lunes, 15 de diciembre de 2014

Wamba: Cábala y Simbolismo


Uno de los lugares, sin duda más apasionantes, más desconcertantes y más variopintos en cuanto a historia y a la conjunción de diferentes modos de aplicar la Geometría Sagrada y su simbolismo asociado, no es otro que lo que el tiempo y la acción destructiva e impremeditada de los hombres, han dejado como residuo sobreviviente de lo que antaño fuera el importante monasterio de Santa María de Wamba, situado en los impresionantes Montes Torozos vallisoletanos. De la acción de los canteros, y aun a pesar de los pesares, conserva numerosas referencias que, independientemente de su prosaico estado de conservación –por ejemplo, las pinturas de probable origen visigodo de su ábside o cabecera-, todavía ofrecen encomiables detalles, cuando menos para ejercer ese derecho a la especulación, que al fin y al cabo, a todos nos asiste.
Situada en el camino de Robledillo –la alusión a uno de los árboles más sagrados de la mitología celta, puede resultar algo más que casual-, Wamba, la antigua Gérticos, y en su particular su monasterio de Santa María, fueron testigos de numerosos e importantes hechos históricos, que merece la pena reseñar. Se supone que fue aquí donde Wamba –de ahí su nombre actual- fue obligado a aceptar la corona visigoda y donde, así mismo, se le nombró rey. De hecho, sus restos, así como los del también rey Recesvinto, que le precedió –recordemos su asociación con la basílica palentina de San Juan de Baños y la fuente con virtudes curativas que lleva su nombre, situada a escasos metros de ésta-, reposaron aquí, hasta que fueron trasladados a Toledo, en tiempos de Alfonso X el Sabio. Posteriormente –se cita como probable, el año 1175-, los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, utilizaron el lugar como encomienda, aunque, por motivos que se desconocen, no estuvieron en mucho tiempo: cinco o seis años, a lo sumo. Parece ser, que también la Orden del Temple se instaló aquí y probablemente, algún residuo simbólico –sobre todo, referido a la portada oeste, que se mantiene en buen estado de conservación, por haber estado sepultada durante muchos años-, les pertenezca. Curiosamente, se sabe, así mismo, que en este antiguo monasterio estuvo refugiada la reina doña Urraca, esposa del rey Fernando II de León, rey que, al parecer, no sólo donó extensas propiedades a los templarios, siguiendo la política iniciada por su padre, el rey Alfonso VII, sino que, además, les encomendó misiones de vigilancia en ciertos lugares de la provincia orensana, tanto en el interior –uno de ellos, podría ser A Mezquita-, como en las cercanías de la frontera con Portugal. Y recordemos, de paso, la reciente polvareda levantada por los historiadores Margarita Torres y José Miguel Ortega, quienes identifican el denominado Cáliz de Doña Urraca, que se custodia en la catedral de León, como el verdadero Santo Grial, en detrimento del que la tradición sitúa como el que puso a salvo San Lorenzo cuando las hordas de Alarico conquistaron Roma, el cual se custodió durante muchos años en el monasterio oscense de San Juan de la Peña, pasando por lugares como la Aljafería zaragozana, en tiempos del rey Martín el Humano, hasta desembocar en la catedral de Valencia, donde permanece custodiado hasta la fecha. Y en cuanto a la presencia del mito en tierras vallisoletanas, recordemos, igualmente, la referencia que se localiza en un lugar muy cercano a Wamba, situado también en plenos Montes Torozos: San Cebrián de Mazote y su iglesia mozárabe, dedicada a la figura de San Cipriano.



Por otra parte, y en relación a las actividades de los diferentes gremios y las distintas organizaciones monásticas que residieron en este insólito complejo de Wamba, se pueden apreciar algunas singularidades bastante notables. Entre ellas, por ejemplo, esas referencias al panteísmo celta a las que aludíamos anteriormente, reflejadas, cuando menos, en uno de los capiteles de la nave, en la intrigante figura de Pan, caracterizado con sus dos pequeños cuernos en la cabeza; una cabeza, que además surge de una floresta ancestral, a la manera de tantas representaciones alusivas a la Antigua Religión, a las que se ha  denominado como hombres-verdes, cuya presencia en lugares sacros, se ha venido constatando, a lo largo de los siglos, sin importar el estilo y la época. Otras figuras simbólicas, como el zapatero que mastica una tira de cuero –al que generalmente, se confunde con una alusión a la lujuria-, hacen referencia a los gremios de artesanos que ya comentaban a tener su importancia en las villas y ciudades en las que se iban asentando, a medida que la Reconquista iba medrando el poder musulmán en la Península y colonizándose los territorios ocupados.
Especulación, por otra parte, aunque no exenta de interés, es aquella donde algunas fuentes pretenden ver, en los escasos restos de lo que un día debieron de ser unas magníficas pinturas situadas en la cabecera principal, detrás del altar, alusiones a la Kabalah hebráica, en base a los motivos florales y animales que las componían, donde todavía se puede apreciar, la forma inconfundible de los leones de origen visigodo, cuya representación aún puede observarse en algunos interesantes edificios de la época, como Santa Comba de Bande, en la provincia de Orense o San Pedro de la Nave, en la vecina provincia de Zamora.
Más compleja, aun si cabe, es la presencia, anexa a uno de los laterales de la nave y situada enfrente de la pequeña Sala Capitular –donde uno de los detalles más reseñables, es la abundancia de marcas de cantería-, de una pequeña capilla, en mitad de cuyo paso –eje o Axis Mundi-, se encuentra el tronco de un impresionante Árbol de la Vida, cuya bóveda se despliega en forma de hermosas hojas de palmera. La capilla, de reducidas dimensiones, todavía conserva restos de pinturas, probablemente góticas o posteriores, y entre ellas, en la parte superior central, dos ángeles portan un pequeño escudo con una cruz de Malta, detalle frente al que cabe la suspicacia de preguntarse sobre el tipo de actividades o ceremonias que en ella llevaban a cabo los caballeros hospitalarios, una de cuyas encomiendas se encontraba en las inmediaciones de Simancas, en un pueblo que todavía lo recuerda en su nombre: Arroyo de la Encomienda. Completan las pinturas, en orden de izquierda a derecha: una Natividad, algunos retazos del Prendimiento y la Pasión y lo que pudiera ser una referencia a la denominada Invención de la Cruz, pasaje donde, según la Tradición, Santa Elena, madre del emperador Constantino, encuentra en Jerusalén la Vera Cruz.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Nuestras Señoras del Misterio


