sábado, 21 de abril de 2012

Villanueva de Cangas: la Llave del Maestro del Monasterio de San Pedro



Un monasterio, puede definirse como un conjunto simbólico monumental, donde todos y cada uno de los elementos que lo constituyen, responden a unos patrones concretos que determinan, tanto por separado como en conjunto, un mensaje fundamental, cuya trascendencia se ve directamente influenciada por el nivel de conocimiento y asimilación de la comunidad que habita en él. Los esquemas funcionales, en el fondo, suelen se iguales en todos, y responden a formas estructurales de índole universal. Tanto es así, por ejemplo, que en la zona donde se ubica el claustro, observaremos idéntica distribución e idéntica influencia simbólica añadida a cada una de sus galerías y sus correspondientes equivalencias cardinales.
En este monasterio cangués de San Pedro, esa funcionalidad se ha visto alterada, indudablemente, toda vez que en la actualidad se encuentra reconvertido en Parador Nacional; de tal manera que, independientemente de los cambios actuales, aún podemos hacernos una idea de que en su lado este, aún conserva ese espacio reservado a la Sala Capitular, una sala pequeña, es cierto, pero que aún conserva su original arquería románica, un acceso a la iglesia -es de suponer, que abierto en épocas muy posteriores- y dos curiosas representaciones artísticas -posiblemente de los siglos XVII ó XVIII-, en las cuales, por poco que nos fijemos, encontraremos otra de las muchas referencias griálicas que existen en territorio astur, en el caso presente, referida a la copa que el ángel le entrega a un arrodillado Jesús. Por contrapartida, el lado oeste continúa manteniendo su antigua función de alojamiento de conversos, pues en él se localizan la recepción y el acceso a las habitaciones. Este lado está presidido por una pequeña imagen, supongo que de San Pedro, portadora de una cruz patriarcal triple o de tres travesaños. El lado norte, generalmente aquél que por su gelidez y su pérfida influencia se conocía como el lado del demonio (1) y del que procedía el mortal aliento del Aquilón, alberga hoy día la cafetería, en contrapartida con el lado sur, el lugar generalmente más fresco y sombrío, que lejos de alberga en la actualidad la cilla y la cocina, alberga una pequeña pero inestimable colección de objetos artísticos, entre la que destacan varias laudas sepulcrales del siglo XII y algunas sillas abaciales, de excelente manufactura, entre cuyos símbolos, volvemos a encontrar el báculo de los Maestros, grabado en la madera de una manera muy similar, a como aparece representado, sin ir más lejos, en los sillares de algunas iglesias románicas, como podría ser el caso de la ermita soriana de San Bartolomé, enclavada en lo más profundo del famoso Cañón del Río Lobos.
Si bien es cierto, que este antiquísimo lugar bien merece una historia más elaborada y completa de la que actualmente se ha escrito sobre él -independientemente del interés despertado en historiadores de renombre, como Morales, Yepes o Sandoval- parece ser, que aunque ciertas bases que corroboran la tradición que sitúa su fundación en las primeras décadas de la Reconquista, por mediación del rey Alfonso I el Católico (739-757) y su esposa Ermesinda, lo que ha sobrevivido a nuestros días, pertenece a una época muy posterior, que podríamos situar en los siglos XII y XIII, obviando, desde luego, los sucesivos remodelamientos que se ha ido sucediendo a lo largo de los siglos. A este respecto, no deja de ser curioso el detalle de que, salvando a Don Pelayo, lógicamente, el rey más conocido o al menos más recordado de la monarquía asturiana, sea, curiosamente, su hijo Favila, aquél que levantó sobre un antiguo dolmen, la ermita de la Santa Cruz, en Cangas de Onís. Y tal es así, porque en la memoria popular permanece el recuerdo, indeleble, de que fue el rey al que mató un oso. Esto se hace más patente, aún, en la portada principal de acceso a la iglesia, donde a esa representación de la partida del caballero -tema, por otra parte, conocido dentro de la imaginería románica, encontrándose en algunas iglesias, como podría ser la de San Vicente, en Pelayos del Arroyo, Segovia-, a cualquier vecino que se le pregunte, contestará, sin dudar, que es el beso de despedida entre Favila y su esposa Froiliuba, antes de la aciaga partida de caza, en la que un oso terminó con su vida.



