lunes, 29 de julio de 2013

Canteros de Portomarín


Afirma una ancestral creencia oriental, que vivimos en Maya; es decir, en el Mundo de la Ilusión. Un mundo, evidentemente alejado del Espíritu, donde nada es lo que parece, y sin embargo, ilusión y realidad se conjuran en determinadas ocasiones y circunstancias, es probable que para hacernos recordar esa cualidad latente en todo ser humano, la cual parece que estamos perdiendo con las quimeras vanguardistas de un mundo cada día más tecnológico, donde todo parece avocado a anularnos la capacidad de pensar: la capacidad, también, de sorprendernos. Si hay un camino, donde se pone a prueba nuestra capacidad de percepción y donde se activa, sea por necesidad, nuestro instinto, ese es, sin duda, el Camino de las Estrellas. O si se prefiere, el Camino de Santiago. Poco importa cuál sea la ruta o el itinerario elegido, porque la sorpresa, el acicate de la maravilla y la amargura de la ignorancia, nos esperan, como los tres fantasmas navideños del inolvidable cuento de Charles Dickens, en el rincón más insospechado; detrás de la curva más cerrada o al final, incluso, de la recta más infinita.
Portomarín, al fin y al cabo, es un espejismo. Quien opta por al antiguo camino -aquí se podría citar una parte magistral de ese itinerario, como antiguamente se recitaba de memoria la lista de los reyes godos: Pedrafita, O Cebreiro, Liñares, Hospital da Condesa, Padornelo, Triacastela, Samos, Sarria, Barbadelo, Portomarín- lo sabe perfectamente. Sorprende y a la vez maravilla, sí, de eso no cabe duda; pero la historia de sus principales monumentos -el más evidente y extraordinario de todos, aparte del puente levantado en 1120 por Pedro Peregrino (curioso nombre para un cantero del Camino), lo tenemos aquí, en la iglesia de San Nicolau o de San Xoán- ha sido deliberadamente alterada. Se alteró a mediados de los años cincuenta del pasado siglo XX, cuando la fiebre de los embalses, en esos cruciales años de posguerra, anegó itinerarios, revivió las viejas leyendas -quien haya leído algo del lago de Sanabria o del lago de Carucedo, sabe de qué hablo- de ciudades y pueblos sumergidos, condenando al silencio y al olvido a una parte importante de ese rico patrimonio histórico-cultural por el que la sociedad de aquéllos tiempos no daba un duro, pero que significó riqueza para el ávido especulador -me abstengo de mencionar razas- y nobleza adquirida a golpe de talonario para el american friend, que algunos años después optó también por el suelo español, a cambio de una berlanguesca calderilla, denominada Plan Marshall. Qué cuento, diría Calleja. ¿Y toda una parrafada, para decir que este magnífico templo no está emplazado actualmente en su lugar original?. Pues sí. Sólo por eso y porque, cuando uno comienza a encontrarse ciertos detalles, no puede por menos de preguntarse -el equilibrio de la desconfianza- si esas venerables piedras, trasladadas una por una de su lugar original, fueron recoladas tal y como estaban, o en algunos casos, cuando el ingeniero no miraba, los operarios aprovecharon el ínclito y en su afán de acelerar el día de paga extra -seguramente tan justificado en aquéllos tiempos, como hoy lo es tener trabajo- recurrieron al tajo y al destajo, y juntando los sillares como si fueran los colores del cubo de Rubick -en este caso, cambiemos color por marcas de cantero-, contribuyeron a conformar algo tan inaudito, como es encontrar una señal tan inequívoca de magisterio, como es el báculo, apiñado sobre un lugar muy concreto de ese lateral sur, cuya portada, espectacular donde las haya, algunas fuentes atribuyen a ese pecador narcisista o Santo dos Croques, que fue el Maestro Mateo; o cuando menos, a esa excelente escuela que, a juzgar por la calidad desplegada en otros lugares aparte de Compostela -que me sigan dejando soñar con la Puerta del Paraíso de la catedral de Orense-, aprendió sus lecciones con una vitalidad que da gusto.
Resulta evidente, todo hay que decirlo, que el báculo, como señal de cantería, es relativamente fácil de encontrar en los sillares de muchos templos de la época. Pero encontrarlo en tales cantidades, es algo que, sinceramente, me supera. Ver toda esa cantidad de báculos grabados en los sillares de un espacio relativamente determinado de un muro, es algo que no se encuentra todos los días. Diríase -suponiendo que con éstos, se haya respetado su lugar original- y que me perdonen por la ironía, justamente achacable al desconcierto, que si aplicamos aquí la creencia de que dichas marcas servían como garante contable para el cobro del jornal, aquí el cantero -¿el propio magister murii?- debía tener problemas para llegar a fin de mes y se aplicó a destajo.
Por otra parte, y como se verá en una próxima entrada, algunas de estas marcas, así como algunas de las marcas que todavía se pueden localizar en el interior de la catedral de Santiago de Compostela, guardan cierta familiaridad con aquéllas otras que todavía se localizan, por docenas, en lugares foráneos a las fronteras de Galicia, inmersos en la vieja y ancha Castilla, como sería el caso de la provincia de Zamora. Puede, entonces, que exista una relación. Una relación que, aunque no nos defina la identidad de los canteros y en la gran mayoría de los casos el significado de su firma, al menos, nos sugieren la probabilidad de poder determinar en parte sus movimientos y quizás, de paso, nos vayan definiendo ese estado espiritual tan particular que plasmaron en la piedra mientras hacían camino.

