miércoles, 5 de agosto de 2015

La Psicomaquia de Cifuentes



Uno de los detalles que ponen de manifiesto ese movimiento de recuperación de las antiguas fuentes clásicas, promovido, sobre todo, por esa multinacional de la fe, que comparativamente hablando, podríamos considerar a Cluny y su entorno religioso-cultural, es, entre otros, la utilización de viejos textos que siglos, milenios antes, e incluso también después, como veremos, de ese kilómetro cero del Cristianismo, que comienza a partir del martirio, crucifixión y muerte de Cristo, enfrentaba vicios y virtudes, cualidades y defectos, que se batían en una balanza muy particular, llamada mundo, teniendo como objetivo la liberación o la condenación del alma humana. Posiblemente, hubiera otros textos; y también, evidentemente, otros autores, cuyas referencias, perdidas y olvidadas, han sido definitivamente tragadas por las incontenibles arenas de ese reloj biológico imparable que es el tiempo. Pero no cabe duda, de que uno de los modelos esenciales seguidos por los canteros medievales –bien por sugerencias patronales, bien por iniciativa propia, cosa ésta bastante más improbable, aunque no imposible, si tenemos en cuenta una sociedad donde el acceso a la cultura quedaba apenas relegado a los ámbitos estrictamente monasteriales- fue un poema de Prudencio, titulado La Psicomaquia. Precursor de otras alegorías medievales que calaron hondamente en el pensamiento, así como en el espíritu medieval –como el Roman de la Rose o Romance de la Rosa-, se supone que éste, poeta hispano-latino –nacido en la emblemática ciudad riojana de Calagurris, o Calahorra, aunque existen voces discordantes, que lo sitúan en Cesaraugusta, Zaragoza-, lo compuso hacia el año 392 d. C., convirtiéndose en todo un referente, seguido incluso en épocas muy posteriores, como el denominado Siglo de Oro, siendo utilizado por insignes dramaturgos, como Calderón de la Barca, en sus famosos Autos Sacramentales. Si bien este tema podría considerarse como la materia prima que lenta, pero constantemente se cuece en el atanor del más puro estilo románico, en pocos sitios se tendrá una visión tan generalizada del mismo, como en la fantástica portada de Santiago, uno de los escasos restos bizantinos originales sobrevivientes en la muy reformada iglesia de San Salvador de Cifuentes, pueblo que hemos de situar en esa zona tan particular de Guadalajara –a la que allá por los años cincuenta, ya se lamentaba el polifacético escritor Camilo José Cela, al hablar de un hermoso país al que la gente no le da la gana ir-, que es la Alcarria, en cuyas cercanías se encontraba el monasterio cisterciense de Óvila, comprado por el magnate de la prensa, Randolph Hearst –el famoso Ciudadano Kane, de la película de Orson Welles-, y trasladado piedra a piedra a los Estados Unidos. Situada en plena ruta jacobea a su paso por la provincia –de ahí, precisamente, su nombre-, se estima que ésta portada, en la que los expertos observan influencias franco-poitevinas –recuérdese, en este sentido, aquéllas otras que así mismo destacan en la iglesia de Santo Domingo, antiguamente Santo Tomé, de la capital soriana-, responde a un románico tardío, sin duda, influenciado por los avatares de la Reconquista, estimándose su ejecución o elaboración, hacia el año 1261. De las numerosas arquivoltas que se aprecian en la portada, tan sólo tres de ellas contienen ornamentación: la más externa, donde se alternan figuras humanas y demoníacas en eterna lucha por la posesión del alma; la central, que muestra motivos geométricos en forma de puntas adiamantadas y la interna, que, correspondiéndose con el núcleo, corazón o paradisum, estaría representada por las figuras de ángeles y apóstoles. Y en medio de tan espeluznante maremágnum simbólico –posiblemente, antecedentes también de esos escatológicos viajes al otro mundo, cuyas referencias no sólo se encuentran abundantemente en las fuentes clásicas a las que hacíamos referencia al comienzo, sino también en el Nuevo Testamento, en el Corán y en grandes obras de la literatura universal, como la Divina Comedia, de Dante-, los motivos de los capiteles, con seguridad, más atacados por la lamia del tiempo que el resto del conjunto ornamental, muestran pasajes de la vida de Cristo. Pero hay algunos temas colaterales, como las abundantes marcas de cantería, pródigas en los sillares anexos a ésta portada, así como ciertas similitudes estilístico-temáticas, afines a determinadas figuras y personajes, que recuerdan mucho a otras representaciones que, aunque situadas fuera de las lindes precisas del Camino Francés a su paso por Navarra, y más concretamente, en las proximidades de Puente la Reina, inducen, cuando menos a reflexionar, y también, por qué no decirlo, a especular. Pero eso formará parte de otra u otras entradas en el futuro.

