domingo, 10 de febrero de 2013

La Edad Media: un mundo de color


'Los cronistas nos pintan esta desdichada época con los colores más sombríos. Por espacio de muchos siglos, no hay más que invasiones, guerras, hambres y epidemias. Y, sin embargo, los monumentos -fieles y sinceros testimonios de aquellos tiempos nebulosos- no evidencian la menor huella de semejantes azotes. Muy al contrario, parecen haber sido construídos entre el entusiasmo de una poderosa inspiración de ideal y de fe por un pueblo dichoso de vivir, en el seno de una sociedad floreciente y fuertemente organizada...' (1)
 
Después de estar toda la noche lloviendo, de madrugada las nubes ofrecieron una tregua. Pero fue tan breve, como breve, según dicen, es el tiempo real que dura un espejismo. El nuevo día, pues, comenzaba de igual manera a como había terminado el anterior: lloviendo. Las botas aún continuaban húmedas, pero ese era un detalle que, aunque incómodo y desagradable, resultaba al fin y al cabo intranscendente, porque una vez desayunados y aún con los ojos entumecidos por las quimeras con las que los sueños nos habían cerrado los párpados durante la vigilia, regresábamos al Camino. Un Camino, que no cejaba en su empeño de lanzarnos el guante; de seducirnos, cual Mefistófeles, haciendo vibrar nuestras almas con sugerencias de belleza, historia y misterio. Una niebla gris y espesa flotaba, como un hongo nuclear, sobre las cimas del desfiladero de Pancorbo, que quedaba a nuestra espalda, y que no tardó en desaparecer de nuestra vista, cuando enfilamos carretera adelante, dirigiéndonos hacia la provincia de Álava. Viajábamos cargados de expectativas y con las baterías de las cámaras dispuestas para otra agotadora jornada, en la que pensábamos desmenuzar, detalle a detalle, numerosos elementos patrimoniales que figuraban en nuestra hoja de ruta, incluyendo, por supuesto, aquéllos otros que ese incognoscible factor equis quisiera también mostrarnos y que, a priori, mantenía nuestros sentidos alerta, haciéndonos tener siempre presente aquello de que nunca se sabe lo que te puedes encontrar detrás de la siguiente curva. Permanecimos algunas horas deambulando por la provincia de Álava, para después, poco más allá del mediodía, recalar en una zona singular de la Vieja Castilla, como son las Merindades. En realidad, si no fuera por los carteles, difícil sería saber cuando se está a uno u otro lado de la frontera, pues la nota característica -verdes valles, frondosos bosques y singulares picachos- apenas difería de una zona a otra. Según nuestra hoja de ruta, en Bortedo, la iglesia de San Pedro merecía una visita. Reconozco, que en un principio, no me lo pareció. A simple vista, el pueblo tampoco era de los más vistosos de las Merindades. La iglesia se levanta en las inmediaciones de una carreterilla general y hace cuña con ésta y otra que se adentra en el casco urbano. Mal cubero sería, si dijera que aquél pequeño edificio, de aspecto indeterminado, en principio feucho, con porche en lugar de galería porticada, que aparentemente había perdido toda identidad con el paso del tiempo y las sucesivas transformaciones, me había impresionado. Posiblemente, tal sensación no hubiera sido la misma, si en lugar de un día gris, en el que la lluvia formaba regueros en el suelo, así como pequeños torrentes que bajaban raudos por la pendiente, el sol nos hubiera gratificado, acentuando los colores, hasta el punto de crear una singular sensación de contraste entre el verde del jardín en forma de cuña, el blanco de la fachada de la iglesia y el rojo sanguino de las tejas de las casas del pueblo. De haber sido así, repito, tal visión, posiblemente hubiera sido muy diferente y hubiera alejado de mi pensamiento la idea de permanecer seco dentro del coche, mientras mi compañero de viaje se empapaba de arriba abajo, intentando llevarse algo más que recuerdos a golpe de click y flash. Evidentemente, no lo hice. Y gracias a esa oportuna decisión y al pensamiento de que no había realizado el esfuerzo de llegar hasta allí para quedarme dentro de un coche como una liebre asustada en el fondo de su madriguera, descubrí una auténtica maravilla que, a pesar de los siglos transcurridos, mantenía, con un vigor cuando menos desconcertante y poco conocido, su cromatismo original: su portada románica. 


