miércoles, 1 de abril de 2015

Libros de Piedra: el Pórtico de Platerías de la catedral de Santiago


Xove en Santiago. Es una lluvia fina y limpia que los peregrinos, melancólicos, comparan con las aguas primerizas del Jordán, donde Jesucristo recibió el sagrado sacramento del bautismo de manos de su primo Juan. Frente a la denominada Puerta de Platerías, un hombre permanece silencioso e inmóvil. Viste un sayal de tosca lana de color marrón oscuro, en el que, aparte de algunas manchas parduzcas, también se aprecian varios remiendos, y que además está provisto de una ancha capucha, que le oculta el rostro por completo. En el fondo, es éste un detalle completamente intrascendente, pues si se la quitara, todo el que lo viera se encontraría con la burlona y siniestra mirada de una máscara de cera, que protege su identidad. Una máscara ambivalente, tragicómica, indecisa o inaparente, sin duda muy similar a las que utilizaban los actores greco-latinos en las antiguas representaciones teatrales. El hombre apenas se inmuta, cuando algún mendigo, de ropas aún más remendadas y andrajosas que las suyas pasa por su lado haciendo tintinear una desvencijada escudilla de metal; ni tampoco, cuando algún ruidoso grupo de peregrinos sube jocosamente por la calle de los plateros en dirección a la portada principal de la catedral, situada en la plaza del Obradoiro. Por el contrario, da la impresión de ser una estatua que algún desaprensivo hubiera liberado de la placenta pétrea que la albergaba, con la innoble intención de mortificar a los piadosos canónigos o de soliviantar aún más el ánimo de unos peregrinos, excitado de por sí hasta extremos inusitados,  que se pelean e incluso se apuñalan y matan por ocupar el lugar más cercano al sepulcro del Apóstol. Se llama Esteban, pero sabe que para los hombres de las generaciones venideras, será un completo desconocido, como le consta que impone la auténtica vía de humildad que debe seguir todo buen Magister Muri. Sonríe, no obstante, al pensar que para los hombres de esas generaciones futuras que acudan y a la vez sepan admirar esta obra sublime que es el Santuario de Santiago, será poco menos que una sombra y le place con plena satisfacción, ser consciente de que su nombre ni siquiera se consigne en ese Codex Calistino o supuesta guía de peregrinos, recientemente trascrito por un bisoño monje benedictino, procedente de una perdida abadía situada allende los Pirineos y de nombre Aymeric Picaud. Imagina, por consiguiente, que algunos pensarán en él como en un espíritu incorpóreo cuya vida se desliza entre la realidad y la leyenda: el ser o no ser empleado por algunos dramaturgos de siglos posteriores, que también intuían la magia del Verbo. Pudiera ser –el Verbo otra vez-, que los más avezados descubran que residió en Pamplona, donde vivió con su mujer y sus hijas en una cómoda casa cedida por la generosidad del Cabildo y donde, así mismo, participó en una obra cumbre de la monumental enciclopedia universal de haberes y saberes, antiguos y modernos, que es el  Camino de las Estrellas: su catedral. Y hasta cabe la posibilidad –siente el calor del sonrojo volver a encender de nuevo sus mejillas debajo de la máscara, hasta tal punto, que incluso teme que se derrita la cera- que los más observadores lleguen intuitivamente a percibir, en la forma octogonal de los ábsides o cabeceras, un detalle de su técnica y le atribuyan, de paso, alguna obra menor localizada en otros puntos equidistantes, pero igualmente situados en esta misteriosa y mítica tierra celta que un día albergará, de forma anónima, también, sus irrelevantes restos mortales.



El tintineo de la escudilla del pobre se pierde en la distancia, como el último trueno de una tormenta que se aleja hasta desaparecer y la algarabía del último grupo de peregrinos, se amortigua y acalla en el interior de la catedral. Silencio. Esteban sabe, por su condición de Magister, que el silencio es la clave para escuchar la melódica resonancia que brota como un torrente del alma de las piedras. Imagina, pues, que a través de las dulces notas de la viola que el rey David tañe con sus manos –por algo lo representó con unos dedos largos, finos y de delicada textura- todo aquel que se detenga a contemplar su obra, percibirá la magia de la Creación, con el propio dedo de Dios insuflando vida en el pecho de Adán. Y verá también, embriagado, quizás, por unas notas que durante unos breves momentos parecen revestir el amargo sabor de la tristeza, a ese mismo Dios convertido en Padre severísimo que expulsa a sus díscolos hijos de un hogar que hasta entonces se había llamado Paraíso.Una melodía que, por otra parte, irá no obstante in crescendo con las alusiones al Árbol de la Vida, cuya existencia va indivisiblemente unida a la cruz y a la redención eterna de una humanidad infantil, siempre temerosa y necesitada de guía y protección. Resulta previsible, incluso, que algunos se alarmen frente a la visión –atrapado entre Dios y un crismón que descansa en el lomo de dos leones de sonrisa tan pícara como la del Daniel del Maestro Mateo- de un Amón celta, CernunnosBaco, para algunos-, abatido por el triunfo de la Nueva Religión. O por la visión apocalíptica de esos ángeles-trompeteros, que los más viajeros volverán a ver reproducidos en la parte occidental del templo noyés dedicado a San Martiño. Pero seguramente todos, o en su defecto, la gran mayoría, verán ostensiblemente perturbados sus pensamientos frente a la gélida belleza de la mujer muerta que porta una calavera en su regazo. ¿Cómo lo interpretarán?, se pregunta Esteban, acariciándose el mentón, como si se mesara una inexistente barba. ¿Verán una referencia a los comentarios de San Agustín sobre las famosas Actas de Leucio y la historia de Calimaco y Drusila, una alegoría al amor sin más, sin caracterizaciones genéricas, como símbolo de vida y eternidad, en contraposición al amor físico, que engendra muerte?. ¿Se fijarán, por el contrario, en el detalle del cráneo trepanado y pensarán en la Vid, la dinastía sagrada descendiente de Cristo y María Magdalena?. Esteban sonríe para sus adentros. Sabe que de cualquier manera, el secreto siempre estará a salvo, sea, siquiera, por el tiempo que perdure su obra. Pero eso es vanidad, y después de todo, no es su deseo pensar en la posteridad. ¿Qué son él y la posteridad, sino humo que se desprende de la llama y se esparce por el infinito?.

2 comentarios:

  1. "¿Qué son él y la posteridad, sino humo que se desprende de la llama y se esparce por el infinito?."

    Jolin Juancar, esta frase merece un diez.!!!

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  2. Como decía Joan Manuel Serrat, Barukina: de vez en cuando, la vida...ja, ja... Me alegro que te guste. Un abrazo

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