaron una pequeña enciclopedia subjetiva, basada, principalmente, en los detalles; de manera, que no ha de sorprendernos, si nos encontramos con una completa diversidad de lazos eternos, que a su vez sirven como marco perfecto a simbologías de índole crucífera, donde prolifera, entre otras, la llamada cruz de los Cuatro Evangelistas (5) en diferentes diseños, siendo de especial relevancia, aquélla en particular que forma ese mismo tipo de cruz en base a la unión de flores de lis, elemento que, por sus especiales características, conformaría un nuevo eslabón sobre el que especular largo y tendido. También hay cruces que, de acuerdo a su aspecto y a su diseño, nos remiten a las órdenes militares, cuya importancia fue determinante en la historia medieval, y entre las que se incluye la denominada Cruz de Jerusalén, que se remonta, cuando menos, al tiempo de los primeros cruzados, aunque a ésta le falten las cuatro pequeñas crucecitas que se situaban en el centro, en cada uno de los lados. Otro símbolo reseñable, es la presencia de la media luna, acompañada de tres pequeñas estrellas. Pero el detalle más espectacular, aquél que figura en uno de los puntos centrales, es la magnífica representación de estrella de ocho puntas, cuyo diseño es exactamente idéntico al que soporta las maravillosas bóvedas de ciertos lugares muy específicos y determinantes: la mezquita de Córdoba, Santa María de Eunate, el Santo Sepulcro de Torres del Río, la iglesia de San Miguel de Almazán o la mezquita toledana –reconvertida en iglesia- del Cristo de la Luz.

Y por supuesto, tampoco falta otro de los símbolos clave: la estrella renfam, que representa, independientemente de otras muchas referencias, a una figura trascendental, cuyo culto fue propagado, sobre todo por el Císter y en cuya figura comenzaba y terminaba la religión templaria: Nuestra Señora.


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(1) De igual manera, que se sabe que el Maestro Esteban trabajó en la catedral compostelana, no por referencias directas o existentes en los archivos históricos gallegos, sino porque se toman como base cierta las que constan en los archivos del Reino de Navarra, que lo mencionan expresamente cuando hablan de su participación en las obras de la catedral de Pamplona.
(2) Uno puede llegar a imaginarse, por ejemplo, la llegada de San Froilán acompañado por el lobo que, según la tradición, se había comido a su mula y como castigo el santo le condenó a portar los Libros Sagrados. Tradición que nos llevaría a asociar a este emblemático animal con el Conocimiento, y partiendo de esa base, no nos debe causar extrañeza que fuera uno de los principales símbolos utilizados por las antiguas hermandades de canteros.
(3) San Lorenzo y su evidente relación con uno de los grandes mitos medievales: el del Santo Grial.
(4) Juan García Atienza: 'Los enclaves templarios: guía mágica de la Orden en España', Ediciones Martínez Roca, S.A., segunda edición, febrero de 2003, páginas 151-152.
(5) Llama la atención que este tipo de cruz, similar, por su diseño y comparativamente hablando a un trébol de cuatro hojas, figure entre las representaciones más repetitivas de una iglesia en la que cabe la sospecha de que hubieran coexistido cátaros y templarios: la de San Pedro de Arrojo, situada en el concejo asturiano de Quirós.
(6) Este tipo de cruz, tal y como aparece en Santo Estevo, también figura, toscamente labrada, en la cripta o Forno da Santa, en la también orensana población de Santa Mariña de Augas Santas.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Marcas de cantería en las murallas medievales de Allariz



De esos ejemplos que demuestran que los canteros medievales dejaban su firma particular en prácticamente todas las obras en las que trabajaban y como complemento a aquellas que abundan en los castillos de Castro Caldelas y Maceda, tenemos otra notable prueba en los restos de las antiguas murallas que cercaban y protegían a la ciudad de Allariz. Éstas, en concreto, se localizan en las cercanías de la calle de la Horta y la antigua iglesia de San Pedro, que tan sólo conserva una portada de su antigua fábrica románica, en cuyos capiteles se puede adivinar, una mano similar a la que trabajó también en Zamora, curiosamente y sobre todo, en la iglesia que lleva por nombre Santa María de la Horta, lugar donde hasta tiempos relativamente recientes, se conservó el archivo general de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén en la provincia.



