domingo, 25 de enero de 2015

Gaudí: retorno a los orígenes. Introducción


Aun a pesar de sentir pasión por ese estilo novedoso y argótico, cuya aparición en el siglo XIII había dejado por completo obsoletas las antiguas construcciones románicas, afirmaba Gaudí que el gótico, no obstante, era un estilo incompleto y que sus edificios adquirían mayor belleza cuando estaban en ruinas y eran poseídos por la naturaleza. El retorno a las fuentes tradicionales, y sobre todo, el respeto y observación de ésta última, la naturaleza, fueron una constante a lo largo de su obra y conjugaron una parte esencial de las técnicas afines a un estilo y un renacer arquitectónico, la Reinaixança o modernismo, que comenzaba a brotar con fuerza en las principales ciudades europeas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Atrás quedaban las aburridas soluciones de unos estilos, renacentista y barroco, que habían proliferado con fuerza durante siglos anteriores, sobrecargados en algunos y con falta de imaginación en otros, herederos, sin duda, de unas edades marcadas por el oscurantismo y la Inquisición, posiblemente tan bárbaras o más, a aquellas otras que habían definido uno de los periodos históricos más brutales, denominados como Alta Edad Media.


Recibiera o no el don de Dios que le permitía, según él, ver y concebir las cosas en el espacio, lo cierto es que en sus obras, a poco que se esfuerce uno en mirar, descubrirá la presencia y la fuerza de los viejos símbolos que subyacen en el inconsciente colectivo y que ya fueron empleados con profusión por sus antecesores, los maestros y canteros medievales: la salamandra, el dragón, el caduceo, la serpiente, el hexágono, la tortuga, el toro o el árbol de la vida entre otros, sin obviar, por supuesto, las características de una arquitectura así mismo fractal, inspirada por la magia y la perfección de las espirales y helicoides, conocidas y aplicadas desde la más remota Antigüedad.


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lunes, 15 de diciembre de 2014

Wamba: Cábala y Simbolismo


Uno de los lugares, sin duda más apasionantes, más desconcertantes y más variopintos en cuanto a historia y a la conjunción de diferentes modos de aplicar la Geometría Sagrada y su simbolismo asociado, no es otro que lo que el tiempo y la acción destructiva e impremeditada de los hombres, han dejado como residuo sobreviviente de lo que antaño fuera el importante monasterio de Santa María de Wamba, situado en los impresionantes Montes Torozos vallisoletanos. De la acción de los canteros, y aun a pesar de los pesares, conserva numerosas referencias que, independientemente de su prosaico estado de conservación –por ejemplo, las pinturas de probable origen visigodo de su ábside o cabecera-, todavía ofrecen encomiables detalles, cuando menos para ejercer ese derecho a la especulación, que al fin y al cabo, a todos nos asiste.
Situada en el camino de Robledillo –la alusión a uno de los árboles más sagrados de la mitología celta, puede resultar algo más que casual-, Wamba, la antigua Gérticos, y en su particular su monasterio de Santa María, fueron testigos de numerosos e importantes hechos históricos, que merece la pena reseñar. Se supone que fue aquí donde Wamba –de ahí su nombre actual- fue obligado a aceptar la corona visigoda y donde, así mismo, se le nombró rey. De hecho, sus restos, así como los del también rey Recesvinto, que le precedió –recordemos su asociación con la basílica palentina de San Juan de Baños y la fuente con virtudes curativas que lleva su nombre, situada a escasos metros de ésta-, reposaron aquí, hasta que fueron trasladados a Toledo, en tiempos de Alfonso X el Sabio. Posteriormente –se cita como probable, el año 1175-, los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, utilizaron el lugar como encomienda, aunque, por motivos que se desconocen, no estuvieron en mucho tiempo: cinco o seis años, a lo sumo. Parece ser, que también la Orden del Temple se instaló aquí y probablemente, algún residuo simbólico –sobre todo, referido a la portada oeste, que se mantiene en buen estado de conservación, por haber estado sepultada durante muchos años-, les pertenezca. Curiosamente, se sabe, así mismo, que en este antiguo monasterio estuvo refugiada la reina doña Urraca, esposa del rey Fernando II de León, rey que, al parecer, no sólo donó extensas propiedades a los templarios, siguiendo la política iniciada por su padre, el rey Alfonso VII, sino que, además, les encomendó misiones de vigilancia en ciertos lugares de la provincia orensana, tanto en el interior –uno de ellos, podría ser A Mezquita-, como en las cercanías de la frontera con Portugal. Y recordemos, de paso, la reciente polvareda levantada por los historiadores Margarita Torres y José Miguel Ortega, quienes identifican el denominado Cáliz de Doña Urraca, que se custodia en la catedral de León, como el verdadero Santo Grial, en detrimento del que la tradición sitúa como el que puso a salvo San Lorenzo cuando las hordas de Alarico conquistaron Roma, el cual se custodió durante muchos años en el monasterio oscense de San Juan de la Peña, pasando por lugares como la Aljafería zaragozana, en tiempos del rey Martín el Humano, hasta desembocar en la catedral de Valencia, donde permanece custodiado hasta la fecha. Y en cuanto a la presencia del mito en tierras vallisoletanas, recordemos, igualmente, la referencia que se localiza en un lugar muy cercano a Wamba, situado también en plenos Montes Torozos: San Cebrián de Mazote y su iglesia mozárabe, dedicada a la figura de San Cipriano.


