martes, 10 de diciembre de 2013

Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo 2014


Las huellas se adormecen con la escarcha de los caminos. Duerme el sol a media tarde y los días bostezan melancolía, viendo la nieve caer detrás de la ventana. Fuego en el hogar y cuentos a la luz de la chimenea. Timbres que suenan, puertas que se abren y niños cantando villancicos al compás de zambombas y panderetas. De las dos caras de Jano, una comienza a bostezar: sueños blancos detrás de la Jauna Infernii, más allá de cuya puerta, el solsticio de invierno se abre a un nuevo pesebre de Belén. El tiempo se detiene. Por unos días, se detienen también el mazo y el escoplo. La búsqueda cesa y un sentimiento de paz invade la tierra.
Amigos, son vísperas de Navidad. Y como viene siendo costumbre, quiero aprovechar la ocasión, no sólo para dejarme embriagar por la nostalgia y un merecido dolce far niente, sino también para desearos una muy Feliz Navidad y que el año entrante nos depare a todos cuando menos salud y trabajo. Y si además viene cargado con multitud de sorprendentes descubrimientos, pues mejor todavía.
Feliz Año 2014

lunes, 28 de octubre de 2013

Parecidos razonables: colores de otoño, colores románicos


No hay mayor Maestro ni mejor Modelo que la propia Naturaleza. Este es un sencillo axioma, que ya el hombre pareció intuir desde el alba de los tiempos, en esa época cavernaria en la que, por algún chispazo evolutivo, comenzó a sentirse artista; a mezclar pigmentos con sangre animal y reproducir -cuesta creer que a oscuras, pero he aquí otro interesante misterio- aquello que no sólo ensombrecía su aparentemente sencilla psique de primate, sino también, aquello cuanto le rodeaba, animales sobre todo, de los cuales no sólo se alimentaba, sino que a la vez adoraba o cuando menos homenajeaba, aprendiendo, en muchos casos, de sus costumbres y habilidades. Sería impreciso apuntar, o al menos yo no tengo una idea clara, de en qué momento concreto de su infinita historia, el hombre comenzó a copiar los modelos del mayor artista de la Creación. O mejor y más oportunamente dicho: de la mayor artista de la Creación. Una artista, que no es otra que la Naturaleza, a la que desde ese tiempo sombrío e inmemorial, se la viene considerando como Madre. En sus modelos y complejidades, sin duda, se basaron muchas de las mejores obras de arte que han sobrevivido a nuestros días. Y de sus modelos, aún hoy en día, se continúa aprendiendo. Si ya las culturas clásicas, tomaban para sus columnas y capiteles las formas de una Madre que continuamente se renovaba aportando vida por doquier, el románico, bajo mi punto de vista, fue uno de esos curiosos esquemas artísticos que con más insistencia se valió de esos modelos naturales, hasta el punto de que muchos, muchísimos de sus templos, constituyen auténticos herbolarios de piedra, en cuyo despliegue, el cantero ya demostraba un profundo conocimiento del entorno en el que se desenvolvía. Y dentro de ese conocimiento, estaba también el de imitar esos colores con los que la Naturaleza, alquímica e insoslayable, sorprendía con cada paso de estación. Podría resultar tremendamente difícil, llegar a hacerse una idea de la inconmensurable riqueza colorista que animaba tanto a los pequeños templos como a las grandes catedrales. Pero todavía quedan vestigios, aquí y allá que, con más o menos entereza, con mayor o menor conservación, nos ofrecen detalles de ese gran interés que animaba a nuestros antecesores a imitar esa vitalidad que, a grandes rasgos, conllevaba todo proceso natural de renovación. Posiblemente, no haya otra estación mejor que el otoño, para ofrecernos ese modelo perfecto que animaba en muchos de esos templos, tanto en las pinturas que decoraban, cual microcósmicas capillas sixtinas cabeceras y paredes, como aquellas otras que intentaban reproducir, en columnas y capiteles, ese mundo nutriente que le aportaba lo necesario para vivir y desarrollarse. Recuerdo que este tema, ya lo comenté hace unos años con la persona que por aquél entonces -julio de 2010-, se encargaba de la apertura y custodia de la ermita de San Miguel de Gormaz. Coincidí con su pensamiento, de que no había mejores modelos para los colores del artista, que aquéllos mismos que se veían en los campos de alrededor. Hace unos días, y observando los maravillosos matices otoñales de un reconocido parque de la capital de Madrid -el del Buen Retiro-, me vino a la memoria un lugar que tuve ocasión de visitar no hace mucho y que, aparte de producirme desasosiego por su estado de conservación -y gracias a la labor de unos particulares, que han tenido la fantástica idea de hacerse con él, custodiarlo y conservarlo en la medida de la posible (1)-, y del que hablaré en una próxima entrada, pues no sólo los canteros dejaron huellas de esa sapiencia cromática que parece calcada del mayor exponente otoñal de todos los tiempos, sino que, a la vez, dejaron su marca. Una marca muy peculiar, que todavía se puede observar muy lejos del lugar al que me estoy refiriendo, y que constituye, de hecho, todo un enigma, pues sus características son similares. El lugar es el monasterio de San Paio de Abeleda, en la provincia de Orense y lo que me hizo recordarlo, fue precisamente esa familiaridad entre algunos de los colores otoñales, con aquéllos otros que aún, desafiando el paso ingrato de los años, pueden observarse en su recinto interior. Otro de los motivos es, desde luego, que siento pasión por el otoño, y basta que esa curiosa sensación de deja-vú me viniera a la mente para que, de alguna manera, colar este vídeo en el presente blog y permitir que cada uno saque sus propias conclusiones.


(1) Lamento decir, que no sé sus nombres. Pero todos aquellos que estén interesados en conocerles y conocer, de paso, la gran labor que vienen realizando en San Paio de Abeleda, puede buscarles en Facebook por el nombre de O Soriso de Daniel.

sábado, 19 de octubre de 2013

La fascinante belleza de las iglesias de planta hexagonal


Cuando surge el tema de las iglesias de planta hexagonal, y surgen nombres como Santa María de Eunate, el Santo Sepulcro de Torres del Río o la Vera Cruz de Segovia -pocas veces o casi nunca se nombra al magnífico ejemplo que es la ermita de Santiago, situada en la cima del emblemático Monsacro asturiano-, inmediatamente se genera la pregunta y a la vez, la eterna discusión de la autoría: ¿sepulcrista o templaria?. De lo que no parece caber duda, es de que este modelo de iglesias de planta hexagonal u octogonal, dependiendo el caso, es un modelo importado de Oriente, y no son pocos los investigadores e historiadores que ven en ellas un efecto secundario de las Cruzadas; es decir, un modelo importado por los cruzados, basándose en los modelos originales de la Ciudad Santa.
Posiblemente, la polémica sobre su consideración como modelo de arquitectura templaria, la iniciara el arquitecto francés Violet-le-Duc quien, en su Diccionario de Arquitectura, esgrimía la hipótesis de que los templarios alzaban, en cada encomienda, una capilla que debía de ser la representación del Santo Sepulcro de Jerusalén, lugar que, como se sabe, constituyó la Casa Madre de la Orden en Tierra Santa. Pero también, ignoro si con conocimiento de causa o ajeno al dato, cierto es que los primeros custodios del Santo Sepulcro, fueron los canónigos regulares de San Agustín, puestos por Godofredo de Bouillon, una vez conquistada Jerusalén. Los canónigos regulares de San Agustín, antecesores del Temple, que posteriormente se constituyeron en la Orden del Santo Sepulcro y que, una década antes de Hugues de Payns y sus nueve compañeros fundaran la Orden del Temple, ya vestían una uniformidad consistente en hábito blanco con una cruz roja en el pecho.
Sea como sea, lo cierto es que, al parecer -y según me confió en cierta ocasión Rafael Alarcón Herrera, uno de los mayores especialistas en el tema-, este tipo de construcción fue bastante popular en la Península Ibérica. Lástima, pues, que hayan sobrevivido tan escasos ejemplares.
Sirva, pues, como regocijo visual el presente vídeo, y como entreacto a otra gran fascinante temática, como es Noya y sus innumerables misterios.


lunes, 23 de septiembre de 2013

El fascinante universo simbólico de Noya: Santa María a Nova


'Viendo Yahveh que era grande la maldad del hombre sobre la tierra, y que todos los designios de su corazón eran siempre perversos, se arrepintió Yahveh de haber hecho al hombre en la tierra, se dolió en su corazón y dijo: "Voy a barrer de la faz de la tierra al hombre que he creado, desde el hombre hasta los animales domésticos, y hasta los reptiles, y las aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho". Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahveh...'.
[Génesis, 5, 6]
 
'Los hijos de Noé salidos del arca fueron Sem, Cam y Jafet. Cam es el padre de Canaán. Estos tres fueron los hijos de Noé y a partir de ellos se pobló toda la tierra...'.
[Génesis, 8, 18]
 
