miércoles, 29 de octubre de 2014

Petroglifos, también una cuestión de percepción


(Fotografía 1)

No es cuestión ni pretensión de sentar cátedra, ni hay, tampoco, un empeño intencionado de levantar polémicas donde posiblemente no las haya. Pero sí puede resultar oportuno poner de manifiesto lo frágil que en ocasiones puede resultarnos ese maravilloso sentido que es la vista y de qué manera, según la perspectiva de nuestra mirada, la información transmitida a nuestro cerebro puede ser errónea o estar fatalmente distorsionada. Una buena ocasión que tuve para comprobarlo, fue precisamente aquí, en este interesantísimo complejo arqueológico de Touron.

(Fotografía 2)

Bien es cierto, que cuando uno llega al lugar, los primeros petroglifos que se tienen la oportunidad de observar apenas se comienza la visita, son aquellos que, para más señas, se localizan en una roca situada en las proximidades de la caseta de información, al principio, podríamos decir, del sendero delimitado que recorre el circuito principal. La roca en cuestión, tiene forma, comparativamente hablando –que comparar, forma también parte de la expresividad humana, aunque también esto tiene, por supuesto, su relatividad-, de cabeza de ajo. Pues bien, dicha roca contiene, como así lo confirma un cartel gráfico (fotografía 1), tres formas zoomorfas –posiblemente ciervos-, superpuestas, que se aprecian, si se miran de manera horizontal, como aparecen en la fotografía número 2.

(Fotografía 3)

El problema estriba, en que si nos acercamos a la roca y miramos tal cual se nos aparece, es decir, de manera vertical, por poca imaginación que le echemos, comprobaremos que las teóricamente tres figuras zoomorfas superpuestas, se transforman en un grabado, acerca de cuya visión podemos jurar y perjurar que lo que realmente estamos contemplando, no parece otra cosa que un guerrero a lomos de su montura, como se puede apreciar en la fotografía número 3.

jueves, 23 de octubre de 2014

Los lenguajes del silencio. Petróglifos de Pontevedra: Touron


Otro importante yacimiento arqueológico, con especial profusión de petroglifos, se localiza en el Concejo de Ponte Caldelas. Concretamente, en el pueblecito de Touron, que además cuenta con una parroquial dedicada a la figura de Santa María, que aunque muy atacada por las numerosas reformas realizadas sobre todo en el periodo comprendido entre los siglos XVII y XVIII, aún conserva algunos rastros de su primigenia cuna románica -como por ejemplo, su portada oeste- y con su presencia señala, además, la cristianización de un entorno que todavía mantenía, previsiblemente, su estatus sagrado anterior. De similares dimensiones y características que el yacimiento arqueológico de Campo Lameiro, los antiguos habitantes del lugar también dejaron consignada su expresividad anímico-espiritual en el eterno vehículo de la roca.
 
Si bien existe una notable diferencia entre la forma de explotar las posibilidades temáticas de uno y otro yacimiento, no se evidencia apenas variación alguna en cuanto al contenido, aunque podría decirse que precisamente aquí, en el yacimiento de Touron, lo simbólico subjetivo parece ser más determinante -si nos atenemos al factor volumen o repetitividad-, que lo antropomorfo o zoomorfo -independientemente de la presencia de una curiosa figura que parece estar dotada de alas y quizás sí haga referencia a algún tipo de divinidad tribal-, que, no obstante, vuelve a remarcar la importancia de un animal muy determinado: el ciervo.
 
El factor determinante, es que en este yacimiento se pueden observar a simple ojo, muchos más petroglifos que en Campo Lameiro, aunque también es cierto que la erosión y la proliferación de las diferentes familias de hongos y hiedras hacen que muchos de ellos pasen prácticamente desapercibidos.