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Con ojo crítico, pero maravillado.

miércoles, 24 de julio de 2013

El paganismo oculto de San Martiño de Mondoñedo


'Pues si los pergaminos, que con frecuencia devoran las llamas, son los archivos de los grandes, los archivos del pueblo, que nada borra, son sus canciones...'.
[Gérard de Séde (1)]

Dentro de lo que cabe, del pueblo y para el pueblo se podrían considerar, también, esos inconmensurables monumentos pétreos que hunden sus cimientos, en muchos casos, en los albores de los tiempos y que, cual pergaminos eternos, todavía conservan memorias de antiguos episodios, de creencias y sentimientos adoptados por diferentes culturas y transmitidos, de generación en generación, a través de los siglos y la magia de la piedra, amén. Mondoñedo, después de todo, es uno de tales lugares. Un lugar que desborda romanticismo y fantasía, y que una vez conseguido el acceso a su interior (2), pone a prueba, con sus innumerables detalles, la imaginación del observador. De eso trata la presente entrada: de observar e imaginar. Lo verdaderamente apasionante de la interpretación -bajo mi humilde punto de vista de aficionado-, es que libera la imaginación y permite especular sin los inconvenientes, muchas veces, de una rigidez académica que, por lo general, suele mirar hacia otro lado, cuando aquello que contempla puede herir la sensibilidad de una Historia previamente establecida. Llegados a este punto, quizás no fuera inconveniente, ni mucho menos, seguir el consejo de un viejo amigo -Xavier Musquera, que nos abandonó a principios de diciembre de 2009- y recordar aquél viejo proverbio chino, con que nos prevenía en las primeras páginas de uno de sus libros más apasionantes (3): Sólo si declaras la guerra a todas las religiones, estarás en paz con Dios.
Declarada, pues, la guerra a todas las religiones, de este lugar tan especial de la Galicia mítica, se puede comenzar la introducción, diciendo que fue convertido en sede episcopal en el año 870 por Sabanico, obispo de Dumio, tras su huida de la invasión musulmana y el templo dedicado a la figura de San Martín -obviamente, de Tours, y entrañable y familiarmente para los gallegos, San Martiño, que el otro, el de Dumio, buena labor de destrucción realizó entre el megalitismo imperante-, no en vano está considerado como la catedral más antigua de España. Sea esto discutible o no, lo cierto es que, aún con toda la espectacularidad que todavía conserva, San Martiño de Mondoñedo muestra, no obstante, tan sólo una pequeña, quizás ínfima parte de lo que fue en realidad: un inmenso complejo religioso, del que apenas sobreviven la iglesia y la antigua casa prioral
Iniciada su construcción en el año 977 por el obispo San Rosendo -célebre, al parecer, por sus numerosos milagros, tanto en vida como después de muerto, cuyo sarcófago se conserva todavía en el interior del templo, gozando de buena salud como depositario de peticiones y exvotos-, en su estructura no resulta difícil adivinar una más que notable influencia de origen lombardo, aderezada -según opinan algunos expertos- con modelos comunes al denominado románico del Camino de Santiago. Afín o no a este románico (4), lo primero que llama poderosamente la atención, a todo aquél que se acerca a la portada principal de acceso, es el curioso Agnus Dei grabado en el tímpano. Y digo curioso, porque, una de dos, o bien el cantero que lo labró no era excesivamente hábil en el manejo del escoplo y el cincel, o quiso representar otra cosa. Porque, bien visto, aquello que originalmente, es de suponer que quisiera representar la figura de la víctima propiciatoria del sacrificio, el cordero, aquí semeja más la figura de un caballo. Cuestión de perspectiva, supongo, que sin embargo, no representa una ilusión óptica cuando, una vez en el interior y recuperados de la impresión de las magníficas representaciones pictóricas que aún se conservan -que en su momento, pueden suponer un interesante debate-, se comienzan a observar ciertos gazapos heterodoxos, mezclados con las a priori, evangélicas escenas. Una de ellas, sin duda, radica en el curioso banquete -figura de perro incluida a los pies de los comensales, como a los pies del caballero, figura también en numerosos sepulcros medievales, localizados, sobre todo, en la vecina provincia de Orense (5)- donde frente a uno de ellos, se observa una cabeza cortada en un plato. Cabeza que, generalmente, se identifica con la de Juan el Bautista. Ahora bien, no parece que se aprecien, ni en la mesa ni en las escenas de alrededor, figuras femeninas, como sería el caso, y es entonces, cuando uno se pregunta qué ha sido, o por qué el cantero, obvió la típica figura de Salomé, siquiera como bailarina amenizante de la cena, tal y como era uno de los temas más destacados, por ejemplo, del denominado Maestro de Agüero o de San Juan de la Peña. Y tratándose de Galicia, este es un detalle que suscita no pocas suspicacias; porque claro, aquí el tema de las cabezas cortadas, ha tenido siempre dos antagonistas que han protagonizado no pocas conjeturas e hipótesis por su interés y relevancia: Santiago el Mayor y Prisciliano.