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viernes, 17 de julio de 2015

Lenguajes del Silencio: graffitis de peregrino en una ermita solitaria


Símbolos, señales, huellas, marcas de identidad indefinidas, conforman una parte esencial de ese universo mágico-espiritual que ha acompañado siempre a la aventura humana y cuya constancia queda reflejada, principal que no exclusivamente, en la miríada de templos y santuarios que jalonan tanto las pequeñas como las grandes rutas de peregrinación. Ni las marcas de cantero, ni tampoco ese otro simbolismo amateur asociado –pero evidentemente intencionado-, al que a falta de mejor nombre solemos referirnos, generalmente, como graffitis de peregrino, son exclusivas de una época y de una cultura determinadas; sino que, bien al contrario, se manifiestan en el tiempo, surgidos, diríase que espontánea y subjetivamente, en el impreciso momento en el que el concepto de espiritualidad germinó en los pensamientos de las primeras civilizaciones, tal vez a la vez que el descubrimiento del fuego y de la rueda.

Lejos de considerarse como un aserto indiscutible, capaz de sentar cátedra en un tema tan complejo, sí podría decirse que hay ciertas iglesias con la categoría actual de ermitas que, situadas en muchas ocasiones en lugares solitarios y más o menos distantes de las poblaciones más cercanas, parecen mantener vigente un importante foco de atracción para este tipo de manifestaciones, incluidas aquellas que, por su inconsecuente simpleza, podríamos calificar de dañino narcisismo personal, las cuales las describía perfectamente el gran poeta Antonio Machado, al referirse a las cortezas de los álamos del Duero, cuando decía en sus versos aquello de iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas.

Ermitas, que además parecen tener como una característica destacable, lo especial de sus advocaciones –San Roque, San Vicente, San Cristóbal, Santa María Magdalena, etc-, incidiendo, tal vez con más ahínco que en el resto, en una figura mariana muy particular que demarca el lugar, y que posiblemente señale –como los antiguos miliarios romanos-, un camino de iniciación, remarcando los antiguos lugares de culto a la figura primordial de la Gran Diosa Madre. Por otra parte, si bien estos graffitis no parecen ser ajenos a cualquier tipo de construcción religiosa –sobre todo, en aquellas situadas en los ámbitos rurales-, sí parecer ser mucho más prolíficas y abundantes en este tipo de lugres, estando determinados, no sólo por la presencia de símbolos de carácter mágico e incluso astrológico, en algunos casos, sino también por la exuberante presencia de un tipo de cruz muy específico y determinado, a la que se denomina como monxoi –inconfundible por el montículo sobre el que se eleva-, y que además de la referencia a esos montes del gozo desde los que se divisaba el santuario de destino –Santiago, Roma o Jerusalén-, conllevan también, en su propia génesis, la costumbre pagana del tributo simbólico a los lares viales, siendo posiblemente el ejemplo más claro y evidente, la Cruz de Ferro de Foncebadón, en pleno Camino de Santiago a su paso por los montes de León. Sin obviar, por supuesto, aquellos otros objetos de simbolismos más complejos, como la asociación entre el árbol de la vida, la cruz y sus singularidades espacio-temporales aplicadas a la geometría sagrada.

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miércoles, 17 de junio de 2015