El tiempo, los hombres y el olvido destruyeron sus santuarios. En ocasiones, la tierra, de alguna manera imitando a esa mar que, según los marineros, termina devolviendo parte de todo lo que se traga, tiene un acto de voluntaria piedad y abre pequeños surcos en su carne, donde, a la luz de ese mismo sol que ilumina el mundo desde el alba de los tiempos, sorprende al hombre moderno con la tesitura de los antiguos misterios. Observándolas, aun a la luz mortecina que se cuela a través de las urnas de vidrio que en ocasiones las contienen, la mirada ausente de su hierática apostura, nos hace un guiño de complicidad. Son extrañas, pero a la vez, son también familiares, pues a pesar de todo, de los cambios de culto, de esas telas domingueras que ocultan sus auténticas bellezas, continúan escuchando, siglo tras siglo, milenio tras milenio, las eternas súplicas de los hombres. Como hacían antiguamente, a veces se presentan ellas mismas: Isis, para Plutarco, Tanith para los honderos de las Islas Afortunadas, el Pilar para reforzar el mito de Santiago o Astarté para Ramón J. Sender. Poco importa el nombre, después de todo, pues como eterno paradigma que son, de una u otra manera, han estado, están y seguirán estando presentes en la gran aventura del hombre. Nuestras Señoras del Misterio.

martes, 4 de noviembre de 2014

La voz perdida de Iberia


Iberia y su voz. Una voz apagada, perdida irremisiblemente en frías salas de museo, una vez mutilada su lengua de ese lugar de origen donde su susurro acariciaba las soledades del pastor trashumante, que llevaba los antiguos símbolos al abrigo del corazón, bien protegidos en el calor de su pelliza de lana de oveja, transmitiéndolos oralmente de generación en generación; en innumerables ocasiones, ahogada definitivamente por ese sicario sin escrúpulos al servicio de la especulación urbanística llamado hormigón, que vuelve a inundar la tierra, condenando al universo de la imaginación los viejos mitos atlantes y tartésicos que nunca más verán la luz, destruido para siempre el soporte que les daba un hálito de vida; rea a cadena perpetua en los calabozos insondables de la maldita burocracia; mal interpretada, nunca comprendida y siempre a merced de los convencionalismos científicos. Y sin embargo, si lo analizamos fríamente, veremos que de su voz malherida, de su lengua olvidada o quizás del frotamiento de dos palos colocados en cruz -la primera cruz- vio la luz en forma de fuego el espíritu de Prometeo, del que nos hemos ido nutriendo a lo largo de los milenios. Cambia la mentalidad, pero el símbolo permanece. Tal vez tengan razón los budistas cuando afirman aquello de que el efecto sigue a la causa, lo mismo que la sombra sigue al caminante.

viernes, 31 de octubre de 2014

Los Lenguajes del Silencio. Petroglifos de Pontevedra: Amoedo



Para poner fin, al menos momentáneamente a esta breve incursión por el fascinante mundo de los petroglifos pontevedreses, nos acercamos a las inmediaciones de Redondela, en pleno Camino de Santiago portugués –no sin hacer mención a su bonito puerto de Cesantes y a la isla de San Simón, con su leprosería y cárcel en la posguerra-, y al pueblo de Amoedo, a cuya salida, y a breves metros de la gasolinera, parte un camino rural a la derecha, que se adentra en el monte. No bien se entra en él, se observa, a la izquierda, un crucero de piedra, que si bien no parece ser muy antiguo, sí confirma, cuando menos, la continuidad de las primeras cristianizaciones, de las que quedan constancia, como se constatará más adelante con las cruces grabadas en la piedra, que distorsionan algunos petroglifos. A menos de una docena de metros más delante del crucero, también en el margen izquierdo por delante del crucero, aunque prácticamente oculto por la vegetación, se aprecia un pequeño edificio que, por edad, posiblemente no desmerezca el calificativo de histórico: se trata de un viejo molino que, a fin de cuentas, ofrece un genuino toque de romanticismo al lugar.


Se conoce, así mismo, la presencia de numerosos túmulos funerarios en los alrededores, y aunque no tiene la categoría, al menos todavía, de parque arqueológico como los de Touron y Campo Lameiro, sí es cierto que se convocan numerosas visitas guiadas al lugar, muchas de las cuales transcurren de noche, pues al parecer y por increíble que parezca, los petroglifos se distinguen mejor. Una de las características más reseñables de este conjunto, es la representación de misteriosas cazoletas, muy similares, por no decir idénticas, a las que se recogen en numerosos lugares peninsulares, incluso tierra adentro, como las innumerables cazoletas que decoran las paredes de la cueva de la Santa Cruz, en Conquezuela, provincia de Soria.
Éstos, por lo demás y en líneas generales, como si se tratara de un lenguaje universal, apenas difieren en sus temáticas de los que hemos podido apreciar en las anteriores entradas, señalando, quizás, lugares eminentemente sagrados. Como dato a tener en cuenta, además, se constata la presencia de petroglifos en numerosos pueblos de los alrededores, a veces distribuidos en pequeñas cantidades y otras, en solitario.


miércoles, 29 de octubre de 2014

Petroglifos, también una cuestión de percepción


(Fotografía 1)

No es cuestión ni pretensión de sentar cátedra, ni hay, tampoco, un empeño intencionado de levantar polémicas donde posiblemente no las haya. Pero sí puede resultar oportuno poner de manifiesto lo frágil que en ocasiones puede resultarnos ese maravilloso sentido que es la vista y de qué manera, según la perspectiva de nuestra mirada, la información transmitida a nuestro cerebro puede ser errónea o estar fatalmente distorsionada. Una buena ocasión que tuve para comprobarlo, fue precisamente aquí, en este interesantísimo complejo arqueológico de Touron.

(Fotografía 2)

Bien es cierto, que cuando uno llega al lugar, los primeros petroglifos que se tienen la oportunidad de observar apenas se comienza la visita, son aquellos que, para más señas, se localizan en una roca situada en las proximidades de la caseta de información, al principio, podríamos decir, del sendero delimitado que recorre el circuito principal. La roca en cuestión, tiene forma, comparativamente hablando –que comparar, forma también parte de la expresividad humana, aunque también esto tiene, por supuesto, su relatividad-, de cabeza de ajo. Pues bien, dicha roca contiene, como así lo confirma un cartel gráfico (fotografía 1), tres formas zoomorfas –posiblemente ciervos-, superpuestas, que se aprecian, si se miran de manera horizontal, como aparecen en la fotografía número 2.

(Fotografía 3)

El problema estriba, en que si nos acercamos a la roca y miramos tal cual se nos aparece, es decir, de manera vertical, por poca imaginación que le echemos, comprobaremos que las teóricamente tres figuras zoomorfas superpuestas, se transforman en un grabado, acerca de cuya visión podemos jurar y perjurar que lo que realmente estamos contemplando, no parece otra cosa que un guerrero a lomos de su montura, como se puede apreciar en la fotografía número 3.

jueves, 23 de octubre de 2014

Los lenguajes del silencio. Petróglifos de Pontevedra: Touron


Otro importante yacimiento arqueológico, con especial profusión de petroglifos, se localiza en el Concejo de Ponte Caldelas. Concretamente, en el pueblecito de Touron, que además cuenta con una parroquial dedicada a la figura de Santa María, que aunque muy atacada por las numerosas reformas realizadas sobre todo en el periodo comprendido entre los siglos XVII y XVIII, aún conserva algunos rastros de su primigenia cuna románica -como por ejemplo, su portada oeste- y con su presencia señala, además, la cristianización de un entorno que todavía mantenía, previsiblemente, su estatus sagrado anterior. De similares dimensiones y características que el yacimiento arqueológico de Campo Lameiro, los antiguos habitantes del lugar también dejaron consignada su expresividad anímico-espiritual en el eterno vehículo de la roca.
 