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martes, 18 de febrero de 2014

Marcas de cantería en el castillo de Maceda



Situado también en la provincia de Orense, a no mucha distancia de Castro Caldelas, y desde luego, en las proximidades de esa fascinante Rovoyra Sacrata, el castillo de Maceda nos ofrece así mismo, cincelados con precisión en la dureza de sus sillares exteriores, algunas marcas de cantero que, aunque en número considerablemente inferior a las del Castelo de Castro Caldelas, no dejan de ser relevantes, e incluso, en base a la forma de alguna de ellas, sugerir la posibilidad de interesantes especulaciones. No obstante, antes de introducirnos, siquiera sea de modo superficial pero espero que ilustrativo en los pormenores de su historia, quizás no estuviese de más añadir que, en el fondo, este castillo –que ronda, en realidad, la categoría de palacio residencial- constituye otro de los numerosos puntos destacables de una ruta muy especial, en la que el viajero curioso, partiendo de Allariz, encontrará suficientes atractivos y misterios, hasta llegar a la población de Maceda y su confluencia con la carretera general de Orense, donde se sale a la altura de Leboreiro y Vilariño Frío, algunos kilómetros por encima de Esgos, localidad de donde parte la ruta hacia uno de los lugares más sobrecogedores y apasionantes, como es el monasterio excavado en la piedra de San Pedro de Rocas.

Por otra parte, tenemos en Allariz una ciudad desde luego interesante; y no sólo porque en su entorno se produjera, allá por el siglo XIX, el único caso documentado de licantropía de España y quizás, por dicho motivo, conserve, en el nombre de alguna de sus calles –como el de Lobariñas- referencias al arcano mito que ha alimentado una buena parte de las creencias populares, desde, Licaón, el mitológico rey de Arcadia, sino porque aún conserva numerosos vestigios de interés, relacionados con esa fascinante Edad Media que tanto nos interesa, y que hicieron de ella una de las villas más prósperas no sólo de la provincia orensana en particular, sino de Galicia y de los reinos cristianos de la época en general. Una ciudad, que todavía conserva muy vivas sus tradiciones ancestrales, las cuales, a pesar de situarse en la única provincia gallega que no tiene una frontera natural con el mar, rinde un culto inusitado a las aguas, posiblemente con idéntica o mayor devoción que las otras, detalle que cuando menos, resulta chocante. De ello, queda constancia no sólo en sus fuentes, donde todavía se recuerda a las figuras míticas de las donas d’aigua o las ninfas de las antiguas mitologías celtas –las tradicionales xanas astur-leonesas-; en los ninfeos, como el que existió en el lugar en el que se levantó posteriormente la iglesia prerrománica de Santa Eufemia de Ambía, sino también en lugares cercanos, convenientemente sacralizados también, donde se venera una figura eminentemente mistérica y simbólica, cuya presencia ya se comienza a advertir en algunos pueblos fronterizos de la provincia de Zamora, como puede ser Sejas de Sanabria: Santa Marina; o, como se diría por estos lares, Santa Mariña.
Ahora bien, y dentro del tema que nos ocupa, los constructores medievales dejaron para la posteridad, insuperables edificaciones, no exentas de simbolismo, quizás siguiendo las mismas huellas que dejaron las civilizaciones megalíticas que pasaron por allí y que grabaron símbolos fundamentales sobre la roca, como harían ellos después -uno de los casos más interesantes y cercanos, sería el petroglifo de Bouzas, sobre cuya piedra se elevó un crucero con un Cristo crucificado y un ángel de rodillas, recogiendo la sangre de sus heridas en una copa o grial-, utilizándolos en templos como la Colegiata de Santa María, en Xunqueira de Ambía; la iglesia de Santa Mariña de Augas Santas, que guarda un extraordinario parecido con la anterior y también en estructuras de índole defensiva y civil, como serían los restos de las antiguas murallas que cercaban la villa de Allariz, algunos de cuyos restos, repletos de marcas de cantero, pueden verse todavía unos metros más adelante de la iglesia de San Pedro.

