miércoles, 4 de abril de 2012

El placer de la especulación: marcas lapidarias del Monasterio de Moreruela




'Estos signos han desafiado hasta el momento cualquier intento encaminado a descifrar su significado; lo más que poseemos sobre ellos son hipótesis, vagas teorías, suposiciones y presentimientos. Porque dichas marcas son, en un sentido amplio, la firma que los gremios de constructores pusieron a todas las obras realizadas por ellos según el arte sagrado transmitido mediante la tradición. Decir más es ejercitar el placer de la especulación...' (1).


El placer de la especulación. ¡Qué gran frase, Don Rafael, para definir ese abúlico estado de frustración que nos invade cuando los signos lapidarios medievales se cruzan en nuestro camino para hacernos una mueca burlona y decirnos con toda impunidad: descíframe si puedes!. Ya casi había olvidado este inestimable artículo que escribiste en 1992 para la revista Año Cero -como observarás, al trato de respeto inicial obligado al Maestro, le sigue el trato de confianza debido al amigo- si una inesperada muestra de grandeza y generosidad, no me hubiera obligado a poner patas arriba mi biblioteca, siquiera para poner en práctica, con padrinos, ese placer de la especulación que, en definitiva, es el único recurso que nos queda frente a todos aquellos misterios que permanecen aletargados en esa inalcanzable Caja de Pandora simbólica que custodia con excesivo celo el Padre Cronos.
Mi conocimiento de la provincia de Zamora, es prácticamente nulo; se puede resumir, tal cual, a ese paso obligatorio por sus lindes cuando voy y vuelvo del Norte, siguiendo esa línea longitudinal que, con el nombre de Autovía y el añadido numérico de 6, comunica Madrid con La Coruña. Bien es cierto, que Zamora y su románico hace tiempo que están dentro de mi pasional interés, pero por circunstancias comprensibles, donde priman por el momento otras motivaciones y proyectos, aún no había llegado la hora de perderse -digo bien, pues creo que toda búsqueda implica una pérdida inicial, ya sea de caminos o de concepciones preestablecidas- por los ríos artísticos de su Historia. ¿Existe la sincronización de mentes?. Algunos científicos opinan que sí, y precisamente eso me comentaba mi jefe hace unos días, mientras aprovechábamos un respiro en el trabajo para fumarnos un cigarrillo, sentirnos durante unos breves minutos lagartos al sol, y platicar tan panchos emulando esos tradicionales filandones que tanto echo de menos en estos días de nomadismo e individualidad. Por aquél entonces, créase o no, pensaba en marcas de cantería y también en un monasterio. Un monasterio que tuve oportunidad de visitar el pasado mes de enero y cuyas vicisitudes simbólicas me tienen bastante más que desconcertado, aunque será el protagonista de una próxima entrada: el de Santa María de Carracedo, en León. Estos son, a grosso modo, los antecedentes a un correo electrónico en el que Ana Manzano -periodista y autora del blog Iconos Medievales, en el que mediante la sublime expresividad que destila su pluma de oca, nos deleita con multitud de genialidades afines a este mundo medieval que tanto nos interesa- se ofrecía generosamente a enviarme algunas fotografías de signos lapidarios que había tenido ocasión de recoger durante un reciente viaje a la provincia de Zamora. ¿Qué decir en mi descargo, salvo que este ofrecimiento era como agua de mayo para un insaciable golosón como yo?. Dicho y hecho. Con sus fotografías, así como con su cortés consentimiento, me he decidido a montar este pequeño vídeo en el que por olvido -lo digo con cierta vergüenza- falta una foto que, tomada en conjunto, mostraba una serie de signos lapidarios, entre los que se incluían algunos de aquéllos que, comúnmente, se denominan patas de oca; o lo que es lo mismo, símbolos rúnicos de la vida, marca distintiva de ciertos gremios compañeriles que extendieron su ámbito de actuación dentro y fuera del Camino Jacobeo y que, en algunos casos y tal y como especifica un reputado investigador en la materia -Louis Charpentier- constituía, digámoslo así, la marca distintiva al menos de un gremio conocido como los Hijos del Maestre Jacques, de origen franco y que se sabe que trabajaron bajo la tutela y protección de la Orden del Temple, a la par que los también llamados Hijos de Salomón, que utilizaban el pentáculo salomónico como marca distintiva. Pentáculo o estrella de cinco puntas que, en el mencionado y vecino monasterio leonés de Carracedo, aparece con una más que sospechosa frecuencia.
Por otra parte, y volviendo otra vez a Zamora y este monasterio de Moreruela, sí he podido observar, por comparación entre las fotos enviadas por Ana y aquellas otras que se muestran en el artículo de Rafael Alarcón, que hay un símbolo determinativo que aparece con frecuencia, aunque con distintas acepciones que, bajo mi punto de vista, no dejan de ser curiosas: me refiero al báculo-espiral. Al menos, se pueden distinguir tres acepciones observables en la terminación del ángulo recto del bastón: una acepción en la que la punta del bastón se dobla (¿báculo roto? (2)) hacia la izquierda; una segunda acepción en la punta se bifurca en dos pequeños ramales curvos, como la lengua bífida de una serpiente, idéntica a las que se pueden observar dentro y fuera del ábside de la iglesia soriana de San Miguel de Caltójar, y la tercera acepción, recogida en el artículo de Alarcón, donde el extremo final del báculo conforma una cruz similar a las utilizadas por el Temple.
Resulta curiosa, así mismo, la proliferación de triángulos, forma geométrica medieval que representaba a la Divinidad y por defecto, a la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y también la representación de los contrarios (masculino-femenino) del célebre Sello de Salomón o Estrella de David.
La llave, con todas sus connotaciones simbólicas y labrada de una manera muy similar a como se localiza, por ejemplo, en la iglesia de Santiago de Agüero (Huesca), también está presente entre los signos lapidarios de Moreruela. Símbolos que, en conjunto y recurriendo otra vez al mencionado artículo de Rafael Alarcón, se localizan, no sólo en otros lugares de la geografía peninsular, sino que también aparecen en construcciones de toda Europa, e incluso en paises orientales y latinoamericanos.
Y es aquí, donde surge, irremediablemente, la Gran Pregunta: ¿son, quizás, los restos de una tradición arcaica y universal, transmitida de manera oral y en secreto a lo largo de generaciones?.
Buena pregunta, sobre todo si, empeñándonos en buscar la respuesta, no dejamos de acudir a ese gran placer que es la especulación.
Ana, sinceramente, gracias.