¿Comienza aquí la historia de Noya y buena parte de ese misterio ancestral, consignado en una insólita colección de laudas, que yacen abandonadas con desdén, en su gran mayoría, en el cementerio anexo a la iglesia de Santa María a Nova?. ¿Qué se oculta, en realidad, tras esa abismal Protohistoria frente a la que los historiadores modernos sienten un vértigo o terror parecido al que, supuestamente, sentían los marinos medievales cuando se alejaban más allá de las Columnas de Hércules y el mar conocido?. ¿Quién era, en realidad, ese misterioso personaje llamado Ioan de Estivadas, cuyo sensacional sepulcro ocupa un lugar preeminente en el interior de la iglesia de Santa María a Nova y por qué, no menos relevante y misteriosa coincidencia, su mujer, María Oanes lleva el nombre de aquél enigmático ser que, según la mitología mesopotámica, salía del mar todos los días para enseñar a los hombres los rudimentos de la civilización?. ¿Existe alguna relación con aquél otro personaje oriental, anónimo para más señas, cuyo sepulcro se encuentra también en el interior de una iglesia cristiana, San Francisco de Betanzos, que se levanta, a escasos metros de otra no menos interesante iglesia que lleva el relevante nombre de Santa María del Azogue, en el lugar donde se supone que la Orden del Temple tuvo una importante encomienda?. ¿Existe algún tipo de relación, entre las vacas que se advierten en la parte frontal del sepulcro de Estivadas y aquélla otra vaca cíclica que se aprecia por encima del sepulcro de una Dona de la familia Pardo de Aguiar que, como el anónimo personaje oriental al que se hacía referencia anteriormente, reposa también en la iglesia de San Francisco, en Betanzos?. ¿Es la misma María Oanes, relacionada también con el vino, aquélla que figura, precisamente, en el testamento de Lopo Núñez Pardo?. ¿Qué tiene de especial ésta pequeña población costera de Noya, que se levanta, aproximadamente, a medio camino entre Santiago de Compostela y Finisterre?.
 
Noya, obviamente, es la gran Incógnita; el pequeño Axis Mundi sobre el que, por razones que de momento se nos escapan, la Tradición no sólo encontró refugio, sino también fuente en la que, al parecer, saciaron su sed de conocimiento, no sólo canteros y gremios, sino también individuos que acudían en busca de una iniciación hermética, parte de cuyos fragmentos a duras penas sobreviven entre el polvo y el olvido. Por eso, qué duda cabe, que para todo amante del Símbolo, constituye el Paraíso; pero, paradójicamente, y aunque parezca una exageración, también su descenso a los infiernos. Y aun así, resulta difícil, cuando no imposible, no dejarse subyugar por ese fruto prohibido, sabiendo de antemano, que toda respuesta que aparentemente surge del ciclo infinito de preguntas que uno se plantea apenas pone los pies en el interior de este templo, calificado, todo sea dicho de paso, como de típicas influencias marinheiras (1), no son, sino, meras especulaciones; apenas cabos fragmentarios de una extraordinaria madeja cuyo verdadero corazón se pierde en los innumerables laberintos de la Historia. Unos hilos y una Historia que, a medida que uno se implica –o al menos, intenta implicarse- va presentándole no sólo una infinitud de símbolos, sino también una serie de personajes, que tal vez estén o no relacionados, pero que sin duda le llamarán poderosamente la atención, hasta el punto de intentar buscar algún tipo de conexión donde, quién sabe si después de todo, no existe nada.
Creo que sería un error, intentar derivar el enigma, sólo y exclusivamente al ámbito de influencia de esta iglesia de Santa María a Nova, obviando un detalle, relevante, como puede ser, así mismo, la magnífica iglesia de San Martiño, donde se supone que trabajó, si no el propio Maestro Mateo, sí parientes cercanos que, al parecer, seguían la tradición canteril de la familia. Una iglesia, y una portada, la oeste o principal, que es toda una maravillosa obra de Arte, en la que, además, en vista de ciertos personajes, como el ángel que toca su trompeta, podríamos implicar -por alusión y similitud-, incluso, a aquél antecesor de éste, el Maestro Esteban: precisamente el que levantó la magnífica y a la vez enigmática portada de Platerías de la catedral de Santiago de Compostela y también, la antigua portada románica que fue sustituida por el Pórtico de la Gloria. Pero no solamente existen interesantes claves referidas a los monumentos más relevantes que se pueden visitar en una ciudad como Noya, sobre todo en lo que se refiere a sus templos más representativos. Hay que mirar también sus casas más antiguas, los guiños que algunos restos todavía nos hacen, al cabo de los siglos, y donde el perro -que no sólo figura en los sepulcros, incluido el de Ioan de Estivadas, sino también sorprendentemente atados por una cadena a ciertos escudos nobiliarios, y no sólo fue compañero de santos mistéricos y camineros, sino también del propio Hijo del Trueno- y esas pequeñas capillas o capelas que, como la de San Antón, aún habiendo perdido su mensaje original -me pregunto, qué claves no mostrarían sus desaparecidas pinturas- vuelven a reunir, en un lugar tan pequeño a relevantes personajes relacionados directamente con el misterio, el conocimiento y el Camino de las Estrellas.
Santa María a Nova y su impresionante colección de laudas -no diría sepulcrales, porque, según parece, ninguna se utilizó para tal fin, aunque sí fueran reutilizadas para ello, siglos después- aunque importante, no es, aunque a priori lo parezca, el enigma fundamental de Noya, sino que, en mi opinión, tan sólo forma parte de un grandioso mosaico, que hizo de Noya un centro de iniciación de primera magnitud. Y eso es, precisamente, lo que me propongo ir desarrollando en las próximas entradas.

 
(1) A este respecto, no deja de llamarme la atención, la similitud, comparativamente hablando, entre la forma del interior de esta iglesia de Santa María a Nova y aquélla otra, a menor escala, desde luego, que caracteriza el denominado como cripta o Forno da Santa, en la población orensana de Santa Mariña de Augas Santas. Su relación con el agua, o con una enseñanza derivada de ella, parece también evidente.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Noya: el cementerio de los símbolos olvidados


'Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados...'
[Carlos Ruiz Zafón (1)]
 
Dudo mucho que cuando Carlos Ruiz Zafón pensó en su Cementerio de los Libros Olvidados, imaginase que quizás, sólo digo quizás, ese cementerio existiera en realidad. O quizás, no. Quizás -en el fondo, todo se reduce a una simplificada cuestión de incertidumbres-, una idea tan brillante le fuera románticamente sugerida por un cementerio, cuando menos tan peculiar como el de Noya. Un cementerio mágico -como la dulce tristeza de Rosalía de Castro-, en cuyos muros se apilan, como si fueran cartón viejo destinado a ser recogido y reciclado en un insulso producto nuevo, docenas de fabulosos libros de piedra, cuyo enigmático mensaje, no hay maestro en actualidad que sepa descifrar. Son auténticos, genuinos libros de piedra, escritos en el lenguaje de los sueños -puede que, después de todo, éste no sea otro que el incomprensible lenguaje de las aves-, aquél que ya no comprendemos y que, posiblemente, las generaciones pretéritas lo grabaran con una intención que, por desgracia, también nos vemos incapaces realmente de valorar. Pero están ahí, arrinconados como ropa vieja, expuestos a la caricia del viento -que a veces llega envalentonado, procedente de la Ría-, ateridos frente a la lluvia de la que se alimenta la tupida sabana de musgo que los cubre, sedientos frente al sol de unos estíos que los dora, y en algunos casos, hasta cuartea. La pérdida de la memoria, referida a unos personajes anónimos, entre cuyas filas quizás -vuelvo a repetir, que la incertidumbre es una sensación con la que se vive constantemente frente a los mensajes del pasado- ejercieron muchos de los maestros que labraban magia con sus manos y que, sin más gloria que la propia satisfacción de ver su obra terminada, sembraron de maravillas ese Camino de la Oca, que sin importar la ruta o los caminos elegidos, siempre tiene como destino Galicia.
Por otra parte, y como determinada por una selección netamente darwiniana, existe otra colección, ajena al olvido existencial de la intemperie, que conforma el leif-motiv principal de la próxima entrada: la exposición permanente de losas sepulcrales que se localiza en la anexa iglesia de Santa María a Nova, y que os invito a visitar, plácidamente sentados frente a la pantalla de vuestros ordenadores, en un futuro próximo. Quién sabe, quizás entre ellas alguien como la genial escritora Matilde Asensi pueda sonreír pícaramente recordando aquéllas que le sirvieron de modelo para llevar la iniciación de su personaje principal -Galcerán de Born, alias el Perquisitore (2)- al séptimo cielo de los elegidos; o quizás los más, como servidor hace poco, puedan hacerse una idea más aproximada de todo cuanto de referencia hayan leído y no hayan tenido la oportunidad de presenciar con sus propios ojos. Creo que, después de todo, obviando los comentarios e incluso las opiniones que cada uno se pueda o no formar sobre el tema, lo más objetivo, después de todo, seguirá siendo una imagen. Y ya se sabe, que una imagen vale más que mil palabras. 