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Fechado en el siglo XI, el castillo de Maceda, considerado en realidad un palacio residencial más que un reducto defensivo al uso, conlleva el reconocimiento general de ser considerado como uno de los edificios civiles más importantes de la Edad Media gallega, siendo creencia generalizada también, que sus muros interiores son los más gruesos de Europa. Amparado en la declaración de Monumento Histórico-Artistico, en la actualidad ha sido reconvertido en Hotel Residencia, detalle que no deja de ser paradójico de algún modo, pues ya desde su temprana edad acogió a ilustres residentes. Tal sería el caso de Alfonso X el Sabio, que residió en él hasta la edad aproximada de once años. Pero sin duda, interesará saber que entre sus propietarios estuvo uno de los más altos representantes de la nobleza gallega del siglo XII, Pedro Froilaz, Conde de Traba, que lo cedió como dote a su hija, Doña María Fernández cuando se unió en matrimonio con Don Juan Ares de Novoa, de Rivadavia, surgiendo de este enlace la rama de los Novoa, cuyo escudo heráldico todavía se conserva entre los muros del castillo. Y no deja de ser curioso, así mismo, que sea precisamente este ilustre personaje, Pedro Froilaz, quien se encargue de la crianza del futuro rey, Alfonso VII, coronándole, junto al arzobispo Gelmírez, en la catedral de Santiago. Es importante retener este dato porque, si tomamos en consideración las interesantes aportaciones realizadas por Carlos Pereira Martínez en su documentada obra ‘Los templarios. Artículos y ensayos’ (1), veremos que se baraja la hipótesis de que fue precisamente por mediación de Fernando Pérez, hijo de Pedro Froilaz, como se estableció la Orden del Temple en tierras coruñesas, aunque en referencia a su importante Bailía de Faro, existan numerosas discrepancias entre los historiadores a la hora de situar su verdadera localización, llegándose a barajar, entre las numerosas hipótesis, las inmediaciones de la Torre de Hércules. Pero aún hay más, porque, casualmente, se repite el caso de que también este Fernando Pérez, tal y como su padre hizo en el pasado, se encargó, a su vez, de la crianza de otro futuro soberano y sucesor de Alfonso VII: su hijo Fernando II. Un rey que, como se sabe, fue posiblemente de los más generosos con los templarios; o mejor dicho, con los domun templariorum militum o milites de Iherusalem, como figuran en algunos documentos de la época, incluido aquél otro documento de donación, que se conserva en el Archivo Histórico de Oviedo, por el que éste y su hermana Doña Urraca, a la sazón reina de Asturias, ceden a unos misteriosos fratres el territorio comprendido entre la Meseta y la cumbre del Monsacro asturiano.
Si bien con los personajes se pueden hilvanar conclusiones interesantes que puedan o no tener relación con el tema de la presente entrada, al menos, observando con especial atención una de las marcas que se repite varias veces en los sillares exteriores de este castillo de Maceda, sí se podría afirmar, que posiblemente alguno de los canteros itinerantes o quizás alguno de los gremios que intervino aquí, lo hizo también en algún lugar muy peculiar de la propia capital orensana: su catedral. La marca de referencia, no es otra que aquélla que reproduce uno de los símbolos más universales que se conocen: el símbolo del infinito. Y si ya en esta preciosa obra magna de piedra y espíritu, queda constatada la presencia, si no del propio Maestro Mateo, al menos sí de su escuela, no ya viendo sólo dos de sus portadas exteriores, sino, por el contrario esa auténtica maravilla, que seguramente por no rivalizar con Compostela, aquí no fue Puerta de la Gloria pero sí Puerta del Paraíso, cabría especular, si después de todo, parte de este lugar no habría que apuntarlo también en el haber del referido Maestro o, por defecto, en el de su Escuela.