Si bien existe una notable diferencia entre la forma de explotar las posibilidades temáticas de uno y otro yacimiento, no se evidencia apenas variación alguna en cuanto al contenido, aunque podría decirse que precisamente aquí, en el yacimiento de Touron, lo simbólico subjetivo parece ser más determinante -si nos atenemos al factor volumen o repetitividad-, que lo antropomorfo o zoomorfo -independientemente de la presencia de una curiosa figura que parece estar dotada de alas y quizás sí haga referencia a algún tipo de divinidad tribal-, que, no obstante, vuelve a remarcar la importancia de un animal muy determinado: el ciervo.
 
El factor determinante, es que en este yacimiento se pueden observar a simple ojo, muchos más petroglifos que en Campo Lameiro, aunque también es cierto que la erosión y la proliferación de las diferentes familias de hongos y hiedras hacen que muchos de ellos pasen prácticamente desapercibidos.

martes, 14 de octubre de 2014

Los Lenguajes del Silencio. Petróglifos de Pontevedra: Campo Lameiro


Sin duda, tenemos en este sorprendente lugar, no sólo uno de los mayores yacimientos de petroglifos de toda la comunidad de Pontevedra, sino además, uno de los pocos Centros Arqueológicos destinados a salvaguardar esta rica herencia cultural, que mantienen sus puertas abiertas al público y donde no resulta difícil encontrarse con profesores de secundaria que acompañan a sus alumnos a clases eminentemente prácticas, donde se les muestra una parte de la forma de vida, las costumbres y el espíritu que animaba a aquéllos pueblos protohistóricos, que en buena ley podrían considerarse como sus más remotos antepasados. Se accede a Campo Lameiro, por la carretera general 541, precisamente aquella que conecta Pontevedra con Carballino y Orense -capital de la vecina provincia de idéntico nombre, de la que dista ochenta y tres kilómetros-, y por la que el buscador de singularidades, puede acceder a lugares donde se constata -sea documental o tradicionalmente-, la presencia de una orden medieval muy particular de monjes-guerreros, cuya afición por asentarse en las cercanías de lugares megalíticos y antiguos cultos, resulta bastante más que casual: los caballeros templarios. De hecho, uno de tales lugares, sería la población de Astureses -distante seis o siete kilómetros de Carballino-, y su iglesia de San Xulián, donde todavía se puede contemplar el sarcófago en el que reposan los restos de Frei Juan Pérez de Outeiro, fallecido en 1286.
 
Localizados en una extensión aproximada de 22 hectáreas, los petroglifos de Campo Lameiro no sólo ofrecen una extraordinaria variedad de temáticas, sino que además han sido datados por los arqueólogos en varias fases predeterminadas, considerándose que el principal conjunto de ellos, se desarrolló en los milenios III a II a. de C., coincidiendo con el desarrollo del Neolítico Final y la Edad del Bronce. Tal antigüedad, así como diversos factores relacionados con el tiempo, la erosión, la barbarie -y no me refiero al concepto de latino encaminado a aquellos que vivían fuera de las ciudades-, así como un clima pródigo en el desarrollo de múltiples colonias de líquenes y hongos, hacen que muchos de ellos sean prácticamente indistinguibles a simple vista, detalle del que avisan en el Centro de Interpretación y recomiendan restringir la visita a aquellos mejor conservados, perfectamente delimitados en un circuito previamente numerado. Sea como sea, merece la pena recorrerlo entero.
 
Dentro de la diversidad de motivos, sobresale la figura trascendente del ciervo, que aquí adquiere proporciones monumentales, lo que puede dar una idea de la fascinación que dicho animal totémico ejercía sobre los pobladores de la zona. A este respecto, quizás no fuera demasiado descabellado sugerir si dicho interés, no desembocaría, con el paso del tiempo, en cultos determinados que darían origen a los mitos sobre los reyes sagrados, que portaban grandes astas de ciervo en sus tocados -como se descubrió en algunos yacimientos, como el de New Grange-, a la formación de grandes deidades, como el Cernunnos celta o incluso, de alguna manera, a la continuidad del mito, particularmente adaptado, como los cuernos que portaban Moisés, Dioniso e incluso el propio Alejandro Magno, sin olvidar que incluso en ciertas representaciones románicas, se identifica al ciervo con el propio Jesucristo y, hecho curioso, su caza y persecución desembocó en el descubrimiento del lugar sagrado y la imagen virginal, generalmente negra.
 
Junto a la figura abundante de cérvidos y equinos -predominantes sobre una fauna que debía de ser abundante y variada-, destacan, así mismo, las tradicionales espirales y los laberintos, símbolos fundamentales que no sólo fueron adoptados durante la Edad Media por las diferentes hermandades de canteros, sino que, por añadidura, se ha constatado su presencia en los cinco continentes, diseño que no sólo se encuentra abundantemente en diseños terrestres naturales o celestes, lo que así mismo, determinaría la presunción de posesión de ciertos conocimientos que la historiografía oficial lejos está de admitir y contemplar, y que además, fueron utilizados como modelos subterráneos en tumbas y posteriormente reproducidos en el interior de numerosas catedrales góticas.


domingo, 21 de septiembre de 2014

Los Lenguajes del Silencio. Petróglifos de Pontevedra: Mogor


Hay algo arcano, misterioso y terriblemente impenetrable en éstas tempranas manifestaciones socio-culturales, que en el fondo constituyen ese universo, primitivo, cuando no oscuramente primigenio, que son los petroglifos. No se trata, en absoluto, de manifestaciones esporádicas, ni tampoco puede ninguna de nuestras provincias, arrogarse el privilegio de ser la cuna de un modo de expresión que todavía, milenios después de la extinción de sus anónimos autores, continúa oculto detrás de esa hermética protohistoria, a la que los arqueólogos parecen tener vértigo y a la que los teósofos, de una manera netamente romántica, se referían como el hipotético e impenetrable Velo de Isis.
 
Galicia, no obstante y a pesar de éstas consideraciones, puede que sea, en cuanto a la materia a la que nos estamos refiriendo, si no la mayor, desde luego que sí una de las provincias más prolíficas en tales referencias. Y si bien el ámbito de existencia de ésta críptica simbología se extiende sin excepción a los límites de sus cuatro provincias, parece ser que, a juzgar por la cantidad de que hace gala, Pontevedra es la provincia donde más petroglifos parecen haberse localizado, lo cual no significa, necesariamente, que estén todos convenientemente clasificados, y lo que sería aún mucho más provechoso y aconsejable, debidamente señalizados.
 