(1) Carlos Ruiz Zafón: 'La sombra del viento', Editorial Planeta, S.A., 2008, página 13.
(2) Matilde Asensi: 'Iacobus' y 'Peregrinatio', Editorial Planeta.

martes, 20 de agosto de 2013

Canteros de Compostela



Compostela, uno de los principales Axis Mundi de la peregrinación. Un microcosmos del Espíritu, nacido en lo más impenetrable y oculto de una tierra consagrada en cuerpo y alma al misterio. Un misterio, envuelto diariamente en unas brumas que, cual levitas y comparativamente hablando, custodian con celo el acceso al sancta santorum de su templo inmemorial. Un templo éste, que fuera en sus orígenes una infinidad de Jakines y Boaces de sólido lustre, cuyos pilares estaban profundamente arraigados en una tierra donde el lobo, compañero inseparable de poderosos dioses celtas, aullaba lastimeramente a la luna, quizás presintiendo ese cambio de ciclo que se acercaba inexorable a las costas de Galicia, llevando como ajuar funerario y futura herencia no sólo los dispendios y rigores de una filosofía espiritual que hasta entonces no había conseguido penetrar, al menos de una forma primordial, en el alma del gallego primitivo, sino también la materia prima sobre la que giraría, a escala universal, todo un complejo vital que habría de caracterizar esas supuestas edades bárbaras del hombre, que algunos suponen fueron la Alta y la Baja Edad Media: la piedra. Quizás fuera precisamente en el momento en el que la barca de piedra que trasladaba los supuestos restos del Hijo del Trueno, atracara en Padrón, cuando el lobo supo que su destino quedaría para siempre marcado como servil compañero de camino de santos nuevos, colonizadores espirituales que guardaban en su zurrón infinidad de secretos y mostraban en su muslo la dolorosa herida del Conocimiento, transmitida por Dios a través de los dedos de sus fieles mensajeros: los ángeles.
Cuando uno se acerca a Compostela, y accede a las alturas de ese Monte do Gozo que hace derramar lágrimas de alegría, a todo peregrino que lleva a sus espaldas no sólo su zurrón, sino también cientos de kilómetros de esfuerzos y sufrimientos, la visión de una enorme urbe que se arremolina sobre las torres inmensas de lo que muchos suponen como la obra más grandiosa del románico español, no deja de sentir también, en el fondo de su alma –eminentemente, aventurera y romántica-, la ausencia nostálgica de ese inmemorial sancta sanctórum natural, que fue el bosque de Llibredón, que aún llegó a alcanzar la visión del más crítico, y a la vez más conocido de los peregrinos francos que atravesó los Pirineos: Aymeric Picaud.
Como los lobos que animaban las primeras intenciones de la reina Lupa –cuya muerte en santidad, le otorgó el honor de reposar en la catedral, según dicen, cerca de los restos del Apóstol-, solitarios e itinerantes, muchos fueron los canteros que dejaron su huella en el lugar. La gran mayoría, para desesperación de las generaciones futuras, intrigadas no sólo por la maestría de su arte sino también por los pormenores de su propia vida, lo hicieron en el más completo de los anonimatos. Hubo otros, no obstante, que bien por orgullo personal o por autoestima –que a fin de cuentas humanos, a todo artista le toca una u otra-, se dejaron llevar por un tímido impulso, y dieron apenas un paso más allá, legando nombres que, definitivamente eclipsados por el Maestro Mateo, apenas se pronuncian. De igual manera que en Aragón, donde sólo se menciona a aquél que, a falta de nombre conocido se le ha dado en llamar como el Maestro de Agüero o el Maestro de las Serpientes –que ejerció su arte, en lugares como Santiago de Agüero, San Pedro el Viejo o San Juan de la Peña- el que acude a Compostela o alude en general al románico gallego, sólo pronuncia el nombre de Mateo, obviando el de aquellos otros que hicieron cantar de emoción a la piedra, en ese mismo lugar cuyo mérito se lleva aquél en exclusiva. Apenas se pronuncian nombres como Bernardo y Roberto, que participaron en la primera etapa constructiva y Esteban, en la posterior y cuyo rastro, si bien diluido en los libros de Historia, permanece inalterable en los símbolos que dejaron grabados en los sillares. Es cierto, que estos símbolos no nos permiten saber quiénes fueron en realidad; y tampoco sabemos el significado de tan ambigua firma. Pero al menos, observándolos, nos permiten sugerir caminos y hacernos ver que no se estancaron en un lugar determinado, sino que, como auténticos artífices y soportes de esa filosofía de vida románica, participaron en la construcción de muchos de los templos que todavía, un milenio después, nos siguen sorprendiendo, cortándonos la respiración por su perfección y magnificencia.
Es a través de estos símbolos universales, como sabemos, o al menos intuimos, que detrás de la visión de esas estrellas de cinco puntas, de esas llaves o de esos báculos terminados en espiral, en una y otra punta, posiblemente estos mismos canteros anduvieran por lugares como Moreruela, en la provincia de Zamora, o que llegaran de esta parte de los Pirineos, desde Agüero, por ejemplo, en Huesca, atraídos por las inmensas posibilidades que ofrecía el Camino de Santiago. Un Camino que, se mire por donde se mire, siempre ha de sorprendernos, pero también, un Camino con el que, a medida que lo vamos recorriendo, nos vamos familiarizando. Y de alguna manera, con pequeños esbozos arrebatados al sigilo de los tiempos, vamos presintiendo presencias, que cada vez nos parecen más amigas.

lunes, 29 de julio de 2013

Canteros de Portomarín


Afirma una ancestral creencia oriental, que vivimos en Maya; es decir, en el Mundo de la Ilusión. Un mundo, evidentemente alejado del Espíritu, donde nada es lo que parece, y sin embargo, ilusión y realidad se conjuran en determinadas ocasiones y circunstancias, es probable que para hacernos recordar esa cualidad latente en todo ser humano, la cual parece que estamos perdiendo con las quimeras vanguardistas de un mundo cada día más tecnológico, donde todo parece avocado a anularnos la capacidad de pensar: la capacidad, también, de sorprendernos. Si hay un camino, donde se pone a prueba nuestra capacidad de percepción y donde se activa, sea por necesidad, nuestro instinto, ese es, sin duda, el Camino de las Estrellas. O si se prefiere, el Camino de Santiago. Poco importa cuál sea la ruta o el itinerario elegido, porque la sorpresa, el acicate de la maravilla y la amargura de la ignorancia, nos esperan, como los tres fantasmas navideños del inolvidable cuento de Charles Dickens, en el rincón más insospechado; detrás de la curva más cerrada o al final, incluso, de la recta más infinita.
Portomarín, al fin y al cabo, es un espejismo. Quien opta por al antiguo camino -aquí se podría citar una parte magistral de ese itinerario, como antiguamente se recitaba de memoria la lista de los reyes godos: Pedrafita, O Cebreiro, Liñares, Hospital da Condesa, Padornelo, Triacastela, Samos, Sarria, Barbadelo, Portomarín- lo sabe perfectamente. Sorprende y a la vez maravilla, sí, de eso no cabe duda; pero la historia de sus principales monumentos -el más evidente y extraordinario de todos, aparte del puente levantado en 1120 por Pedro Peregrino (curioso nombre para un cantero del Camino), lo tenemos aquí, en la iglesia de San Nicolau o de San Xoán- ha sido deliberadamente alterada. Se alteró a mediados de los años cincuenta del pasado siglo XX, cuando la fiebre de los embalses, en esos cruciales años de posguerra, anegó itinerarios, revivió las viejas leyendas -quien haya leído algo del lago de Sanabria o del lago de Carucedo, sabe de qué hablo- de ciudades y pueblos sumergidos, condenando al silencio y al olvido a una parte importante de ese rico patrimonio histórico-cultural por el que la sociedad de aquéllos tiempos no daba un duro, pero que significó riqueza para el ávido especulador -me abstengo de mencionar razas- y nobleza adquirida a golpe de talonario para el american friend, que algunos años después optó también por el suelo español, a cambio de una berlanguesca calderilla, denominada Plan Marshall. Qué cuento, diría Calleja. ¿Y toda una parrafada, para decir que este magnífico templo no está emplazado actualmente en su lugar original?. Pues sí. Sólo por eso y porque, cuando uno comienza a encontrarse ciertos detalles, no puede por menos de preguntarse -el equilibrio de la desconfianza- si esas venerables piedras, trasladadas una por una de su lugar original, fueron recoladas tal y como estaban, o en algunos casos, cuando el ingeniero no miraba, los operarios aprovecharon el ínclito y en su afán de acelerar el día de paga extra -seguramente tan justificado en aquéllos tiempos, como hoy lo es tener trabajo- recurrieron al tajo y al destajo, y juntando los sillares como si fueran los colores del cubo de Rubick -en este caso, cambiemos color por marcas de cantero-, contribuyeron a conformar algo tan inaudito, como es encontrar una señal tan inequívoca de magisterio, como es el báculo, apiñado sobre un lugar muy concreto de ese lateral sur, cuya portada, espectacular donde las haya, algunas fuentes atribuyen a ese pecador narcisista o Santo dos Croques, que fue el Maestro Mateo; o cuando menos, a esa excelente escuela que, a juzgar por la calidad desplegada en otros lugares aparte de Compostela -que me sigan dejando soñar con la Puerta del Paraíso de la catedral de Orense-, aprendió sus lecciones con una vitalidad que da gusto.
Resulta evidente, todo hay que decirlo, que el báculo, como señal de cantería, es relativamente fácil de encontrar en los sillares de muchos templos de la época. Pero encontrarlo en tales cantidades, es algo que, sinceramente, me supera. Ver toda esa cantidad de báculos grabados en los sillares de un espacio relativamente determinado de un muro, es algo que no se encuentra todos los días. Diríase -suponiendo que con éstos, se haya respetado su lugar original- y que me perdonen por la ironía, justamente achacable al desconcierto, que si aplicamos aquí la creencia de que dichas marcas servían como garante contable para el cobro del jornal, aquí el cantero -¿el propio magister murii?- debía tener problemas para llegar a fin de mes y se aplicó a destajo.
Por otra parte, y como se verá en una próxima entrada, algunas de estas marcas, así como algunas de las marcas que todavía se pueden localizar en el interior de la catedral de Santiago de Compostela, guardan cierta familiaridad con aquéllas otras que todavía se localizan, por docenas, en lugares foráneos a las fronteras de Galicia, inmersos en la vieja y ancha Castilla, como sería el caso de la provincia de Zamora. Puede, entonces, que exista una relación. Una relación que, aunque no nos defina la identidad de los canteros y en la gran mayoría de los casos el significado de su firma, al menos, nos sugieren la probabilidad de poder determinar en parte sus movimientos y quizás, de paso, nos vayan definiendo ese estado espiritual tan particular que plasmaron en la piedra mientras hacían camino.