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martes, 14 de octubre de 2014

Los Lenguajes del Silencio. Petróglifos de Pontevedra: Campo Lameiro


Sin duda, tenemos en este sorprendente lugar, no sólo uno de los mayores yacimientos de petroglifos de toda la comunidad de Pontevedra, sino además, uno de los pocos Centros Arqueológicos destinados a salvaguardar esta rica herencia cultural, que mantienen sus puertas abiertas al público y donde no resulta difícil encontrarse con profesores de secundaria que acompañan a sus alumnos a clases eminentemente prácticas, donde se les muestra una parte de la forma de vida, las costumbres y el espíritu que animaba a aquéllos pueblos protohistóricos, que en buena ley podrían considerarse como sus más remotos antepasados. Se accede a Campo Lameiro, por la carretera general 541, precisamente aquella que conecta Pontevedra con Carballino y Orense -capital de la vecina provincia de idéntico nombre, de la que dista ochenta y tres kilómetros-, y por la que el buscador de singularidades, puede acceder a lugares donde se constata -sea documental o tradicionalmente-, la presencia de una orden medieval muy particular de monjes-guerreros, cuya afición por asentarse en las cercanías de lugares megalíticos y antiguos cultos, resulta bastante más que casual: los caballeros templarios. De hecho, uno de tales lugares, sería la población de Astureses -distante seis o siete kilómetros de Carballino-, y su iglesia de San Xulián, donde todavía se puede contemplar el sarcófago en el que reposan los restos de Frei Juan Pérez de Outeiro, fallecido en 1286.
 
Localizados en una extensión aproximada de 22 hectáreas, los petroglifos de Campo Lameiro no sólo ofrecen una extraordinaria variedad de temáticas, sino que además han sido datados por los arqueólogos en varias fases predeterminadas, considerándose que el principal conjunto de ellos, se desarrolló en los milenios III a II a. de C., coincidiendo con el desarrollo del Neolítico Final y la Edad del Bronce. Tal antigüedad, así como diversos factores relacionados con el tiempo, la erosión, la barbarie -y no me refiero al concepto de latino encaminado a aquellos que vivían fuera de las ciudades-, así como un clima pródigo en el desarrollo de múltiples colonias de líquenes y hongos, hacen que muchos de ellos sean prácticamente indistinguibles a simple vista, detalle del que avisan en el Centro de Interpretación y recomiendan restringir la visita a aquellos mejor conservados, perfectamente delimitados en un circuito previamente numerado. Sea como sea, merece la pena recorrerlo entero.
 
Dentro de la diversidad de motivos, sobresale la figura trascendente del ciervo, que aquí adquiere proporciones monumentales, lo que puede dar una idea de la fascinación que dicho animal totémico ejercía sobre los pobladores de la zona. A este respecto, quizás no fuera demasiado descabellado sugerir si dicho interés, no desembocaría, con el paso del tiempo, en cultos determinados que darían origen a los mitos sobre los reyes sagrados, que portaban grandes astas de ciervo en sus tocados -como se descubrió en algunos yacimientos, como el de New Grange-, a la formación de grandes deidades, como el Cernunnos celta o incluso, de alguna manera, a la continuidad del mito, particularmente adaptado, como los cuernos que portaban Moisés, Dioniso e incluso el propio Alejandro Magno, sin olvidar que incluso en ciertas representaciones románicas, se identifica al ciervo con el propio Jesucristo y, hecho curioso, su caza y persecución desembocó en el descubrimiento del lugar sagrado y la imagen virginal, generalmente negra.
 
Junto a la figura abundante de cérvidos y equinos -predominantes sobre una fauna que debía de ser abundante y variada-, destacan, así mismo, las tradicionales espirales y los laberintos, símbolos fundamentales que no sólo fueron adoptados durante la Edad Media por las diferentes hermandades de canteros, sino que, por añadidura, se ha constatado su presencia en los cinco continentes, diseño que no sólo se encuentra abundantemente en diseños terrestres naturales o celestes, lo que así mismo, determinaría la presunción de posesión de ciertos conocimientos que la historiografía oficial lejos está de admitir y contemplar, y que además, fueron utilizados como modelos subterráneos en tumbas y posteriormente reproducidos en el interior de numerosas catedrales góticas.