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(1) Carlos Pereira Martínez: 'Los templarios. Artículos y ensayos', Editorial Toxosoutos, Serie Trívium, 1ª edición, Noya, junio de 2002.

lunes, 17 de febrero de 2014

Castillo de Castro Caldelas: Taus y marcas de cantería



A escasos kilómetros del embarcadero de Abeleda y del monasterio venido a menos de San Paio , del que se habló en parte en la entrada anterior, se levanta la hermosa villa de Castro Caldelas. En ella, dominando el pueblo desde lo más alto de su casco histórico –seguramente, en el mismo emplazamiento donde en tiempos se levantara, con toda probabilidad un poblado o castro de origen celtíbero del que heredó el nombre-, se vislumbran, también en parte remodeladas y convertidas sus dependencias interiores en un pequeño parque temático, las antiguas murallas de su histórico castillo. O mejor aún, empleando un término más acorde y apropiado a estas tierras de leyenda, bruma y tradición: su Castelo.

Cedido en usufructo por la Casa de Alba al Ayuntamiento en el año 1991 –pasó a manos de esta poderosa familia a finales del siglo XVIII, cuando el entonces Conde de Lemos falleció sin tener descendencia-, el Castelo de Castro Caldelas guarda en su longeva memoria numerosos secretos que, aún no descifrados en su totalidad, hacen, no obstante de él, uno de esos lugares especiales en los que la especulación puede llegar a alcanzar, después de todo, cotas insuperables. De entrada, se puede decir, que como tantas otras fortificaciones medievales de Galicia, sufrió la ira de las revueltas irmandiñas que, acaecidas entre los años 1467 y 1469, tomaron al asalto y derribaron la práctica totalidad de los castelos gallegos. De hecho, una de la escasas fortalezas que no sucumbió a tan furiosos embites populares, fue el peculiar Castelo de Pambre, situado en el concejo lucense de Palas de Rei, a una treintena escasa de kilómetros de Melide y la frontera con la provincia de A Coruña, en pleno Camino de Santiago. A tal respecto, y en relación a Castro Caldelas, se cuenta que Don Pedro Álvarez Osorio, Primer Conde de Lemos, obligó al pueblo a reconstruirlo, argumentando la célebre frase de vosotros lo tirasteis y vosotros lo levantaréis.

Pero el Castelo, además de ser el símbolo por antonomasia de una historia marcada por el feudalismo y la lucha a muerte contra el invasor agareno, es también testigo mudo de otras historias paralelas. Algunas de ellas, de carácter oculto, en parte esotérico, protagonizada por cualificados e iniciados alarifes anónimos que dejaron múltiples señales de su paso, grabadas, podría parecer que sin orden ni concierto, en la sólida materia de sus elementales sillares. Desde luego, no es la primera ni tampoco la última fortaleza, que demuestra que los canteros medievales no sólo tenían los conocimientos necesarios para levantar con absoluta precisión toda clase de templos, sino que también, siguiendo siempre las reglas básicas de las sagradas proporciones y como pretenden observar ciertos investigadores en base a sus formas, así como a la distribución y orientación de sus torres, aplicar esos conocimientos a bastiones y fortalezas, siendo quizás una de las más significativas que se conocen, la de Montségur –donde no son pocos los que han llegado a la conclusión de que a la vez que fortaleza, pudiera haber sido también un auténtico templo solar-, y la de Ponferrada –en la que, así mismo, se pretende vislumbrar una distribución astronómica, que haría excepcionalmente bueno el conocido aserto hermestino de la igualdad entre lo de arriba y lo de abajo- que, como iremos viendo, parece guardar una estrecha relación con este Castelo de Castro Caldelas.

Resulta difícil precisar, si parte de estos conocimientos sagrados se aplicaron en la primitiva construcción del Castelo; y tampoco está claro, si antes de la primera construcción atribuida a Don Pedro Fernández de Castro, hubo una fortaleza anterior, donde ejercieran una labor de vigilancia, protección y auxilio las órdenes militares, cuya presencia en el lugar aseguran algunas fuentes, aunque sin precisar qué orden en particular. Pero si observamos la exorbitante cantidad de marcas que dejaron los canteros, tanto en los sillares exteriores como en el interior de la fortaleza, obtendremos, dentro de lo que cabe, interesantes conclusiones.