Posiblemente, uno de los lugares de culto -se podría considerar, que fueron de los primeros en descubrirse y posiblemente por ello, los que recibieron más propaganda y popularidad, hasta el punto de que se sospechan ciertas injerencias modernas, que alteran por completo el mensaje original-, sea este de Mogor, enclave situado en plena Península del Morrazo, y al que se accede fácilmente desde la hermosa y carismática villa marinera de Marín. Cercanos a una hermosa playa, en la que todavía, y a pesar de las exigencias del turismo, conserva una parte interesante de ese bosque ancestral que servía de frontera con el mar tenebroso, los motivos que sobresalen en sus descarnados peñascos, nos muestran menos proliferación del animismo animal -ciervos y serpientes principalmente, se disputaban, respectivamente, según la opinión de algunos expertos, el protagonismo en santuarios rupestres y castros-, presente, sobre todo, en los enclaves cultuales situados más al interior, como Touron, Amoedo o Campo Lameiro, y una mayor presencia subjetiva de elementos geométricos -círculos, espirales y laberintos, en su mayor parte-, que deberían llamarnos la atención, no sólo con la familiaridad que presentan con culturas mediterráneas, como la cretense, y cuya memoria se continuó conservando milenios después por peregrinos y canteros -no olvidemos catedrales, como la de Chartres-, que de alguna manera, conservaron la memoria de una simbología presente en caminos estelares, que ya existían antes de que en Libredón se produjera la supuesta aparición de la tumba del Apóstol y el Camino de Santiago pasase a convertirse en otra de las grandes rutas de peregrinación, capaz de hacer sombra a las de Roma y Jerusalén.
 
Pero aún, hay algo más; algo que, si bien puede parecer una elucubración más a cuantas sugerencias, hipótesis o comentarios se han dicho sobre el tema, yo no lo descartaría sin más. Y es que, si observamos en un plano, la distribución de auténticos templos megalíticos, como el de Stonehenge o el de Woodhenge, en Gran Bretaña (1), observaremos, no sin cierta sorpresa, que su planta, nos recuerda, con una más o menos acertada regularidad, algunos de estos diseños circulares, incluidas las pequeñas cazoletas insertas en su interior, que bien podrían coincidir con la colocación de los basamentos interiores de tan sugestivo lugar.

 
(1) Un buen ejemplo de ello, se puede encontrar en el libro 'Stonehenge', de Fernand Niel, Editorial Plaza & Janés, colección Realismo Fantástico, primera edición, Barcelona, marzo de 1981.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Montserrat: una Magister Muri llamada Gaia


'No es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción'.
[Rabindranath Tagore]
 
Alguien, muy acertadamente, rescató para el visitante esta frase del genial poeta hindú, Rabindranath Tagore, para describir y recordarle, allá, en los mágicos laberintos naturales del Monasterio de Piedra, que cuevas, cascadas y jardines conforman un perfecto ejemplo de lo que en lejanos países orientales, como Japón, denominan suiseki o arte de las piedras. En definitiva: arte creado por la Naturaleza. Un arte que, si bien ellos importaron de China hacia el siglo V, lleva desarrollándose sobre la faz del planeta desde que el mundo es mundo, pareciendo tener una fuerza y una magnitud sobresalientes, en lugares muy determinados, los cuales siempre han destacada por sus especiales características, actuando sobre la imaginación del hombre, como imanes difíciles de eludir. Uno de tales lugares, fuera de toda duda, es la montaña -y añado el calificativo de mágica, porque lo es- de Montserrat.
 
Tal vez fuera orientándose en el mencionado arte japonés del suiseki, o más probablemente, acudiendo a lugares como Montserrat, como el mayor genio de la arquitectura moderna, Antoni Gaudí, asumió el concepto de arquitectura orgánica, que habría de equilibrar la balanza armónica entre lo natural y lo artificial, como base fundamental de su idea creadora. Posiblemente antes que él, también los canteros que comenzaron a levantar las ermitas y el santuario en las postrimerías de ese siglo VII, nefastamente recordado por la invasión de los ejércitos musulmanes comandados por Tarik, tuvieran similares sensaciones y a la sombra de lugares tan significativos como el Cavall Bernat, los Encantats, la Roca Foradada, el Cap de Mort, el Gegant Encantat o el Gorro Frigi, entre otros, tuvieran el mejor manual de Arquitectura Sagrada que se pueda imaginar.
 
Como decía el gran filósofo francés, Paul Elouard: hay otros mundos, pero están en éste. Y entre esos mundos, figuran no sólo las ideas fantásticas de la inimitable Magister Gaia, sino también todas aquellas expresiones gráficas, simbólicas y totalmente incomprensibles legadas por culturas y civilizaciones pretéritas, muchas de las cuales sirvieron, por su universalidad, como fuentes de las que se nutrieron posteriormente los canteros medievales. Son, como diría la profesora titular de Prehistoria de la Universidad de Santiago de Compostela, Mar Llinares García, los lenguajes del silencio. Sirva esto, pues, como colofón para las futuras entradas de este blog.

martes, 12 de agosto de 2014

Marcas de cantería en la iglesia más antigua de Sepúlveda


Chorros de sangre corren por las venas de su historia, pero también infinitos enigmas de difícil solución. Vista en la distancia, Sepúlveda es, comparativamente hablando, como esa fabulosa montaña de las tradiciones árabes, el Khaf, en cuya superficie habita el fabuloso pájaro Roc, pero en cuyas entrañas sobreviven, indolentes al paso tiempo, tesoros perdidos en la noche de los tiempos. Celtas y romanos, árabes y cristianos dejaron sus huellas en una inequívoca confluencia que, aunque a menor escala, hacen de esta ciudad una pequeña toletum enclavada en pleno corazón de Castilla. Basta echar un vistazo a sus calles estrechas, cargadas de símbolos y recuerdos, a su transformada judería, apenas reconocible por las nuevas construcciones y a sus milenarias tradiciones, para comprender que hubo un tiempo en el que el Conocimiento circulaba a su libre albedrío entre las distintas gentes del Libro. De su prosperidad medieval, dan cumplido testimonio los restos de las murallas que la cercaban y los numerosos templos que, en mejor o en peor estado, todavía mantienen sus torres-campanario enhiestas hacia unos cielos en los que en las noches claras, todavía se ve el candil del Carro guiando el camino de los peregrinos. Gentes del camino debieron de ser, también, aquellos mismos artesanos que establecieron en ella sus talleres y levantaron templos de belleza y precisión, entre los que destacan, situados en lo más alto, el del Salvador y aquél otro dedicado a la figura de una Virgen Negra: Nª Sª de la Peña, posiblemente los que menos hayan sufrido las alteraciones de un tiempo y de unos hombres que olvidaron su auténtico sentido y valor.
 