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domingo, 21 de septiembre de 2014

Los Lenguajes del Silencio. Petróglifos de Pontevedra: Mogor


Hay algo arcano, misterioso y terriblemente impenetrable en éstas tempranas manifestaciones socio-culturales, que en el fondo constituyen ese universo, primitivo, cuando no oscuramente primigenio, que son los petroglifos. No se trata, en absoluto, de manifestaciones esporádicas, ni tampoco puede ninguna de nuestras provincias, arrogarse el privilegio de ser la cuna de un modo de expresión que todavía, milenios después de la extinción de sus anónimos autores, continúa oculto detrás de esa hermética protohistoria, a la que los arqueólogos parecen tener vértigo y a la que los teósofos, de una manera netamente romántica, se referían como el hipotético e impenetrable Velo de Isis.
 
Galicia, no obstante y a pesar de éstas consideraciones, puede que sea, en cuanto a la materia a la que nos estamos refiriendo, si no la mayor, desde luego que sí una de las provincias más prolíficas en tales referencias. Y si bien el ámbito de existencia de ésta críptica simbología se extiende sin excepción a los límites de sus cuatro provincias, parece ser que, a juzgar por la cantidad de que hace gala, Pontevedra es la provincia donde más petroglifos parecen haberse localizado, lo cual no significa, necesariamente, que estén todos convenientemente clasificados, y lo que sería aún mucho más provechoso y aconsejable, debidamente señalizados.
 
Posiblemente, uno de los lugares de culto -se podría considerar, que fueron de los primeros en descubrirse y posiblemente por ello, los que recibieron más propaganda y popularidad, hasta el punto de que se sospechan ciertas injerencias modernas, que alteran por completo el mensaje original-, sea este de Mogor, enclave situado en plena Península del Morrazo, y al que se accede fácilmente desde la hermosa y carismática villa marinera de Marín. Cercanos a una hermosa playa, en la que todavía, y a pesar de las exigencias del turismo, conserva una parte interesante de ese bosque ancestral que servía de frontera con el mar tenebroso, los motivos que sobresalen en sus descarnados peñascos, nos muestran menos proliferación del animismo animal -ciervos y serpientes principalmente, se disputaban, respectivamente, según la opinión de algunos expertos, el protagonismo en santuarios rupestres y castros-, presente, sobre todo, en los enclaves cultuales situados más al interior, como Touron, Amoedo o Campo Lameiro, y una mayor presencia subjetiva de elementos geométricos -círculos, espirales y laberintos, en su mayor parte-, que deberían llamarnos la atención, no sólo con la familiaridad que presentan con culturas mediterráneas, como la cretense, y cuya memoria se continuó conservando milenios después por peregrinos y canteros -no olvidemos catedrales, como la de Chartres-, que de alguna manera, conservaron la memoria de una simbología presente en caminos estelares, que ya existían antes de que en Libredón se produjera la supuesta aparición de la tumba del Apóstol y el Camino de Santiago pasase a convertirse en otra de las grandes rutas de peregrinación, capaz de hacer sombra a las de Roma y Jerusalén.
 
Pero aún, hay algo más; algo que, si bien puede parecer una elucubración más a cuantas sugerencias, hipótesis o comentarios se han dicho sobre el tema, yo no lo descartaría sin más. Y es que, si observamos en un plano, la distribución de auténticos templos megalíticos, como el de Stonehenge o el de Woodhenge, en Gran Bretaña (1), observaremos, no sin cierta sorpresa, que su planta, nos recuerda, con una más o menos acertada regularidad, algunos de estos diseños circulares, incluidas las pequeñas cazoletas insertas en su interior, que bien podrían coincidir con la colocación de los basamentos interiores de tan sugestivo lugar.

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(1) Un buen ejemplo de ello, se puede encontrar en el libro 'Stonehenge', de Fernand Niel, Editorial Plaza & Janés, colección Realismo Fantástico, primera edición, Barcelona, marzo de 1981.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Montserrat: una Magister Muri llamada Gaia


'No es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción'.
[Rabindranath Tagore]
 
Alguien, muy acertadamente, rescató para el visitante esta frase del genial poeta hindú, Rabindranath Tagore, para describir y recordarle, allá, en los mágicos laberintos naturales del Monasterio de Piedra, que cuevas, cascadas y jardines conforman un perfecto ejemplo de lo que en lejanos países orientales, como Japón, denominan suiseki o arte de las piedras. En definitiva: arte creado por la Naturaleza. Un arte que, si bien ellos importaron de China hacia el siglo V, lleva desarrollándose sobre la faz del planeta desde que el mundo es mundo, pareciendo tener una fuerza y una magnitud sobresalientes, en lugares muy determinados, los cuales siempre han destacada por sus especiales características, actuando sobre la imaginación del hombre, como imanes difíciles de eludir. Uno de tales lugares, fuera de toda duda, es la montaña -y añado el calificativo de mágica, porque lo es- de Montserrat.
 
