domingo, 10 de diciembre de 2017

Marcas de cantería en el castillo de Maceda



Situado también en la provincia de Orense, a no mucha distancia de Castro Caldelas, y desde luego, en las proximidades de esa fascinante Rovoyra Sacrata, el castillo de Maceda nos ofrece así mismo, cincelados con precisión en la dureza de sus sillares exteriores, algunas marcas de cantero que, aunque en número considerablemente inferior a las del Castelo de Castro Caldelas, no dejan de ser relevantes, e incluso, en base a la forma de alguna de ellas, sugerir la posibilidad de interesantes especulaciones. No obstante, antes de introducirnos, siquiera sea de modo superficial pero espero que ilustrativo en los pormenores de su historia, quizás no estuviese de más añadir que, en el fondo, este castillo –que ronda, en realidad, la categoría de palacio residencial- constituye otro de los numerosos puntos destacables de una ruta muy especial, en la que el viajero curioso, partiendo de Allariz, encontrará suficientes atractivos y misterios, hasta llegar a la población de Maceda y su confluencia con la carretera general de Orense, donde se sale a la altura de Leboreiro y Vilariño Frío, algunos kilómetros por encima de Esgos, localidad de donde parte la ruta hacia uno de los lugares más sobrecogedores y apasionantes, como es el monasterio excavado en la piedra de San Pedro de Rocas.

Por otra parte, tenemos en Allariz una ciudad desde luego interesante; y no sólo porque en su entorno se produjera, allá por el siglo XIX, el único caso documentado de licantropía de España y quizás, por dicho motivo, conserve, en el nombre de alguna de sus calles –como el de Lobariñas- referencias al arcano mito que ha alimentado una buena parte de las creencias populares, desde, Licaón, el mitológico rey de Arcadia, sino porque aún conserva numerosos vestigios de interés, relacionados con esa fascinante Edad Media que tanto nos interesa, y que hicieron de ella una de las villas más prósperas no sólo de la provincia orensana en particular, sino de Galicia y de los reinos cristianos de la época en general. Una ciudad, que todavía conserva muy vivas sus tradiciones ancestrales, las cuales, a pesar de situarse en la única provincia gallega que no tiene una frontera natural con el mar, rinde un culto inusitado a las aguas, posiblemente con idéntica o mayor devoción que las otras, detalle que cuando menos, resulta chocante. De ello, queda constancia no sólo en sus fuentes, donde todavía se recuerda a las figuras míticas de las donas d’aigua o las ninfas de las antiguas mitologías celtas –las tradicionales xanas astur-leonesas-; en los ninfeos, como el que existió en el lugar en el que se levantó posteriormente la iglesia prerrománica de Santa Eufemia de Ambía, sino también en lugares cercanos, convenientemente sacralizados también, donde se venera una figura eminentemente mistérica y simbólica, cuya presencia ya se comienza a advertir en algunos pueblos fronterizos de la provincia de Zamora, como puede ser Sejas de Sanabria: Santa Marina; o, como se diría por estos lares, Santa Mariña.
Ahora bien, y dentro del tema que nos ocupa, los constructores medievales dejaron para la posteridad, insuperables edificaciones, no exentas de simbolismo, quizás siguiendo las mismas huellas que dejaron las civilizaciones megalíticas que pasaron por allí y que grabaron símbolos fundamentales sobre la roca, como harían ellos después -uno de los casos más interesantes y cercanos, sería el petroglifo de Bouzas, sobre cuya piedra se elevó un crucero con un Cristo crucificado y un ángel de rodillas, recogiendo la sangre de sus heridas en una copa o grial-, utilizándolos en templos como la Colegiata de Santa María, en Xunqueira de Ambía; la iglesia de Santa Mariña de Augas Santas, que guarda un extraordinario parecido con la anterior y también en estructuras de índole defensiva y civil, como serían los restos de las antiguas murallas que cercaban la villa de Allariz, algunos de cuyos restos, repletos de marcas de cantero, pueden verse todavía unos metros más adelante de la iglesia de San Pedro.