 
Con ojo crítico, pero maravillado.

miércoles, 24 de julio de 2013

El paganismo oculto de San Martiño de Mondoñedo


'Pues si los pergaminos, que con frecuencia devoran las llamas, son los archivos de los grandes, los archivos del pueblo, que nada borra, son sus canciones...'.
[Gérard de Séde (1)]

Dentro de lo que cabe, del pueblo y para el pueblo se podrían considerar, también, esos inconmensurables monumentos pétreos que hunden sus cimientos, en muchos casos, en los albores de los tiempos y que, cual pergaminos eternos, todavía conservan memorias de antiguos episodios, de creencias y sentimientos adoptados por diferentes culturas y transmitidos, de generación en generación, a través de los siglos y la magia de la piedra, amén. Mondoñedo, después de todo, es uno de tales lugares. Un lugar que desborda romanticismo y fantasía, y que una vez conseguido el acceso a su interior (2), pone a prueba, con sus innumerables detalles, la imaginación del observador. De eso trata la presente entrada: de observar e imaginar. Lo verdaderamente apasionante de la interpretación -bajo mi humilde punto de vista de aficionado-, es que libera la imaginación y permite especular sin los inconvenientes, muchas veces, de una rigidez académica que, por lo general, suele mirar hacia otro lado, cuando aquello que contempla puede herir la sensibilidad de una Historia previamente establecida. Llegados a este punto, quizás no fuera inconveniente, ni mucho menos, seguir el consejo de un viejo amigo -Xavier Musquera, que nos abandonó a principios de diciembre de 2009- y recordar aquél viejo proverbio chino, con que nos prevenía en las primeras páginas de uno de sus libros más apasionantes (3): Sólo si declaras la guerra a todas las religiones, estarás en paz con Dios.
Declarada, pues, la guerra a todas las religiones, de este lugar tan especial de la Galicia mítica, se puede comenzar la introducción, diciendo que fue convertido en sede episcopal en el año 870 por Sabanico, obispo de Dumio, tras su huida de la invasión musulmana y el templo dedicado a la figura de San Martín -obviamente, de Tours, y entrañable y familiarmente para los gallegos, San Martiño, que el otro, el de Dumio, buena labor de destrucción realizó entre el megalitismo imperante-, no en vano está considerado como la catedral más antigua de España. Sea esto discutible o no, lo cierto es que, aún con toda la espectacularidad que todavía conserva, San Martiño de Mondoñedo muestra, no obstante, tan sólo una pequeña, quizás ínfima parte de lo que fue en realidad: un inmenso complejo religioso, del que apenas sobreviven la iglesia y la antigua casa prioral
Iniciada su construcción en el año 977 por el obispo San Rosendo -célebre, al parecer, por sus numerosos milagros, tanto en vida como después de muerto, cuyo sarcófago se conserva todavía en el interior del templo, gozando de buena salud como depositario de peticiones y exvotos-, en su estructura no resulta difícil adivinar una más que notable influencia de origen lombardo, aderezada -según opinan algunos expertos- con modelos comunes al denominado románico del Camino de Santiago. Afín o no a este románico (4), lo primero que llama poderosamente la atención, a todo aquél que se acerca a la portada principal de acceso, es el curioso Agnus Dei grabado en el tímpano. Y digo curioso, porque, una de dos, o bien el cantero que lo labró no era excesivamente hábil en el manejo del escoplo y el cincel, o quiso representar otra cosa. Porque, bien visto, aquello que originalmente, es de suponer que quisiera representar la figura de la víctima propiciatoria del sacrificio, el cordero, aquí semeja más la figura de un caballo. Cuestión de perspectiva, supongo, que sin embargo, no representa una ilusión óptica cuando, una vez en el interior y recuperados de la impresión de las magníficas representaciones pictóricas que aún se conservan -que en su momento, pueden suponer un interesante debate-, se comienzan a observar ciertos gazapos heterodoxos, mezclados con las a priori, evangélicas escenas. Una de ellas, sin duda, radica en el curioso banquete -figura de perro incluida a los pies de los comensales, como a los pies del caballero, figura también en numerosos sepulcros medievales, localizados, sobre todo, en la vecina provincia de Orense (5)- donde frente a uno de ellos, se observa una cabeza cortada en un plato. Cabeza que, generalmente, se identifica con la de Juan el Bautista. Ahora bien, no parece que se aprecien, ni en la mesa ni en las escenas de alrededor, figuras femeninas, como sería el caso, y es entonces, cuando uno se pregunta qué ha sido, o por qué el cantero, obvió la típica figura de Salomé, siquiera como bailarina amenizante de la cena, tal y como era uno de los temas más destacados, por ejemplo, del denominado Maestro de Agüero o de San Juan de la Peña. Y tratándose de Galicia, este es un detalle que suscita no pocas suspicacias; porque claro, aquí el tema de las cabezas cortadas, ha tenido siempre dos antagonistas que han protagonizado no pocas conjeturas e hipótesis por su interés y relevancia: Santiago el Mayor y Prisciliano.


No muy lejos de éste, otro capitel, no sólo llama la atención, sino que también sorprende por el simbolismo desplegado. Posiblemente, sea en éste mismo capitel y lo que representa, donde los investigadores constaten ciertas similitudes con otro no menos despreciable templo de la vecina provincia de Asturias: la Colegiata de San Pedro de Teverga. Sobre todo, porque a ambos lados, se representa la figura de sendos sacerdotes portando una máscara ritual de origen animal -aquí, en San Martiño, el animal se ve completo, y a juzgar por su forma, puede tratarse de caballos e incluso quizá de lobos- que completan una escena, en cuyo centro, aparte de otros símbolos y una serpiente, se observa, perfectamente cincelada, una cruz muy particular: la cruz ansata, el ank egipcio o cruz de la vida, elemento representativo de una Dama muy especial. Aquélla que se presentó a Plutarco, al final de su iniciación, como -independientemente de ser conocida por muchos nombres- la Diosa Isis. Es decir, la Gran Diosa Madre.
Otro de los animales que más veces aparece representado y que hunde sus raíces en la más depurada de las mitologías greco-romanas, es el águila, animal emblemático de los dioses supremos de ambos panteones, Zeus y Júpiter. Animal que también, por añadidura, formaba parte de la visión del profeta Ezequiel y que posteriormente, fue adoptado como emblema representativo del más críptico y visionario de los cuatro Evangelistas: San Juan.
Esto, por no mencionar la presencia de otro elemento característico del románico, como es aquél que representa a un hombre desnudo, con el miembro enhiesto -en este caso, censurado por la acción inefable del martillo inquisitorial- y un instrumento típicamente pagano en los labios: el cuerno.
En fin, apenas un pequeño entremés para un lugar extraordinario, que todavía tiene muchos secretos que mostrar y muchas interrogantes que plantear.