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No muy lejos de éste, otro capitel, no sólo llama la atención, sino que también sorprende por el simbolismo desplegado. Posiblemente, sea en éste mismo capitel y lo que representa, donde los investigadores constaten ciertas similitudes con otro no menos despreciable templo de la vecina provincia de Asturias: la Colegiata de San Pedro de Teverga. Sobre todo, porque a ambos lados, se representa la figura de sendos sacerdotes portando una máscara ritual de origen animal -aquí, en San Martiño, el animal se ve completo, y a juzgar por su forma, puede tratarse de caballos e incluso quizá de lobos- que completan una escena, en cuyo centro, aparte de otros símbolos y una serpiente, se observa, perfectamente cincelada, una cruz muy particular: la cruz ansata, el ank egipcio o cruz de la vida, elemento representativo de una Dama muy especial. Aquélla que se presentó a Plutarco, al final de su iniciación, como -independientemente de ser conocida por muchos nombres- la Diosa Isis. Es decir, la Gran Diosa Madre.
Otro de los animales que más veces aparece representado y que hunde sus raíces en la más depurada de las mitologías greco-romanas, es el águila, animal emblemático de los dioses supremos de ambos panteones, Zeus y Júpiter. Animal que también, por añadidura, formaba parte de la visión del profeta Ezequiel y que posteriormente, fue adoptado como emblema representativo del más críptico y visionario de los cuatro Evangelistas: San Juan.
Esto, por no mencionar la presencia de otro elemento característico del románico, como es aquél que representa a un hombre desnudo, con el miembro enhiesto -en este caso, censurado por la acción inefable del martillo inquisitorial- y un instrumento típicamente pagano en los labios: el cuerno.
En fin, apenas un pequeño entremés para un lugar extraordinario, que todavía tiene muchos secretos que mostrar y muchas interrogantes que plantear.