Pero pocos caerán en la cuenta, por ejemplo, también, del enorme simbolismo que se oculta detrás de esta historia. Porque el oso tiene una importancia capital como animal totémico, representando a la casta de los guerreros entre los celtas -también era el animal totémico entre los reyes merovingios, los de los largos cabellos- y en cuyos precedentes, aquí en Asturias, podemos situarlo, entre otros, en esa curiosa -por no decir oportuna- representación, de un hombre revestido con una piel de oso, que se localiza en uno de los fenomenales capiteles prerrománicos situados en el interior de la Colegiata de San Pedro de Teverga.
También hay que tener muy en cuenta, la magnífica representación de ese Cuélebre -serpiente o dragón- tan presente en la tradición asturiana, que también figuraba en los estandartes de la caballería celta. La presencia, además, de un ángel lanceador -previsiblemente, San Miguel- en la escena, ¿podría interpretarse como ese choque de religiones, que tuvo lugar en épocas ancestrales?. Seguramente.
Algo más allá, otro capitel llama poderosamente la atención, al mostrar dos parejas de águilas, con los picos afrontados, y detrás de sus cabezas, unas curiosas espirales o laberintos, muy similares, en esencia, a esas curiosas orejeras, la más popular de las damas iberas: la Dama de Elche. Curiosidades y simbolismo, como vemos, no faltan en ese mensaje ancestral grabado en la milenaria piedra de este monasterio.
Como tampoco faltan, como cabría esperar, las señas de identidad particulares de los canteros que desarrollaron su maestría en semejante lugar. Aunque las hay en el interior, aunque en número menor, sobresalen, sobre todo, en el exterior; y concretamente, en el pequeño absiolo de la izquierda. La más generalizada, es una marca, muy curiosa, que, para una mejor identificación, diremos que tiene la forma de ere mayúscula. Pero que bien podría estar formada por dos símbolos muy determinados -es sólo una opinión- como podrían ser el bastón o báculo y la serpiente. Su relación bíblica, por otro lado, creo que puede resultar incluso bien evidente. Hay otras, que también se repiten, aunque en menor número, y que por su forma, podrían formar una inicial "d" e incluso una "c". Pero el misterio, y de ahí el hombre de la entrada, ha de remitirnos, de nuevo, a esa primera que hemos identificado como ere mayúscula. En todos los casos, aparece tal cuál. En todos los casos, excepto en uno que, por cierto, es única: el palo o báculo, se ve sustituído por una llave. Llave que, por otro lado, aparece como marca individual en numerosos templos, siendo, quizás, el más conocido o relevante, el de Santiago de Agüero. Y yo me pregunto: ¿era el símbolo distintivo del Magister Muri?. ¿Quizás la marca del responsable de la cantera real, si tal cosa existió en el tiempo y lugar referido?. Algo por encima, y aparte del formidable mensario grabado en los canecillos y metopas, un curioso personaje nos muestra, en un libro abierto, otra curiosa señal: una ese, o quizás una serpiente. ¿Qué se oculta detrás de todo este misterioso simbolismo cantero?. He aquí, pues, uno de los enormes retos que nos plantea, entre otros muchos, este fascinante monasterio de San Pedro.

4 comentarios:

  1. En mi humilde opinión, el auténtico Magister de este singular templo, repleto de guiños, es ese caballerete barbado que, en un canecillo, sostiene entre sus manos el pequeño pergamino sobre el que campea un signo lapidario, una "insignificante" S tumbada...

    Salud y fraternidad.

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  2. Curioso el personaje, verdad, que en principio parece que intenta pasar desapercibido entre la infinitud de símbolos que le rodean y que generalmente atraen la atención, como para llegar a obviar algo tan pequeño que, en el fondo, oculta quizás mucho más misterios de lo que a priori nos imaginamos. Haberlos, haylos, aunque no siempre contienen esta pequeña sorpresa que, como el mundo en el que se desenvolvieron, continúan retándonos desde la inmensidad de la piedra en la que fueron labrados. Un abrazo

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  3. Hola Juancar. Cuantas cosas misteriosas nos traes con las marcas! No se si es una caprichosa marca la de la llave, o es producto del ingenio de algún graciosillo? Se parece tanto a su contigua en la foto!

    La "insignificante" marca en el Magister de piedra me parece más una runa vikinga que una S "seseante".

    Abrazines

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  4. Hola, Baruk. Es verdad, hay mucho listillo que se dedica a dejar su huella personal, e incluso a desvirtuar las originales ya existentes en numerosos lugares, pero no me parece que sea este el caso. Si te fijas bien, verás que la forma de esa llave es conocida en los sillares de otros lugares, incluido Agüero; aunque claro, esto, posiblemente, tampoco indique nada. Forma parte de los misterios añadidos al tema, y por lo tanto, susceptibles a cualquier hipótesis. En cuanto a la figura del Magister, sí, por qué no, bien podría ser una runa. La presencia de éstas en los templos católicos, no constituye ninguna novedad; ahora bien, su interpretación, ya es harina de otro costal. Un abrazo

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