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Con la dificultad añadida de determinar fehacientemente, en qué momento histórico se hicieron (1), y también si todas ellas –aproximadamente el centenar- pertenecen al mismo periodo, se puede afirmar que, en base a su forma y características, muchas de ellas no difieren en absoluto de aquellas que se pueden encontrar en la mayoría de los templos románicos de los siglos XII y XIII distribuidos a lo largo y ancho de muchas provincias españolas. Algunas, además, resultan tremendamente significativas; tal sería el caso, desde luego, de la denominada runa de la vida o pata de oca –compárese también, si se prefiere, con la épsilon griega-, símbolo representativo que se localiza, cuando menos, en la mayoría de los principales edificios religiosos que jalonan el Camino de Santiago, y además, parece ser que era uno de los símbolos específicos utilizados por los Jacques o compagnons francos que no sólo dejaron su huella a una y otra parte de los Pirineos, sino que también acompañaron a órdenes militares, como la del Temple, durante buena parte de su aventura existencial en Occidente.
A este respecto, sería interesante precisar, que algunas de ellas son idénticas a las que se localizaron en el castillo de Ponferrada, León (2), reino donde la Orden del Temple estuvo muy asentada, dominando prácticamente la totalidad del Bierzo y los Ancares –auténticas puertas de entrada a Galicia-, desde fortalezas como Cornatel, Sarracin, Corullón, Pieros o Balboa, entre otras, las cuales pasaron a la Corona y a la nobleza después de su disolución. En alusión a esto último, se podría determinar que tanto las Taus como los escudos nobiliarios que se localizan en ambos lugares, pertenezcan a las mismas familias: los Castro, los Enríquez y los Osorio. Tres grandes familias, emparentadas con la realeza y entre sí, bien por línea consanguínea o a través de convenientes uniones matrimoniales. Y las tres, o al menos más directamente alguna de ellas, con miembros que pertenecieron a alguna orden militar, como el infante Fadrique de Castilla, de la rama de los Enríquez y emparentados a la vez con los Hurtado de Mendoza, que fue XXVII Maestre de la Orden de Santiago; o alguno de los Osorio, que vistió el hábito de la Orden de Montesa –heredera también del Temple-, sin olvidar, por ejemplo, a Doña Inés de Castro (3), que fuera esposa del Infante Don Felipe, hijo de Fernando III el Santo y hermano de Alfonso X el Sabio, que mantuviera una estrecha relación con la Orden del Temple, siendo enterrado, como así demuestra su magnífico sepulcro, en la iglesia de Santa María la Blanca, en la que fuera encomienda de dicha Orden en Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia.
Idénticas en forma y factura a las del castillo de Ponferrada, las numerosas Taus que se localizan también aquí, en este Castelo de Castro Caldelas, suelen ser consideradas, por la mayoría de los investigadores, como un símbolo de protección adoptado por la familia de los Castro. Aunque quizás, después de todo, y teniendo en cuenta su origen en la villa burgalesa de Castrojeriz, tengan algún tipo de relación más estrecha precisamente con la Orden que lucía ese tipo de cruz de mantos, los antonianos, que tenían establecida allí, en pleno Camino de Santiago, como se sabe, una de sus principales encomiendas: el convento de San Antón.
 
