viernes, 7 de diciembre de 2012

La magia de los canteros de Carranque


Cuando la noche se enciende, dice la canción que complementa el vídeo de la presente entrada. Una canción y un título, que recuerdan a esa Noche de la Historia, cerrada, sin luna, que apenas deja parpadear una breve luz, un destello, una linterna de los muertos por encima de la cúpula hexagonal de una iglesia perdida entre la bruma. Una noche eterna, la mayoría de cuyos sueños, permanecen aletargados en el mullido colchón de la tierra que, cual celosa maga Circe, mantiene bajo su inmortal sortilegio el espacio y también el tiempo. Un ciclo cósmico, una espiral, un laberinto, un eterno retorno que nos recuerda constantemente nuestra simple condición de viajeros. Una partida y un regreso en la escuela de la evolución. Carranque es esa noche sin luna, ese sueño y ese laberinto inmemorial, bajo cuyas piedras, uno no puede por menos que sollozar, recordando, con nostalgia, aquél viejo refrán que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. Situado en la provincia de Toledo, a apenas una treintena de kilómetros de esa ciudad en la que todos se apean en Atocha, como diría Joaquín Sabina, las singulares ruinas de Carranque demuestran, en su milenaria soledad, el refinamiento hecho perfección, la maestría, el detalle y una industria de albañilería, cuyos diseños y simbolismo, habrían de constituir una de las fuentes principales en las que apagaron su sed hermética los canteros medievales. Este detalle, se percibe, no en las ruinas de la compleja basílica visigoda que recibe al visitante al comienzo de su recorrido, obligándole a imaginarse un edificio verdaderamente singular -quizás muy similar a aquél otro que fue arrasado por los invasores árabes en las ruinas de la antigua ciudad conquense de Segóbriga- pero sí algunos metros más adelante, en la magnífica casa de Materno, personaje que fuera prefecto romano, cristiano convertido y, al parecer, otra especie de San Martín Dumiense; es decir, martillo de herejes, entendiéndose éstos como aquellos que, al fin y al cabo, continuaban reafirmando su fidelidad a la Divinidad, en sus diversas formas y manifestaciones, desde una perspectiva imperdonable para la intencional universalidad del Cristianismo triunfante.
Es en ésta casa de Materno -la que, según se dice, y es cierto, vale por sí misma una visita- donde nos encontramos toda una serie de símbolos universales, no exentos de interés, y a la vez, de intencionalidad. Dejando aparte las maravillosas referencias mitológicas -incluida la cabeza de un singular Neptuno, con cuernos y novedosas antenas- en los diseños observaremos muchos elementos, que a partir de ese siglo IV, continuaron revelándose, en un contínuo fluir, en los templos cristianos que fueron completando ese puzzle arquitectónico sagrado y mistérico en la Península Ibérica antes, durante y después de la invasión sarracena. De hecho, aún quedan huellas de esa invasión entre los restos de Carranque.
Una zona, que fue reconquistada y repoblada a partir de 1085, por parte del rey Alfonso VI y que, originalmente, se conocía de manera muy similar a dos famosos monasterios riojanos: Carranque de Yuso, o de abajo, y Carranque de Suso, o de arriba. Un lugar que, al parecer, conoció también la presencia de los siempre enigmáticos caballeros templarios, quienes permanecieron en el lugar hasta el año 1140, fecha en la que lo dejaron en manos de la Orden de San Juan, cuando el rey Alfonso VII les concedió el castillo de Olmos.
Es, pues, en esos suelos maravillosamente enlosados, donde descubriremos estas referencias universales, en símbolos como la esvástica o martillo de Thor, como era conocida entre las tribus nórdicas; cruces de diferentes tipos, incluida la tau y la paté -que fuera adoptada como la más generalizada de sus cruces, no significa que fueran precisamente los templarios los inventores, pues este modelo ya era conocido en elementos prerrománicos-, estrellas de cinco, seis y ocho puntas encerradas en lazos eternos de origen celta; sellos salomónicos, e incluso, el símbolo por excelencia de la monarquía francesa, la flor de lis, elemento sumamente interesante, en el que muchos autores observan una referencia al lirio virginal -¿sustituto de la antigua espiga de Ceres, símbolo de la fertilidad?- y una forma encubierta, también, de ese misterioso símbolo rúnico de la vida, que es vulgarmente conocido como pata de oca.
Pero a diferencia de los canteros medievales, los canteros de Carranque sí dejaban sus señas de identidad; señas de identidad, que delataban el nombre de la industria de albañilería que había acometido la obra. Una obra en la que, curiosamente, se empleaba el plomo para las cañerías, elemento del que nos hemos seguido sirviendo hasta hace relativamente pocos años, en que fue sustituído por el plástico.
En fin, Carranque y sus misterios: todo un mundo por descubrir.


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