(1) Gérard de Séde: 'El tesoro cátaro', Plaza & Janés, S.A., Editores, 2ª edición, diciembre de 1969, página 208.
(2) Realmente, no resulta fácil, si no se va en grupo. Y aquí lo dejo.
(3) Xavier Musquera: 'El triunfo del paganismo: claves ocultas del Cristianismo', Ediciones Espejo de Tinta, S.L., 2007.
(4) Para ser sincero, y dentro de que mi experiencia en cuanto al románico gallego se refiere, apenas comienza a ser un proyecto, por lo poco o mucho que he podido ver hasta el día de la fecha, casi prefiero, si me apuran, el otro románico gallego, ese que, quizás lejos o lo suficientemente desviado de las principales rutas de peregrinación, asombra con el detallado paganismo añadido a las portadas principales de acceso al templo. Un buen ejemplo de ello, lo tendríamos en las cercanías de Ferreira de Pantón y la impresionante iglesia de San Fiz de Cangas, donde no sólo es posible descubrir descarados símbolos fálicos, sino también, perfectamente esculpido junto a una curiosa cruz de ocho brazos, un triple recinto celta.
(5) Dos ejemplos notables, se localizarían en la iglesia de Santiago, en Allariz y en la Colegiata de Santa María, en Xunqueira de Ambía.

La presente entrada se ha publicado también en STEEMIT, el día 16 de diciembre de 2017: https://steemit.com/spanish/@juancar347/el-paganismo-oculto-de-san-martino-de-mondonedo

lunes, 15 de julio de 2013

De las suelas de los canteros, a las botas de los peregrinos


'Considerado como el impulso que empuja a una persona a llevar a cabo determinadas acciones con voluntad, esfuerzo e interés constante, para alcanzar objetivos, la Motivación no es otra cosa  que el "Motor de la Vida". Una fuerza sin la que los humanos estaríamos abocados al constante desánimo, sentimiento de angustia o auto percepción de incapacidad cuando nos enfrentamos a los problemas que van surgiendo a medida que avanzamos en la procura de aquellas metas que nos fijamos a lo largo de nuestras vidas...'.
[Alberto Cacharrón Mojón (1)]

Por alguna razón, que reside probablemente en lo más oscuro e insondable del inconsciente colectivo, el hombre siempre ha sentido la incierta llamada de lo desconocido, de seguir esa misteriosa voz interior -la misma, quizás, por cuyo imperativo nuestros ancestros dejaron la seguridad de las cavernas- que le impelía a desplazarse, a conocer el entorno en el que vivía, y aún más allá, a explorar el mundo en el que habitaba. Un mundo, que debía de parecerle infinito, como infinitas debieron ser, así mismo, las aventuras y peripecias que tuvo que afrontar hasta llegar a convertirse en la especie dominante. Para un científico, dogmático, rígido y puntualmente correcto, en todo esto no habría otro tipo de romanticismo añadido que el de una simple cuestión de evolución. Tal vez tenga razón; pero para seguir las pautas marcadas por esa evolución, el hombre, probablemente, necesitó de un empujón. Un empujón, proporcionado por esa parte incognoscible y anímica, que todavía hoy, al cabo de los milenios y en un punto de la evolución que en nuestra ignorancia podemos llegar a considerar sublime, aún nos empuja y motiva a continuar adelante, a ir más allá; en definitiva, a marcarnos una meta y conseguir un objetivo. Esto podría explicar, como muy bien apunta Alberto Cacharrón, en su estupendo libro Mi otro tiempo -la utilización de cuyo párrafo como elemento introductorio en la presente entrada, espero que no le suponga una molestia o inconveniencia-, esos desplazamientos producidos a lo largo de la Historia, que hacen del hombre un auténtico nómada, alimentando, a la vez, una cualidad que podría parecer innata y sin la cual, quizás la Humanidad no se hubiera impuesto retos, ni hubiera alcanzado, tampoco, esa Edad Moderna que desemboca en las actuales postrimerías del siglo XXI y sus increíbles avances tecnológicos: la curiosidad.
La curiosidad, posiblemente, sea uno de los factores que mayormente nos inducen a abandonar la comodidad de nuestros hogares y lanzarnos de cabeza a unos caminos, que no por arduos o difíciles, dejan de constituir experiencias enriquecedoras, a la vez que escuelas maravillosas en las que introducirse en esa inmensa herencia de Arte, Cultura, Pensamiento y Misterio que nos legaron las civilizaciones y culturas precedentes, cuyas claves y secretos, por mucho que nos empecinemos en pensar lo contrario, permanecen incólumes hasta el día de hoy, constituyendo, precisamente, todo un reto para aquél que se encuentra con ellos y siente el impulso de intentar desvelarlos, dejándose llevar por su irreprimible hechizo. Uno de ellos, evidentemente, es ese mundo, oscuro, impenetrable y tremendamente celoso de su propia idiosincrasia, que es el motivo fundamental de que este blog exista: el fantástico mundo de los canteros medievales.
No deja de ser un hecho curioso, y ciertamente coincidente, que a lo largo de los siglos, en el transcurso de esos innumerables desplazamientos, el ser humano haya sentido, además, la necesidad intrínseca de dejarse llevar por sus emociones, dejando señales en los lugares por donde pasaba, si bien, en muchas ocasiones, el fin y el sentido de éstas. en la gran mayoría de los casos, se nos escapan. Lejos de compartir -al menos en rotundidad- esa peregrina idea de que las marcas que los constructores medievales dejaron en los sillares de las iglesias -incluso castillos y edificios civiles- que levantaban eran simplemente una contabilidad que justificaba posteriormente el pago de un jornal, me adhiero por completo a esa otra visión, mistérica e indudablemente antropológica, que resume, desde su carácter hierático y sumamente jeroglífico, paradigmas culturales que han acompañado al hombre a lo largo de la aventura de su existencia. Muchas de estas marcas reúnen, en su constitución, símbolos de variada condición: rúnicos, mágicos, astrológicos, cristianos....que, de alguna forma general, nos ofrecen aspectos de esa amplia gama de creencias que marcaba el modus vivendi de las sociedades que nos precedieron. Si bien la cruz, en numerosos casos, servía como símbolo indiscutible para la consagración de iglesias, otros símbolos determinados, enmarcados dentro de ese apartado denominado como mágico, cumplían una función semejante, manteniendo a raya a esa gama de seres perversos -diablos, brujas, espíritus inquietos- que vivían con pasmosa realidad en la mente supersticiosa de las sociedades pretéritas (2). Pero entre unos y otros, marcado en ocasiones en los lugares más insospechados -como por ejemplo, el suelo adyacente a un altar (3)-, siempre me ha llamado la atención un símbolo determinado: las suelas de unos borceguíes medievales. Suelas que, lejos de dejarme convencer por una simple referencia a un gremio de zapateros que costeó el sillar o los sillares del templo en cuestión, siempre me han parecido un indicativo al viaje, al desplazamiento, a ese camino de la vida que, a la manera de una partida del simbólico juego de la oca, nos vemos consciente u obligatoriamente a seguir en algún momento de nuestra existencia. Tal reflexión -por cierto, muy discutible, como es lógico- se me acrecentó no hace muchos días, mientras realizaba uno de los trayectos más hermosos, pero también más duros del Camino de Santiago a su paso por la provincia de Lugo: aquél que va de O Cebreiro a Triacastela. Si bien, ya había podido apreciar, en ocasiones anteriores (4), el peregrino no sólo deja en ciertos lugares de su camino, la típica piedra para satisfacer y calmar a los dioses de los caminos -los antiguos manes- y augurarse un buen camino, sino que también, depositan objetos personales -cada vez, en mayores proporciones- relacionados con su experiencia personal en el Camino, entre ellos, no sólo sandalias, sino, como se puede apreciar en el vídeo, las botas -o al menos, una de las botas- con las que emprendieron la aventura trascendente hasta la tumba del Apóstol, e incluso, el mapa y es de suponer que algunas sugerencias de interés, para otros que vengan detrás. Cierto es, así mismo, que cada vez se acusa una mayor intencionalidad en el simbolismo señalizador de los senderos, de modo, que no es difícil encontrarse la significativa pata de oca señalando la dirección correcta, en sustitución de la tradicional concha o incluso de la figura del peregrino y la flecha. En definitiva, señales que, adaptadas a los tiempos modernos, no dejan de tener cierta equivalencia, quizás, con aquéllas dejadas antaño. Formas tradicionales, que no quizás ciclos cósmicos, como diría un teórico del esoterismo como fue René Guénon.
El lugar donde me tropecé con el mojón, cuyos objetos me sugirieron la presente comparación, por si alguien siente curiosidad y quiere comprobarlo, o simplemente pasa por allí, se encuentra a unos dos kilómetros de Hospital da Condesa, apenas se adentra uno en el desvío hacia Sabugos y Temple.

