martes, 4 de noviembre de 2014

La voz perdida de Iberia


Iberia y su voz. Una voz apagada, perdida irremisiblemente en frías salas de museo, una vez mutilada su lengua de ese lugar de origen donde su susurro acariciaba las soledades del pastor trashumante, que llevaba los antiguos símbolos al abrigo del corazón, bien protegidos en el calor de su pelliza de lana de oveja, transmitiéndolos oralmente de generación en generación; en innumerables ocasiones, ahogada definitivamente por ese sicario sin escrúpulos al servicio de la especulación urbanística llamado hormigón, que vuelve a inundar la tierra, condenando al universo de la imaginación los viejos mitos atlantes y tartésicos que nunca más verán la luz, destruido para siempre el soporte que les daba un hálito de vida; rea a cadena perpetua en los calabozos insondables de la maldita burocracia; mal interpretada, nunca comprendida y siempre a merced de los convencionalismos científicos. Y sin embargo, si lo analizamos fríamente, veremos que de su voz malherida, de su lengua olvidada o quizás del frotamiento de dos palos colocados en cruz -la primera cruz- vio la luz en forma de fuego el espíritu de Prometeo, del que nos hemos ido nutriendo a lo largo de los milenios. Cambia la mentalidad, pero el símbolo permanece. Tal vez tengan razón los budistas cuando afirman aquello de que el efecto sigue a la causa, lo mismo que la sombra sigue al caminante.

2 comentarios:

  1. Este pasado fin de semana vi una película "La niña de la selva", parece ser basada en un hecho real. Lo comento, porque aquella niña-muchacha vivió-vive entre 2 mundos, la selva y la ciudad.
    Aun siendo alemana, se crio y jugo en plena selva con una tribu.
    Bien, al final de la película dice unas palabras que vienen al caso: decía algo así, como que finalmente saco los estudios, no sabe como, trabajo, y aun hoy, se levanta como automatizada y sale a la calle. Pero que realmente cuando VIVIO, fue en esa época de niña y muchacha cuando estaba en la selva, y tenia una tribu.
    No puedo dejar de pensar en los tiempos que vivimos; como nos levantamos, trabajamos, escuchamos la tele, nos compramos cosas. ¿Pero vivimos?. Cuando paseo entre los arboles de mi pueblo y piso las hojas secas, pienso también en esta Iberia que dices. Imagino que por allí paso un arriero, o un romano, o un corzo, o que había agua en el suelo donde hoy pongo el pie, que mas da vida, quizá menos desvirtualizada con sus enigmas que hoy nos dejan.
    No se, de alguna forma esos pensamientos me hacen estar un poco mas conectada con algo que no se que es, pero que me hace sentir mejor.

    ResponderEliminar
  2. Hola, Minerva. Creo entender lo que me dices. Hubo, en el pasado, casos muy semejantes, de gentes que, por circunstancias, tuvieron que vivir en ambientes naturales, alejados de este mal (como hubo algún filosófo que así lo denominó) que es la humanidad actual y, por defecto, uno de sus peores demonios: la industrialización y el progreso. No es que pretenda decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sí es cierto que las civilizaciones que nos precedieron (y no juzgo el nivel de felicidad tampoco) eran autosuficientes con su aparente escasez de medios y vivían más acordes con el entorno en el que habitaban. Tal vez por eso tuvieran otro tipo de percepciones, gozaran de otro tipo de libertades y de vivencias de las que nosotros, inmersos en los avances de la Ciencia, somos incapaces ya de comprender. Nos han hecho y nos hemos dejado hacer insaciables, pozos sin fondo que nos abastecemos de cantidad pero no de calidad. Tal vez por eso, cuando abandonamos nuestras colmenas de hormigón y nos dejamos caer por parajes donde todavía sobrevive parte de ese mundo antiguo que nos precedió, nos sentimos fascinados, aún sin llegar a comprenderlos, dándonos cuenta que, en realidad, los auténticos 'bárbaros' somos nosotros. Pero desde luego, hay algo que, después de todo, nos empuja hacia el ayer: nuestros genes.
    Un abrazo

    ResponderEliminar