martes, 15 de marzo de 2016

Marcas de cantería en San Isidoro de León


'¡Qué desesperación sería un mundo sin anomalías!'.
[C.G. Jung]

Tal y como se sugería en la entrada anterior, dedicada a las marcas de cantería que se localizan principalmente en el ábside del venerable y semi-arruinado monasterio asturiano de San Salvador de Cornellana, también en éste singular cenobio leonés, cuyo Panteón Real constituye, con todo merecimiento y gloria, el calificativo de pequeña Capilla Sixtina del románico español, las numerosas marcas de cantería contenidas, tanto en los sillares exteriores -donde prevalece la ballesta- como en los sillares del interior de la iglesia, invitan, desde luego, a la especulación. Así mismo, como en el caso de Cornellana -cuando no, además de algunos otros lugares significativos, dentro o fuera de los denominados Caminos de Santiago-, también aquí se detecta la presencia de cierta marca que, aparentemente en solitario, sugiere, no obstante, un pequeño enigma. Resulta evidente, que algunas de las marcas más abundantes, cuyos trazos cuneiformes -apreciación que se hace por comparación-, resultan similares a aquellas otras que se localizan en lugares más o menos próximos, como las no menos venerables ruinas de lo que fue uno de los monasterios más importantes situados en el denominado Camino o Vía de la Plata a su paso por Zamora: Santa María de Moreruela. Pero la marca a la que se hace referencia, similar a un ojo, induce a pensar en un cantero itinerante, anónimo por supuesto, que a juzgar por las similitudes de su, digamos firma, debió de ser probablemente contemporáneo del Maestro Mateo o de su escuela, dejando su impronta en el interior de la propia catedral de Santiago de Compostela y en algunos otros interesantes lugares de Galicia, como sería el templo dedicado a la figura de San Pedro, en el pueblo orensano de A Mezquita, situado a escasa distancia de la Autovía de la Plata, en una diagonal donde también se localizan excelentes reminiscencias histórico-artísticas, como el monasterio de Melón o la propia ciudad de Ribadabia, con su judería y dos importantes templos, dedicados a las figuras de San Juan y Santiago, el primero de ellos, perteneciente a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén.

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martes, 19 de enero de 2016

El Sello de Salomón de la catedral de León


Posiblemente la historia y relevancia de una ciudad como León hubiera cambiado, si en el año 1168, el rey Fernando II no hubiera decretado un desvío en la Ruta Jacobea original, obligando a los peregrinos a pasar por uno de los cenobios más significativos e importantes del románico peninsular: San Isidoro. El cenobio de San Isidoro de León –cuyo hospital fue denominado, en los siglos XIV y XV, como de San Froilán (curioso fundador de monasterios, cuya tradición hace acompañar, como portador del Conocimiento, al lobo que se comió a su asno)-, siendo atendido por canónigos y canónigas regulares de San Agustín, todavía conserva, prácticamente intacto, el denominado Panteón de los Reyes, la brillantez de cuyas pinturas, hacen que se considere, con todo merecimiento, como la Capilla Sixtina del románico español. Pero antes de acceder a San Isidoro, con su inconmensurable riqueza arquetípica –al menos la que resta, donde impresiona y atrae a la especulación, entre otros detalles, obviamente, el fantástico Zodíaco labrado en su portada principal-, visitantes y peregrinos tenían ocasión de visitar otra fuente de belleza y sabiduría monumental: la Pulchra Leonina; es decir, la catedral dedicada a la figura de Santa María. Si, como hemos dicho, San Isidoro de León es un complejo entramado de arquetipos, la catedral, metafóricamente hablando, podría considerarse como una fábrica de elementos oníricos, a microcósmica escala, donde aquéllos brotan como la espuma de las olas en multitud de detalles. Uno de tales detalles, situado, por lo general, lejos de los magnéticos focos de atención que atraen generalmente todas las miradas –como serían, las portadas o esas irrepetibles vidrieras originales-, estaría situado por encima del magnífico mandala-rosetón que se aprecia en la portada sur. Allí, culminando ésta leonina genialidad, que como se sabe, tuvo varias fases de construcción en diferentes periodos, un ornamento volátil constituye el eje principal de un diseño, prácticamente novedoso y cuya observación pasa poco menos que desapercibida, que muestra uno de los principales símbolos de la religión judía: el Sello de Salomón. En efecto, sirviendo los ángulos de los dos triángulos superpuestos –la consumación de los opuestos, la unión del Cielo y la Tierra, o todo el simbolismo que acompaña a las consideraciones sobre los triángulos de Filón de Alejandría- como base para un diseño floricular, el anónimo cantero no sólo consiguió que éste semejara una flor desplegándose hacia el cielo –tal vez, un lirio o una rosa, ambos vinculados con la figura mariana de Nuestra Señora-, sino que, además, supo camuflar, con genial maestría, otro de los símbolos más antiguos y representativos de dicha religión: el candelabro de siete brazos, también conocido como Menorah, cuyo principal exponente se encontraba en Jerusalén, en el Templo de Salomón, junto con otros grandes tesoros, cuando menos hasta el año 70 d. C., momento en el que las legiones romanas sofocaron la rebelión judía, destruyendo buena parte de la ciudad, así como el Templo, llevándose todo su contenido como botín a Roma. En esta ciudad, todavía se conserva un grabado de dicho saqueo con la imagen de la Menorah sustraída del Templo de Salomón, en el llamado Arco de Tito.