 
(1) Alberto Cacharrón Mojón: 'Mi otro tiempo', Imgrafor, S.A., 2012, página 17.
(2) De hecho, muchos de estos símbolos todavía subsisten en los dinteles de las casas de muchos pueblos, conocidos con el significativo nombre de 'espantabrujas'; e incluso aún, se ven también en lugares sacros, como iglesias y monasterios.
(3) Como sería el caso de la iglesia de Santa María, en la interesante población soriana de Caracena.
(4) Un ejemplo significativo, sería la cruz de Ferro de Foncebadón, en la provincia de León.

domingo, 30 de junio de 2013

El simbolismo pictórico de Santa Comba de Bande



La iglesia visigoda de Santa Comba, hemos de situarla en el concejo orensano de Bande, a unos 25 kilómetros, aproximadamente, de Celonova y a otros tantos de la frontera con Portugal, en un entorno –el valle del río Limia- jalonado de vestigios ancestrales, entre los que figuran dólmenes, castros y restos romanos, en las proximidades del embalse de las Conchas y dentro, así mismo, de ese carismático paralelo 42 en el que, según opinaba Juan García Atienza –autor que dedicó buena parte de su vida a recorrer incansablemente los caminos de esa España mágica y también templaria- se situarían los principales lugares de poder del mundo. Como la práctica totalidad de los templos visigodos que han sobrevivido, más o menos intactos, a nuestros días, en Santa Comba –Santa Columba- también destaca el cubículo central, sobresaliendo como un punto de inflexión que marcaría un eje imaginario sobre el que su planta con forma de cruz griega, es decir, de brazos iguales, extendería su influencia simbólica hacia los cuatro puntos cardinales.
Los primeros cristianos, creían que las almas de los difuntos se convertían en estrellas; creencia, de alguna manera, similar a como los antiguos egipcios pensaban que ocurría con las almas de algunos faraones difuntos, sobre todo, referidos a las primeras dinastías, de las que creían que ascendían al Duat para morar junto a Osiris y convertirse, junto a éste, también en una estrella, pasando a denominarse como Osiris-Orión u Osiris-Sothis (Sirio), atendiendo a la constelación a la que, según apuntan los escritores Robert Bauval y Adrian Gilbert (1), estarían orientadas las pirámides que conforman el complejo funerario de Gizeh. Menciono esto, porque parte de ésta antigua creencia, podría verse así mismo reflejada –independientemente de otras consideraciones- dentro del extenso simbolismo contenido en las pinturas que decoran la cabecera de este templo de Bande. Un simbolismo, en el que no falta ese cielo infinito, repleto de estrellas, que armonizan, a la vez, con otros dos principios sagrados, como son el Sol y la Luna, que rodea a un espacio central, en el que sobresale un magnífico, y a la vez curioso tetramorfos, donde se localizan las figuras del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, escoltadas por los símbolos de los cuatro evangelistas. Unos símbolos, dicho sea de paso, que en esencia se derivarían también de concepciones muy anteriores, estando presentes en uno de los pasajes bíblicos que más ha llamado la atención de los investigadores a lo largo de los años, y sobre el cual, se han realizado multitud de hipótesis y manifestaciones, incluidas aquéllas, de tipo alucinante, promulgadas en los años 80 por Josef Blumbrich, ingeniero de la NASA, que vería en ellas la descripción de una nave espacial: la visión del profeta Ezequiel. A este respecto, ni quito ni pongo, tan sólo expongo un dato que creo puede ser complementario.
Extendidas sobre el altar, de manera que diríase que observando, cuando no, participando de manera simbólica en los rituales oficiados por el sacerdote, la figura coronada del Padre contiene, dentro de sí –la simplicidad del Todo- al Hijo y al Espíritu Santo, éste último representado por la paloma, símbolo que, por añadidura, también se caracterizaba por ser representativo de una de las partes principales de la Sagrada Trinidad egipcia: la diosa Isis.
Merece centrar la atención en los pies del Padre; unos pies que, situados sobre un globo terráqueo -recordemos, que este concepto de la esfericidad de la Tierra se consideró herético durante muchos siglos y significó la muerte para muchos en las hogueras de la Inquisición- se mantienen a ambos lados del travesaño vertical que conforma la última letra del alfabeto hebreo, y por defecto, una de las cruces más simbólicas y sagradas que se conocen: la Tau. De hecho, esta forma sagrada, volvemos a encontrarla en la figura del Hijo y en la forma en la que el artista anónimo reflejó su crucifixión, manteniendo las piernas unidas y los brazos extendidos, formando un ángulo de noventa grados con el cuerpo.
Las pinturas, se complementan con la escena de la Anunciación, aquélla que se localiza en la parte frontal y que reproduce a las figuras del arcángel Gabriel y la Virgen María, a ambos lados de una imagen de San Torcuato, uno de los discípulos de Santiago, cuyo sepulcro de piedra, todavía se localiza en una de las capillas laterales. Un arcángel que, mirando hacia María, porta un cetro en su mano izquierda -por debajo del resto de una frase, que parece decir: ia llena adtecum (María llena eres de gracia?)- mientras la señala con su mano derecha. Un elemento que, posiblemente, como las pinturas (2), represente otro modo de pensamiento, reconocido a partir del gótico, cuando a la figura de María se la comenzó a otorgar los atributos de 'reina', abandonando el sedentarismo hierático de las primeras manifestaciones artísticas, siendo uno de los ejemplos más relevantes que conozco, la imagen de piedra que se localiza en el monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, en la provincia de Soria.
Sea como sea, opino que aquí, en esta maravillosa iglesia visigoda de Santa Comba de Bande, artistas de diferentes épocas dejaron en herencia para la posteridad, no sólo un despliegue magistral de conocimientos, sino también detalles de un pensamiento con cierta heterodoxia, que bien merece ser estudiado con la mayor amplitud de miras posible.



(1) Robert Bauval y Adrian Gilbert: 'El misterio de Orión'.
(2) Como se ha comprobado en otros casos, no descartaría a priori que hubieran sido repintadas sobre pinturas anteriores, como ocurrió en la iglesia asturiana de San Vicente de Serrapio.

lunes, 13 de mayo de 2013

Fragmentos de Patrimonio: nuestro puzzle histórico


'Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño...'
[Jorge Luis Borges (1)]


En su momento, formaron parte de monasterios, cenobios, iglesias, fortificaciones e incluso palacios y casas civiles de prestigio venidas a menos con el tiempo y sus imprevisibles avatares. En la actualidad, muchas de esas piezas languidecen en solitario, reaprovechadas vulgarmente como relleno, sin orden ni concierto, en las fachadas de las casas de numerosos pueblos. Constituyen, aunque a priori no nos lo parezca, una parte sustancial de una historia perdida, cuya memoria permanece cada día más en el olvido. Muchas de ellas, son el fruto de saqueos ininterrumpidos, como los producidos a mediados del siglo XVIII, cuando la famosa Desamortización de Mendizábal trajo como consecuencia el abandono de muchos de estos lugares, que contaban con cientos y en algunos casos, miles de Antigüedad. Las guerras e invasiones -la napoleónica, fue peor que la peor plaga de langostas- también contribuyeron a la ruina y el deterioro. Factores determinantes que contribuyeron, en gran medida, a tan triste final y que hicieron que incluso la localización de su lugar de ubicación, en numerosos casos, se fuera perdiendo también, quedando apenas referencias. Y paradójicamente, estas referencias suelen estar en la memoria de los más ancianos del lugar. Y en la mayoría de los casos, mueren también cuando mueren ellos.
Son fragmentos de Patrimonio: nuestro puzzle histórico.



(1) Jorge Luis Borges: 'Antología poética, 1923/1977', Alianza Editorial, S.A., segunda edición,1983, página 42.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Ninfas y Donas del agua


En base a numerosas representaciones y alegorías, que aun de forma dispersa y fragmentada se pueden localizar, se podría afirmar que los canteros medievales, conscientemente o no, fueron no sólo profesionales que cincelaban en piedra unos motivos y una simbología previamente pactada con el mecenas en cuestión –cuya temática, comúnmente, iba encaminada a la evangelización, en lo que bien se podría considerar como el Catecismo pétreo del pueblo-, sino también, custodios y a la vez transmisores de las antiguas tradiciones. Unas tradiciones que, como se veía en la entrada anterior dedicada a unos curiosos personajes conocidos como Hombres Verdes, rendían culto a la Naturaleza y sus múltiples manifestaciones, las cuales constituían, de hecho, la base primordial de un universo cosmogónico y espiritual, cuyos antecedentes antediluvianos se remontaban, cuando menos, a la época paleolítica, periodo en el que las primeras manifestaciones artísticas se consignaban, por lo general, en lo más profundo de las cavernas. Cavernas que a su vez, y de una manera simbólica, representaban no sólo el concepto de refugio, sino también la matriz primordial de la Gran Diosa Madre. También en lo más profundo de las cavernas, en esa formidable matriz, nacían, de forma incógnita y misteriosa, multitud de ríos y fuentes. Eran las venas, la sangre de la Mater, que se desparramaba generosamente para alimentar y dotar de vida a todas sus criaturas. No es de extrañar, por tanto, que numerosas historias y leyendas, transmitidas oralmente de generación en generación, hablen de seres especiales y prodigiosos, que habitaban en lugares como cuevas, fuentes, pozas y ríos en forma de espíritus elementales, que en ocasiones, interactuaban con el mundo de los hombres, pues no en vano, entre sus funciones estaba aquélla de salvaguardar los lugares sagrados. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el Bierzo leonés y la leyenda de la xana Carissia y el lago de Carrucedo.
Del culto a las ninfas y las aguas, posiblemente los mejores antecedentes los tengamos en los denominados ninfeos, monumentos que les estaban especialmente consagrados, de los que aún quedan recuerdos relevantes en la Península Ibérica, como son Santa Eulalia de Bóveda, en la provincia de Lugo y el forno da santa, en Santa Mariña de Augas Santas, en la provincia de Orense. Ninfeos que, según opinan los especialistas, tuvieron sus orígenes, precisamente, en las cuevas y cavernas.
También las fuentes fueron objeto de culto. Y dentro de ello, objeto tenido en cuenta por los canteros. Sirvan como ejemplo, la fuente que las representa, situada en la localidad orensana de Allariz, en las cercanías de una iglesia de culto, como es la de Santiago, y aquéllos otros restos que, procedentes de uno de los dos conventos medievales que se levantaban en Fuentelzaz, Soria (1), pudieran ser también una referencia por su parecido. De esta asociación, posiblemente derive, así mismo, los nombres que se daban antiguamente a algunas fuentes. Como ejemplo, aquélla fuente de la Oca que todavía existe, aunque muy modificada, en una propiedad privada del pueblecito cacereño de Tejeda de Tiétar.