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Por otra parte, y en relación a las actividades de los diferentes gremios y las distintas organizaciones monásticas que residieron en este insólito complejo de Wamba, se pueden apreciar algunas singularidades bastante notables. Entre ellas, por ejemplo, esas referencias al panteísmo celta a las que aludíamos anteriormente, reflejadas, cuando menos, en uno de los capiteles de la nave, en la intrigante figura de Pan, caracterizado con sus dos pequeños cuernos en la cabeza; una cabeza, que además surge de una floresta ancestral, a la manera de tantas representaciones alusivas a la Antigua Religión, a las que se ha  denominado como hombres-verdes, cuya presencia en lugares sacros, se ha venido constatando, a lo largo de los siglos, sin importar el estilo y la época. Otras figuras simbólicas, como el zapatero que mastica una tira de cuero –al que generalmente, se confunde con una alusión a la lujuria-, hacen referencia a los gremios de artesanos que ya comentaban a tener su importancia en las villas y ciudades en las que se iban asentando, a medida que la Reconquista iba medrando el poder musulmán en la Península y colonizándose los territorios ocupados.
Especulación, por otra parte, aunque no exenta de interés, es aquella donde algunas fuentes pretenden ver, en los escasos restos de lo que un día debieron de ser unas magníficas pinturas situadas en la cabecera principal, detrás del altar, alusiones a la Kabalah hebráica, en base a los motivos florales y animales que las componían, donde todavía se puede apreciar, la forma inconfundible de los leones de origen visigodo, cuya representación aún puede observarse en algunos interesantes edificios de la época, como Santa Comba de Bande, en la provincia de Orense o San Pedro de la Nave, en la vecina provincia de Zamora.
Más compleja, aun si cabe, es la presencia, anexa a uno de los laterales de la nave y situada enfrente de la pequeña Sala Capitular –donde uno de los detalles más reseñables, es la abundancia de marcas de cantería-, de una pequeña capilla, en mitad de cuyo paso –eje o Axis Mundi-, se encuentra el tronco de un impresionante Árbol de la Vida, cuya bóveda se despliega en forma de hermosas hojas de palmera. La capilla, de reducidas dimensiones, todavía conserva restos de pinturas, probablemente góticas o posteriores, y entre ellas, en la parte superior central, dos ángeles portan un pequeño escudo con una cruz de Malta, detalle frente al que cabe la suspicacia de preguntarse sobre el tipo de actividades o ceremonias que en ella llevaban a cabo los caballeros hospitalarios, una de cuyas encomiendas se encontraba en las inmediaciones de Simancas, en un pueblo que todavía lo recuerda en su nombre: Arroyo de la Encomienda. Completan las pinturas, en orden de izquierda a derecha: una Natividad, algunos retazos del Prendimiento y la Pasión y lo que pudiera ser una referencia a la denominada Invención de la Cruz, pasaje donde, según la Tradición, Santa Elena, madre del emperador Constantino, encuentra en Jerusalén la Vera Cruz.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Nuestras Señoras del Misterio


