martes, 8 de enero de 2013

El 'Oído de Dionisio'



Misterio, Arte y Técnica, siempre han mantenido unos lazos lo suficientemente estrechos como para no distinguir, en muchas ocasiones, dónde comienza uno y dónde terminan los otros. Aún en pleno siglo XXI, cuando los avances de la ciencia y el desarrollo de la tecnología nos hacen pensar que no hay fronteras que no se puedan alcanzar, ni retos de sapiencia que no se puedan superar o siquiera reproducir a pequeña escala entre las cuatro paredes de un laboratorio –recordemos uno de los últimos y más sonados experimentos realizados en el CERN suizo, relacionado con aquello que los científicos han bautizado como la partícula de Dios-, ni siquiera los más eminentes científicos han sido todavía capaces de ofrecernos, no obstante, una idea aproximada de ese microcósmico Big Bang que hace miles, millones de años supuso la ascensión evolutiva de la Humanidad. Sinceramente, siento vértigo cada vez que pienso en ello e intento aplicarlo a la Geometría Sagrada. ¿En qué momento y cómo surgió ese chispazo primordial que introdujo en la mente del hombre la capacidad de aplicar unos conceptos tan complejos, hasta el punto de imitar la obra de la Mente Universal, concepto gnóstico basado en la idea de Dios?. Desde esa mano extendida, grabada en las paredes de las cavernas del Paleolítico hasta la inconmensurable perfección de las catedrales góticas, todo un fascinante universo de misterios se extiende ante la vista de un hombre moderno que, posiblemente escudado en su calculada racionalidad, haya perdido la capacidad  de hacerle trascender hacia algo tan puro como es el símbolo y su significado. Y paradójicamente, vivimos inmersos, siquiera de una manera subliminal, en el mundo del símbolo. Un mundo con el que nos bombardean continuamente y en muchas ocasiones, ni siquiera percibimos.


De una manera subliminal, también, los canteros medievales influían en la mente de todos aquellos que acudían a los templos, conjugando símbolos y efectos que, en no pocos casos, ofrecían experiencias rayanas en la más pura de las místicas. Pero dentro de esas magníficas esferas de simbolismo y percepción que eran los templos, los arquitectos sagrados utilizaban en sus creaciones, recursos más mundanos, aunque no por ello, menos singulares. Uno de tales recursos, conocido desde la más remota Antigüedad, hace referencia al denominado oído de Dionisio (1). Un recurso, o mejor dicho, una técnica que, aplicando las leyes elementales de la Física, consiste en crear un embudo de resonancia que permite escuchar perfectamente lo que se habla en otra estancia alejada.
Este detalle, me recuerda la presencia de unas curiosas figuras, bastante frecuentes, sobre todo dentro del románico, sin excluir otros estilos que, representando cabezas, generalmente humanas, llaman la atención por la intención implícita que puso el cantero en sus orejas, haciéndolas especialmente grandes y desmesuradas en algunos casos, en las que, no cabe duda, daba un toque de atención que posteriormente ha sido comentado e interpretado, en numerosas ocasiones, como una indicación a escuchar y guardar silencio, consignas particularmente relevantes para el iniciado o el que está en camino de la iniciación.


Ahora bien, la pregunta, o mejor dicho, la duda surge a la hora de comprobar si efectivamente, muchas de las cabezas que nos encontramos en los templos, se corresponden con esta acepción, dedicada a aquellos que acudían como posibles receptores de un Conocimiento que fue especialmente diseñado por benedictinos, cistercienses y templarios –entre los principales- sobre todo a lo largo y ancho del Camino de Santiago o, si por el contrario, el cantero en cuestión avisaba de la existencia del mencionado Oído de Dionisio en el templo en cuestión, e invitab a a la prudencia.
Sería un buen ejercicio intentar comprobarlo, la próxima vez que, en nuestras rutas, nos tropecemos con un templo en el que observemos alguno de estos detalles inusuales.

(1) Dios de los Antiguos Misterios, que también era conocido como Dioniso, Osiris-Dioniso o Baco.

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