Libros de Piedra: San Juan de Duero


Afirman los anónimos autores de esta monumental enciclopedia pétrea, que en pocos lugares de nuestra Península el equilibro, la medida, la mesura y la proporción, entre otras muchas características de su genuino prólogo, se conjugaron, parece ser que en esos nebulosos eones de principios o mediados del siglo XII, para inscribir en las singulares páginas de la Historia, una auténtica Obra de Arte, que aproximadamente un milenio después, continúa levantando no sólo admiración por inercia propia sino también ampollas en cuanto a su verdadera funcionalidad. Cierto es, no obstante, que buena parte de sus originales cubiertas, hechas del mejor material de las canteras sorianas, han sido roídas por la voracidad del tiempo, posiblemente más inocente, en lo que cabe, si lo comparamos con la siempre funesta y permisiva ansia de destrucción, que suele caracterizar a ese defecto tan humano llamado irrespetuosidad. Y sin embargo, lo que todavía se nos permite leer en sus dorados restos, resulta más que suficiente como para hacernos pensar, alicaídos pero también aliviados, que frente a nuestra vista tenemos, después de todo, un maravilloso aunque impredecible y poco comprendido incunable. Un incunable que, a juzgar por el lenguaje jeroglífico que caracteriza al conjunto de sus gloriosas páginas, bien pudiera haber contado, entre sus anónimos pero sabios autores, con parte de aquéllos singulares genios de la piedra que también participaron en la cercana concepción escultural de otra obra cumbre del románico capitalino soriano –la iglesia de Santo Domingo, que ya tuviéramos ocasión de ver en una entrada anterior-, donde quizás a la elegante glosa poitevina, se le añadió el encanto hechizador de la dulce semántica oriental. Una semántica ésta, por añadidura, que habría de caracterizar no sólo los curiosos templetes situados en la cabecera de la iglesia, que conforman cuasi-novedosamente las tradicionales capillas de la Epístola y del Evangelio –que tan abundantes se encuentran en tierras de la antigua y mitológica reina Lupa, sea, siquiera, coronando la fría austeridad de las torres de sus iglesias-, sino también, en lo que se refiere, principalmente, a esa exquisitez escatológica que constituye un sorprendente deambulatorio, quizás erróneamente considerado como claustro. Porque ahora bien, sin ánimo de desmerecer a ese encantador romanticismo que generalmente suele gustar de ir acompañando a toda aventura artística a la que el tiempo ha concedido las prebendas nostálgicas del rastrojo y del musguillo –detalle que solía enaltecer las carismáticas preferencias de un genio de la arquitectura moderna, como fue el Maestro D. Antoni Gaudí i Cornet-, ni tampoco a ese cientifismo lineal que traza senderos de buey con el arado de su escepticismo, puede que el lector que acaricie con sus manos –ingenuo aunque no carente de determinación- el pergamino ferruginoso de esos arcos diametrales que miran con perentoria melancolía hacia Jerusalén, coincida, después de todo, con la idea original de alguien que, si bien se ignora sea cuello laureado dentro del celoso y a la vez privilegiado círculo de la exclusiva Argonáutica románica –aunque sí parece destacar en la enseñanza universitaria- y cuyo nombre éste romántico biógrafo de las nieves de antaño no se quiere privar de decir, Javier Martínez de Aguirre (1), y vea, en la estructura de semejante texto, una familiaridad con esas otras capillas de índole funerario y deambulatorio bien definido –Eunate, Torres del Río, etc-, que harían de este lugar, si tal fuera el caso, qué duda cabe, una novedosa alternativa a lo orientalmente conocido, ofreciendo de paso, una visión nueva respecto de una obra que, aunque pudiera haber sido concebida como cementerio, continúa despertando una admiración y una pasión inusitadas.


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(1) Javier Martínez de Aguirre, es profesor de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. De su extensa e interesante obra, se recomienda, en lo que respecta a la presente entrada, la lectura de su trabajo titulado 'San Juan de Duero y el Sepulcrum Domini de Jerusalén'.

