miércoles, 27 de octubre de 2010

El Camino de la Oca pasa por San Juan de Rabanera

No sería descabellado pensar en el símil del cuento aquél en el que el protagonista, sin duda precavido, iba dejando miguitas de pan por el suelo, con el fin de no errar en el camino de regreso y perderse en el bosque. El Camino de Santiago, cualquiera que sea el origen de sus múltiples itinerarios, sería, simbólicamente hablando, ese bosque tupido y tenebroso, pero a la vez repleto de misterios, enseñanzas y maravillas que habría que recorrer para alcanzar el premio final del mayor de los tesoros con los que pueda soñar el ser humano: el Conocimiento.

Los canteros medievales, al igual que el protagonista del cuento, serían los transmisores o depositarios de esas miguitas de pan que, a modo de señales, indicarían una dirección a seguir, valiéndose, a la vez, de un código que, aprehendido y mantenido en secreto a lo largo de milenios de existencia humana, contendría pequeñas lecciones de una sabiduría ancestral, cuya comprensión llevaría a la Gnosis final.

Una de esas pequeñas migajas, estaría contenida, entre otros, en un símbolo que sobresale en la gran mayoría de edificios afines a éste mágico y ancestral Camino de Peregrinatio: la pata de oca.

La oca ha sido considerada, desde tiempo inmemorial y por numerosos pueblos y culturas, un animal sagrado y trascendente. En la mitología griega, por ejemplo, el todopoderoso Zeus adopta la forma de un cisne para seducir a la hermosa Leda. Entre los celtas, la oca o el cisne constituía el animal totémico que acompañaba a los héroes muertos al Paraíso -nótese la similitud con los mitos nórdicos de las walkyrias, mujeres guerreras que acomopañan al Walhalla las almas de los guerreros muertos en combate- o a ese Tir an Og o Región de los Bienaventurados, cuya tradición aún es recordada hoy en día por numerosos cantantes y grupos de folk, como Alan Stivell.
Freya, una de las principales diosas del panteón céltico, tenía un pie de oca, detalle en el que, posiblemene, se basaran posteriormente numerosas leyendas acerca de la reina Padauca o Pie de Oca, que tanto florecieron en el occidente medieval.
Los egipcios, por otra parte, asociaban a los ánades un simbolismo religioso que se utilizaba para alejar el mal y evocar el renacimiento. Curiosamente, dentro de la cosmogonía tebana, Amón, que significa el Oculto, era representado con forma de oca o ganso, y entre los romanos existía la costumbre de mantener a estos animales como guardianes del hogar, que avisaban a sus moradores de cualquier peligro o intruso que merodeara por el lugar.
Pero el simbolismo que conlleva la pata de este emblemático animal, va aún más lejos, pues se ha querido ver, aunque de manera camuflada, en elementos florales, como el lirio o la flor de lis -del que son portadoras las manos de las imágenes de algunas vírgenes románicas y góticas- así como también en la vieira distintiva del peregrino de Santiago.
Dentro de los alfabetos nòrdicos, éste símbolo está asociado con la Runa de la Vida; y a su manera, enlaza directamente con la tradición esotérica relativa al cráneo de Adán y el Árbol de la Vida, de cuyo tronco se obtendría la madera que habría de servir para hacer la cruz en la que fue crucificado Jesucristo. Hasta tal punto ésta tradición se haya inmersa en el Arte -no sólo en lo que respecta a los propios crucificados, cuyo cuerpo, si nos fijamos, en ocasiones adopta la forma de una pata de oca- que existen imágenes de Cristos crucificados sobre una cruz con forma de pata de oca.
Aunque este tipo de representaciones no son muy corrientes, sí es cierto que en España, al menos, existen dos soberbios ejemplares. El más conocido, sin duda, es el Crucificado de Puente la Reina, localizado en la actual iglesia del Crucifijo; una iglesia que, en sus orígenes, se denominaba de Santa María dels Orzs, de los Huertos, y pertenecia a la Orden del Temple. El otro Cristo, seguramente menos conocido, se localiza también en un lugar emblemático del Camino de Santiago: en la iglesia de Santa María del Camino o de las Victorias, en Carrión de los Condes. Ambas representaciones, datadas en los siglos XIV a XVI, comparten un origen común: proceden de la región alemana de Renania, conocida, entre otras cosas, por su amplitud de catedrales y monasterios, así como también porque en ella se encuentra el famoso castillo de Wewelsburg, donde lo más selecto de la oficiliadad de la Orden Negra del Reichsführer Heinrich Himmler se entregaba a todo tipo de rituales de carácter iniciático y esotérico, teóricamente -al menos para los teóricos nazis- basados en los ciclos griálicos, el ciclo artúrico y comparándose con modernos templarios. De hecho, en la actualidad acaba de convertirse en museo que, aparte de levantar numerosas críticas, puede visitarse por un módico precio.
No obstante, si bien es cierto que la presencia de este símbolo puede considerarse como natural en numerosos edificios situados tanto dentro como fuera de las numerosas rutas del Camino de las Estrellas, no dejar de ser una curiosa y a la vez desconcertante novedad, encontrárselo en el enlosado que roda la entrada principal de una antigua iglesia románica: la iglesia de San Juan de Rabanera, en Soria.
Soria es una ciudad pequeña, pero repleta de Historia, de Arte y de Tradición. Basta sólo mencionar algunos de sus elementos distintivos -el monasterio de San Juan de Duero, el monasterio templario de San Polo, el claustro románico de la concatedral de San Pedro o la ermita de planta octogonal de San Saturio- para que la imaginación se dispare a límites insospechados. Resulta una pena, sin embargo, que de una de las más antiguas y principales iglesias románicas con que contaba la ciudad, la iglesia de San Nicolás, tan sólo quede un esqueleto descarnado y unas excepcionales pinturas -tapadas por una tabla de metal- que, representando el asesinato del arzobispo de Canterbury, están a punto de desaparecer definitivamente.
Es interesante tener esto en cuenta porque, precisamente, la portada original de la iglesia de San Nicolás, es la que actualmente se encuentra en la entrada principal de la iglesia de San Juan de Rabanera. Y este detalle podría, quizás, explicar también el origen del enlosado con los símbolos de la pata de oca, tema de la presente entrada. Otro detalle de interés, podría ser, también, la situación de ésta iglesia de San Juan de Rabanera, en cuyo interior, recordemos, se encuentra el Cristo templario de San Polo, también conocido como el Cristo cillerero.
Pues bien, San Juan de Rabanera se encuentra situada frente a la Diputación Provincial, al final de la calle Caballeros; una calle que -aparte de dejar en el aire la pregunta de a qué caballeros se refiere- curiosamente, se extiende hasta el cementerio y la iglesia de la Virgen del Espino. Una Virgen con advocaciones negras que, junto con las vírgenes hermanas de la catedral de El Burgo de Osma y el pueblecito de Barcebal, conforman el trío de Vírgenes del Espino que hay en la provincia. Y recordemos, una vez más, que tales denominaciones conllevan, en la inmensa mayoría de los casos, la presencia de la Orden del Temple; y que éstos, a la vez, eran protectores y benefactores de las hermandades de compañeros que fueron dejando su huella a todo lo largo y ancho de la Península. He aquí, pues, no pocos e interesantes enigmas que resolver.


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