El tiempo, los hombres y el olvido destruyeron sus santuarios. En ocasiones, la tierra, de alguna manera imitando a esa mar que, según los marineros, termina devolviendo parte de todo lo que se traga, tiene un acto de voluntaria piedad y abre pequeños surcos en su carne, donde, a la luz de ese mismo sol que ilumina el mundo desde el alba de los tiempos, sorprende al hombre moderno con la tesitura de los antiguos misterios. Observándolas, aun a la luz mortecina que se cuela a través de las urnas de vidrio que en ocasiones las contienen, la mirada ausente de su hierática apostura, nos hace un guiño de complicidad. Son extrañas, pero a la vez, son también familiares, pues a pesar de todo, de los cambios de culto, de esas telas domingueras que ocultan sus auténticas bellezas, continúan escuchando, siglo tras siglo, milenio tras milenio, las eternas súplicas de los hombres. Como hacían antiguamente, a veces se presentan ellas mismas: Isis, para Plutarco, Tanith para los honderos de las Islas Afortunadas, el Pilar para reforzar el mito de Santiago o Astarté para Ramón J. Sender. Poco importa el nombre, después de todo, pues como eterno paradigma que son, de una u otra manera, han estado, están y seguirán estando presentes en la gran aventura del hombre. Nuestras Señoras del Misterio.

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martes, 4 de noviembre de 2014

La voz perdida de Iberia


Iberia y su voz. Una voz apagada, perdida irremisiblemente en frías salas de museo, una vez mutilada su lengua de ese lugar de origen donde su susurro acariciaba las soledades del pastor trashumante, que llevaba los antiguos símbolos al abrigo del corazón, bien protegidos en el calor de su pelliza de lana de oveja, transmitiéndolos oralmente de generación en generación; en innumerables ocasiones, ahogada definitivamente por ese sicario sin escrúpulos al servicio de la especulación urbanística llamado hormigón, que vuelve a inundar la tierra, condenando al universo de la imaginación los viejos mitos atlantes y tartésicos que nunca más verán la luz, destruido para siempre el soporte que les daba un hálito de vida; rea a cadena perpetua en los calabozos insondables de la maldita burocracia; mal interpretada, nunca comprendida y siempre a merced de los convencionalismos científicos. Y sin embargo, si lo analizamos fríamente, veremos que de su voz malherida, de su lengua olvidada o quizás del frotamiento de dos palos colocados en cruz -la primera cruz- vio la luz en forma de fuego el espíritu de Prometeo, del que nos hemos ido nutriendo a lo largo de los milenios. Cambia la mentalidad, pero el símbolo permanece. Tal vez tengan razón los budistas cuando afirman aquello de que el efecto sigue a la causa, lo mismo que la sombra sigue al caminante.

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viernes, 31 de octubre de 2014

Los Lenguajes del Silencio. Petroglifos de Pontevedra: Amoedo



Para poner fin, al menos momentáneamente a esta breve incursión por el fascinante mundo de los petroglifos pontevedreses, nos acercamos a las inmediaciones de Redondela, en pleno Camino de Santiago portugués –no sin hacer mención a su bonito puerto de Cesantes y a la isla de San Simón, con su leprosería y cárcel en la posguerra-, y al pueblo de Amoedo, a cuya salida, y a breves metros de la gasolinera, parte un camino rural a la derecha, que se adentra en el monte. No bien se entra en él, se observa, a la izquierda, un crucero de piedra, que si bien no parece ser muy antiguo, sí confirma, cuando menos, la continuidad de las primeras cristianizaciones, de las que quedan constancia, como se constatará más adelante con las cruces grabadas en la piedra, que distorsionan algunos petroglifos. A menos de una docena de metros más delante del crucero, también en el margen izquierdo por delante del crucero, aunque prácticamente oculto por la vegetación, se aprecia un pequeño edificio que, por edad, posiblemente no desmerezca el calificativo de histórico: se trata de un viejo molino que, a fin de cuentas, ofrece un genuino toque de romanticismo al lugar.