(1) Dichos restos, que actualmente forman parte de una casa particular, se observan casi al final del vídeo.

viernes, 26 de abril de 2013

Hombres Verdes, Hombres Salvajes




‘Los hombres del Neolítico no fueron, en absoluto, “hombres mono” primitivos, al igual que los de la alta Edad Media no fueron sólo seres piadosos e ingenuos…’ (1)
 
La grandiosidad de la Naturaleza, sus fuerzas elementales y su secreta Alquimia. Probablemente sea este el origen de esas misteriosas criaturas con las que los canteros medievales adornaron infinidad de templos y catedrales, cuya visión tanto nos llaman la atención, pues en numerosas ocasiones, solemos encontrárnoslas en los lugares más inverosímiles e insospechados: los denominados Hombres Verdes. Seres, generalmente de aspecto humano y en algunas ocasiones incluso burlón, que surgen de los tupidos escondrijos de un mundo netamente vegetal, testigo y a la vez custodio, de la opulencia, los misterios y las imprevisibles manifestaciones de la primigenia Diosa Madre. Un mundo perdido, metafóricamente hablando, lejano incluso en la memoria, al que también pertenecen otro tipo de seres, aparentemente similares, cuya presencia se detecta, principalmente, en los rancios escudos nobiliarios: los Hombres Salvajes. Si bien, la significancia de estos últimos, se puede resumir en una cuestión académicamente aceptada que no se extiende, a priori, más allá de los límites que determinan la antigüedad de un lugar o de un determinado linaje (2), por el contrario, el espinoso tema de los Hombres Verdes, nos hace penetrar de lleno en un mundo paralelo, estratificado, cambiante, subjetivo y de compleja significación.
De igual manera que existen notables diferencias, por ejemplo, entre el pensamiento gnóstico y el literalismo representativo de la Iglesia de Roma, en este mito de los Hombres Verdes, podemos encontrar, también, una corriente esotérica u oculta, y otra corriente, no menos extraña, pero sí más literal que, posiblemente surgida como consecuencia del inmenso tráfico de personas, culturas y formas de pensamiento que significó el descubrimiento de la supuesta tumba del Apóstol Santiago, diera lugar, entre otras muchas cosas, a que fabulosas historias se extendieran como un reguero de pólvora, conectando lugares y tradiciones, tan dispares entre sí, como Inglaterra y España, de cuyo antagonismo la Historia ha dejado cumplida constancia.
Sería una forma de explicar, entre otras maravillosas historias medievales (3), la existencia de versiones literalistas, que según los datos manejados por diversos autores, se remontarían, cuando menos, a la Inglaterra del rey Esteban, donde ya se mencionaba la historia de ciertos niños verdes, que aparecieron en cierto pueblo de Suffolk, de nombre Woolpit, siendo alcalde un tal Richard de Calne. Historia que nada tiene que envidiar, por cierto, a los muy posteriores y fantásticos relatos del viajero veneciano Marco Polo, y que, de hecho fue plagiada en tiempos modernos (4), para trasladarla a Cataluña, a cierto pueblo inexistente, llamado Banjos, situando la aparición de los niños verdes, aproximadamente en el año 1897, habiendo sido convenientemente modificado el nombre del alcalde, por otro, supuestamente españolizado, pero suena rotundamente a portugués: Ricardo Da Calno.
Pero las intenciones de los canteros medievales al cincelar estas criaturas (5), iban mucho más allá del literalismo de algunas historias, o de la simple broma –como dirían historiadores de la talla de Ricardo de la Cierva, al referirse a ciertos aspectos de la escultura románica- y ocultaban un complejo simbolismo que, en mi opinión, se fue haciendo cada vez más cabalístico, a medida que las imágenes y las épocas evolucionaban. Este detalle, queda de manifiesto, en aquéllas representaciones paralelas, que muestran rostros, en la mayoría de los casos de aspecto hierático, de cuyas bocas surgen lianas, que se extienden alrededor, creando curiosas geometrías, cuya complejidad se podría pensar que depende del nivel cultural del cantero en cuestión y del grado de intencionalidad del supuesto mensaje a transmitir. Tal complejidad e intencionalidad, han dado lugar a que, en un intento de interpretación, sean muchas las teorías e hipótesis que sobre su significado se han ido sucediendo. Básicamente, las principales, serían las siguientes:

A) Retorno a esa añorada Edad Dorada de la civilización.
B) Referencia, entre otros, a los cultos mistéricos de las Antiguas Religiones, establecidas mucho antes del advenimiento del Cristianismo.
C) Alusión a la transmisión de un secreto, con toda probabilidad, de índole iniciático y relacionado, básicamente, con los conceptos anteriores, determinativo, a la vez, del precepto del silencio debido.
D) 'Don de lenguas', basado, probablemente, en la capacidad de interpretar el carácter hermético o argótico contenido en los símbolos, concepto desarrollado en épocas modernas por el misterioso y controvertido autor Fulcanelli -a quien se atribuyen dos obras extraordinarias: 'El misterio de las catedrales' y 'Las moradas filosofales'-, 'especialidad' en la que eran auténticos maestros la gran mayoría de los canteros medievales.

Tampoco parecen ostentar un lugar determinado, sino que, por el contrario, su presencia indica una aleatoriedad, que posiblemente obedeciera a un fin determinado en sus orígenes, pero cuyo sentido se ha perdido, de tal manera, que se pueden encontrar en capiteles, tanto de iglesias como de claustros, en canecillos -un lugar corriente, sería en los ábsides- e incluso en el interior de los templos, donde también se observa cierta evolución hacia conceptos demiúrgicos, como sería el caso del que se puede observar, a modo de atlante y cerca del altar, en el interior de la iglesia de Revilla Cabriada, cercana a Silos y su entorno.
En definitiva, otro fascinante enigma, de los muchos que nos legaron los canteros medievales, que todavía conserva su fuerza antagónica dentro el fascinante mundo del Símbolo y su interpretación.


 
(1) Petra van Cronnenburg: 'El misterio del monte de Odilia', Grupo Editorial Ceac, S.A., año 2000, páginas 15-16.
(2) Posiblemente, el mejor ejemplo de esto, estaría en el apellido asturiano Quirós y la arcana divisa familiar que lo acompaña, una de cuyas variantes (pues hay varias), dice así: 'antes que Dios fuera Dios y los peñascos, peñascos, los Quirós eran Quirós, y los Velascos, Velasco'. Lo cual vendría a significar los lejanos atecedentes de una familia que ya estaba asentada en Asturias, 'antes que Dios'; es decir, antes de la llegada del Cristianismo. Esta versión, todo hay que decirlo, está sacada del libro 'A la sombra de los templarios', cuyo autor es Rafael Alarcón Herrera.
(3) Como la del enigmático Preste Juan, que algunos autores situarían en Etiopía -recordemos la vinculación de este país con la Reina de Saba, el hijo tenido con Salomón, Menelak y el Arca de la Alianza- y otros relacionarían con las maravillosas leyendas orientales relativas al Agharta, la mítica ciudad de Shambhalla y el Rey del Mundo, también conocido como Rigden Jiepo o 'Anciano de los Días'. Bajo esta última denominación -en su versión inglesa, 'The Ancient of Days'-, existe una excelente pintura del controvertido pintor inglés, místico y visionario, William Blake.
(4) La historia de los niños verdes de Banjos, tiene similares características de notoriedad, manipulación y desinformación -aunque a menor escala y por poner un ejemplo- que los famosos 'dossiers sécrets' del extraordinario affaire de Rennes-le-Chateau, o las alucinantes 'cartas Ummitas', que tanto han dado de que hablar desde el famoso caso de San José de Valderas, Madrid, 1967, y la publicación del libro de Antonio Ribera y Rafael Farriols, 'Un caso perfecto', Editorial Plaza & Janés.
(5) Las asociaciones suelen ser interesantes y complejas. Por ejemplo, no deja de ser curioso que cabezas humanas con la casulla de monje -adviértase, que este tipo de representación suele ser común, sobre todo en el románico silense, a las arpías- se identifiquen saliendo de la vegetación, en un capitel del pórtico principal de entrada a la ermita templaria -cuidado, que no lo identifico como símbolo netamente templario, ni mucho menos- de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos, lugar en el que se advierte presencia antigua, neolítica, cuando menos. O aquéllas otras que, en algunos capiteles del claustro del monasterio aragonés de Veruela -en una de cuyas celdas, Bécquer se dejó seducir por las Musas- que acompañan a un concepto netamente sacro, como son las hojas de parra y los racimos de uva de donde se extrae el líquido vital para hacer la bebida sagrada, el vino, equivalente, comparativamente hablando, al tradicional soma hindú.