Llegar al templo del Salvador, supone ascender un pequeño via crucis que, no obstante la posible fatiga de la ascensión, proporciona unas vistas espléndidas de una ciudad, que parece dormir un sueño eterno alrededor del monte sobre la que se asienta. De proporciones esbeltas, conserva una hermosa galería porticada y prácticamente intacta toda su ornamentación original. Una ornamentación, en cuyos detalles encontraremos, quizás, elementos que nos proporcionen alguna pista, si no de quiénes fueron en realidad los que lo levantaron, sí al menos, reseñas más o menos fiables, de dónde estuvieron y también en donde pararon. Por cierto tipo especial de nudo -colocado a propósito en vídeo que ilustra la presente entrada-, se podría decir que fueron coetáneos y hasta posiblemente trabajaron allá, allende la frontera con Soria, en el también arcano templo de San Miguel en San Esteban de Gormaz. Pero a diferencia de éste, en el que apenas se encuentran marcas, los canteros que levantaron el templo del Salvador, dejaron, en unos sillares que desafían obstinadamente al tiempo, una pequeña colección de símbolos, que merece la pena observar. La mayoría, en su conjunto, no difieren apenas de los que se pueden encontrar en numerosos templos de sus características, independientemente del lugar en el que éstos se levanten: compás, flechas, iniciales, formas rúnicas, patas de oca, etc. Pero hay uno, bastante abundante, por cierto, que llama mucho la atención, pues su forma, antiquísima y bien conocida desde la más remota antigüedad, no suele verse con facilidad: la esvástica. De hecho, sólo recuerdo haberla visto como marca de cantero, en el claustro de un monasterio orensano venido a menos, el de Santa María de Xunquera de Espadañedo. Una esvástica que, curiosamente, mantiene sin trazo el extremo superior e inferior del madero central. Una forma, que de hecho, no se vuelve a encontrar en ninguno de los restantes templos, no sólo de ciudad (Santiago, Justo y Pastor, San Bartolomé), sino también, me atrevería a decir, de toda la región.
Hay también algunas inscripciones romanas, probablemente pertenecientes a antiguas sepulturas, y algunos curiosos grafitis, como el que muestra una extraña figura -quizás un ángel o una representación mariana- portadora de una cruz. Y no muy lejos, un crismón a cuyo pie de aprecia una fecha, a la que algunos consideran aquella en la que se consagró el templo, pero que otros desmienten y consideran apócrifa. En fin, apenas pequeñas gotas de agua en un mar revuelto, pues realmente podría decirse que son insignificantes si las comparamos a la extraordinaria simbología que los misteriosos canteros desplegaron en la ornamentación de un templo que, como muy bien dice la dedicatoria que hay en la calle, al comienzo de la subida, caminante catador del hechizo de esta villa; sube y llega con fervor hasta el altar de Castilla, donde en románico brilla, la joya del Salvador.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Santo Estevo de Ribas de Sil: Geometrías Mágicas en un monasterio de la Ribeira Sacra



Se suponen los orígenes de este monasteriode Santo Estevo en los brumosos tiempos de un siglo X, en los que la Península Ibérica estaba prácticamente sometida al control total del invasor agareno, tras el descalabro del ejército visigodo del rey Rodrigo en la célebre batalla del Guadalete, acaecida en el año 711. Época, en la que de alguna manera, proliferaba el eremitismo –generalmente, como un medio aceptado de acercarse a Dios en la meditación, la soledad y la pobreza, refugiándose en la matriz de la tierra, que en algunos casos, servía también para escapar de las continuas razzias de los musulmanes-, no es de extrañar que un monje, de nombre Franquila, decidiera, con la inestimable colaboración del rey Ordoño II, reagruparse en comunidad, adoptando una forma de vida monacal, basada en la Regla de San Benito o San Vieito, como se le recuerda por estas tierras. Tal es así, que considerado como el primer Abad de este monasterio de Santo Estevo, aparezca  su nombre consignado en el dintel de la puerta de la cercana ermita de San Juan del Cachón (1), haciendo referencia a un año en cuestión, por el que se determina lo anteriormente expuesto: el 918.

De la prosperidad y fama del lugar, nos hablan no sólo las espectaculares dimensiones del cenobio; la estancia de relevantes personajes (2) y la tradición, tan arraigada en la mente popular, sobre los numerosos milagros acaecidos a la vera de las reliquias de los nueve obispos santos cuyos restos parecen ejercer sobre el lugar y el entorno un halo de misterio y protección. Detalles que, para situarnos en el contexto medieval al que pertenecen, constituyen motivos suficientes para pensar que, una vez a punto de traspasar el umbral de sus puertas, nos hallemos frente a un cúmulo histórico y cultual de primer orden; posiblemente, el más importante –o uno de los más importantes-, de los numerosos monasterios situados como luciérnagas a uno y otro lado de la orografía fronteriza conformada por los ríos Sil y Miño a su paso por las provincias de Orense y Lugo.

Lejos de dejarnos sorprender por el estilo herreriano que impera actualmente, y que de alguna forma continua, desde el pensamiento del siglo XVI –época, en la que un pavoroso incendio estuvo a punto de arruinar definitivamente el lugar-, observando en su escueta conjunción las proporciones del modelo salomónico, que incluso, según numerosos autores, ya vagaba con fuerza intencionada por los pensamientos de reyes, como Felipe II y su obra cumbre, el monasterio de San Lorenzo de El Escorial (3), hemos de pensar, que aún, originalmente románicos o no, los detalles que nos aguardan en su interior son, cuando menos, genuinamente interesantes. Estos se refieren, principalmente, a lo que queda del primitivo claustro románico y a su parte inferior –el denominado Claustro dos Bispos-, puesto que la superior quedó prácticamente destruida en el siglo XVI, como ya se ha dicho, momento histórico al que pertenecen los dos claustros renacentistas, que prácticamente nada tienen que aportar en cuanto a imaginería y simbolismo, pero sí a geometría y proporción.