No son muchos los templos que han sobrevivido a nuestros días, manteniendo parte de ese maravilloso cromatismo original que los caracterizaba. Sin duda, Bortedo y su portada, son uno de los pocos que conozco, aunque he de reconocer que en algunos lugares, todavía los capiteles deparan agradables sorpresas en este sentido. Uno de tales lugares, una auténtica maravilla para dejarse llevar por la magia del color, sería la cripta de la iglesia de San Salvador, en el pueblo aragonés de Murillo de Gállego, donde los capiteles, no sólo demuestran la acción de un taller cantero de evidente calidad -resultan particularmente simbólicas, las dos aves que beben de una copa o Grial- sino que también, sugieren la existencia en tiempos, de una escuela de pintores que complementaba la labor de aquéllos otros, insuflando con el color, vida en el alma de las piedras. Este, como digo y el pórtico de Bortedo, son los dos ejemplos más impresionantes con los que me he tropezado en mis viajes. No quita, sin embargo, el haber presenciado, también, retazos de esa riqueza cromática en muchos otros lugares. Detalles que vienen a confirmar, en parte, las palabras de Fulcanelli que sirven como introducción a la presente entrada y que, de hecho, también nos muestran hasta qué punto nuestros templos, gozaban de una salud y una alegría -entiéndase, comparativamente hablando- que están muy lejos de ser entendidas y tenidas en cuenta hoy en día. Tanto las iglesias como las catedrales, estaban originalmente revestidas de capas de vistosos colores, que atraían la atención de las gentes a kilómetros de distancia. No sólo muchas de ellas constituían verdaderas capillas sixtinas de puertas para adentro, sino que el color y su magia, se extendían, en muchos casos, a la totalidad del templo. De lo primero, aún quedan numerosos ejemplos, a pesar de haber sufrido la incompetencia de siglos posteriores (2) y también el recubrecimiento, muchas de ellas, con varias capas de yeso, consecuencia de la peste que asoló Europa, cuando se descubrió que entre los pigmentos de pintura, se localizaba también sangre de origen animal, que atraía a pulgas y chinches, transmisoras de la mortal enfermedad. Dignos de tener en cuenta, también, eran las excelentes pinturas que decoraban los artesonados de los coros de muchas iglesias. Uno de los ejemplos más notables, que ha sobrevivido a nuestros días, lo constituye, independientemente de que sus modelos sean góticos o posteriores, las pinturas que decoran el ábside de la iglesia de Santa Elena, en la población burgalesa de Revilla Cabriada, muy cercana al monasterio de Santo Domingo de Silos. En algunos lugares, como en la iglesia de San Martín, en la población de Peroniel del Campo, aún se conservan pequeños fragmentos de madera que formaban parte de la decoración del susodicho coro. Pequeños retazos de Arte, que generalmente pasan desapercibidos, pero que nos muestran una habilidad y una corriente de creatividad que generalmente navega a la sombra de las grandes construcciones, precisamente porque no han sobrevivido, como éstas, en las proporciones adecuadas.
Lo que se muestra aquí, fruto de numerosos viajes y búsquedas, es tan sólo unos breves destellos de ese otro gremio de excelentes pintores y decoradores que trabajaban conjuntamente con los gremios canteriles y desarrollan una maestría singular, haciendo verdadera teurgia con la Magia de los Colores, imitando y tomando como modelo primordial, al más singular y perfecto de los artistas conocidos: la Madre Naturaleza.