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(1) A este respecto, se podría afirmar que, dentro de las características del periodo románico, las marcas dejadas en los sillares por los canteros se distinguían, entre otras características, por ser más pequeñas, estar profundamente grabadas y en muchos casos, constituir auténticos criptogramas. A partir del gótico, siglo XIII en adelante, las marcas, después de todo, se puede decir que evolucionan, y aun con excepciones, suelen caracterizarse por ser menos profundas, sin duda más grandes e incluso más lineales y geométricas.
(2) Según la relación que nos proporciona José María Luengo y Martínez, en su extraordinario trabajo 'El castillo de Ponferrada y los templarios', Editorial Nebrija, León, 1980, página 135.
(3) El origen de los Castro se supone en la villa de Castrojeriz, donde los antonianos tuvieron una importante encomienda -actualmente, las ruinas del convento de San Antón- y donde no se descarta la presencia del Temple, siendo destacables los templos de San Juan -con la pentalfa, signo representativo, en otros significados, de Nuestra Señora- y de la Virgen del Manzano -objeto simbólico de interesantes connotaciones, que se localiza, cuando menos, en otras dos importantes Vírgenes de connotaciones negras: Santa María la Real de O Cebreiro y la madrileña Virgen de Atocha-. No obstante, la familia Castro estuvo profundamente arraigada en Galicia, sobre todo en el condado de Lemos. Su escudo, que consistía en seis roeles de azur dispuestos en dos palos, se localiza con mucha frecuencia, sobre todo en provincias como Lugo y Orense; en ésta última, podría destacarse la villa de Allariz. Y no olvidemos, que a media docena de kilómetros, está un enclave particularmente especial: Santa Mariña de Augas Santas. Este escudo, se fue complementando con otros, como los lobos -interesante símbolo, también asociado con ciertos gremios canteriles medievales, animal 'convertido' en perro acompañante de santos mistéricos del Camino, como San Roque- que lucía en sus escudos la familia Osorio. Los Osorio constituían un linaje originario del reino de León y eran descendientes de los reyes castellano-leoneses, en particular de los Enríquez, Almirantes de Castilla, teniendo su origen, al parecer, en el infante Don Fadrique, hijo de Alfonso XI, muerto por orden de su hermano el rey Pedro I (llamado el Cruel) por haber intervenido en conjuras y luchas intestinas. Como se ha dicho anteriormente, su escudo consistía en dos lobos, una encima del otro, en campo de oro. Doña Inés de Castro, fue enterrada, tal y como pedía en su testamento, en el monasterio de San Felices de Amaya, cercano a Burgos, aunque durante mucho tiempo se mantuvo el error de creerla enterrada en Villalcázar de Sirga, al lado del que fuera su marido, el infante Don Felipe, hermano de Alfonso X el Sabio.

