miércoles, 17 de junio de 2015

Libros de Piedra: San Juan de Duero


Afirman los anónimos autores de esta monumental enciclopedia pétrea, que en pocos lugares de nuestra Península el equilibro, la medida, la mesura y la proporción, entre otras muchas características de su genuino prólogo, se conjugaron, parece ser que en esos nebulosos eones de principios o mediados del siglo XII, para inscribir en las singulares páginas de la Historia, una auténtica Obra de Arte, que aproximadamente un milenio después, continúa levantando no sólo admiración por inercia propia sino también ampollas en cuanto a su verdadera funcionalidad. Cierto es, no obstante, que buena parte de sus originales cubiertas, hechas del mejor material de las canteras sorianas, han sido roídas por la voracidad del tiempo, posiblemente más inocente, en lo que cabe, si lo comparamos con la siempre funesta y permisiva ansia de destrucción, que suele caracterizar a ese defecto tan humano llamado irrespetuosidad. Y sin embargo, lo que todavía se nos permite leer en sus dorados restos, resulta más que suficiente como para hacernos pensar, alicaídos pero también aliviados, que frente a nuestra vista tenemos, después de todo, un maravilloso aunque impredecible y poco comprendido incunable. Un incunable que, a juzgar por el lenguaje jeroglífico que caracteriza al conjunto de sus gloriosas páginas, bien pudiera haber contado, entre sus anónimos pero sabios autores, con parte de aquéllos singulares genios de la piedra que también participaron en la cercana concepción escultural de otra obra cumbre del románico capitalino soriano –la iglesia de Santo Domingo, que ya tuviéramos ocasión de ver en una entrada anterior-, donde quizás a la elegante glosa poitevina, se le añadió el encanto hechizador de la dulce semántica oriental. Una semántica ésta, por añadidura, que habría de caracterizar no sólo los curiosos templetes situados en la cabecera de la iglesia, que conforman cuasi-novedosamente las tradicionales capillas de la Epístola y del Evangelio –que tan abundantes se encuentran en tierras de la antigua y mitológica reina Lupa, sea, siquiera, coronando la fría austeridad de las torres de sus iglesias-, sino también, en lo que se refiere, principalmente, a esa exquisitez escatológica que constituye un sorprendente deambulatorio, quizás erróneamente considerado como claustro. Porque ahora bien, sin ánimo de desmerecer a ese encantador romanticismo que generalmente suele gustar de ir acompañando a toda aventura artística a la que el tiempo ha concedido las prebendas nostálgicas del rastrojo y del musguillo –detalle que solía enaltecer las carismáticas preferencias de un genio de la arquitectura moderna, como fue el Maestro D. Antoni Gaudí i Cornet-, ni tampoco a ese cientifismo lineal que traza senderos de buey con el arado de su escepticismo, puede que el lector que acaricie con sus manos –ingenuo aunque no carente de determinación- el pergamino ferruginoso de esos arcos diametrales que miran con perentoria melancolía hacia Jerusalén, coincida, después de todo, con la idea original de alguien que, si bien se ignora sea cuello laureado dentro del celoso y a la vez privilegiado círculo de la exclusiva Argonáutica románica –aunque sí parece destacar en la enseñanza universitaria- y cuyo nombre éste romántico biógrafo de las nieves de antaño no se quiere privar de decir, Javier Martínez de Aguirre (1), y vea, en la estructura de semejante texto, una familiaridad con esas otras capillas de índole funerario y deambulatorio bien definido –Eunate, Torres del Río, etc-, que harían de este lugar, si tal fuera el caso, qué duda cabe, una novedosa alternativa a lo orientalmente conocido, ofreciendo de paso, una visión nueva respecto de una obra que, aunque pudiera haber sido concebida como cementerio, continúa despertando una admiración y una pasión inusitadas.



(1) Javier Martínez de Aguirre, es profesor de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. De su extensa e interesante obra, se recomienda, en lo que respecta a la presente entrada, la lectura de su trabajo titulado 'San Juan de Duero y el Sepulcrum Domini de Jerusalén'.

2 comentarios:

  1. Hola!
    ¡Qué lugar tan mágico! Como tú descripción, se nota que para ti es especial. Todo un enigma su proceder sin embargo su estar no pasa inadvertido a nadie, hasta Becquer escribió una bonita leyenda de este lugar de las tantas que giran en su entorno, hasta el montículo que le da sombra es el de Las Ánimas.
    Viendo el vídeo he recordado la fría nieve de un enero helado en un día que prometía todo y al final quedó más gélido que el ambiente que nos rodeaba, ahora, gustarte te gustó y te quedó bonito jaja.
    Besos.

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  2. Es verdad, bruja, no lo puedo negar: siento una fascinación muy especial por este lugar; un lugar del que, como ves, nunca se termina de aprender. De ahí, aparte de su belleza, que siempre nos parezca maravillosamente misterioso. El vídeo, como bien dices, se gestó un helado mes de enero de hace algunos años, cuatro diría yo. Pudo haber sido un recuerdo mejor, es cierto, pero en fin... Bécquer sabía más de lo que pensamos cuando imaginó a las ánimas de los templarios en un monte que ya era sagrado antes de que a su pie se levantara la iglesia y el monasterio: un monte de celebraciones celtíberas. Un abrzo

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