Tal vez fuera orientándose en el mencionado arte japonés del suiseki, o más probablemente, acudiendo a lugares como Montserrat, como el mayor genio de la arquitectura moderna, Antoni Gaudí, asumió el concepto de arquitectura orgánica, que habría de equilibrar la balanza armónica entre lo natural y lo artificial, como base fundamental de su idea creadora. Posiblemente antes que él, también los canteros que comenzaron a levantar las ermitas y el santuario en las postrimerías de ese siglo VII, nefastamente recordado por la invasión de los ejércitos musulmanes comandados por Tarik, tuvieran similares sensaciones y a la sombra de lugares tan significativos como el Cavall Bernat, los Encantats, la Roca Foradada, el Cap de Mort, el Gegant Encantat o el Gorro Frigi, entre otros, tuvieran el mejor manual de Arquitectura Sagrada que se pueda imaginar.
 
Como decía el gran filósofo francés, Paul Elouard: hay otros mundos, pero están en éste. Y entre esos mundos, figuran no sólo las ideas fantásticas de la inimitable Magister Gaia, sino también todas aquellas expresiones gráficas, simbólicas y totalmente incomprensibles legadas por culturas y civilizaciones pretéritas, muchas de las cuales sirvieron, por su universalidad, como fuentes de las que se nutrieron posteriormente los canteros medievales. Son, como diría la profesora titular de Prehistoria de la Universidad de Santiago de Compostela, Mar Llinares García, los lenguajes del silencio. Sirva esto, pues, como colofón para las futuras entradas de este blog.

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martes, 12 de agosto de 2014

Marcas de cantería en la iglesia más antigua de Sepúlveda


Chorros de sangre corren por las venas de su historia, pero también infinitos enigmas de difícil solución. Vista en la distancia, Sepúlveda es, comparativamente hablando, como esa fabulosa montaña de las tradiciones árabes, el Khaf, en cuya superficie habita el fabuloso pájaro Roc, pero en cuyas entrañas sobreviven, indolentes al paso tiempo, tesoros perdidos en la noche de los tiempos. Celtas y romanos, árabes y cristianos dejaron sus huellas en una inequívoca confluencia que, aunque a menor escala, hacen de esta ciudad una pequeña toletum enclavada en pleno corazón de Castilla. Basta echar un vistazo a sus calles estrechas, cargadas de símbolos y recuerdos, a su transformada judería, apenas reconocible por las nuevas construcciones y a sus milenarias tradiciones, para comprender que hubo un tiempo en el que el Conocimiento circulaba a su libre albedrío entre las distintas gentes del Libro. De su prosperidad medieval, dan cumplido testimonio los restos de las murallas que la cercaban y los numerosos templos que, en mejor o en peor estado, todavía mantienen sus torres-campanario enhiestas hacia unos cielos en los que en las noches claras, todavía se ve el candil del Carro guiando el camino de los peregrinos. Gentes del camino debieron de ser, también, aquellos mismos artesanos que establecieron en ella sus talleres y levantaron templos de belleza y precisión, entre los que destacan, situados en lo más alto, el del Salvador y aquél otro dedicado a la figura de una Virgen Negra: Nª Sª de la Peña, posiblemente los que menos hayan sufrido las alteraciones de un tiempo y de unos hombres que olvidaron su auténtico sentido y valor.
 