Fechado en el siglo XI, el castillo de Maceda, considerado en realidad un palacio residencial más que un reducto defensivo al uso, conlleva el reconocimiento general de ser considerado como uno de los edificios civiles más importantes de la Edad Media gallega, siendo creencia generalizada también, que sus muros interiores son los más gruesos de Europa. Amparado en la declaración de Monumento Histórico-Artistico, en la actualidad ha sido reconvertido en Hotel Residencia, detalle que no deja de ser paradójico de algún modo, pues ya desde su temprana edad acogió a ilustres residentes. Tal sería el caso de Alfonso X el Sabio, que residió en él hasta la edad aproximada de once años. Pero sin duda, interesará saber que entre sus propietarios estuvo uno de los más altos representantes de la nobleza gallega del siglo XII, Pedro Froilaz, Conde de Traba, que lo cedió como dote a su hija, Doña María Fernández cuando se unió en matrimonio con Don Juan Ares de Novoa, de Rivadavia, surgiendo de este enlace la rama de los Novoa, cuyo escudo heráldico todavía se conserva entre los muros del castillo. Y no deja de ser curioso, así mismo, que sea precisamente este ilustre personaje, Pedro Froilaz, quien se encargue de la crianza del futuro rey, Alfonso VII, coronándole, junto al arzobispo Gelmírez, en la catedral de Santiago. Es importante retener este dato porque, si tomamos en consideración las interesantes aportaciones realizadas por Carlos Pereira Martínez en su documentada obra ‘Los templarios. Artículos y ensayos’ (1), veremos que se baraja la hipótesis de que fue precisamente por mediación de Fernando Pérez, hijo de Pedro Froilaz, como se estableció la Orden del Temple en tierras coruñesas, aunque en referencia a su importante Bailía de Faro, existan numerosas discrepancias entre los historiadores a la hora de situar su verdadera localización, llegándose a barajar, entre las numerosas hipótesis, las inmediaciones de la Torre de Hércules. Pero aún hay más, porque, casualmente, se repite el caso de que también este Fernando Pérez, tal y como su padre hizo en el pasado, se encargó, a su vez, de la crianza de otro futuro soberano y sucesor de Alfonso VII: su hijo Fernando II. Un rey que, como se sabe, fue posiblemente de los más generosos con los templarios; o mejor dicho, con los domun templariorum militum o milites de Iherusalem, como figuran en algunos documentos de la época, incluido aquél otro documento de donación, que se conserva en el Archivo Histórico de Oviedo, por el que éste y su hermana Doña Urraca, a la sazón reina de Asturias, ceden a unos misteriosos fratres el territorio comprendido entre la Meseta y la cumbre del Monsacro asturiano.
Si bien con los personajes se pueden hilvanar conclusiones interesantes que puedan o no tener relación con el tema de la presente entrada, al menos, observando con especial atención una de las marcas que se repite varias veces en los sillares exteriores de este castillo de Maceda, sí se podría afirmar, que posiblemente alguno de los canteros itinerantes o quizás alguno de los gremios que intervino aquí, lo hizo también en algún lugar muy peculiar de la propia capital orensana: su catedral. La marca de referencia, no es otra que aquélla que reproduce uno de los símbolos más universales que se conocen: el símbolo del infinito. Y si ya en esta preciosa obra magna de piedra y espíritu, queda constatada la presencia, si no del propio Maestro Mateo, al menos sí de su escuela, no ya viendo sólo dos de sus portadas exteriores, sino, por el contrario esa auténtica maravilla, que seguramente por no rivalizar con Compostela, aquí no fue Puerta de la Gloria pero sí Puerta del Paraíso, cabría especular, si después de todo, parte de este lugar no habría que apuntarlo también en el haber del referido Maestro o, por defecto, en el de su Escuela.


(1) Carlos Pereira Martínez: 'Los templarios. Artículos y ensayos', Editorial Toxosoutos, Serie Trívium, 1ª edición, Noya, junio de 2002.

Publicado también en Steemit, domingo 10 de diciembre de 2017, en el siguiente enlace:

https://steemit.com/spanish/@juancar347/marcas-de-canteria-en-el-castillo-de-maceda