Dentro de la escueta ambigüedad característica de unos capiteles que basan el noventa por ciento de su temática, en recrear esos jardines representativos del Paraíso –esas rosaria pétreas, cuya tradición continuaría estando presente en los maravillosos manuscritos iluminados que pacientemente transcribían los monjes en los scriptoriums-, el resto, de carácter historiado, ofrecen algunos detalles de notable interés: las arpías o esfinges, como ha llegado a clasificarlas algún autor, aquellos terroríficos seres mitológicos con cabeza humana, cuerpo de ave y colas de serpientes unidas unas con otras haciendo lazos imposibles, que también se encontraban como motivo ornamental –y lo constato, exclusivamente, a modo de anécdota- en el interior de alguna encomienda templaria, como era la de Ceínos de Campos, en la provincia de Valladolid, según comentó en su momento Juan García Atienza, basándose en antiguos dibujos (4). Hay también varias representaciones de ángeles, que muestran a los dos arcángeles protagonistas, posiblemente, de los dos momentos más representativos del Cristianismo: Gabriel, con un Libro abierto entre las manos y debajo de su ala un cordero y Miguel, espada en mano, dispuesto a asestar el golpe mortal al Enemigo. Las típicas referencias a esos seres elementales presentes en la rica mitología celta, cuyas cabezas, objetivamente irónicas, surgen de esa matriz terrena, cuya mejor representatividad no es otra que la exuberancia propia de la Naturaleza. Incluso, interpolando las cabezas por las vieiras, no es difícil encontrar referencias a Santiago y a esa magia tan particular que el peregrino intuía y aprehendía en las escalas de su impenitente Camino. Un Camino, después de todo, relacionado con el Conocimiento, representado también aquí, en el claustro, en un curioso capitel, que a modo de hercúleo atlante, soporta también, en los laterales, parte de esas nervaduras que se expanden hacia la bóveda y que muestra dos serpientes, cuyo cuerpo entrelazado forma el inconfundible diseño del símbolo del infinito, abalanzándose sobre la parte superior de una cabeza humana, cuyo rostro, lejos de mostrar temor, permanece felizmente impasible, sabedor del don que está recibiendo y que en otros ámbitos artísticos se correspondería con la serpiente de la sabiduría que sale de la copa o grial que porta en su mano la figura de San Juan Evangelista. Por los detalles, se nota que es la misma mano que labró, al menos uno de los puntos de clave, en los que se muestra a una pareja desnuda –puede que Adán y Eva-, que con una mano se acarician los cabellos, mientras con la otra sujetan lo que parece una especie de rosario, a juzgar por las cuentas, pero que en cualquier caso, podría hacer referencia a la unión de los contrarios; en definitiva, a la dualidad, tema muy presente también en el ámbito del pensamiento medieval.

Pero sin duda, donde los canteros dejaron patente, no sólo su habilidad artística, sino también una parte importante de su filosofía hermética, fue en los puntos de clave que soportan las bóvedas del claustro, en los que, aparte de la numerología implícita –basada, sobre todo, en los números cuatro, cinco, seis y ocho-, consignaron una pequeña enciclopedia subjetiva, basada, principalmente, en los detalles; de manera, que no ha de sorprendernos, si nos encontramos con una completa diversidad de lazos eternos, que a su vez sirven como marco perfecto a simbologías de índole crucífera, donde prolifera, entre otras, la llamada cruz de los Cuatro Evangelistas (5) en diferentes diseños, siendo de especial relevancia, aquélla en particular que forma ese mismo tipo de cruz en base a la unión de flores de lis, elemento que, por sus especiales características, conformaría un nuevo eslabón sobre el que especular largo y tendido. También hay cruces que, de acuerdo a su aspecto y a su diseño, nos remiten a las órdenes militares, cuya importancia fue determinante en la historia medieval, y entre las que se incluye la denominada Cruz de Jerusalén, que se remonta, cuando menos, al tiempo de los primeros cruzados, aunque a ésta le falten las cuatro pequeñas crucecitas que se situaban en el centro, en cada uno de los lados. Otro símbolo reseñable, es la presencia de la media luna, acompañada de tres pequeñas estrellas. Pero el detalle más espectacular, aquél que figura en uno de los puntos centrales, es la magnífica representación de estrella de ocho puntas, cuyo diseño es exactamente idéntico al que soporta las maravillosas bóvedas de ciertos lugares muy específicos y determinantes: la mezquita de Córdoba, Santa María de Eunate, el Santo Sepulcro de Torres del Río, la iglesia de San Miguel de Almazán o la mezquita toledana –reconvertida en iglesia- del Cristo de la Luz.

Y por supuesto, tampoco falta otro de los símbolos clave: la estrella renfam, que representa, independientemente de otras muchas referencias, a una figura trascendental, cuyo culto fue propagado, sobre todo por el Císter y en cuya figura comenzaba y terminaba la religión templaria: Nuestra Señora.



(1) De igual manera, que se sabe que el Maestro Esteban trabajó en la catedral compostelana, no por referencias directas o existentes en los archivos históricos gallegos, sino porque se toman como base cierta las que constan en los archivos del Reino de Navarra, que lo mencionan expresamente cuando hablan de su participación en las obras de la catedral de Pamplona.
(2) Uno puede llegar a imaginarse, por ejemplo, la llegada de San Froilán acompañado por el lobo que, según la tradición, se había comido a su mula y como castigo el santo le condenó a portar los Libros Sagrados. Tradición que nos llevaría a asociar a este emblemático animal con el Conocimiento, y partiendo de esa base, no nos debe causar extrañeza que fuera uno de los principales símbolos utilizados por las antiguas hermandades de canteros.
(3) San Lorenzo y su evidente relación con uno de los grandes mitos medievales: el del Santo Grial.
(4) Juan García Atienza: 'Los enclaves templarios: guía mágica de la Orden en España', Ediciones Martínez Roca, S.A., segunda edición, febrero de 2003, páginas 151-152.
(5) Llama la atención que este tipo de cruz, similar, por su diseño y comparativamente hablando a un trébol de cuatro hojas, figure entre las representaciones más repetitivas de una iglesia en la que cabe la sospecha de que hubieran coexistido cátaros y templarios: la de San Pedro de Arrojo, situada en el concejo asturiano de Quirós.
(6) Este tipo de cruz, tal y como aparece en Santo Estevo, también figura, toscamente labrada, en la cripta o Forno da Santa, en la también orensana población de Santa Mariña de Augas Santas.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Marcas de cantería en las murallas medievales de Allariz



De esos ejemplos que demuestran que los canteros medievales dejaban su firma particular en prácticamente todas las obras en las que trabajaban y como complemento a aquellas que abundan en los castillos de Castro Caldelas y Maceda, tenemos otra notable prueba en los restos de las antiguas murallas que cercaban y protegían a la ciudad de Allariz. Éstas, en concreto, se localizan en las cercanías de la calle de la Horta y la antigua iglesia de San Pedro, que tan sólo conserva una portada de su antigua fábrica románica, en cuyos capiteles se puede adivinar, una mano similar a la que trabajó también en Zamora, curiosamente y sobre todo, en la iglesia que lleva por nombre Santa María de la Horta, lugar donde hasta tiempos relativamente recientes, se conservó el archivo general de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén en la provincia.



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lunes, 17 de febrero de 2014

Castillo de Castro Caldelas: Taus y marcas de cantería



A escasos kilómetros del embarcadero de Abeleda y del monasterio venido a menos de San Paio , del que se habló en parte en la entrada anterior, se levanta la hermosa villa de Castro Caldelas. En ella, dominando el pueblo desde lo más alto de su casco histórico –seguramente, en el mismo emplazamiento donde en tiempos se levantara, con toda probabilidad un poblado o castro de origen celtíbero del que heredó el nombre-, se vislumbran, también en parte remodeladas y convertidas sus dependencias interiores en un pequeño parque temático, las antiguas murallas de su histórico castillo. O mejor aún, empleando un término más acorde y apropiado a estas tierras de leyenda, bruma y tradición: su Castelo.