jueves, 16 de enero de 2014

Marcas de cantería en un monasterio en ruinas: San Paio de Abeleda


De mi última estancia en tierras gallegas, acaecida a principios del pasado mes de septiembre, recuerdo con especial interés, la visita realizada al monasterio venido a menos de San Paio de Abeleda, situado en la Ribeira Sacra -o mejor dicho, si hemos de ser mínimamente rigurosos con la denominación medieval, la Rovoyra Sacrata-, a escasos kilómetros de distancia de la no menos interesante población de Castro Caldelas, a la que habremos de acudir en breve, si queremos seguir la pista de las hermandades de canteros que levantaron no sólo los cimientos espirituales de Occidente con su impecable destreza y buen hacer, sino que también, como veremos, dejaron su misteriosa impronta en numerosos edificios de carácter militar, y así mismo, por añadidura, en numerosos exponentes de la arquitectura civil.
No es cuestión de juzgar aquí los pormenores que han llevado a este venerable cenobio a convertirse en una ruina, aunque sí es conveniente y a la vez justo, especificar que de no haber sido por unos meritorios esfuerzos particulares -O Sorriso de Daniel-, posiblemente a día de hoy estaríamos contemplando una completa defenestración que, con toda probabilidad, tuvo sus orígenes, como el de tantos otros lugares similares situados a lo largo y ancho de la geografía hispana, en la famosa Desamortización de Mendizábal y esa inmediata consecuencia de barra libre en relación a sillares y ornamentos artísticos que perdieron su brillo e identidad en casas, lagares y cercados de pueblos adyacentes. De cualquier manera, en mejor o en peor estado de conservación, lo único cierto es que, después de todo, un atento vistazo al lugar y su entorno, pueden ser en principio suficientes para hacernos comprender, sin necesidad de consultar los viejos cronicones o los becerros castellanos, que aún quedan rescoldos de una monumental hoguera que ni siquiera el abandono o la indiferencia humana pueden acallar. Son esos detalles, añadidos y en ocasiones intuidos, que a la postre, y desde el silencio a voces con el que la Historia suele ceñirse a determinados lugares, situaciones y circunstancias, los que nos señalan que en San Paio de Abeleda hubo periodos de luz y también de oscuridad que determinaron una parte importante de su historia y su destino.
No es difícil, por otra parte, suponer que el establecimiento de un pequeño cenobio de monjes que fue creciendo a medida que se incrementaban los privilegios reales, se hizo no sólo en base a lo fructífero de la tierra y su cercanía a ese pequeño mar interior conformado por las riberas de los ríos Sil y Miño a uno y otro lado de la frontera entre Orense y Lugo, sino también obedeciendo a una casuística generalizada, como es el establecimiento de los altares de una religión imperante en el lugar donde culturas pretéritas danzaban al son de los tambores de deidades diferentes. Y tampoco debería de extrañarnos que estas primeras comunidades cristianas conformaran parte de ese flujo franco que atravesó los Pirineos camino de Compostela, siguiendo las recomendaciones de Aymeric Picaud y soñando con las gestas de Carlomagno y sus héroes, loadas y cuando menos exageradas, por el arzobispo Turpin. Y hasta incluso, comunidades de refugiados cátaros que huían de las masacres del Mediodía buscando una tierra de promisión, donde todavía encontraban refugio integrantes de herejías anteriores, como la de Prisciliano, como se sospecha pudo haber ocurrido en el no excesivamente lejano monasterio rupestre de San Pedro de Rocas. El hecho, aunque no debería de sorprendernos, en que en San Paio de Abeleda, por algún motivo, hasta la Inquisición tuvo base y cárcel, como demuestra el edificio de forma cuadrangular, que aun se mantiene en pie entre el monasterio y una soberana roca de aspecto megalítico anclada en el prado, donde hasta tiempos relativamente recientes, existía un crucero, del que sólo subsiste el agujero cuadrado labrado en la piedra, desde el que los benitos perros de Dios impartían una justicia divina que, Dios mediante, se mantenga eternamente en su gloria.
El caso es que, para el tema que nos ocupa, pudieran haber sido o no estos antecedentes, los canteros nos dejaron, grabados con sublime perfección en los sillares tanto exteriores como interiores del pórtico principal de entrada a la iglesia, su huella particular. Una huella en forma de espiral o de serpiente enroscada que no sólo se extendió por numerosos lugares de la Gallaecia, sino que además, en buena ley, hemos de suponer que fue descendiendo hacia el interior peninsular a medida que la Reconquista comenzaba a ser algo más que una posibilidad, llegándose a encontrar esta huella o señal en lugares tan diversos y dispares como Santa María de Moreruela, en la provincia de Zamora o aquél celebérrimo exponente del románico soriano, como es la iglesia de San Miguel, en Caltójar. 

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martes, 10 de diciembre de 2013

Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo 2014


Las huellas se adormecen con la escarcha de los caminos. Duerme el sol a media tarde y los días bostezan melancolía, viendo la nieve caer detrás de la ventana. Fuego en el hogar y cuentos a la luz de la chimenea. Timbres que suenan, puertas que se abren y niños cantando villancicos al compás de zambombas y panderetas. De las dos caras de Jano, una comienza a bostezar: sueños blancos detrás de la Jauna Infernii, más allá de cuya puerta, el solsticio de invierno se abre a un nuevo pesebre de Belén. El tiempo se detiene. Por unos días, se detienen también el mazo y el escoplo. La búsqueda cesa y un sentimiento de paz invade la tierra.
Amigos, son vísperas de Navidad. Y como viene siendo costumbre, quiero aprovechar la ocasión, no sólo para dejarme embriagar por la nostalgia y un merecido dolce far niente, sino también para desearos una muy Feliz Navidad y que el año entrante nos depare a todos cuando menos salud y trabajo. Y si además viene cargado con multitud de sorprendentes descubrimientos, pues mejor todavía.
Feliz Año 2014

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lunes, 28 de octubre de 2013