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Se conoce, así mismo, la presencia de numerosos túmulos funerarios en los alrededores, y aunque no tiene la categoría, al menos todavía, de parque arqueológico como los de Touron y Campo Lameiro, sí es cierto que se convocan numerosas visitas guiadas al lugar, muchas de las cuales transcurren de noche, pues al parecer y por increíble que parezca, los petroglifos se distinguen mejor. Una de las características más reseñables de este conjunto, es la representación de misteriosas cazoletas, muy similares, por no decir idénticas, a las que se recogen en numerosos lugares peninsulares, incluso tierra adentro, como las innumerables cazoletas que decoran las paredes de la cueva de la Santa Cruz, en Conquezuela, provincia de Soria.
Éstos, por lo demás y en líneas generales, como si se tratara de un lenguaje universal, apenas difieren en sus temáticas de los que hemos podido apreciar en las anteriores entradas, señalando, quizás, lugares eminentemente sagrados. Como dato a tener en cuenta, además, se constata la presencia de petroglifos en numerosos pueblos de los alrededores, a veces distribuidos en pequeñas cantidades y otras, en solitario.

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miércoles, 29 de octubre de 2014

Petroglifos, también una cuestión de percepción


(Fotografía 1)

No es cuestión ni pretensión de sentar cátedra, ni hay, tampoco, un empeño intencionado de levantar polémicas donde posiblemente no las haya. Pero sí puede resultar oportuno poner de manifiesto lo frágil que en ocasiones puede resultarnos ese maravilloso sentido que es la vista y de qué manera, según la perspectiva de nuestra mirada, la información transmitida a nuestro cerebro puede ser errónea o estar fatalmente distorsionada. Una buena ocasión que tuve para comprobarlo, fue precisamente aquí, en este interesantísimo complejo arqueológico de Touron.

(Fotografía 2)

Bien es cierto, que cuando uno llega al lugar, los primeros petroglifos que se tienen la oportunidad de observar apenas se comienza la visita, son aquellos que, para más señas, se localizan en una roca situada en las proximidades de la caseta de información, al principio, podríamos decir, del sendero delimitado que recorre el circuito principal. La roca en cuestión, tiene forma, comparativamente hablando –que comparar, forma también parte de la expresividad humana, aunque también esto tiene, por supuesto, su relatividad-, de cabeza de ajo. Pues bien, dicha roca contiene, como así lo confirma un cartel gráfico (fotografía 1), tres formas zoomorfas –posiblemente ciervos-, superpuestas, que se aprecian, si se miran de manera horizontal, como aparecen en la fotografía número 2.

(Fotografía 3)

El problema estriba, en que si nos acercamos a la roca y miramos tal cual se nos aparece, es decir, de manera vertical, por poca imaginación que le echemos, comprobaremos que las teóricamente tres figuras zoomorfas superpuestas, se transforman en un grabado, acerca de cuya visión podemos jurar y perjurar que lo que realmente estamos contemplando, no parece otra cosa que un guerrero a lomos de su montura, como se puede apreciar en la fotografía número 3.

jueves, 23 de octubre de 2014

Los lenguajes del silencio. Petróglifos de Pontevedra: Touron


Otro importante yacimiento arqueológico, con especial profusión de petroglifos, se localiza en el Concejo de Ponte Caldelas. Concretamente, en el pueblecito de Touron, que además cuenta con una parroquial dedicada a la figura de Santa María, que aunque muy atacada por las numerosas reformas realizadas sobre todo en el periodo comprendido entre los siglos XVII y XVIII, aún conserva algunos rastros de su primigenia cuna románica -como por ejemplo, su portada oeste- y con su presencia señala, además, la cristianización de un entorno que todavía mantenía, previsiblemente, su estatus sagrado anterior. De similares dimensiones y características que el yacimiento arqueológico de Campo Lameiro, los antiguos habitantes del lugar también dejaron consignada su expresividad anímico-espiritual en el eterno vehículo de la roca.
 
Si bien existe una notable diferencia entre la forma de explotar las posibilidades temáticas de uno y otro yacimiento, no se evidencia apenas variación alguna en cuanto al contenido, aunque podría decirse que precisamente aquí, en el yacimiento de Touron, lo simbólico subjetivo parece ser más determinante -si nos atenemos al factor volumen o repetitividad-, que lo antropomorfo o zoomorfo -independientemente de la presencia de una curiosa figura que parece estar dotada de alas y quizás sí haga referencia a algún tipo de divinidad tribal-, que, no obstante, vuelve a remarcar la importancia de un animal muy determinado: el ciervo.
 
El factor determinante, es que en este yacimiento se pueden observar a simple ojo, muchos más petroglifos que en Campo Lameiro, aunque también es cierto que la erosión y la proliferación de las diferentes familias de hongos y hiedras hacen que muchos de ellos pasen prácticamente desapercibidos.

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