Cedido en usufructo por la Casa de Alba al Ayuntamiento en el año 1991 –pasó a manos de esta poderosa familia a finales del siglo XVIII, cuando el entonces Conde de Lemos falleció sin tener descendencia-, el Castelo de Castro Caldelas guarda en su longeva memoria numerosos secretos que, aún no descifrados en su totalidad, hacen, no obstante de él, uno de esos lugares especiales en los que la especulación puede llegar a alcanzar, después de todo, cotas insuperables. De entrada, se puede decir, que como tantas otras fortificaciones medievales de Galicia, sufrió la ira de las revueltas irmandiñas que, acaecidas entre los años 1467 y 1469, tomaron al asalto y derribaron la práctica totalidad de los castelos gallegos. De hecho, una de la escasas fortalezas que no sucumbió a tan furiosos embites populares, fue el peculiar Castelo de Pambre, situado en el concejo lucense de Palas de Rei, a una treintena escasa de kilómetros de Melide y la frontera con la provincia de A Coruña, en pleno Camino de Santiago. A tal respecto, y en relación a Castro Caldelas, se cuenta que Don Pedro Álvarez Osorio, Primer Conde de Lemos, obligó al pueblo a reconstruirlo, argumentando la célebre frase de vosotros lo tirasteis y vosotros lo levantaréis.

Pero el Castelo, además de ser el símbolo por antonomasia de una historia marcada por el feudalismo y la lucha a muerte contra el invasor agareno, es también testigo mudo de otras historias paralelas. Algunas de ellas, de carácter oculto, en parte esotérico, protagonizada por cualificados e iniciados alarifes anónimos que dejaron múltiples señales de su paso, grabadas, podría parecer que sin orden ni concierto, en la sólida materia de sus elementales sillares. Desde luego, no es la primera ni tampoco la última fortaleza, que demuestra que los canteros medievales no sólo tenían los conocimientos necesarios para levantar con absoluta precisión toda clase de templos, sino que también, siguiendo siempre las reglas básicas de las sagradas proporciones y como pretenden observar ciertos investigadores en base a sus formas, así como a la distribución y orientación de sus torres, aplicar esos conocimientos a bastiones y fortalezas, siendo quizás una de las más significativas que se conocen, la de Montségur –donde no son pocos los que han llegado a la conclusión de que a la vez que fortaleza, pudiera haber sido también un auténtico templo solar-, y la de Ponferrada –en la que, así mismo, se pretende vislumbrar una distribución astronómica, que haría excepcionalmente bueno el conocido aserto hermestino de la igualdad entre lo de arriba y lo de abajo- que, como iremos viendo, parece guardar una estrecha relación con este Castelo de Castro Caldelas.

Resulta difícil precisar, si parte de estos conocimientos sagrados se aplicaron en la primitiva construcción del Castelo; y tampoco está claro, si antes de la primera construcción atribuida a Don Pedro Fernández de Castro, hubo una fortaleza anterior, donde ejercieran una labor de vigilancia, protección y auxilio las órdenes militares, cuya presencia en el lugar aseguran algunas fuentes, aunque sin precisar qué orden en particular. Pero si observamos la exorbitante cantidad de marcas que dejaron los canteros, tanto en los sillares exteriores como en el interior de la fortaleza, obtendremos, dentro de lo que cabe, interesantes conclusiones.


 
Con la dificultad añadida de determinar fehacientemente, en qué momento histórico se hicieron (1), y también si todas ellas –aproximadamente el centenar- pertenecen al mismo periodo, se puede afirmar que, en base a su forma y características, muchas de ellas no difieren en absoluto de aquellas que se pueden encontrar en la mayoría de los templos románicos de los siglos XII y XIII distribuidos a lo largo y ancho de muchas provincias españolas. Algunas, además, resultan tremendamente significativas; tal sería el caso, desde luego, de la denominada runa de la vida o pata de oca –compárese también, si se prefiere, con la épsilon griega-, símbolo representativo que se localiza, cuando menos, en la mayoría de los principales edificios religiosos que jalonan el Camino de Santiago, y además, parece ser que era uno de los símbolos específicos utilizados por los Jacques o compagnons francos que no sólo dejaron su huella a una y otra parte de los Pirineos, sino que también acompañaron a órdenes militares, como la del Temple, durante buena parte de su aventura existencial en Occidente.
A este respecto, sería interesante precisar, que algunas de ellas son idénticas a las que se localizaron en el castillo de Ponferrada, León (2), reino donde la Orden del Temple estuvo muy asentada, dominando prácticamente la totalidad del Bierzo y los Ancares –auténticas puertas de entrada a Galicia-, desde fortalezas como Cornatel, Sarracin, Corullón, Pieros o Balboa, entre otras, las cuales pasaron a la Corona y a la nobleza después de su disolución. En alusión a esto último, se podría determinar que tanto las Taus como los escudos nobiliarios que se localizan en ambos lugares, pertenezcan a las mismas familias: los Castro, los Enríquez y los Osorio. Tres grandes familias, emparentadas con la realeza y entre sí, bien por línea consanguínea o a través de convenientes uniones matrimoniales. Y las tres, o al menos más directamente alguna de ellas, con miembros que pertenecieron a alguna orden militar, como el infante Fadrique de Castilla, de la rama de los Enríquez y emparentados a la vez con los Hurtado de Mendoza, que fue XXVII Maestre de la Orden de Santiago; o alguno de los Osorio, que vistió el hábito de la Orden de Montesa –heredera también del Temple-, sin olvidar, por ejemplo, a Doña Inés de Castro (3), que fuera esposa del Infante Don Felipe, hijo de Fernando III el Santo y hermano de Alfonso X el Sabio, que mantuviera una estrecha relación con la Orden del Temple, siendo enterrado, como así demuestra su magnífico sepulcro, en la iglesia de Santa María la Blanca, en la que fuera encomienda de dicha Orden en Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia.
Idénticas en forma y factura a las del castillo de Ponferrada, las numerosas Taus que se localizan también aquí, en este Castelo de Castro Caldelas, suelen ser consideradas, por la mayoría de los investigadores, como un símbolo de protección adoptado por la familia de los Castro. Aunque quizás, después de todo, y teniendo en cuenta su origen en la villa burgalesa de Castrojeriz, tengan algún tipo de relación más estrecha precisamente con la Orden que lucía ese tipo de cruz de mantos, los antonianos, que tenían establecida allí, en pleno Camino de Santiago, como se sabe, una de sus principales encomiendas: el convento de San Antón.
 