jueves, 28 de marzo de 2013

Simbología y Heterodoxia en el Arte



Generalmente, no les prestamos atención. Entramos en los templos, atraídos por la magnificencia de unos estilos artísticos –el románico y el gótico, sobre todo, que por algo abundan en nuestra geografía- que nos motivan a buscar la estética artística en edificios que fueron promovidos y construidos hace cientos de años, por una mayoritaria explosión de Fe. Pero lejos de mover sólo montañas –como aquéllas que desmocharon los canteros a golpe de maza y escoplo para dar vida a la piedra en bruto-, la Fe es un paradigma existencial que se nutre de unos juicios y de unos valores, no siempre predispuestos a aceptar lo literal promulgado por la Palabra de la Ecclessia de Roma como única, real y verdadera exclusa que encamina los navíos del espíritu hacia el puerto de la Divinidad. Esto era algo que sabían esos canteros medievales que tan misteriosos nos parecen hoy en día; los mismos que, en un alarde de humildad, anteponían la Obra al Nombre y abonaban la tierra con el estiércol de su propio anonimato.
La críptica mediación con la que éstos retaban al mundo a que interpretara un mensaje entre líneas, se convirtió en una corriente filosófica de la que se nutrieron los artistas posteriores, muchos de los cuales, cambiaron la técnica y el material, pero no el mensaje. Un mensaje que, como si se tratara, comparativamente hablando, de una quinta columna, continuó introduciéndose en el interior de los templos, amparado en la, a priori, inocente catequesis de las historias y personajes contenidos en el soporte barroco de unos retablos que, en la mayoría de los casos, actuaron como censores inadvertidos de la originalidad de unas pinturas que, a modo de Capillas Sixtinas, solían recubrir ábsides y paredes.
Destrozados, recubiertos de polvo y desfigurados en muchos casos, estos retablos –exceptuando, generalmente, los mayores, que suelen atraer la atención por magnificencia y situación- en su gran mayoría, también anónimos trabajos, contienen escenas y claves que pueden inducirnos, perfectamente, a pensar en otras historias de la Historia. Como decía el filósofo y escritor francés Paul Elouard: hay otros mundos, pero están en este.
Aunque no se trata, al menos en la presente entrada, de hacer una tesina sobre las claves consignadas en sus trabajos por éstos, metafóricamente hablando, artistas de Lucifer, sí puede resultar conveniente consignar algunas de esas curiosidades o rarezas –si preferimos considerarlas así-, que pueden resultar interesantes. Elegidos al azar, resulta curioso observar, por ejemplo, que le madero que porta el Nazareno camino del Calvario, conforma una Tau. Esto es patente, en retablos como el de la Vera Cruz de Segovia o el de la iglesia de San Pedro, en Valdeande, provincia de Burgos. Modelo de cruz, donde ya se le ve crucificado en el retablo mayor de la iglesia soriana de Barcebal, donde, además, el anónimo artista dejó un pequeño misterio para la imaginación de los observadores: junto a la cruz, a uno y otro lado, se aprecian perfectamente las conocidas figuras de la Virgen María y el Evangelista. Ahora bien, quien tenga ocasión de ir por allí y se fije en el madero vertical, observará unos dedos que se aferran a él. ¿Qué misterioso personaje se oculta detrás del madero y parte del cuerpo del crucificado?. ¿María Magdalena?.



La Coronación de María, por parte de Padre e Hijo, es también otro motivo interesante. Sobre todo, porque la figura de María carecía prácticamente de relevancia durante los primeros tiempos del Cristianismo. Esta representación, se puede ver en la iglesia de Santa María, en Caracena, Soria y en la también soriana iglesia de San Juan Bautista de Garray. Ahora bien, con curiosas diferencias, pues mientras que en la primera es el Hijo quien porta en la mano la bola del mundo –bola que caracteriza, así mismo, numerosas representaciones marianas de índole románico y gótica (1)-, en la segunda el portador es el Padre, mostrando el Hijo la cruz del martirio entre sus brazos.
En la iglesia de San Cristóbal (2), en el pueblecito segoviano de La Cuesta, se nos muestra una imagen de San Juan Evangelista, quien sostiene una copa-grial en su mano, de la sale una serpiente. Motivo que también se localiza en muchos otros lugares, siendo uno de ellos, la iglesia de Santo Tomás, en Covarrubias, provincia de Burgos. También en esta misma iglesia de La Cuesta, se nos muestra a un ángel portando la copa-griálica, motivo que localizamos en la iglesia asturiana de San Vicente de Serrapio, concejo de Aller, en cuyos frescos se ve al ángel recogiendo en la copa la sangre que brota de la herida de la mano derecha de Cristo crucificado. Mito, el del Grial, cuyos antecedentes paganos tampoco son del agrado de la Iglesia.
Santa Catalina de Alejandría, generalmente representada con una rueda -llámese si se prefiere, Rueda de la Vida, Rueda de la Fortuna o Rueda del Destino (3)-, aparece representada con la rueda partida por la mitad, en un cuadro de la iglesia soriana de Nª Sª del Mirón. En Cacabelos, pueblo berciano, el Niño Jesús juega a cartas con San Antonio, detalle que atrae a numerosos curiosos y que sienta reticencias en el párroco a la hora de permitir las fotografías.
Cátaros y templarios, aborrecían la cruz. Numerosas representaciones muestran a Cristo sin ella, ingrávido, a pesar de que la cruz es un símbolo universal, conocido desde la más remota Antigüedad y, por poner un ejemplo, representado entre los motivos que decoran la cerámica celtíbera recuperada en las ruinas de Numancia -se puede ver en el Museo Numantino de la capital soriana- no sólo en su forma de esvástica -tanto destrógira como levógira- sino también en su forma griega de brazos iguales. Una de las representaciones más significativas de Cristo sin el elemento crucífero de su martirio, nos la legaron los canteros que levantaron la iglesia de planta hexagonal de Santa María de Eunate, en uno de sus capiteles. Un capitel similar, de características prerrománicas, lo encontramos en la iglesia-santuario de Nª Sª de Elizmendi, en el pueblo alavés de Contrasta.
En las cavernas del Paleolítico, el artista primitivo ya representó la mano, como un símbolo en el que algunos investigadores quieren ver una referencia a la mano creadora de la Divinidad. Mano, que también fue utilizada por los canteros románicos que levantaron, por ejemplo, los templos de San Lorenzo de Vallejo y Santa María de Siones, en el Valle de Mena, en las Merindades burgalesas.
Se ha descubierto, que algunos de esos retablos a los que hacía referencia y a los que apenas prestamos atención cuando nos dedicamos a contemplar la belleza de un templo de época, tienen un valor incalculable, perteneciendo, en algunos casos, a las manos de reconocidos artistas. Quizás este haya sido el motivo para desaparezcan algunos de los frescos más interesantes -tal es el caso del pequeño pueblo asturiano de La Carballosa, enclavado en el entorno del famoso Monsacro- de la misma manera que, en tiempos, los anticuarios se dedicaban a recorrer los pueblos llevándose verdaderos tesoros a precio insignificante. Este fue el caso, por ejemplo, de muchos antiguos calderos de cobre del pueblo soriano de Suellacabras.
Los casos son innumerables. Y es posible, que todo aquél que lea la presente entrada y no le parezcan una sarta de estupideces lo que en ella se comenta, se sienta picado por la curiosidad y la próxima ocasión en la que visite un antiguo templo, preste atención a todos estos elementos, por muy viejos y deteriorados que le parezcan.


(1) La redondez de la Tierra, concepto herético en esos tiempos.
(2) Santo muy popular, pero poco agradable para la Iglesia, pues representa conceptos paganos, como el de los gigantes, los titanes, los jentillaks de las míticas tradiciones vascas.
(3) Comparable, en la mitología griega, a la rueca con la que las Parcas tejían la vida, el destino y la muerte de todos los seres humanos.