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martes, 10 de noviembre de 2015

Marcas de cantería en el Monasterio de San Salvador de Cornellana


No se trata, exclusivamente, de mostrar solamente las interesantes marcas de cantería que se localizan, principalmente, en el ábside de este peculiar monasterio, el de San Salvador de Cornellana, tan estrechamente ligado a los antiguos caminos de peregrinación del Principado de Asturias –incluidos aquéllos denominados como Ruta de los Salvadores-, sino también, de aprovechar la ocasión para aportar un pequeño grano de arena y a la vez elevar la voz, siquiera en tono de súplica, para que los organismos oficiales pertinentes remitan los medios adecuados y no permitan que este importantísimo conjunto histórico-monumental termine desapareciendo, corriendo la misma y triste suerte que la inmensa mayoría de monasterios –cerca de cien, según algunas fuentes-, que se calcula hubo antiguamente en ésta cuna de la Reconquista, que es ese paraíso natural llamado Asturias.

Si bien es cierto, que en la actualidad, la Constructora San José está realizando trabajos de rehabilitación –entre otros lugares de interés artístico, ésta misma constructora acometió los trabajos de restauración del Palacio de Santoña, que fuera la antigua Sede que la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Servicios de Madrid tenía en la céntrica calle de las Huertas, perteneciente al emblemático Barrio de las Letras-, éstos, al parecer, sólo se reducen a la adecuación de los tejados, obviando el interior de una iglesia que amenaza ruina, hasta tal punto que, como pudo comprobar un servidor a finales del pasado mes de agosto, no se permite visitar el claustro –no el original, sino uno barroco de dos plantas, levantado en el siglo XVI-, por el peligro real que supone para la integridad física de las personas la amenaza de desprendimiento.

Fundado en el año 1024 por la infanta Cristina, hija de Bermudo II, rey de León, no tardó en pasar a depender de la Orden de Cluny, o monjes negros que, recordemos, fueron de los primeros en establecerse en puntos estratégicos situados tanto dentro como en las proximidades de los principales caminos de peregrinación. Posiblemente de esa época, siglo XII, sean las numerosas marcas que los canteros dejaron en los sillares, tanto del ábside principal como de los absidiolos secundarios, la mayoría de ellas sobradamente familiares y fácilmente observables –tanto en conjunto, como por separado: la a o alfa mayúscula con forma de compás, la w con forma de omega, la ballesta, algo parecido a una f mayúscula que podría describir algún tramo de la nave, etc- en otros lugares de similar época y condición. Pero también es cierto que, como suele ocurrir en numerosos casos, la persona observadora descubra alguna marca curiosa que, solitaria y ajena al conjunto, le llame especialmente la atención. Y eso, a fin de cuentas, forma parte, a la vez, de los numerosos y fascinantes enigmas que contiene este admirable lugar, donde, para abrir boca a futuros investigadores y curiosos, se localiza, además, una rareza de singular simbolismo, de la que se hablará en otro momento: la famosa osa amamantando a una niña, que no sólo figura en una portada lateral, sino que también forma parte del simbolismo integrado en el escudo del propio monasterio. Notable, así mismo, es el simbolismo de las pinturas que decoran –con mayor o menor grado de deterioro- las bóvedas laterales, entre las que se advierte, pintada en negro, una cruz de Malta o de ocho beatitudes, así como una curiosa cruz-crismón, que a la vez, remite a otro de los grandes arquetipos de la Historia de la Humanidad: la rueda.