video


(1) Rafael Alarcón Herrera, 'El enigma de los signos lapidarios', Revista Año Cero, Año III, nº11, noviembre de 1992, páginas 64-69.


(2) Algo similar se describe en la novela de Paloma Sánchez Garnica, 'El alma de las piedras', Editorial Planeta, 2010, aunque en este caso no se trata de un báculo, sino de una espada.

4 comentarios:

  1. Gracias a tí, Juan Carlos. Un placer haber contribuido un poquito a tu curiosidad.

    Es una entrada delicios, que estoy segura tendrá continuidad.

    Un abrazo.

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  2. Hola, Ana. Quizás esté feo decirlo, pero mi curiosidad por estos temas es insaciable. De hecho, ahora es cuando tengo la oportunidad de llevar a la práctica y sobre el terreno todos aquellas temáticas que hicieron mis delicias de juventud, de manera que con esto puedes comprender mi avidez y lo a gusto que me siento viajando por esos caminos para intentar robarle algún que otro secretillo a esa Historia heterodoxa que no nos han contado. Seguro que habrá una continuidad; no sé cuando, también es cierto, pero sí te aseguro que la habrá. Gracias a ti otra vez. Un abrazo

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  3. Granja de Moreruela es un gran engima, por lo que ha desaparecido y por lo que inspiran sus ruinas.
    El conjunto es un gran "museo de marcas de cantero", las hay para todos los gustos, algunas bien curiosas y peculiares, otras "más normalitas". Es un bosque en el que uno ansía perderse, recolectando esos "frutos de piedra" hasta llenar la cesta a rebosar.
    Esas románticas ruinas, rezuman magia y misterio. Y puestos a especular, el alma y la mente son allí libres... Cada vez que visité el lugar, tuve que hacer un esfuerzo para contener a esa "loca de la casa", la imaginación desbocada, que todo lo trastoca y descabala.

    Salud y fraternidad.

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  4. Estimado, Magister, oyéndote hablar de este lugar que, repito, aún no tengo el placer de conocer, entiendo perfectamente que te sirviera de base para escribir el excelente artículo cuya referencia figura en la presente entrada. En realidad, y dejando aparte el hecho de que posiblemente jamás lleguemos a comprender el por qué y la significancia auténtica de estas grafías, no es menos verdad el afirmar lo mucho que se puede aprender de ellas, partiendo de la base de la importancia que tiene cada detalle. Lástima que incluso en ese bosque simbólico del que hablas, comparativamente, el leñador de la estupidez haya echado a perder muchos robles sagrados. Un abrazo

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