(1) Fulcanelli: 'Las moradas filosofales', Plaza & Janés, S.A., editores, colección El Arca de Papel, 1972, página 61.
(2) Existen numerosos casos de haber pintado encima de pinturas originalmente románicas. Como ejemplo de ello, podría citar el caso de San Salvador de Valdedios, a cuyas pinturas originales,prerrománicas se las añadió angelotes y estupides barrocas, o también el de San Vicente de Serrapio, que parece confirmado que se sobrepintó sobre los originales y tal sensación, me produjeron los frescos del ábside de la iglesia de San Pedro de Arrojo, todos estos casos, en el Principado de Asturias.

10 comentarios:

  1. Conocí Bortedo hace muchos años, pero guardo el más grato recuerdo de su recuerdo en grata compañía cuando, desde Álava, los conduje a ese montículo apacible y sereno donde se alza el templo dedicado a San Pedro. La suerte se puso de nuestra parte y el vecino de enfrente, madrileño, estaba pasando unos días en el lugar y nos flanqueó la puerta. Pudimos ver su nave única y ábside cuadrado y mientras remomoraba el Fuero de Valmaseda de 1237 en que por primera vez se le nombra indicando la obligación de pagar diezmos a su cura párroco por el bautismo, volví a quedarme perprejo y sin explicación ante su enigmático tímpano.

    Un abrazo, amigo Caminante

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  2. Ese tímpano vale su peso en oro. A diferencia de ti, yo no pude acceder al interior, pero creo que dí la visita no por buena, sino por muy buena, tan sólo por poder contemplarlo. No sólo me desconcertó que todavía conservara, en gran parte, la pintura policromada original, sino, como tú bien apuntas, ese curioso tímpano en el que, sencillo aparentemente, esas aves son todo un reto simbólico que me propongo desarrollar en el futuro, retomando el tema de la importancia del umbral, los guardianes y el mundo simbólico al que pertenecen, como apuntaba en la entrada dedicada a la iglesia de la Virgen del Val. Supongo que conocerás también la curiosa portada de la parroquial de San Pelayo, que está en las cercanías: el número de ángeles, el número de cautivos...En fin, como se diría, los queridos canteros medievales no tenían un pelo de tontos. Lástima que en ésta última no quede una sola traza de su policromía. Un abrazo

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  3. ¿ Aves o monos?, querido amigo. Fíjate bien y no te despiste su larga cola. En cuanto a San Pelayo, cuatro veces fuí, cuatro, entusiasmado por los siameses del canecillo de su ábside y, tras la desafortunada restauración, que siempre me impidió la entrada, al fin lo conseguimos, porque buscaba el capitel del lado izquierdo del arco triunfal ( con una mínima policromía) y otro de los que me trae de cabeza desde hace casi diez años. El tímpano es un "confundetíos", pues si te atienes a la leyenda lo relacionas con el martirio de Pelayito de Córdoba ( aunque era de tu tierra y tan guapo que se lo llevó el moro a su harén), pero sin embargo, su mensaje es otro muy distinto.

    Un abrazo fuerte.

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  4. Caramba, Syr, ahora sí que me has metido en un aprieto porque, por un lado, dan la impresión de aves, raras, arpías o bicharracos similares, pero por otro...No sé yo si monos...aunque el mono no es una figura desconocida en el románico, desde luego. Eso, evidentemente, cambiaría por completo los planteamientos. Lo estudiaré. Con respecto a San Pelayo, me temo que las figuras de los canecillos, con la que estaba cayendo, no están demasiado finas, pero algo se puede aprender de ellas. En cuanto al tímpano, coincido en que tiene más miga de la que se pueda cortar en una simple observación, e insisto en que aquí la numerología juega también su baza, dejando aparte la simple cuestión espacio. No sabía yo que este timpanillo te tuviera a mal traer, pero claro, no es extraño. Como suele ocurrir, lo aparentemente sencillo implica casi siempre algo muy complejo. Habrá que hacer los deberes. Un abrazo