jueves, 14 de mayo de 2015

Libros de Piedra: Soria, el pórtico de Santo Domingo


Santo Tomé o Santo Domingo. Poco importa el nombre o la advocación, si tenemos realmente en cuenta que hablamos de uno de los templos más importantes y significativos del románico de Soria, cuando no del románico peninsular. Declarada Monumento Histórico Artístico en junio de 1931, su portada principal, orientada hacia occidente –no sería de extrañar, que muchos peregrinos que llegaban a la capital soriana a través del denominado camino castellano-aragonés, lo hicieran con la mente predispuesta no sólo en aprovechar las lecciones relevantes de las diferentes escalas de su ruta, sino también mirando con determinación hacia ese plus ultra algo más alejado de Compostela, llamado Finis Terrae-, es otro de esos libros de piedra, monumental y de una riqueza simbólica, que merece, cuando menos, una mención, breve o no, en ésta espero que interesante biblioteca –entiéndase de una manera poética y comparativa-, de inconmensurables incunables medievales que todavía resisten, enconadamente, los embites del tiempo y de los hombres. Su génesis, prólogo o capitular árbol de Jesé –que todo libro que se precie, tiene también su divina genealogía-, está ligado a singulares personajes que por realengo y representatividad se aseguraron convenientemente un lugar destacado en los índices o separatas de la Historia, teniendo sus autores –cuyos huesos reposan en cripta anónima, posiblemente a más profundidad y a salvo que los del pobre Cervantes, recientemente profanados-, un origen extra-pirenaico y poitevino, que permite compararlo con aquél otro enciclopédico libro situado en Poitiers, -cincelado con el escoplo de la lengua materna de Moliére-, dedicado a la figura de Nuestra Señora. Nada más oportuno, pues, que comenzar a desglosar capítulos, disertando sobre la Gran Dama, por cuanto que en la iconografía de nuestro templo se localiza una de las escasísimas rarezas –la Trinidad Paternitas de su tímpano- que ya debería indicarnos hasta qué punto fue importante su figura, introduciendo al lector, de paso y por añadidura, en un genuino thriller de misterio paulino, suplantación de personalidad –malleus malleficarum- y especulación difícil de superar. A eso habría que añadir ese aspecto poco conocido también, pero presente en el simbolismo de algunos rosetones, que alude, por su forma inequívoca de rueda, a otro personaje muy determinado al que en ocasiones se representa con una bifrontalidad januinamente familiar –perdón por la licencia ortográfica-: la Diosa Fortuna, y que en este caso, tiene una gran similitud con el rosetón que corona la iglesia del cercano monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, cuyos monjes fundadores, escindidos de Cluny, provenían, así mismo, del antiguo reino franco del alabado Carlomagno. No es de extrañar, por tanto, que en los siglos posteriores, el ojo crítico de muchos estudiosos del Arte, como Blas Taracena, considerasen a esta portada como la más rica y armónica de las iglesias románicas de España. Opinión compartida, además, por José Antonio Gaya Nuño, quien nos la hizo llegar también por boca de su entrañable e inmortal personaje, el santero de San Saturio, aunque éste, sin duda más humilde pero indudablemente con un gusto exquisito, prefiriera San Juan de Duero, que no tiene capellán ni beatas, pero donde permanece el husmillo guerrero de los caballeros hospitalarios. Éstos fueron, precisamente, los que escoltaron a Leonor –hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania, de quien obtuvo su ducado-, para sus esponsales en esta iglesia con Alfonso VIII, y los que pasaron, en el transcurso de su viaje hacia la capital soriana, por la encomienda que tenían en Hortezuela, pequeña población situada, aproximadamente, a mitad de camino de dos importantes núcleos de población como son El Burgo de Osma y Berlanga de Duero, y de la que en la actualidad apenas queda una iglesia prácticamente remodelada de arriba abajo, sobre cuyo sencillo pórtico principal aún se observa una cruz de ocho beatitudes que distinguía –sin que ello constituyera un privilegio exclusivo- a la orden referida. Como cruces montesinas o calatravesas –posteriores herederos de los templarios-, quisieron los canteros que lucieran algunos guerreros en sus escudos, quizás con la intención de resaltar ese importante capítulo que, después de todo, jugaron las órdenes militares en otra Cruzada que poco tenía que envidiar, en realidad, a la que se estaba desarrollando en Oriente, si exceptuamos, claro está, los Santos Lugares: aquéllos ollados por el gran paradigma que ha supuesto siempre la figura de Jesús.


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Escenas de ternura y de crueldad; de dolor, de fe, de esperanza y de caridad, los capítulos distribuidos en esa figurada media luna que son las arquivoltas, dirigen los ojos del espectador hacia misterios neotestamentarios, que se desarrollan, sine quanum, bajo la atenta sinfonía de los veinticuatro Ancianos músicos, que confirman, con su presencia, ese sentido peyorativo de revelación que conlleva siempre el término Apocalipsis. Desplegados, pues, como las alas del águila sanjuanera, la música que imaginariamente surge de sus instrumentos nos traslada, como lectores privilegiados, por ese fantástico universo de mitos representativos del mundo medieval, en el que el baile lujurioso de Salomé sirve de colofón al degollamiento del Bautista, producido algunos años después del episodio del Jordán y de que el Diablo despertara en el temeroso corazón de Herodes latidos sangrientos que le llevarían a ordenar la matanza de los inocentes, una vez burlado también por tres Magos, en cuyo sueño se cuela un ángel de rondón -¿quizás Gabriel, el mismo que acompañó al profeta Mahoma en su viaje escatológico o mi’ray, precursor, según algunas fuentes, de la dantesca Divina Comedia?-, para inducirles a continuar hacia el pesebre, punto de destino al que habría de conducirles una estrella inteligente. La Adoración, continuación y preludio, a la vez, que sugiere la integración en la trama de la figura mesiánica por antonomasia: aquélla que, una vez depurada en hombre, encarnaría a otra figura todavía más mística aún si cabe, como es la del rey sagrado, cuyo holocausto, está predestinado desde el alba de los tiempos a ser el cordero de Dios que limpia los pecados del mundo. Opus Nigrum. La Obra concluye. Por encima de ella, la Mano Creadora: la misma que ya figuraba en las subjetivas mentalidades prehistóricas; el Velo inefable de lo Desconocido; la Mano de Dios. Digno escenario para los Esponsales de un Rey.

