domingo, 30 de junio de 2013

El simbolismo pictórico de Santa Comba de Bande



La iglesia visigoda de Santa Comba, hemos de situarla en el concejo orensano de Bande, a unos 25 kilómetros, aproximadamente, de Celonova y a otros tantos de la frontera con Portugal, en un entorno –el valle del río Limia- jalonado de vestigios ancestrales, entre los que figuran dólmenes, castros y restos romanos, en las proximidades del embalse de las Conchas y dentro, así mismo, de ese carismático paralelo 42 en el que, según opinaba Juan García Atienza –autor que dedicó buena parte de su vida a recorrer incansablemente los caminos de esa España mágica y también templaria- se situarían los principales lugares de poder del mundo. Como la práctica totalidad de los templos visigodos que han sobrevivido, más o menos intactos, a nuestros días, en Santa Comba –Santa Columba- también destaca el cubículo central, sobresaliendo como un punto de inflexión que marcaría un eje imaginario sobre el que su planta con forma de cruz griega, es decir, de brazos iguales, extendería su influencia simbólica hacia los cuatro puntos cardinales.
Los primeros cristianos, creían que las almas de los difuntos se convertían en estrellas; creencia, de alguna manera, similar a como los antiguos egipcios pensaban que ocurría con las almas de algunos faraones difuntos, sobre todo, referidos a las primeras dinastías, de las que creían que ascendían al Duat para morar junto a Osiris y convertirse, junto a éste, también en una estrella, pasando a denominarse como Osiris-Orión u Osiris-Sothis (Sirio), atendiendo a la constelación a la que, según apuntan los escritores Robert Bauval y Adrian Gilbert (1), estarían orientadas las pirámides que conforman el complejo funerario de Gizeh. Menciono esto, porque parte de ésta antigua creencia, podría verse así mismo reflejada –independientemente de otras consideraciones- dentro del extenso simbolismo contenido en las pinturas que decoran la cabecera de este templo de Bande. Un simbolismo, en el que no falta ese cielo infinito, repleto de estrellas, que armonizan, a la vez, con otros dos principios sagrados, como son el Sol y la Luna, que rodea a un espacio central, en el que sobresale un magnífico, y a la vez curioso tetramorfos, donde se localizan las figuras del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, escoltadas por los símbolos de los cuatro evangelistas. Unos símbolos, dicho sea de paso, que en esencia se derivarían también de concepciones muy anteriores, estando presentes en uno de los pasajes bíblicos que más ha llamado la atención de los investigadores a lo largo de los años, y sobre el cual, se han realizado multitud de hipótesis y manifestaciones, incluidas aquéllas, de tipo alucinante, promulgadas en los años 80 por Josef Blumbrich, ingeniero de la NASA, que vería en ellas la descripción de una nave espacial: la visión del profeta Ezequiel. A este respecto, ni quito ni pongo, tan sólo expongo un dato que creo puede ser complementario.
Extendidas sobre el altar, de manera que diríase que observando, cuando no, participando de manera simbólica en los rituales oficiados por el sacerdote, la figura coronada del Padre contiene, dentro de sí –la simplicidad del Todo- al Hijo y al Espíritu Santo, éste último representado por la paloma, símbolo que, por añadidura, también se caracterizaba por ser representativo de una de las partes principales de la Sagrada Trinidad egipcia: la diosa Isis.
Merece centrar la atención en los pies del Padre; unos pies que, situados sobre un globo terráqueo -recordemos, que este concepto de la esfericidad de la Tierra se consideró herético durante muchos siglos y significó la muerte para muchos en las hogueras de la Inquisición- se mantienen a ambos lados del travesaño vertical que conforma la última letra del alfabeto hebreo, y por defecto, una de las cruces más simbólicas y sagradas que se conocen: la Tau. De hecho, esta forma sagrada, volvemos a encontrarla en la figura del Hijo y en la forma en la que el artista anónimo reflejó su crucifixión, manteniendo las piernas unidas y los brazos extendidos, formando un ángulo de noventa grados con el cuerpo.
Las pinturas, se complementan con la escena de la Anunciación, aquélla que se localiza en la parte frontal y que reproduce a las figuras del arcángel Gabriel y la Virgen María, a ambos lados de una imagen de San Torcuato, uno de los discípulos de Santiago, cuyo sepulcro de piedra, todavía se localiza en una de las capillas laterales. Un arcángel que, mirando hacia María, porta un cetro en su mano izquierda -por debajo del resto de una frase, que parece decir: ia llena adtecum (María llena eres de gracia?)- mientras la señala con su mano derecha. Un elemento que, posiblemente, como las pinturas (2), represente otro modo de pensamiento, reconocido a partir del gótico, cuando a la figura de María se la comenzó a otorgar los atributos de 'reina', abandonando el sedentarismo hierático de las primeras manifestaciones artísticas, siendo uno de los ejemplos más relevantes que conozco, la imagen de piedra que se localiza en el monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, en la provincia de Soria.
Sea como sea, opino que aquí, en esta maravillosa iglesia visigoda de Santa Comba de Bande, artistas de diferentes épocas dejaron en herencia para la posteridad, no sólo un despliegue magistral de conocimientos, sino también detalles de un pensamiento con cierta heterodoxia, que bien merece ser estudiado con la mayor amplitud de miras posible.


video

(1) Robert Bauval y Adrian Gilbert: 'El misterio de Orión'.
(2) Como se ha comprobado en otros casos, no descartaría a priori que hubieran sido repintadas sobre pinturas anteriores, como ocurrió en la iglesia asturiana de San Vicente de Serrapio.

2 comentarios:

  1. Buen artículo.
    Un saludo,
    Óscar

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  2. Gracias, Óscar. Me alegro que te guste.
    Saludos cordiales

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