En fin, que aun de una manera escueta y somera, no cabe duda de que cualquier esfuerzo por conservar una riqueza patrimonial como la que se observa en este monasterio de San Salvador, ha de suponer siempre más que un esfuerzo, una auténtica obligación.



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lunes, 26 de octubre de 2015

Nuevos estilos, viejos mitos: la iglesia de San Pablo y el Colegio de San Gregorio de Valladolid


‘El trabajo en el mito, es como excavar en una roca e ir sacando y sacando, siempre más y más…’ (Erwin Rohde)

Se podría pensar, siguiendo en parte el razonamiento de Rohde, que de los primigenios orígenes románicos de una ciudad, sin duda cosmopolita, como es Valladolid, apenas quede sino un melancólico recuerdo, que obligue a suponer al visitante caprichoso que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y nada más lejos de la realidad, si admitimos, razonadamente también, que de la vieja crisálida románica sobrevive, cuando menos, la mariposa original del mito. Tal cuestión, ya la debatía Cristóbal de Villalón, cuando en 1539, publicaba su obra Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente, poniendo en boca del personaje defensor de lo nuevo, unas certeras palabras, que vienen como anillo al dedo al tema a debatir en la presente entrada: Pues en la Architectura no han faltado varones en estos tiempos que se ayan señalado en edificios. ¿Qué Memphis o qué Pirámides se pueden comparar con el monasterio y colesio de San Pablo, aquí en Valladolid?. Y no le falta, obviamente, parte de razón, por mucho que el espíritu románico –y a la vez, por qué no, romántico también-, se adolezca de ello. Situada a escasos metros del Palacio de Pimentel –no hacen falta más referencias, pues todo el que pasa por allí, no tardará mucho en averiguar, observando su fachada, en qué habitación nació Felipe II, el día 21 de mayo de 1527 y en qué templo fue bautizado-, la iglesia de San Pablo fue levantada entre los siglos XV y XVI, junto al convento de los Dominicos, del siglo XIII, que sería definitivamente demolido tras la Desamortización de Mendizábal, construyéndose, en su lugar, el actual Colegio de San Gregorio. De la espectacularidad, tanto de la iglesia como del colegio anexo –que actualmente, alberga el interesante Museo Nacional de Escultura-, caben destacar, tanto por la exuberancia como por la interesante mezcolanza de antiguos mitos, sus monumentales fachadas. Tanto es así, que con respecto a la fachada del colegio, mucho más directa, aún si cabe, con los antiguos tabúes, cabe la lícita idea de pensar si no hubo, al fin y al cabo, un acto de justicia poética ante los abusos ultra-ortodoxos de los denominados canes o perros de Dios. Sea como sea, y dejando aparte el maravilloso despliegue de geometría sagrada que, no obstante, evidencian sus planos herrerianos, donde la materia varía su forma con respecto a sus antecesores románicos y góticos, pero no sus elementos esenciales, definiendo plenamente lo que Ruskin consideraba como las siete lámparas de la Arquitectura (1), observamos cómo los canteros, siglos después de que la memoria de sus antecesores se confundiera con el polvo de los infinitos caminos que recorrieron, desplegando oficio, arte e ideal, continuaron la tradición, dejando en sus esculturas parte de esos guiños maliciosos que, por implícita heterodoxia, bien podrían ser considerados, metafóricamente hablando, por supuesto, como arte de Lucifer. También parece, sino evidente, al menos curioso, que no definitivo, que fuera de este contexto eminentemente escultórico, pocas o ninguna marca personal dejaron en los sillares de los nuevos templos, quizás porque los gremios en esa época estaban lo suficientemente asentados y definidos sus patrones, a la manera de las futuras empresas modernas –independientemente, de que siempre existan excepciones a la regla, fuera del ámbito del simple jornal-, como para no caer en la contabilidad de lo individual. Dejando, pues, aparte las grafías lapidarias, e introduciéndonos siquiera levemente en ese oneroso y a la vez complaciente universo espiritual de la portada sampablesca, llama la atención la relevancia que se le ha dado a dos figuras clave: Cristo y la Virgen. Mito Nuevo y Mito Antiguo, amparados en el débil lazo de una consanguineidad, que sin embargo, choca por su relativa desafección -¿qué tengo que ver yo contigo, mujer?, supuestas palabras de Cristo a su madre-, y una aún más específica revelación, que quizás nos ayuden a entender mejor el trasfondo central de la Coronación de la Virgen, sobre la que parece girar todo este entramado plateresco: vengo a destruir los trabajos de la hembra. En efecto, pieza central indiscutible, la Coronación de la Virgen, nos ofrece interesantes elementos para una hipotética interpretación, posiblemente en un intento interesado de reunificar dos corrientes antagónicas, cuya rivalidad resulta milenaria. El Padre y el Hijo coronan a la Madre, sí, pero si observamos con atención la escena, veremos que el elemento tradicional de ésta, el objeto de poder, la bola, se mantiene en la diestra del Padre, reafirmando su supremacía, relegando el principio femenino a un término secundario. No resulta extraño, por otra parte, encontrarse, a la vera de Éste, con la figura de uno de los principales promotores de la obra en su primera fase, y a la vez, uno de los más temibles inquisidores de la historia de España: Torquemada. Sí resulta significativo, no obstante, observar, en ambos extremos, como no podía ser de otra manera, a dos personajes que sustituyeron las grandes festividades precristianas basadas en los solsticios: los dos Juanes. Y de éste Jano desunificado, cabe destacar, naturalmente, esa figura de aspecto generalmente afeminado, que caracteriza siempre al Evangelista, cuya diestra, para terminar de rematar ese otro complemento gnóstico que casi siempre le acompaña, sostiene con fuerza la copa o grial, de la que surge la serpiente –dragón en ocasiones-, representativa de Sophia, la Sabiduría. Por debajo de ésta beatífica escena, y entre la numerosa representación formada por apóstoles, santos y santas, destaca, así mismo, otra controvertida figura: Santa Bárbara.