miércoles, 1 de abril de 2015

Libros de Piedra: el Pórtico de Platerías de la catedral de Santiago


Xove en Santiago. Es una lluvia fina y limpia que los peregrinos, melancólicos, comparan con las aguas primerizas del Jordán, donde Jesucristo recibió el sagrado sacramento del bautismo de manos de su primo Juan. Frente a la denominada Puerta de Platerías, un hombre permanece silencioso e inmóvil. Viste un sayal de tosca lana de color marrón oscuro, en el que, aparte de algunas manchas parduzcas, también se aprecian varios remiendos, y que además está provisto de una ancha capucha, que le oculta el rostro por completo. En el fondo, es éste un detalle completamente intrascendente, pues si se la quitara, todo el que lo viera se encontraría con la burlona y siniestra mirada de una máscara de cera, que protege su identidad. Una máscara ambivalente, tragicómica, indecisa o inaparente, sin duda muy similar a las que utilizaban los actores greco-latinos en las antiguas representaciones teatrales. El hombre apenas se inmuta, cuando algún mendigo, de ropas aún más remendadas y andrajosas que las suyas pasa por su lado haciendo tintinear una desvencijada escudilla de metal; ni tampoco, cuando algún ruidoso grupo de peregrinos sube jocosamente por la calle de los plateros en dirección a la portada principal de la catedral, situada en la plaza del Obradoiro. Por el contrario, da la impresión de ser una estatua que algún desaprensivo hubiera liberado de la placenta pétrea que la albergaba, con la innoble intención de mortificar a los piadosos canónigos o de soliviantar aún más el ánimo de unos peregrinos, excitado de por sí hasta extremos inusitados,  que se pelean e incluso se apuñalan y matan por ocupar el lugar más cercano al sepulcro del Apóstol. Se llama Esteban, pero sabe que para los hombres de las generaciones venideras, será un completo desconocido, como le consta que impone la auténtica vía de humildad que debe seguir todo buen Magister Muri. Sonríe, no obstante, al pensar que para los hombres de esas generaciones futuras que acudan y a la vez sepan admirar esta obra sublime que es el Santuario de Santiago, será poco menos que una sombra y le place con plena satisfacción, ser consciente de que su nombre ni siquiera se consigne en ese Codex Calistino o supuesta guía de peregrinos, recientemente trascrito por un bisoño monje benedictino, procedente de una perdida abadía situada allende los Pirineos y de nombre Aymeric Picaud. Imagina, por consiguiente, que algunos pensarán en él como en un espíritu incorpóreo cuya vida se desliza entre la realidad y la leyenda: el ser o no ser empleado por algunos dramaturgos de siglos posteriores, que también intuían la magia del Verbo. Pudiera ser –el Verbo otra vez-, que los más avezados descubran que residió en Pamplona, donde vivió con su mujer y sus hijas en una cómoda casa cedida por la generosidad del Cabildo y donde, así mismo, participó en una obra cumbre de la monumental enciclopedia universal de haberes y saberes, antiguos y modernos, que es el  Camino de las Estrellas: su catedral. Y hasta cabe la posibilidad –siente el calor del sonrojo volver a encender de nuevo sus mejillas debajo de la máscara, hasta tal punto, que incluso teme que se derrita la cera- que los más observadores lleguen intuitivamente a percibir, en la forma octogonal de los ábsides o cabeceras, un detalle de su técnica y le atribuyan, de paso, alguna obra menor localizada en otros puntos equidistantes, pero igualmente situados en esta misteriosa y mítica tierra celta que un día albergará, de forma anónima, también, sus irrelevantes restos mortales.


