martes, 10 de febrero de 2015

Briones o el oscuro encanto de las capillas de planta octogonal



Hay ocasiones en las que, durante los avatares de un viaje o de una excursión, el viajero tropieza –que el azar decante en la caída de la moneda si de una forma casual o causal-, con alguno de los viejos mitos que, en determinadas circunstancias, han alimentado los sentidos del hombre moderno, con paradigmáticos enigmas del mundo medieval. Tuve ocasión de comprobarlo, el pasado mes de octubre cuan­do, por fortuitos o causales motivos, me des­placé a La Rioja, formando parte de un viaje previamente organizado. Durante la primera etapa de dicho viaje, el programa determinaba una parada en una ciudad muy peculiar de la denominada Rioja Alta: Briones. Briones, si­tuado a escasamente tres kilómetros de otro pueblo no menos peculiar, San Vicente de la Sonsierra -que seguramente mucha gente re­cuerde por dos motivos fundamentales: los famosos picaos de su Semana Santa y su impo­nente y mistérica iglesia dedicada a la figura de Santa María de la Piscina-, es un pueblo que, si bien ha perdido la antigua esencia de los mo­numentos románicos que acompañaban las sufridas escalas de los peregrinos que la atra­vesaban camino de Compostela, no es menos cierto, que en cuestión de monumentalidad y riqueza artística, dispone, al menos, de dos importantes monumentos, que nadie que pase por allí, debería dejar nunca de visitar: la imponente iglesia-colegiata dedicada a la figura de Santa María y la singular ermita del Santo Cristo de los Remedios, fechadas en los siglos XVI y XVIII, respectivamente. Dejando para mejor ocasión las singularidades de la iglesia de Santa María –que habelas haylas, y muchas, como meigas en Galicia-, propongo centrar nuestra atención, en la ermita del Santo Cristo.


Construida por los arquitectos Juan Bautista Arbaizar e Ignacio de Elejalde entre los años 1737 y 1745, sus cimientos se elevan sobre las ruinas de la antigua igle­sia –probablemente, románica- dedicada a la figura de San Juan Bautista, situándose en un lugar privilegiado del casco antiguo de la ciudad, desde donde se divi­san esas infinitas extensiones de viñedos, cuyos caldos son mundialmente conocidos, entre las que destaca, como un oasis en un mar de uvas, la presencia de una de las bodegas más importantes de la provincia: las bodegas Vivanco.



Si en España, a partir del siglo XIX, cuando la ar­queología comenzaba a boquear, sobre todo como afición entre lo más rancio de la nobleza del país, ya el Marqués de Cerralbo creó cátedra al considerar la posibilidad de que una hermosa virgen del siglo XIII que se conserva en el monasterio soriano de Santa María de Huerta, fuera la que llevara el arzobispo de Toledo, Ximénez de Rada en la famosa batalla de los Tres Reyes o de las Navas de Tolosa, no fue menor la cátedra que sentó en el siglo XIX el gran arquitecto francés Violet le Duc –recordemos, que reconstruyó, de la mejor manera posible, la emblemática catedral parisina de Notre Dame-, al afirmar rotundamen­te, que los edificios de planta octogonal obedecían a un modelo de arquitectura templaria. Polémica que, extendiéndose a nuestros días, ha hecho –y todavía continúa haciendo-, correr ríos de tinta, en relación a una serie de fantásticos monumentos románicos, que situados en diferentes regiones, causan no poca sorpresa y admiración. Los principales de ellos –algunos situados en pleno Camino de Santia­go o en sus inmediaciones-, no son otros que los siguientes, cuya ignota protohistoria, está envuelta en el fantástico halo de la leyenda y la tradición: Santa María de Eunate y el Santo Se­pulcro, de Torres del Río, en Navarra; la iglesia de la Vera Cruz, en Segovia –cuya planta es do­decagonal, como al parecer, lo fue también, una de las ermitas que se encontraba en el interior del castillo templario de Pelerin, en Tierra San­ta-, y la iglesia de Santiago –inicialmente, bajo la advocación de la figura de Nuestra Señora-, en la cima del Monsacro asturiano, lugar legen­dario, donde Santo Toribio, obispo de Astorga escondió las reliquias que trajo de Tierra Santa y donde también la tradición sitúa similar ac­ción, con aquellas otras que el mítico y rebelde Don Pelayo salvó de Toledo, poco después de la invasión agarena.Si bien es cierto, que si hemos de considerar alguna forma de arquitectura templaria, más que a sus iglesias, propiamente hablando, sería aquélla re­lacionada con la costumbre que tenían de plantear las defensas de sus fortalezas –tanto las que construían con sus propias manos, como muchas otras de las que heredaban-, dotándolas del denominado triple re­cinto, que ya los celtas utilizaban para la defensa de sus castros, e incluso, yendo más allá, la forma en que distribuían sus encomiendas, dotándolas de recinto amurallado, con torres de guardia y vigilancia en cada una de sus esquinas, como así se demuestra, en los restos de la antigua encomienda templaria de Abe­rin, también situada en tierras navarras. Sin poner en duda, de que tal vez alguna de ellas, incluso otras que se encuentran allende las fronteras españolas, sí pudo pertenecerles –no olvidemos, que todas ellas siguen el modelo de la Casa Madre templaria en Jerusalén, la mezquita de Al-Aksá-, no se les puede atribuir la au­toría, simplemente por el hecho de que su planta sea  de forma octogonal. Forma que, curiosamente, tiene la ermita del Santo Cristo de Briones. Como también la tiene, la planta de otra ermita, también del siglo XVIII, dedicada a la figura de Cristo: la de Almazán, en la vecina provincia de Soria, realizada, al parecer, hacia 1723, por el maestro, se cree, que de origen ita­liano, Juan Antonio Pempinela.

Y esto nos lleva a plantearnos, otras cuestiones que han flotado siempre, con un siniestro halo de fanta­sía idealizada –sobre todo, en los siglos XVIII y XIX-, acerca de las organizaciones masónicas surgidas des­pués de la desaparición de la Orden del Temple, y supuestamente heredera de sus secretos arquitectóni­cos, tema que, por supuesto, alcanza para mucho más que un breve artículo. Pero sí que podemos decir, para terminar, que por los motivos que fueran –asociados o no, a este supuesto resurgir masónico-, durante los siglos anteriormente citados, la historia de la arqui­tectura recuperó la magia de los edificios de planta octogonal, y no menos curioso detalle, en general, fueron dedicados a una figura crística con caracterís­ticas tan milagrosas, como las que tradicionalmente, han acompañado siempre a la mayoría de imágenes marianas románico-góticas que inundan nuestras er­mitas e iglesias.

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