Santa Bárbara, figura de la que tradicionalmente nos acordamos cuando truena, es otra figura en cuyo trasfondo, como en el caso de la Virgen María, parece esconderse, convenientemente camuflada tras un tupido velo de estricta ortodoxia, una personalidad trascendental, bastante incómoda para la misoginia de la Iglesia: María Magdalena. ¿Qué se esconde detrás de ésta figura tan perversamente manipulada?. ¿Fue, realmente, la prostituta arrepentida de que nos hablan los Evangelios canónicos, o por el contrario, fue algo mucho más importante y peligroso para los intereses apostólico-romanos, de lo que se nos ha querido hacer creer?. Cuestión digna de un capítulo aparte, como iremos viendo más adelante, a María Magdalena o María de Magdala, independientemente de las representaciones tradicionales que nos la muestran con la cruz de penitente, el frasco de ungüento con el que, según se nos relata, ungió el cuerpo de Nuestro Señor y la calavera a sus pies –detalle éste, bastante relevante, como se verá también-, el objeto que en realidad siempre le ha correspondido, no es otro que la torre o fortaleza, que a la postre y bien entendido, define, tanto física como espiritualmente, su fascinante personalidad. Objeto, que fue posteriormente atribuido, como en otros muchos casos, a un personaje de dudosa veracidad histórica, como es la referida Santa Bárbara. Aquí, aparece representada con la torre en su mano izquierda, una pala en su mano derecha y una nao o carabela sobre su cabeza, probablemente aludiendo a la leyenda Plus Ultra o Más Allá, que comenzaría a figurar en los escudos reales, a partir del Descubrimiento del Nuevo Mundo.