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El tintineo de la escudilla del pobre se pierde en la distancia, como el último trueno de una tormenta que se aleja hasta desaparecer y la algarabía del último grupo de peregrinos, se amortigua y acalla en el interior de la catedral. Silencio. Esteban sabe, por su condición de Magister, que el silencio es la clave para escuchar la melódica resonancia que brota como un torrente del alma de las piedras. Imagina, pues, que a través de las dulces notas de la viola que el rey David tañe con sus manos –por algo lo representó con unos dedos largos, finos y de delicada textura- todo aquel que se detenga a contemplar su obra, percibirá la magia de la Creación, con el propio dedo de Dios insuflando vida en el pecho de Adán. Y verá también, embriagado, quizás, por unas notas que durante unos breves momentos parecen revestir el amargo sabor de la tristeza, a ese mismo Dios convertido en Padre severísimo que expulsa a sus díscolos hijos de un hogar que hasta entonces se había llamado Paraíso.Una melodía que, por otra parte, irá no obstante in crescendo con las alusiones al Árbol de la Vida, cuya existencia va indivisiblemente unida a la cruz y a la redención eterna de una humanidad infantil, siempre temerosa y necesitada de guía y protección. Resulta previsible, incluso, que algunos se alarmen frente a la visión –atrapado entre Dios y un crismón que descansa en el lomo de dos leones de sonrisa tan pícara como la del Daniel del Maestro Mateo- de un Amón celta, CernunnosBaco, para algunos-, abatido por el triunfo de la Nueva Religión. O por la visión apocalíptica de esos ángeles-trompeteros, que los más viajeros volverán a ver reproducidos en la parte occidental del templo noyés dedicado a San Martiño. Pero seguramente todos, o en su defecto, la gran mayoría, verán ostensiblemente perturbados sus pensamientos frente a la gélida belleza de la mujer muerta que porta una calavera en su regazo. ¿Cómo lo interpretarán?, se pregunta Esteban, acariciándose el mentón, como si se mesara una inexistente barba. ¿Verán una referencia a los comentarios de San Agustín sobre las famosas Actas de Leucio y la historia de Calimaco y Drusila, una alegoría al amor sin más, sin caracterizaciones genéricas, como símbolo de vida y eternidad, en contraposición al amor físico, que engendra muerte?. ¿Se fijarán, por el contrario, en el detalle del cráneo trepanado y pensarán en la Vid, la dinastía sagrada descendiente de Cristo y María Magdalena?. Esteban sonríe para sus adentros. Sabe que de cualquier manera, el secreto siempre estará a salvo, sea, siquiera, por el tiempo que perdure su obra. Pero eso es vanidad, y después de todo, no es su deseo pensar en la posteridad. ¿Qué son él y la posteridad, sino humo que se desprende de la llama y se esparce por el infinito?.

lunes, 16 de marzo de 2015

Libros de Piedra: la Puerta del Paraíso de la catedral de Orense


‘No sé si este modo de escribir según el mapa de los eclipses y la norma del laberinto te confunde, compañero, mas no hay otro que me lleve al lugar que busco pasando por los sitios que debo conocer…’ (1)

Como se comentó en la entrada anterior, con referencia a la Puerta de la Majestad de la Colegiata de Toro, también ésta Puerta del Paraíso de la catedral de Orense, es otro de esos lugares imprescindibles del Camino que hay que buscar –parafraseando a Sánchez Dragó, en cuya obra reseñada, no dejaba de preguntarse si todavía quedaba rastro de esa antigua y fascinante España mágica-, y, desde luego, conocer. Lanzados los dados –alea jacta est-, continúa, pues, el viaje, saltando de oca en oca, para recalar en el casco antiguo de la capital orensana, seguramente pasando cerca de una curiosa representación moderna, en la que un Ganimedes celtiña, que ha cambiado el águila por el ave noctámbula de Atenea -¿el mismo, quizás, curiosamente representado en un famoso capitel de la iglesia de Santiago de Allariz?-, entretiene a viajeros, turistas y peregrinos con el sonido ancestralmente lejano de su caramillo. En la presentación de este nuevo Libro de Piedra –texto antiguo y esencial, cuya primera edición habríamos de situar en los albores del siglo XII-, no obstante, observaremos –en aquellas reseñas de identidad, que podrían considerarse, continuando las comparaciones, como el prólogo, la introducción o incluso las credenciales de autor-, la influencia de un nombre y un estilo indivisiblemente asociados a la Historia artística gallega, así como también al románico peninsular: el Maestro Mateo y su escuela.

Curiosamente considerado hasta época relativamente moderna, como un oscuro arquitecto de la corte del rey Fernando II de León, y de similar manera a como en numerosos ámbitos académicos e incluso extra-académicos se habla de un estilo silense, que recoge como epicentro la influencia artística de los talleres canteros que trabajaron en el referente monasterio burgalés de Santo Domingo de Silos, desplegando su arte, su técnica y su modelo en provincias aledañas, siendo un buen ejemplo, las de Segovia y Soria, también el influjo mateano dejó una profunda huella, siquiera en el norte peninsular, amparada por las vicisitudes inherentes a un camino de peregrinación –el de Santiago, también conocido como de las Estrellas o de la Vía Láctea-, que fue ampliamente potenciado por los reyes de Castilla y Aragón, sobre todo en los siglos XI a XIII, en detrimento de las rutas originales de los siglos IX y X, inmediatamente posteriores al descubrimiento de los supuestos restos del Apóstol. Ahora bien, lejos de conocer el origen de este notable artesano de la piedra –posiblemente, extra-pirenaico y atraído por las inmensas posibilidades de trabajo inherentes al mencionado Camino de Santiago-  y especulando con la posibilidad de que interviniera personalmente en el diseño de los primeros tramos de una obra maestra, curiosamente dedicada a la figura de San Martín, cuyo altar mayor sabemos que fue consagrado en 1188, este magnífico volumen pétreo –de cuyas normas de calidad, conceptos tan de moda hoy en día, no debe resultarnos difícil vislumbrar los característicos isos basados en la longitud, la medida, el equilibrio y la proporción-, conserva, de esa primera etapa, tres monumentales portadas, siendo objeto de nuestra mayor atención, sin embargo, aquéllas dos situadas en el lado occidental. La primera, porque nos puede resultar interesante comprobar, que en el capítulo dedicado a las marcas de cantería, observaremos algunas que nos resultarán decididamente familiares –sobre todo, si hemos estado en el interior de la catedral compostelana-, siendo posiblemente la más relevante, por su repetitividad y trascendencia, aquélla en particular que representa algo muy similar al símbolo del infinito.