Llegar al templo del Salvador, supone ascender un pequeño via crucis que, no obstante la posible fatiga de la ascensión, proporciona unas vistas espléndidas de una ciudad, que parece dormir un sueño eterno alrededor del monte sobre la que se asienta. De proporciones esbeltas, conserva una hermosa galería porticada y prácticamente intacta toda su ornamentación original. Una ornamentación, en cuyos detalles encontraremos, quizás, elementos que nos proporcionen alguna pista, si no de quiénes fueron en realidad los que lo levantaron, sí al menos, reseñas más o menos fiables, de dónde estuvieron y también en donde pararon. Por cierto tipo especial de nudo -colocado a propósito en vídeo que ilustra la presente entrada-, se podría decir que fueron coetáneos y hasta posiblemente trabajaron allá, allende la frontera con Soria, en el también arcano templo de San Miguel en San Esteban de Gormaz. Pero a diferencia de éste, en el que apenas se encuentran marcas, los canteros que levantaron el templo del Salvador, dejaron, en unos sillares que desafían obstinadamente al tiempo, una pequeña colección de símbolos, que merece la pena observar. La mayoría, en su conjunto, no difieren apenas de los que se pueden encontrar en numerosos templos de sus características, independientemente del lugar en el que éstos se levanten: compás, flechas, iniciales, formas rúnicas, patas de oca, etc. Pero hay uno, bastante abundante, por cierto, que llama mucho la atención, pues su forma, antiquísima y bien conocida desde la más remota antigüedad, no suele verse con facilidad: la esvástica. De hecho, sólo recuerdo haberla visto como marca de cantero, en el claustro de un monasterio orensano venido a menos, el de Santa María de Xunquera de Espadañedo. Una esvástica que, curiosamente, mantiene sin trazo el extremo superior e inferior del madero central. Una forma, que de hecho, no se vuelve a encontrar en ninguno de los restantes templos, no sólo de ciudad (Santiago, Justo y Pastor, San Bartolomé), sino también, me atrevería a decir, de toda la región.
Hay también algunas inscripciones romanas, probablemente pertenecientes a antiguas sepulturas, y algunos curiosos grafitis, como el que muestra una extraña figura -quizás un ángel o una representación mariana- portadora de una cruz. Y no muy lejos, un crismón a cuyo pie de aprecia una fecha, a la que algunos consideran aquella en la que se consagró el templo, pero que otros desmienten y consideran apócrifa. En fin, apenas pequeñas gotas de agua en un mar revuelto, pues realmente podría decirse que son insignificantes si las comparamos a la extraordinaria simbología que los misteriosos canteros desplegaron en la ornamentación de un templo que, como muy bien dice la dedicatoria que hay en la calle, al comienzo de la subida, caminante catador del hechizo de esta villa; sube y llega con fervor hasta el altar de Castilla, donde en románico brilla, la joya del Salvador.

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miércoles, 12 de marzo de 2014

Santo Estevo de Ribas de Sil: Geometrías Mágicas en un monasterio de la Ribeira Sacra



Se suponen los orígenes de este monasteriode Santo Estevo en los brumosos tiempos de un siglo X, en los que la Península Ibérica estaba prácticamente sometida al control total del invasor agareno, tras el descalabro del ejército visigodo del rey Rodrigo en la célebre batalla del Guadalete, acaecida en el año 711. Época, en la que de alguna manera, proliferaba el eremitismo –generalmente, como un medio aceptado de acercarse a Dios en la meditación, la soledad y la pobreza, refugiándose en la matriz de la tierra, que en algunos casos, servía también para escapar de las continuas razzias de los musulmanes-, no es de extrañar que un monje, de nombre Franquila, decidiera, con la inestimable colaboración del rey Ordoño II, reagruparse en comunidad, adoptando una forma de vida monacal, basada en la Regla de San Benito o San Vieito, como se le recuerda por estas tierras. Tal es así, que considerado como el primer Abad de este monasterio de Santo Estevo, aparezca  su nombre consignado en el dintel de la puerta de la cercana ermita de San Juan del Cachón (1), haciendo referencia a un año en cuestión, por el que se determina lo anteriormente expuesto: el 918.