En la parte superior de todo el conjunto, aunque por debajo del escudo real escoltado por dos soberbios leones y un águila, una escultura de la Virgen con Niño en brazos, aparece, flanqueada a ambos lados, por los que bien pudieran ser representaciones de los otros dos benefactores del templo, aparte del mencionado Torquemada: Fray Alonso de Burgos, confesor de la reina Isabel la Católica y obispo de Palencia y el Cardenal García de Loaysa, confesor del rey Carlos V y presidente del Consejo de Indias. En esta portada, trabajó también un Maestro conocido, Simón de Colonia, que participó, entre otras, en la catedral de Burgos.

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La portada del Colegio de San Gregorio

Netamente de índole cabalística, la visión de un Árbol de la Vida tan monumental como el que exhibe la portada del Colegio de San Gregorio, no deja de llamar la atención, sobre todo, si comparativamente hablando, observamos en esa referencia hebráica, la proliferación de un simbolismo que, si bien maquillado convenientemente, no deja de remitir a influencias consideradas netamente como de origen pagano. La extrañeza se acentúa, mucho más aún si cabe, si consideramos que sus artífices o benefactores fueron, precisamente, los dominicos: aquéllos que hacían de la más estricta ortodoxia ley inquebrantable, y que llevaron a la hoguera a cientos de personas, y posiblemente, me quede corto, por no pecar de exagerado. Por encima del referido Arbor Vitae –plantado en una fuente con la base de forma hexagonal, coronado por el enorme escudo imperial que protegen el águila y los leones y por cuyas ramas, convertidas en metafórica escala de Jacob, ascienden, descienden y evolucionan multitud de putos o angelotes, que en los estilos renacentista, plateresco o barroco, vendrían a sustituir a aquéllos espíritus elementales de las antiguas religiones, que en el románico, por ejemplo, asomaban sus burlonas cabecitas entre medias de la floresta o vegetación-, notable, enmarcado en un tri-ángulo, un elemento tri-faz, de cuyas bocas surgen los zarcillos que también en las antiguas representaciones románicas caracterizaban a los denominados hombres-verdes, nos vuelve a remitir a la Antigua Religión y a la figura primordial de la Triple Diosa Madre, alusión, que hacía que éstas figuras –obvio es el por qué, si lo comparamos con uno de los grandes misterios del Cristianismo-, fueran consideradas heréticas. También presente, la referencia al mito de Sansón –o quizás, a esa doma de los instintos salvajes que viven en la naturaleza humana-, apreciable en ambos laterales, aunque la imaginación del autor, juegue así mismo con la alquimia simbólica –solar y lunar-, al representar, respectivamente al león y el dragón o serpiente. Pero sin duda, entre los muchos detalles que se pueden apreciar –tantos, que daría para un pequeño ensayo-, no pueden dejar de ser percibidas, aquéllas soberanas referencias a los hombres-salvajes –utilizados en los escudos de algunos ayuntamientos, como el de Ayllón, en Segovia-, que en forma de atlantes, cariátides o columnas-estatua –en número de ocho, cuatro a cada lado del pórtico-, portan un rico simbolismo detrás, parte del cual se aprecia en los diferentes símbolos que adornan sus escudos y que hacen referencia a la abismal antigüedad de unos linajes, unas gestas y una historia, cuya riqueza, en gran parte, está aún por descubrir.

(1) Las siete lámparas de la Arquitectura, de Ruskin: Sacrificio, Verdad, Poder, Belleza, Vida, Memoria y Obediencia.

martes, 13 de octubre de 2015

Marcas y graffitis en la catedral de Oviedo


‘Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al siervo pero olvida al Señor…’