lunes, 30 de enero de 2017

Cuando el Arte nos recuerda la genialidad de los maestros canteros


Aquél que fuera no sólo su prior, sino también un gran erudito y como tal, sospechoso de herejía para la retrógrada Inquisición, el padre José de Sigüenza, asociaba el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, no precisamente con esa maravilla de la Antigüedad definitivamente perdida, que fuera el famoso Templo de Salomón –en cuyas ruinosas caballerizas, sostiene la tradición que los primeros caballeros templarios emprendieron misteriosas excavaciones en busca de unos objetos, el Santo Grial y el Arca de la Alianza, por los que el más católico de los reyes, Felipe II, hubiera dado hasta la última gota de su sangre-, sino con aquél otro objeto, no menos misterioso y también de proporciones perfectas, puesto que, como las Tablas de la Ley, las medidas fueron proporcionadas igualmente por Dios, el cual, descrito con todo detalle en el Génesis, ha pasado a la posteridad con el nombre de Arca de Noé. La idea se basaba, naturalmente, también en un sentido de preservación: el de un arte, pretendidamente ortodoxo y por lo tanto, supuestamente católico, que en los tiempos de este monarca corría el peligro de desaparecer en las hogueras levantadas por los reformistas –para otros, iconoclastas-, entre los que cabría destacar las figuras de Lutero, Calvino y Zwinglio que, dicho sea de paso, contribuyeron en gran medida a amargarle los últimos días de su vida a un rey del que se dice, se comenta, se rumorea que expiró sin dejar de mirar aquél supuesto ojo de Dios, que figura en la maravillosa obra de El Bosco –pintor por el que Felipe II sentía una predilección especial-,  llamada La mesa de los pecados capitales, que, colocada a petición propia frente a su lecho de muerte, está expuesta hoy en día en el Museo del Prado de Madrid.

Tal vez no fuera precisamente ese el propósito que animaba en la mente y en los corazones de los maestros canteros que levantaron las grandes catedrales, antes, durante y después del reinado de Felipe II, pero no cabe duda de que en la actualidad, perdido gran parte de su primigenio y original estado de gracia, constituyen precisamente eso: verdaderas arcas depositarias de auténticas colecciones de Arte, no obstante conservando los autores, en una excesiva y deprimente mayoría de los casos, un anonimato que invita, sin embargo, en algunos casos, a inmiscuirse y ejercer el derecho a especular. No especulaba Unamuno, ni mucho menos, cuando llamaba la atención sobre el misterio que ejercía, tal cual y al menos sobre él, una de las catedrales más singulares y a la vez, difíciles de analizar en su conjunto, sobre todo para el profano; aquélla que, atacado su corazón por esa piedra singular, constituida de la misma materia berroqueña o sanguina, quizás, que la flecha del ángel que atravesó metafóricamente el místico órgano vital de Santa Teresa: la de San Salvador de Ávila. Dejando aparte, pues, los numerosos enigmas históricos añadidos a lo que es en sí la presente y fascinante catedral avulense, inicialmente atribuida a un oscuro arquitecto de origen franco y nombre Fruchel –bueno será recordar, que el excelente cenotafio de los Santos Mártires que se puede admirar en la vecina basílica de San Vicente, también se le atribuye a él o a alguien de su escuela o taller-, el amante del Arte en general, no dejará de admirarse con la asombrosa colección que se custodia en varias de sus salas, donde no faltan exquisiteces como la Magdalena de Claudio Coello, la Santa Ana Trina de Sansón Florentino, los Ecce Homo de Luis de Morales y Francisco de Llanos –este último, copia de Leonardo da Vinci-, el Calvario de Pedro de Salamanca –bastante activo en Ávila y provincia, del que existen numerosas reseñas en la vecina Arévalo-, o algunas atribuciones a las denominadas Escuelas de Ribera, de Rafael, de Murillo y de Tiziano, artista éste que, por cierto, junto con El Bosco, acaparaba la predilección de Felipe II. 

Pero la mayoría de las obras, sobre todo aquellas que, en principio por su elegancia y vistosidad conforman parte de esa grandiosidad flamenca, cuyos maestros dominaron el arte del retablo durante los siglos XV y XVI, siendo España un importante mercado son, por desgracia y en su práctica totalidad, completamente anónimos. De entre ellos, cabe destacar un hermoso óleo sobre tabla, del siglo XV que, intitulado Construcción del templo, se le atribuye –lo cual, viene a dejarnos prácticamente como estábamos-, al denominado Maestro de Ávila. Un Maestro evidentemente activo en la provincia y que, posiblemente emulando ese aire de misterio y anonimato que solía caracterizar también a los argonautas de la piedra, nos describe, y a la vez nos ofrece una lección práctica, con profusión de detalles que hay que ir examinando cuidadosamente, la goecia o los ritos que acompañaban la siempre sagrada misión de elevar un templo: la consagración del lugar, que generalmente tenía relación con la onomástica del santo titular, la utilización de los diferentes elementos –la maza, el compás, la plomada-, la orientación y la forma en cruz de la planta. Pero aquí, si observamos precisamente esa planta y la forma de esa cruz, tendremos que hacernos, necesariamente, una pregunta trascendental: ¿la forma de Ank, Cruz Ansata o Cruz egipcia de la Vida obedece a una intencionalidad determinada o simplemente no hemos de buscar ningún misterio, pensando que se trata de una casualidad que obedece a una sencilla cuestión de perspectiva?.