De la prosperidad y fama del lugar, nos hablan no sólo las espectaculares dimensiones del cenobio; la estancia de relevantes personajes (2) y la tradición, tan arraigada en la mente popular, sobre los numerosos milagros acaecidos a la vera de las reliquias de los nueve obispos santos cuyos restos parecen ejercer sobre el lugar y el entorno un halo de misterio y protección. Detalles que, para situarnos en el contexto medieval al que pertenecen, constituyen motivos suficientes para pensar que, una vez a punto de traspasar el umbral de sus puertas, nos hallemos frente a un cúmulo histórico y cultual de primer orden; posiblemente, el más importante –o uno de los más importantes-, de los numerosos monasterios situados como luciérnagas a uno y otro lado de la orografía fronteriza conformada por los ríos Sil y Miño a su paso por las provincias de Orense y Lugo.

Lejos de dejarnos sorprender por el estilo herreriano que impera actualmente, y que de alguna forma continua, desde el pensamiento del siglo XVI –época, en la que un pavoroso incendio estuvo a punto de arruinar definitivamente el lugar-, observando en su escueta conjunción las proporciones del modelo salomónico, que incluso, según numerosos autores, ya vagaba con fuerza intencionada por los pensamientos de reyes, como Felipe II y su obra cumbre, el monasterio de San Lorenzo de El Escorial (3), hemos de pensar, que aún, originalmente románicos o no, los detalles que nos aguardan en su interior son, cuando menos, genuinamente interesantes. Estos se refieren, principalmente, a lo que queda del primitivo claustro románico y a su parte inferior –el denominado Claustro dos Bispos-, puesto que la superior quedó prácticamente destruida en el siglo XVI, como ya se ha dicho, momento histórico al que pertenecen los dos claustros renacentistas, que prácticamente nada tienen que aportar en cuanto a imaginería y simbolismo, pero sí a geometría y proporción.

Dentro de la escueta ambigüedad característica de unos capiteles que basan el noventa por ciento de su temática, en recrear esos jardines representativos del Paraíso –esas rosaria pétreas, cuya tradición continuaría estando presente en los maravillosos manuscritos iluminados que pacientemente transcribían los monjes en los scriptoriums-, el resto, de carácter historiado, ofrecen algunos detalles de notable interés: las arpías o esfinges, como ha llegado a clasificarlas algún autor, aquellos terroríficos seres mitológicos con cabeza humana, cuerpo de ave y colas de serpientes unidas unas con otras haciendo lazos imposibles, que también se encontraban como motivo ornamental –y lo constato, exclusivamente, a modo de anécdota- en el interior de alguna encomienda templaria, como era la de Ceínos de Campos, en la provincia de Valladolid, según comentó en su momento Juan García Atienza, basándose en antiguos dibujos (4). Hay también varias representaciones de ángeles, que muestran a los dos arcángeles protagonistas, posiblemente, de los dos momentos más representativos del Cristianismo: Gabriel, con un Libro abierto entre las manos y debajo de su ala un cordero y Miguel, espada en mano, dispuesto a asestar el golpe mortal al Enemigo. Las típicas referencias a esos seres elementales presentes en la rica mitología celta, cuyas cabezas, objetivamente irónicas, surgen de esa matriz terrena, cuya mejor representatividad no es otra que la exuberancia propia de la Naturaleza. Incluso, interpolando las cabezas por las vieiras, no es difícil encontrar referencias a Santiago y a esa magia tan particular que el peregrino intuía y aprehendía en las escalas de su impenitente Camino. Un Camino, después de todo, relacionado con el Conocimiento, representado también aquí, en el claustro, en un curioso capitel, que a modo de hercúleo atlante, soporta también, en los laterales, parte de esas nervaduras que se expanden hacia la bóveda y que muestra dos serpientes, cuyo cuerpo entrelazado forma el inconfundible diseño del símbolo del infinito, abalanzándose sobre la parte superior de una cabeza humana, cuyo rostro, lejos de mostrar temor, permanece felizmente impasible, sabedor del don que está recibiendo y que en otros ámbitos artísticos se correspondería con la serpiente de la sabiduría que sale de la copa o grial que porta en su mano la figura de San Juan Evangelista. Por los detalles, se nota que es la misma mano que labró, al menos uno de los puntos de clave, en los que se muestra a una pareja desnuda –puede que Adán y Eva-, que con una mano se acarician los cabellos, mientras con la otra sujetan lo que parece una especie de rosario, a juzgar por las cuentas, pero que en cualquier caso, podría hacer referencia a la unión de los contrarios; en definitiva, a la dualidad, tema muy presente también en el ámbito del pensamiento medieval.