Dejándolo aparte, pero no sin previamente reconocer la importante deuda histórica que la peregrinación a Santiago tiene con Oviedo y su monumental catedral, dedicada a la figura del Salvador –relegadas ambas a un segundo plano, por un calculado interés político, económico y social avalado por el afianzamiento de las fronteras, cuyas consecuencias más inmediatas, fueron la variación del destino y de las rutas originales, aquellas, que para evitar el peligro del moro, pasaban por los lugares más escabrosos, geográficamente hablando, de Álava y de Asturias-, no deja de ser un hecho cierto, también, que una parte considerable de esos paradigmas que han acompañado siempre a la aventura humana, dejaron buenas influencias, sin duda, en un lugar tan legendario y espectacular. Es cierto, así mismo, que como todo o casi todo vestigio de nuestro rico, riquísimo pasado, la catedral de San Salvador se ha visto afectada por una importante cantidad de alteraciones, cuya pérdida, con toda seguridad, nos suponga, en más ocasiones de las que realmente nos gustaría, acudir por obligación a ese pobre recurso, que no deja de ser, después de todo, la especulación. Aun así, no obstante, el buen observador todavía puede constatar, que en el fondo, y como piezas descabaladas de lo que podríamos considerar una parte importante de ese inconsciente colectivo que tan oportunamente nos presentara C.G. Jung –sobre su persona, reconozco que me inclino eventualmente por la aseveración informal que hacía de él Enrique Eskenazi, al afirmar que no era tanto un psicólogo preocupado por temas de ocultismo, sino más bien un ocultista disfrazado de psicólogo-, en cuyos profundos estratos, la psique oculta el inapreciable –y generalmente inalcanzable- tesoro del Símbolo.

A tal respecto, cierto es, también, que no disponemos de un manual de instrucciones que nos vaya guiando y señalando, a cada paso de nuestro recorrido, las pautas que debemos seguir en cada momento, cada vez que en nuestros viajes nos tropezamos, de manera involuntaria o no, con cualquiera de sus expresiones. Tampoco existe un manual, que pueda afirmar categóricamente en qué lugar específico hay que mirar, aunque sí podría afirmarse que, al menos en cuanto a graffitis de peregrino se refiere, las portadas de acceso a los templos parecen constituir ese imaginario tablón de anuncios, en el que generalmente el peregrino dejaba constancia, no sólo de su paso por el lugar, sino también de la posible motivación espiritual o anímica, relacionada con el viaje que estaba realizando. Posiblemente, y basándonos en la persistencia de ciertos símbolos, tendríamos que dejar a un lado las consideraciones personales y pensar en la posibilidad de un lenguaje común. Un lenguaje codificado, se podría decir, que puede variar en el modus operandi, pero que se mantiene fiel en cuanto al objetivo a conseguir. Dentro de ese supuesto lenguaje, y por una repetitividad más que casual, hay ciertos símbolos que destacan del resto, y que, de alguna manera, parecen guardar, después de todo, una no menos estrecha relación: entre ellos, caben destacar la pata de oca y la cruz monxoi. Ambas, a su manera, no sólo se relacionan con la prueba del laberinto o el viaje iniciático que se está siguiendo –que en el fondo, se trata de eso-, sino que además, comparten el objetivo final de éste: el encuentro con Sophia. O lo que es lo mismo, dicho sin el suplemento gnóstico, con la Sabiduría. Al menos, en su sentido alegórico.

Como alegórico puede ser, también, hablar de marcas de reconocimiento, sea del tipo que sea la naturaleza del que podría considerarse como jugador: gremio, asociación, cofradía o buscador solitario. Presente, así mismo, hay otra marca que parece original, de época y que resulta fácilmente de localizar en numerosos templos románicos: la a mayúscula o el compás, asociado, cuando menos, a la mayoría de los gremios canteros medievales y en ocasiones, si nos referimos al ámbito de la pintura en los retablos, sustitutiva de la Tau en la figura de San Antón, como podrá constatar todo aquel que se pase un día por la iglesia de San Martín, en Artaiz, Navarra. Junto a ésta, y evidentemente manipulada, figuran no sólo cruces aspadas tipo esvástica, sino lo que bien podría considerarse como un esquema geométrico, a los que eran muy dados los canteros, puesto que también utilizaban la piedra como soporte de planos: un rectángulo de cuyo centro aproximado parte una línea recta, que podría señalar la planta del recinto en cuestión. A la línea central, se la han añadido más líneas verticales, hasta conformar algo similar a la pata de oca.