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Preámbulo al Pórtico del Paraíso, que nos espera apenas franqueado este umbral, donde la imaginería mateana despliega en su figuración todo un compendio teológico dirigido como una intrincada red, a pescar las conciencias de los fieles, la hierática mirada de un entronizado Santiago nos introduce, cual inesperado cicerone, en una pequeña maravilla, considerada como una representación, evidentemente a menor escala, del glorioso modelo compostelano. Un pórtico, que no obstante las apariencias, muestra, en su diseño, también esos modelos de puerta bífida, que así mismo utilizaron como referente, aparte del propio Mateo, maestros como Esteban, al que se atribuye, cuando menos, esa otra obra magna, de ingenio y misterio, mundialmente conocida como la Puerta de Platerías.


A diferencia del Liber Vitae que el Apóstol Santiago mantiene abierto, pero con las páginas en blanco –podría considerarse, como una alegoría a esa historia personal que ha de escribir cada uno con los capítulos de su propia vida-, los magníficos atlantes o columnas-estatua que representan, entre otros, a los grandes profetas bíblicos, se presentan a sí mismos, mostrando sus nombres en sus correspondientes filacterias desplegadas. De tal manera, que formando parejas o tríos –hercúleas espaldas sobre las que se sostienen los diferentes estadios o cielos compuestos por las arquivoltas-, Jonás, Jeremías, Ezequiel, Abacuc y Malaquías –por citar sólo a algunos- constituyen unos magníficos teloneros, que nos introducen en esos mundi speciosos, bien conocidos en el románico, donde no falta la presencia de los veinticuatro Ancianos del Apocalipsis, portando una variada gama de instrumentos musicales, bajo cuya influencia parece desarrollarse una melodía cósmica -¿la música de las esferas?-, cuyo influjo parece querer representar, a través de diferentes personajes y figuras, dantesca pero sublimemente representadas, las correspondientes alegorías a la eterna lucha entre el Bien y el Mal, la Antigua y la Nueva Ley a la que estaba sometida la concepción del mundo medieval.

(1) Fernando Sánchez Dragó: 'Discurso numantino. Segunda y última salida de los ingeniosos hidalgos Gárgoris y Habidis', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, mayo de 1995, página 71.

lunes, 23 de febrero de 2015

Libros de Piedra: el Pórtico de la Majestad de la Colegiata de Toro

El mundo de los canteros medievales, fascinante y complejo, como todo lo que tiene que ver con la religión, la filosofía y las bellas artes, no se reduce tan sólo a aquello que, aun constituyendo un misterio de primer orden, son las curiosas cuando no significativas marcas que éstos iban dejando en los sillares de los templos, de las fortalezas o de los edificios civiles que iban levantando, a medida que las condiciones favorables de la Reconquista iban ampliando sus horizontes, ofreciéndoles nuevas y cuantiosas oportunidades en las villas y ciudades de nueva creación. Lejos de conformarme, pues, con ese aspecto meramente esotérico de unas más que probables huellas de identidades o de lenguajes técnicos encaminados, cuando menos, al ámbito de influencia de los propios gremios, me gustaría incidir en la faceta monumental, educativa y estética del trabajo realizado; en ese macrocosmos de belleza, perfección y precisión integradas donde, qué duda cabe, destacan, en conjunto o bien por partes bien definidas y estructuradas, lugares como la Colegiata de Santa María la Mayor, de Toro, provincia de Zamora y su espléndido Pórtico de la Majestad. Una colegiata y un pórtico, en las que algunos autores y especialistas en la materia observan similares influencias a las técnicas y detalles utilizadas, precedentemente, en lugares relativamente cercanos, tomando como base y patrón, la inconmensurable belleza y perfección de un lugar como San Isidoro de León. No es casual, tampoco, que sean muchos los autores modernos, que aúnen su línea de pensamiento hacia ciertos asertos, como los realizados a principios del siglo XX por el controvertido y enigmático Fulcanelli, tendentes a ver, en estas obras soberbias, representadas en buena medida por colegiatas y catedrales, las verdaderas universidades de las que se nutría la Edad Media. En vista de ello, tampoco sería contraproducente hablar del Camino de Santiago, Camino de las Estrellas o de la Vía Láctea, en términos universitarios, y ver en estas espléndidas portadas y portas speciosas, auténticas enciclopedias donde se recogía todo el saber no sólo del mundo conocido hasta entonces, sino también la sabiduría de aquellos otros mundos y culturas que los precedieron, en busca de cuyo saber perdido se hizo un auténtico acopio –tras una intensa labor de busca y captura-, en los florecientes monasterios cluniacenses. Acción que, paradójicamente, se repetiría, aproximadamente un milenio después en la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial, cuando estadounidenses, ingleses, franceses y soviéticos libraron una dura pugna por conseguir todos los manuscritos medievales posibles, referidos, sobre todo, al ámbito de la Alquimia.