Pero sin duda, donde los canteros dejaron patente, no sólo su habilidad artística, sino también una parte importante de su filosofía hermética, fue en los puntos de clave que soportan las bóvedas del claustro, en los que, aparte de la numerología implícita –basada, sobre todo, en los números cuatro, cinco, seis y ocho-, consignaron una pequeña enciclopedia subjetiva, basada, principalmente, en los detalles; de manera, que no ha de sorprendernos, si nos encontramos con una completa diversidad de lazos eternos, que a su vez sirven como marco perfecto a simbologías de índole crucífera, donde prolifera, entre otras, la llamada cruz de los Cuatro Evangelistas (5) en diferentes diseños, siendo de especial relevancia, aquélla en particular que forma ese mismo tipo de cruz en base a la unión de flores de lis, elemento que, por sus especiales características, conformaría un nuevo eslabón sobre el que especular largo y tendido. También hay cruces que, de acuerdo a su aspecto y a su diseño, nos remiten a las órdenes militares, cuya importancia fue determinante en la historia medieval, y entre las que se incluye la denominada Cruz de Jerusalén, que se remonta, cuando menos, al tiempo de los primeros cruzados, aunque a ésta le falten las cuatro pequeñas crucecitas que se situaban en el centro, en cada uno de los lados. Otro símbolo reseñable, es la presencia de la media luna, acompañada de tres pequeñas estrellas. Pero el detalle más espectacular, aquél que figura en uno de los puntos centrales, es la magnífica representación de estrella de ocho puntas, cuyo diseño es exactamente idéntico al que soporta las maravillosas bóvedas de ciertos lugares muy específicos y determinantes: la mezquita de Córdoba, Santa María de Eunate, el Santo Sepulcro de Torres del Río, la iglesia de San Miguel de Almazán o la mezquita toledana –reconvertida en iglesia- del Cristo de la Luz.

Y por supuesto, tampoco falta otro de los símbolos clave: la estrella renfam, que representa, independientemente de otras muchas referencias, a una figura trascendental, cuyo culto fue propagado, sobre todo por el Císter y en cuya figura comenzaba y terminaba la religión templaria: Nuestra Señora.


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(1) De igual manera, que se sabe que el Maestro Esteban trabajó en la catedral compostelana, no por referencias directas o existentes en los archivos históricos gallegos, sino porque se toman como base cierta las que constan en los archivos del Reino de Navarra, que lo mencionan expresamente cuando hablan de su participación en las obras de la catedral de Pamplona.
(2) Uno puede llegar a imaginarse, por ejemplo, la llegada de San Froilán acompañado por el lobo que, según la tradición, se había comido a su mula y como castigo el santo le condenó a portar los Libros Sagrados. Tradición que nos llevaría a asociar a este emblemático animal con el Conocimiento, y partiendo de esa base, no nos debe causar extrañeza que fuera uno de los principales símbolos utilizados por las antiguas hermandades de canteros.
(3) San Lorenzo y su evidente relación con uno de los grandes mitos medievales: el del Santo Grial.
(4) Juan García Atienza: 'Los enclaves templarios: guía mágica de la Orden en España', Ediciones Martínez Roca, S.A., segunda edición, febrero de 2003, páginas 151-152.
(5) Llama la atención que este tipo de cruz, similar, por su diseño y comparativamente hablando a un trébol de cuatro hojas, figure entre las representaciones más repetitivas de una iglesia en la que cabe la sospecha de que hubieran coexistido cátaros y templarios: la de San Pedro de Arrojo, situada en el concejo asturiano de Quirós.
(6) Este tipo de cruz, tal y como aparece en Santo Estevo, también figura, toscamente labrada, en la cripta o Forno da Santa, en la también orensana población de Santa Mariña de Augas Santas.