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martes, 29 de septiembre de 2015

Otros petroglifos de Amoedo


'Si me armonizo con el objeto que me inflama y me arrebata, la culpa es de quien me creó para el fuego'.
(Miguel Ángel Buonarroti)


Reconozco que últimamente se está convirtiendo, espero que no en un abuso, pero sí en una costumbre que amenaza con transformarse, per secula seculorum, en tradición y que durante los últimos veranos vengo poniendo en práctica -y dejemos aparte la manida cuestión de que nobleza obliga, que tanto de una como de otra no me cabe duda de que vamos todos sobrados-, la de levantarme antes del canto del gallo, coger carretera y manta y en cuestión de algunas horas -que realmente tampoco hay prisa, y de maravillas como excusa el camino anda también afortunadamente sobrado-, plantarme en el pueblecito pontevedrés de As Xunqueiras, perteneciente al Concejo de Pazos de Borbén y tal y como antiguamente acostumbraban a hacer los curillas de pueblo, dejarme caer en casa de los amigos –Fernando, naturalmente el genuino, el de Pedro y por supuesto Ana, de los Méndez del Bierzo, que ya de púber sentía la fascinante atracción del extraño Camino de Santiago, dejándose llevar por la magia de O Cebreiro-, ocasional y oportunamente a la hora de comer.


Evidentemente, hacer un viaje tan largo, conlleva, sine quanum, la intención de quedarse unos días e instalarse plácidamente en esa pequeña geografía sagrada, que metafóricamente hablando, no deja de ser la habitación de huéspedes, donde uno se recoge cenobíticamente con posterioridad a una intensa jornada. Después, por lo general, y salvo que el canto ininterrumpido de la lluvia lo impida, el viajero impenitente, figurada reencarnación de ese Ulises que siempre camina con él, diseña odiseas por el intrínseco laberinto territorial, a la búsqueda y captura de unas claves, que le permitan acercarse un poco más a ese centro primordial, al que remite siempre la Antigua Tradición.


Y suele ocurrir, que como complemento a búsquedas anteriores, el primer día, sin alejarse mucho de esa costa ficticia que es la casa, la nave recale en puertos conocidos, donde, por paradójico que resulte decirlo, siempre hay algo nuevo por descubrir. Es el caso –y aquí entro ya en materia-, de Amoedo y sus petroglifos. Amoedo, pueblecito situado a pie mismo de esa carretera general, que aproximadamente doce kilómetros más adelante desemboca en la peregrina y costera población de Redondela, resulta, a la postre, un auténtico vivero de petroglifos, que sin las oportunas menciones promocionales, ni contar, tampoco, con un centro orientativo o de interpretación como hay en otros lugares –citaremos a Tourón o a Campo Lameiro, por poner un ejemplo, sin olvidar a Mogor, aunque éste, al menos el año pasado, todavía no se había estrenado-, suele pasar bastante desapercibido para turistas y peregrinos, independientemente de que durante los periodos de estío y generalmente de noche –porque, créase o no, parece ser que por la noche y a la luz de la luna se aprecian mejor, lo mismo que cuando están mojados-, algunos encuentros programados cuenten con la presencia de profesionales –arqueólogos, generalmente-, encargados de confiar algunos secretos, a un público por lo general movido exclusivamente por la curiosidad.