Parecidos razonables: colores de otoño, colores románicos


No hay mayor Maestro ni mejor Modelo que la propia Naturaleza. Este es un sencillo axioma, que ya el hombre pareció intuir desde el alba de los tiempos, en esa época cavernaria en la que, por algún chispazo evolutivo, comenzó a sentirse artista; a mezclar pigmentos con sangre animal y reproducir -cuesta creer que a oscuras, pero he aquí otro interesante misterio- aquello que no sólo ensombrecía su aparentemente sencilla psique de primate, sino también, aquello cuanto le rodeaba, animales sobre todo, de los cuales no sólo se alimentaba, sino que a la vez adoraba o cuando menos homenajeaba, aprendiendo, en muchos casos, de sus costumbres y habilidades. Sería impreciso apuntar, o al menos yo no tengo una idea clara, de en qué momento concreto de su infinita historia, el hombre comenzó a copiar los modelos del mayor artista de la Creación. O mejor y más oportunamente dicho: de la mayor artista de la Creación. Una artista, que no es otra que la Naturaleza, a la que desde ese tiempo sombrío e inmemorial, se la viene considerando como Madre. En sus modelos y complejidades, sin duda, se basaron muchas de las mejores obras de arte que han sobrevivido a nuestros días. Y de sus modelos, aún hoy en día, se continúa aprendiendo. Si ya las culturas clásicas, tomaban para sus columnas y capiteles las formas de una Madre que continuamente se renovaba aportando vida por doquier, el románico, bajo mi punto de vista, fue uno de esos curiosos esquemas artísticos que con más insistencia se valió de esos modelos naturales, hasta el punto de que muchos, muchísimos de sus templos, constituyen auténticos herbolarios de piedra, en cuyo despliegue, el cantero ya demostraba un profundo conocimiento del entorno en el que se desenvolvía. Y dentro de ese conocimiento, estaba también el de imitar esos colores con los que la Naturaleza, alquímica e insoslayable, sorprendía con cada paso de estación. Podría resultar tremendamente difícil, llegar a hacerse una idea de la inconmensurable riqueza colorista que animaba tanto a los pequeños templos como a las grandes catedrales. Pero todavía quedan vestigios, aquí y allá que, con más o menos entereza, con mayor o menor conservación, nos ofrecen detalles de ese gran interés que animaba a nuestros antecesores a imitar esa vitalidad que, a grandes rasgos, conllevaba todo proceso natural de renovación. Posiblemente, no haya otra estación mejor que el otoño, para ofrecernos ese modelo perfecto que animaba en muchos de esos templos, tanto en las pinturas que decoraban, cual microcósmicas capillas sixtinas cabeceras y paredes, como aquellas otras que intentaban reproducir, en columnas y capiteles, ese mundo nutriente que le aportaba lo necesario para vivir y desarrollarse. Recuerdo que este tema, ya lo comenté hace unos años con la persona que por aquél entonces -julio de 2010-, se encargaba de la apertura y custodia de la ermita de San Miguel de Gormaz. Coincidí con su pensamiento, de que no había mejores modelos para los colores del artista, que aquéllos mismos que se veían en los campos de alrededor. Hace unos días, y observando los maravillosos matices otoñales de un reconocido parque de la capital de Madrid -el del Buen Retiro-, me vino a la memoria un lugar que tuve ocasión de visitar no hace mucho y que, aparte de producirme desasosiego por su estado de conservación -y gracias a la labor de unos particulares, que han tenido la fantástica idea de hacerse con él, custodiarlo y conservarlo en la medida de la posible (1)-, y del que hablaré en una próxima entrada, pues no sólo los canteros dejaron huellas de esa sapiencia cromática que parece calcada del mayor exponente otoñal de todos los tiempos, sino que, a la vez, dejaron su marca. Una marca muy peculiar, que todavía se puede observar muy lejos del lugar al que me estoy refiriendo, y que constituye, de hecho, todo un enigma, pues sus características son similares. El lugar es el monasterio de San Paio de Abeleda, en la provincia de Orense y lo que me hizo recordarlo, fue precisamente esa familiaridad entre algunos de los colores otoñales, con aquéllos otros que aún, desafiando el paso ingrato de los años, pueden observarse en su recinto interior. Otro de los motivos es, desde luego, que siento pasión por el otoño, y basta que esa curiosa sensación de deja-vú me viniera a la mente para que, de alguna manera, colar este vídeo en el presente blog y permitir que cada uno saque sus propias conclusiones.

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(1) Lamento decir, que no sé sus nombres. Pero todos aquellos que estén interesados en conocerles y conocer, de paso, la gran labor que vienen realizando en San Paio de Abeleda, puede buscarles en Facebook por el nombre de O Soriso de Daniel.