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(1) Gérard de Séde: 'El tesoro cátaro', Plaza & Janés, S.A., Editores, 2ª edición, diciembre de 1969, página 208.
(2) Realmente, no resulta fácil, si no se va en grupo. Y aquí lo dejo.
(3) Xavier Musquera: 'El triunfo del paganismo: claves ocultas del Cristianismo', Ediciones Espejo de Tinta, S.L., 2007.
(4) Para ser sincero, y dentro de que mi experiencia en cuanto al románico gallego se refiere, apenas comienza a ser un proyecto, por lo poco o mucho que he podido ver hasta el día de la fecha, casi prefiero, si me apuran, el otro románico gallego, ese que, quizás lejos o lo suficientemente desviado de las principales rutas de peregrinación, asombra con el detallado paganismo añadido a las portadas principales de acceso al templo. Un buen ejemplo de ello, lo tendríamos en las cercanías de Ferreira de Pantón y la impresionante iglesia de San Fiz de Cangas, donde no sólo es posible descubrir descarados símbolos fálicos, sino también, perfectamente esculpido junto a una curiosa cruz de ocho brazos, un triple recinto celta.
(5) Dos ejemplos notables, se localizarían en la iglesia de Santiago, en Allariz y en la Colegiata de Santa María, en Xunqueira de Ambía.

lunes, 15 de julio de 2013

De las suelas de los canteros, a las botas de los peregrinos


'Considerado como el impulso que empuja a una persona a llevar a cabo determinadas acciones con voluntad, esfuerzo e interés constante, para alcanzar objetivos, la Motivación no es otra cosa  que el "Motor de la Vida". Una fuerza sin la que los humanos estaríamos abocados al constante desánimo, sentimiento de angustia o auto percepción de incapacidad cuando nos enfrentamos a los problemas que van surgiendo a medida que avanzamos en la procura de aquellas metas que nos fijamos a lo largo de nuestras vidas...'.
[Alberto Cacharrón Mojón (1)]