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Pues bien, antes de llegar a la gasolinera -que sirve como referencia, pues nada más pasarla, a mano derecha hay un caminillo rural que conduce hacia el grueso de petroglifos, que sí están convenientemente señalizados-, se encuentra un desvío hacia la izquierda que indica, entre otras, la dirección de TV Galega. Algunos metros más adelante, llegando a la última casa de la derecha, bordeándola, parte un sendero arbolado en sus primeros tramos, el cual unos metros más adelante desemboca en un formidable claro, donde la exuberante arboleda que debió de tener antaño, se ha visto manipulada por la mano del hombre, habiéndose ganado el terreno para pastos y tierras de labor. Prácticamente desnudo, pues, de árboles, el terreno se caracteriza por una notable conjunción de rocas, en algunos casos parcialmente invadidas por hongos y musguillos, pero con el denominador común de que parecen brotar de un manto herbáceo que lleva el apellido celta en el adn de su clorofila. Y aquí encontramos el quiz de la cuestión, porque de toda esa cantidad de formaciones rocosas, tan sólo conserva un bloque ilustrado, como testimonio cultural y cultual, el lenguaje del silencio, que en forma de petroglifos, nos legaron incógnitas generaciones pretéritas. Pero aun así, resulta suficiente para sacar alguna interesante conclusión, porque, además de los típicos grafismos comunes a estos retazos de protohistoria, con la inclusión de un elemento destacado, como es el jinete que se aprecia –que puede señalarnos algunas cosas, como por ejemplo, el periodo aproximado en el que la doma del caballo ya era un hecho o incluso, indicarnos alguna de las múltiples invasiones que se produjeron-,  los extremos de la roca, cortado con precisión, indican, además –como comentaba Ana-, la utilización como cantera desde tiempos indeterminados a la actualidad. Se conseguía partir la roca de una forma tan certera, con un método rudimentario pero tremendamente eficaz: la inclusión de estacas entre las grietas, que al ser mojadas y dilatar, conseguía tan oportuno efecto. Dicho esto, sería poco menos que imposible decir cuántos bloques repletos de petroglifos no fueron despiazados y reutilizados en casas y cercados vecinos. Esto, obviamente, nos deja la conclusión de que, de la misma manera que siempre han existido personas que han utilizado el papel y los libros como carburante, sin obviar, por supuesto, su nula disposición a valorar y respetar opiniones contrarias a sus propias creencias, también la piedra ilustrada ha visto tristemente amputadas unas concepciones protohistóricas, que utilizando el más puro de los lenguajes, el lenguaje simbólico, deberían de atraer no sólo el respeto, sino además, la atención de todo hermeneuta o aspirante a serlo, que debería incluirlos, con todo merecimiento, en un capítulo totalmente abierto, de ese costoso e inagotable volumen enciclopédico, que conforma la historia de las religiones.


jueves, 24 de septiembre de 2015

Alquerques: juegos de estrategia e iniciación


No siempre fueron juegos, ni la habilidad o la estrategia constituyeron unas características afines a su naturaleza, o no lo fueron en un primer momento. Pero sí podrían ser considerados, después de todo, como elementos tradicionales de culto o de iniciación, cuyo rastro se pierde en lo más oscuro de la noche de los tiempos, posiblemente a la par que en la mentalidad colectiva de las culturas del Neolítico e incluso también en la de periodos históricos anteriores, comenzaban a manifestarse los primeros síntomas de intuición, expresión y comunicación, como así parece deducirse de unos antecedentes, auténticas epopeyas gráficas, como son, por ejemplo, los petroglifos. Siguiendo este razonamiento, quién sabe, así mismo, si dentro de estos primeros atisbos anímicos, en la concepción de los primitivos tableros, recintos, espirales y laberintos, no habría unos rudimentarios conocimientos astronómicos, en los que aquellos primeros ojos que comenzaban a fijarse en el infinito, intentaran representar los movimientos de unos objetos que, en el telón de fondo de la noche, les parecían sencillamente mágicos y dotados de una vida, cuando menos preternatural, en la que determinados astros –o mejor dicho, su movimiento-, dieran origen a la posterior creación de complejos mitos cosmogónicos. Y éstos, a su vez, como diría más tarde un polémico personaje, Termes Trismegisto, a una representación terrestre –como es arriba, así es abajo-, señalando posibles centros o caminos iniciáticos de peregrinación, que se fueron olvidando y adaptando a las nuevas cosmogonías, pero cuyo recuerdo quedó en la memoria colectiva, en muchas ocasiones bajo la apariencia de inocentes juegos. Porque, como bien dice Rodrigo de la Torre Martín-Romo (1), opinión con la que coincido: en un gran número de casos, no se hallan en superficies practicables para el juego.

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(1) Revista de Folklore Nº49, Valladolid, 1985. Rodrigo de la Torre Martín-Romo: 'Tradición de algunos juegos de fichas en los signos lapidarios (I)'.