 
(1) A este respecto, se podría afirmar que, dentro de las características del periodo románico, las marcas dejadas en los sillares por los canteros se distinguían, entre otras características, por ser más pequeñas, estar profundamente grabadas y en muchos casos, constituir auténticos criptogramas. A partir del gótico, siglo XIII en adelante, las marcas, después de todo, se puede decir que evolucionan, y aun con excepciones, suelen caracterizarse por ser menos profundas, sin duda más grandes e incluso más lineales y geométricas.
(2) Según la relación que nos proporciona José María Luengo y Martínez, en su extraordinario trabajo 'El castillo de Ponferrada y los templarios', Editorial Nebrija, León, 1980, página 135.
(3) El origen de los Castro se supone en la villa de Castrojeriz, donde los antonianos tuvieron una importante encomienda -actualmente, las ruinas del convento de San Antón- y donde no se descarta la presencia del Temple, siendo destacables los templos de San Juan -con la pentalfa, signo representativo, en otros significados, de Nuestra Señora- y de la Virgen del Manzano -objeto simbólico de interesantes connotaciones, que se localiza, cuando menos, en otras dos importantes Vírgenes de connotaciones negras: Santa María la Real de O Cebreiro y la madrileña Virgen de Atocha-. No obstante, la familia Castro estuvo profundamente arraigada en Galicia, sobre todo en el condado de Lemos. Su escudo, que consistía en seis roeles de azur dispuestos en dos palos, se localiza con mucha frecuencia, sobre todo en provincias como Lugo y Orense; en ésta última, podría destacarse la villa de Allariz. Y no olvidemos, que a media docena de kilómetros, está un enclave particularmente especial: Santa Mariña de Augas Santas. Este escudo, se fue complementando con otros, como los lobos -interesante símbolo, también asociado con ciertos gremios canteriles medievales, animal 'convertido' en perro acompañante de santos mistéricos del Camino, como San Roque- que lucía en sus escudos la familia Osorio. Los Osorio constituían un linaje originario del reino de León y eran descendientes de los reyes castellano-leoneses, en particular de los Enríquez, Almirantes de Castilla, teniendo su origen, al parecer, en el infante Don Fadrique, hijo de Alfonso XI, muerto por orden de su hermano el rey Pedro I (llamado el Cruel) por haber intervenido en conjuras y luchas intestinas. Como se ha dicho anteriormente, su escudo consistía en dos lobos, una encima del otro, en campo de oro. Doña Inés de Castro, fue enterrada, tal y como pedía en su testamento, en el monasterio de San Felices de Amaya, cercano a Burgos, aunque durante mucho tiempo se mantuvo el error de creerla enterrada en Villalcázar de Sirga, al lado del que fuera su marido, el infante Don Felipe, hermano de Alfonso X el Sabio.

jueves, 16 de enero de 2014

Marcas de cantería en un monasterio en ruinas: San Paio de Abeleda


De mi última estancia en tierras gallegas, acaecida a principios del pasado mes de septiembre, recuerdo con especial interés, la visita realizada al monasterio venido a menos de San Paio de Abeleda, situado en la Ribeira Sacra -o mejor dicho, si hemos de ser mínimamente rigurosos con la denominación medieval, la Rovoyra Sacrata-, a escasos kilómetros de distancia de la no menos interesante población de Castro Caldelas, a la que habremos de acudir en breve, si queremos seguir la pista de las hermandades de canteros que levantaron no sólo los cimientos espirituales de Occidente con su impecable destreza y buen hacer, sino que también, como veremos, dejaron su misteriosa impronta en numerosos edificios de carácter militar, y así mismo, por añadidura, en numerosos exponentes de la arquitectura civil.
No es cuestión de juzgar aquí los pormenores que han llevado a este venerable cenobio a convertirse en una ruina, aunque sí es conveniente y a la vez justo, especificar que de no haber sido por unos meritorios esfuerzos particulares -O Sorriso de Daniel-, posiblemente a día de hoy estaríamos contemplando una completa defenestración que, con toda probabilidad, tuvo sus orígenes, como el de tantos otros lugares similares situados a lo largo y ancho de la geografía hispana, en la famosa Desamortización de Mendizábal y esa inmediata consecuencia de barra libre en relación a sillares y ornamentos artísticos que perdieron su brillo e identidad en casas, lagares y cercados de pueblos adyacentes. De cualquier manera, en mejor o en peor estado de conservación, lo único cierto es que, después de todo, un atento vistazo al lugar y su entorno, pueden ser en principio suficientes para hacernos comprender, sin necesidad de consultar los viejos cronicones o los becerros castellanos, que aún quedan rescoldos de una monumental hoguera que ni siquiera el abandono o la indiferencia humana pueden acallar. Son esos detalles, añadidos y en ocasiones intuidos, que a la postre, y desde el silencio a voces con el que la Historia suele ceñirse a determinados lugares, situaciones y circunstancias, los que nos señalan que en San Paio de Abeleda hubo periodos de luz y también de oscuridad que determinaron una parte importante de su historia y su destino.
No es difícil, por otra parte, suponer que el establecimiento de un pequeño cenobio de monjes que fue creciendo a medida que se incrementaban los privilegios reales, se hizo no sólo en base a lo fructífero de la tierra y su cercanía a ese pequeño mar interior conformado por las riberas de los ríos Sil y Miño a uno y otro lado de la frontera entre Orense y Lugo, sino también obedeciendo a una casuística generalizada, como es el establecimiento de los altares de una religión imperante en el lugar donde culturas pretéritas danzaban al son de los tambores de deidades diferentes. Y tampoco debería de extrañarnos que estas primeras comunidades cristianas conformaran parte de ese flujo franco que atravesó los Pirineos camino de Compostela, siguiendo las recomendaciones de Aymeric Picaud y soñando con las gestas de Carlomagno y sus héroes, loadas y cuando menos exageradas, por el arzobispo Turpin. Y hasta incluso, comunidades de refugiados cátaros que huían de las masacres del Mediodía buscando una tierra de promisión, donde todavía encontraban refugio integrantes de herejías anteriores, como la de Prisciliano, como se sospecha pudo haber ocurrido en el no excesivamente lejano monasterio rupestre de San Pedro de Rocas. El hecho, aunque no debería de sorprendernos, en que en San Paio de Abeleda, por algún motivo, hasta la Inquisición tuvo base y cárcel, como demuestra el edificio de forma cuadrangular, que aun se mantiene en pie entre el monasterio y una soberana roca de aspecto megalítico anclada en el prado, donde hasta tiempos relativamente recientes, existía un crucero, del que sólo subsiste el agujero cuadrado labrado en la piedra, desde el que los benitos perros de Dios impartían una justicia divina que, Dios mediante, se mantenga eternamente en su gloria.
El caso es que, para el tema que nos ocupa, pudieran haber sido o no estos antecedentes, los canteros nos dejaron, grabados con sublime perfección en los sillares tanto exteriores como interiores del pórtico principal de entrada a la iglesia, su huella particular. Una huella en forma de espiral o de serpiente enroscada que no sólo se extendió por numerosos lugares de la Gallaecia, sino que además, en buena ley, hemos de suponer que fue descendiendo hacia el interior peninsular a medida que la Reconquista comenzaba a ser algo más que una posibilidad, llegándose a encontrar esta huella o señal en lugares tan diversos y dispares como Santa María de Moreruela, en la provincia de Zamora o aquél celebérrimo exponente del románico soriano, como es la iglesia de San Miguel, en Caltójar. 


- Publicado también en Steemit, con fecha 14 de diciembre de 2017: https://steemit.com/spanish/@juancar347/marcas-de-canteria-en-un-monasterio-en-ruinas-san-paio-de-abeleda