Por alguna razón, que reside probablemente en lo más oscuro e insondable del inconsciente colectivo, el hombre siempre ha sentido la incierta llamada de lo desconocido, de seguir esa misteriosa voz interior -la misma, quizás, por cuyo imperativo nuestros ancestros dejaron la seguridad de las cavernas- que le impelía a desplazarse, a conocer el entorno en el que vivía, y aún más allá, a explorar el mundo en el que habitaba. Un mundo, que debía de parecerle infinito, como infinitas debieron ser, así mismo, las aventuras y peripecias que tuvo que afrontar hasta llegar a convertirse en la especie dominante. Para un científico, dogmático, rígido y puntualmente correcto, en todo esto no habría otro tipo de romanticismo añadido que el de una simple cuestión de evolución. Tal vez tenga razón; pero para seguir las pautas marcadas por esa evolución, el hombre, probablemente, necesitó de un empujón. Un empujón, proporcionado por esa parte incognoscible y anímica, que todavía hoy, al cabo de los milenios y en un punto de la evolución que en nuestra ignorancia podemos llegar a considerar sublime, aún nos empuja y motiva a continuar adelante, a ir más allá; en definitiva, a marcarnos una meta y conseguir un objetivo. Esto podría explicar, como muy bien apunta Alberto Cacharrón, en su estupendo libro Mi otro tiempo -la utilización de cuyo párrafo como elemento introductorio en la presente entrada, espero que no le suponga una molestia o inconveniencia-, esos desplazamientos producidos a lo largo de la Historia, que hacen del hombre un auténtico nómada, alimentando, a la vez, una cualidad que podría parecer innata y sin la cual, quizás la Humanidad no se hubiera impuesto retos, ni hubiera alcanzado, tampoco, esa Edad Moderna que desemboca en las actuales postrimerías del siglo XXI y sus increíbles avances tecnológicos: la curiosidad.
La curiosidad, posiblemente, sea uno de los factores que mayormente nos inducen a abandonar la comodidad de nuestros hogares y lanzarnos de cabeza a unos caminos, que no por arduos o difíciles, dejan de constituir experiencias enriquecedoras, a la vez que escuelas maravillosas en las que introducirse en esa inmensa herencia de Arte, Cultura, Pensamiento y Misterio que nos legaron las civilizaciones y culturas precedentes, cuyas claves y secretos, por mucho que nos empecinemos en pensar lo contrario, permanecen incólumes hasta el día de hoy, constituyendo, precisamente, todo un reto para aquél que se encuentra con ellos y siente el impulso de intentar desvelarlos, dejándose llevar por su irreprimible hechizo. Uno de ellos, evidentemente, es ese mundo, oscuro, impenetrable y tremendamente celoso de su propia idiosincrasia, que es el motivo fundamental de que este blog exista: el fantástico mundo de los canteros medievales.
No deja de ser un hecho curioso, y ciertamente coincidente, que a lo largo de los siglos, en el transcurso de esos innumerables desplazamientos, el ser humano haya sentido, además, la necesidad intrínseca de dejarse llevar por sus emociones, dejando señales en los lugares por donde pasaba, si bien, en muchas ocasiones, el fin y el sentido de éstas. en la gran mayoría de los casos, se nos escapan. Lejos de compartir -al menos en rotundidad- esa peregrina idea de que las marcas que los constructores medievales dejaron en los sillares de las iglesias -incluso castillos y edificios civiles- que levantaban eran simplemente una contabilidad que justificaba posteriormente el pago de un jornal, me adhiero por completo a esa otra visión, mistérica e indudablemente antropológica, que resume, desde su carácter hierático y sumamente jeroglífico, paradigmas culturales que han acompañado al hombre a lo largo de la aventura de su existencia. Muchas de estas marcas reúnen, en su constitución, símbolos de variada condición: rúnicos, mágicos, astrológicos, cristianos....que, de alguna forma general, nos ofrecen aspectos de esa amplia gama de creencias que marcaba el modus vivendi de las sociedades que nos precedieron. Si bien la cruz, en numerosos casos, servía como símbolo indiscutible para la consagración de iglesias, otros símbolos determinados, enmarcados dentro de ese apartado denominado como mágico, cumplían una función semejante, manteniendo a raya a esa gama de seres perversos -diablos, brujas, espíritus inquietos- que vivían con pasmosa realidad en la mente supersticiosa de las sociedades pretéritas (2). Pero entre unos y otros, marcado en ocasiones en los lugares más insospechados -como por ejemplo, el suelo adyacente a un altar (3)-, siempre me ha llamado la atención un símbolo determinado: las suelas de unos borceguíes medievales. Suelas que, lejos de dejarme convencer por una simple referencia a un gremio de zapateros que costeó el sillar o los sillares del templo en cuestión, siempre me han parecido un indicativo al viaje, al desplazamiento, a ese camino de la vida que, a la manera de una partida del simbólico juego de la oca, nos vemos consciente u obligatoriamente a seguir en algún momento de nuestra existencia. Tal reflexión -por cierto, muy discutible, como es lógico- se me acrecentó no hace muchos días, mientras realizaba uno de los trayectos más hermosos, pero también más duros del Camino de Santiago a su paso por la provincia de Lugo: aquél que va de O Cebreiro a Triacastela. Si bien, ya había podido apreciar, en ocasiones anteriores (4), el peregrino no sólo deja en ciertos lugares de su camino, la típica piedra para satisfacer y calmar a los dioses de los caminos -los antiguos manes- y augurarse un buen camino, sino que también, depositan objetos personales -cada vez, en mayores proporciones- relacionados con su experiencia personal en el Camino, entre ellos, no sólo sandalias, sino, como se puede apreciar en el vídeo, las botas -o al menos, una de las botas- con las que emprendieron la aventura trascendente hasta la tumba del Apóstol, e incluso, el mapa y es de suponer que algunas sugerencias de interés, para otros que vengan detrás. Cierto es, así mismo, que cada vez se acusa una mayor intencionalidad en el simbolismo señalizador de los senderos, de modo, que no es difícil encontrarse la significativa pata de oca señalando la dirección correcta, en sustitución de la tradicional concha o incluso de la figura del peregrino y la flecha. En definitiva, señales que, adaptadas a los tiempos modernos, no dejan de tener cierta equivalencia, quizás, con aquéllas dejadas antaño. Formas tradicionales, que no quizás ciclos cósmicos, como diría un teórico del esoterismo como fue René Guénon.
El lugar donde me tropecé con el mojón, cuyos objetos me sugirieron la presente comparación, por si alguien siente curiosidad y quiere comprobarlo, o simplemente pasa por allí, se encuentra a unos dos kilómetros de Hospital da Condesa, apenas se adentra uno en el desvío hacia Sabugos y Temple.

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(1) Alberto Cacharrón Mojón: 'Mi otro tiempo', Imgrafor, S.A., 2012, página 17.
(2) De hecho, muchos de estos símbolos todavía subsisten en los dinteles de las casas de muchos pueblos, conocidos con el significativo nombre de 'espantabrujas'; e incluso aún, se ven también en lugares sacros, como iglesias y monasterios.
(3) Como sería el caso de la iglesia de Santa María, en la interesante población soriana de Caracena.
(4) Un ejemplo significativo, sería la cruz de Ferro de Foncebadón, en la provincia de León.