Toro, elevada orgullosamente sobre una hermosa y próspera vega, denominada justamente como el Oasis de Castilla, que riega con generosidad el trascendental y viejo Duero en su prolongada migración hacia Portugal y el océano Atlántico, fue una de esas villas medievales, cuya prosperidad e importancia queda suficientemente demostrada, cuando menos si observamos el número de templos que tuvo –algunos desaparecidos actualmente, como el de Santa María, que perteneció a los caballeros templarios, conjuntamente con el de San Salvador- y nos fijamos, sobre todo, en una de las obras cumbres que, aun a día de hoy, muestran poco menos que intacta su mediática grandiosidad medieval y la magnífica habilidad y sabiduría de los canteros que la levantaron: la Colegiata de Santa María la Mayor.

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Realizada, según estimaciones, en el último tercio del siglo XIII y cargada de simbolismo en todo su conjunto, la parte esencial, sin embargo, digna por su belleza y perfección –hasta el punto, de que ya individualmente podría ser considerada con toda justicia como Patrimonio Artístico Cultural de la Humanidad-, sería esa soberbia Puerta de la Majestad que, como un auténtico libro de texto medieval, conformaría, detalladamente, un peculiar pozo de sabiduría, cuyas aguas –comparativamente hablando- refrescarían la sed de saber y conocimiento sobre todo de peregrinos, hasta el punto de recoger, con todo lujo de detalles, ese mundo religioso y escatológico en el que vivía inmerso el hombre del Medievo. No sería escandaloso afirmar, por tanto, que en obras tan singulares, se inspiraran también grandes poetas como Dante Alighieri, para llevar a la escritura una de las obras cumbres de la Literatura Universal: la Divina Comedia. Como en ésta, en la Puerta de la Majestad, distribuida también en esos círculos o niveles determinados por las arquivoltas, que recogen interesantes escenas sobre el Juicio Final, el Purgatorio, el Paraíso y el Infierno, el artista medieval, cuyo anonimato engrosa las incógnitas del misterio, nos invita a recorrer otro viaje simbólico, lleno de claves, que a semejanza de las epopeyas clásicas, nos introduce en esa espiral trascendental y a la vez iniciática, donde el hombre no sería, sino, más que un simple peón en el complejo tablero del Universo. Un Universo, cuyo lenguaje es mediáticamente matemático, y en la mente del artista, los números tienen también su correspondiente importancia simbólica. De tal manera, que números tradicionalmente considerados como mágicos por su trascendencia, como el siete, conforman el número de columnas que se distribuyen a derecha e izquierda de un pórtico que, si bien, como se ha dicho, se desconoce el nombre del cantero que lo diseñó, sí conserva, no obstante, el del artesano que aplicó el toque de distinción y belleza, utilizando como un imán, la seducción inherente a la magia de la policromía: Domingo Pérez. 

Ahora bien, una de las claves que definen mayor protagonismo simbólico en esta magnífica portada, no es otra que la relevancia puesta de manifiesto en una figura primordial, bajo la que gravitan, advocacionalmente hablando, la mayoría de las grandes catedrales: Nuestra Señora. Una figura que, independientemente de otras consideraciones, fue particularmente venerada y alentada por cistercienses y templarios a partir del siglo XII, sustituyendo, en muchos de los casos, a otra figura no menos peculiar y popular: Santa María Magdalena. De hecho, si el motivo del tímpano representa la Coronación de la Virgen, ésta misma vuelve a figurar algo más abajo, de una manera muy cisterciense, como estatua-columna que se localiza en el centro de las dos pequeñas puertas o puertas bífidas, modelo ampliamente utilizado, no sólo en diferentes lugares del Camino, sino también en la catedral de catedrales, dada la relevancia de los restos que supuestamente alberga: la propia catedral del Apóstol Santiago.