martes, 10 de noviembre de 2015

Marcas de cantería en el Monasterio de San Salvador de Cornellana


No se trata, exclusivamente, de mostrar solamente las interesantes marcas de cantería que se localizan, principalmente, en el ábside de este peculiar monasterio, el de San Salvador de Cornellana, tan estrechamente ligado a los antiguos caminos de peregrinación del Principado de Asturias –incluidos aquéllos denominados como Ruta de los Salvadores-, sino también, de aprovechar la ocasión para aportar un pequeño grano de arena y a la vez elevar la voz, siquiera en tono de súplica, para que los organismos oficiales pertinentes remitan los medios adecuados y no permitan que este importantísimo conjunto histórico-monumental termine desapareciendo, corriendo la misma y triste suerte que la inmensa mayoría de monasterios –cerca de cien, según algunas fuentes-, que se calcula hubo antiguamente en ésta cuna de la Reconquista, que es ese paraíso natural llamado Asturias.

Si bien es cierto, que en la actualidad, la Constructora San José está realizando trabajos de rehabilitación –entre otros lugares de interés artístico, ésta misma constructora acometió los trabajos de restauración del Palacio de Santoña, que fuera la antigua Sede que la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Servicios de Madrid tenía en la céntrica calle de las Huertas, perteneciente al emblemático Barrio de las Letras-, éstos, al parecer, sólo se reducen a la adecuación de los tejados, obviando el interior de una iglesia que amenaza ruina, hasta tal punto que, como pudo comprobar un servidor a finales del pasado mes de agosto, no se permite visitar el claustro –no el original, sino uno barroco de dos plantas, levantado en el siglo XVI-, por el peligro real que supone para la integridad física de las personas la amenaza de desprendimiento.

Fundado en el año 1024 por la infanta Cristina, hija de Bermudo II, rey de León, no tardó en pasar a depender de la Orden de Cluny, o monjes negros que, recordemos, fueron de los primeros en establecerse en puntos estratégicos situados tanto dentro como en las proximidades de los principales caminos de peregrinación. Posiblemente de esa época, siglo XII, sean las numerosas marcas que los canteros dejaron en los sillares, tanto del ábside principal como de los absidiolos secundarios, la mayoría de ellas sobradamente familiares y fácilmente observables –tanto en conjunto, como por separado: la a o alfa mayúscula con forma de compás, la w con forma de omega, la ballesta, algo parecido a una f mayúscula que podría describir algún tramo de la nave, etc- en otros lugares de similar época y condición. Pero también es cierto que, como suele ocurrir en numerosos casos, la persona observadora descubra alguna marca curiosa que, solitaria y ajena al conjunto, le llame especialmente la atención. Y eso, a fin de cuentas, forma parte, a la vez, de los numerosos y fascinantes enigmas que contiene este admirable lugar, donde, para abrir boca a futuros investigadores y curiosos, se localiza, además, una rareza de singular simbolismo, de la que se hablará en otro momento: la famosa osa amamantando a una niña, que no sólo figura en una portada lateral, sino que también forma parte del simbolismo integrado en el escudo del propio monasterio. Notable, así mismo, es el simbolismo de las pinturas que decoran –con mayor o menor grado de deterioro- las bóvedas laterales, entre las que se advierte, pintada en negro, una cruz de Malta o de ocho beatitudes, así como una curiosa cruz-crismón, que a la vez, remite a otro de los grandes arquetipos de la Historia de la Humanidad: la rueda.

En fin, que aun de una manera escueta y somera, no cabe duda de que cualquier esfuerzo por conservar una riqueza patrimonial como la que se observa en este monasterio de San Salvador, ha de suponer siempre más que un esfuerzo, una auténtica obligación.




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