jueves, 16 de enero de 2014

Marcas de cantería en un monasterio en ruinas: San Paio de Abeleda


De mi última estancia en tierras gallegas, acaecida a principios del pasado mes de septiembre, recuerdo con especial interés, la visita realizada al monasterio venido a menos de San Paio de Abeleda, situado en la Ribeira Sacra -o mejor dicho, si hemos de ser mínimamente rigurosos con la denominación medieval, la Rovoyra Sacrata-, a escasos kilómetros de distancia de la no menos interesante población de Castro Caldelas, a la que habremos de acudir en breve, si queremos seguir la pista de las hermandades de canteros que levantaron no sólo los cimientos espirituales de Occidente con su impecable destreza y buen hacer, sino que también, como veremos, dejaron su misteriosa impronta en numerosos edificios de carácter militar, y así mismo, por añadidura, en numerosos exponentes de la arquitectura civil.
No es cuestión de juzgar aquí los pormenores que han llevado a este venerable cenobio a convertirse en una ruina, aunque sí es conveniente y a la vez justo, especificar que de no haber sido por unos meritorios esfuerzos particulares -O Sorriso de Daniel-, posiblemente a día de hoy estaríamos contemplando una completa defenestración que, con toda probabilidad, tuvo sus orígenes, como el de tantos otros lugares similares situados a lo largo y ancho de la geografía hispana, en la famosa Desamortización de Mendizábal y esa inmediata consecuencia de barra libre en relación a sillares y ornamentos artísticos que perdieron su brillo e identidad en casas, lagares y cercados de pueblos adyacentes. De cualquier manera, en mejor o en peor estado de conservación, lo único cierto es que, después de todo, un atento vistazo al lugar y su entorno, pueden ser en principio suficientes para hacernos comprender, sin necesidad de consultar los viejos cronicones o los becerros castellanos, que aún quedan rescoldos de una monumental hoguera que ni siquiera el abandono o la indiferencia humana pueden acallar. Son esos detalles, añadidos y en ocasiones intuidos, que a la postre, y desde el silencio a voces con el que la Historia suele ceñirse a determinados lugares, situaciones y circunstancias, los que nos señalan que en San Paio de Abeleda hubo periodos de luz y también de oscuridad que determinaron una parte importante de su historia y su destino.
No es difícil, por otra parte, suponer que el establecimiento de un pequeño cenobio de monjes que fue creciendo a medida que se incrementaban los privilegios reales, se hizo no sólo en base a lo fructífero de la tierra y su cercanía a ese pequeño mar interior conformado por las riberas de los ríos Sil y Miño a uno y otro lado de la frontera entre Orense y Lugo, sino también obedeciendo a una casuística generalizada, como es el establecimiento de los altares de una religión imperante en el lugar donde culturas pretéritas danzaban al son de los tambores de deidades diferentes. Y tampoco debería de extrañarnos que estas primeras comunidades cristianas conformaran parte de ese flujo franco que atravesó los Pirineos camino de Compostela, siguiendo las recomendaciones de Aymeric Picaud y soñando con las gestas de Carlomagno y sus héroes, loadas y cuando menos exageradas, por el arzobispo Turpin. Y hasta incluso, comunidades de refugiados cátaros que huían de las masacres del Mediodía buscando una tierra de promisión, donde todavía encontraban refugio integrantes de herejías anteriores, como la de Prisciliano, como se sospecha pudo haber ocurrido en el no excesivamente lejano monasterio rupestre de San Pedro de Rocas. El hecho, aunque no debería de sorprendernos, en que en San Paio de Abeleda, por algún motivo, hasta la Inquisición tuvo base y cárcel, como demuestra el edificio de forma cuadrangular, que aun se mantiene en pie entre el monasterio y una soberana roca de aspecto megalítico anclada en el prado, donde hasta tiempos relativamente recientes, existía un crucero, del que sólo subsiste el agujero cuadrado labrado en la piedra, desde el que los benitos perros de Dios impartían una justicia divina que, Dios mediante, se mantenga eternamente en su gloria.
El caso es que, para el tema que nos ocupa, pudieran haber sido o no estos antecedentes, los canteros nos dejaron, grabados con sublime perfección en los sillares tanto exteriores como interiores del pórtico principal de entrada a la iglesia, su huella particular. Una huella en forma de espiral o de serpiente enroscada que no sólo se extendió por numerosos lugares de la Gallaecia, sino que además, en buena ley, hemos de suponer que fue descendiendo hacia el interior peninsular a medida que la Reconquista comenzaba a ser algo más que una posibilidad, llegándose a encontrar esta huella o señal en lugares tan diversos y dispares como Santa María de Moreruela, en la provincia de Zamora o aquél celebérrimo exponente del románico soriano, como es la iglesia de San Miguel, en Caltójar. 

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