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  5. Tras haber "gozado" de la lluviosa excursión, de las botas húmedas y de la agradable charla del compañero de fatigas fotográficas, paso a meter cizaña.
    Dejando a un lado si son "galgos" o "podencos" -a mi me parecen mezcla de reptil y pájaro-, los monstruitos "tienen más debajo que encima", como suele decirse.
    Resulta que agarran ese arco con sus zarpas mientras lo muerden con sus bocazas, pero en el centro del tímpano no hay nada de nada... O sea, que pa ná se matan.
    Bueno, algo hay, el número 8, que es el del edificio en esa calle del pueblo.
    Y eso plantea una interesante cuestión. Si en el centro no había ninguna escultura ¿Qué demonios están guardando los monstruitos?
    Mi teoría es que, precisamente, en el tímpano habría una pintura de carácter sagrado. ¡Elemental, querido Watson!
    Intrigante templo, intrigante lugar, intrigante enclave.

    Salud y fraternidad.

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  6. Estimado Magister: siempre son bienvenidas y agradecidas las cizañas con sentido, y en tu comentario, inestimable, posiblemente plantees la cuestión principal que quizás deje en cierta intranscendencia la clase bichos que quiso representar el cantero: ¿qué había en ese centro que parecen acosar desde ese arco que, de alguna manera, ejerce un posible efecto protector del objeto en cuestión?. Objeto que, como muy bien observas, por alguna razón fue hecho desaparecer y sustituído por ese número 8 (significativo, también, dentro de la simbología sagrada) que indica el edificio de esa calle. El reto, pues, queda establecido y quizás tengamos que buscar alguna pista en los motivos de los capiteles sobre los que descansa el arco. Como comentaba refiriéndome a la portada de la parroquial de San Pelayo, la numerología es posible que también tenga algo que decir. Puede que las flores de cinco y seis pétalos no sean en este caso casuales y el número de bolas presente en el arco (doce), tampoco. Y el ajedrezado 'jaqués'...Y como no tuvimos ocasión de poder ver el interior, sería un detalle si Syr nos comentara qué clase de motivos había, si es que los había, o cualquier otro detalle que nos pudiera proporcionar algún dato complementario. Por lo demás, agradecido por la parte que le toca a este compañero de aquél viaje que, aunque bien pasado por agua, fue de los más interesantes y vívidos que recuerdo. Un abrazo

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  7. San Pedro de Bortedo y San Pelayo de Ayega encierran una iconogrofía muy problemática. El tímpano del primero, parece ser ( sólo parece) que tuvo dentro del baquetón que muerden los monos ( o aves o ángeles, según López del Vallado y Pérez Carmona) una cabeza del Redentor, siguiendo el modelo de la iglesia coruñesa de Cambre, pero su estado actual no permite confirmarlo. Yo,particularmentemente, me he inclinado por considerarlo como alusión al Orgullo, pero es muy personal.
    En San Pelayo, y sin perjuicio de que os facilitaremos las fotos, en el capitel del lado norte del arco triunfal me parece ver un hombre con cuerpo de felino que sostiene en sus patas una bola, sobre su cabeza una especie de insecto enorme pretende arrebatar un tonel sujetado por una serpiente, situada encima del hombre-león. En su parte central, un cuerpo semi-humano con cabeza de insecto lucha contra otro monstruo con cabeza de jabalí. Pero dado el estado de conservación, es muy probable que mi lectura y descripción no sean de todo exactas, por lo que prefiero que seais vosotros quien las juzguéis.

    Un abrazo

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  8. Hola, Syr. Realmente me estoy quedando mucho más estupefacto todavía. No, porque no piense o no coincida con tu apreciación sobre la problemática que encierran estas dos iglesias. ¿Ángeles?, no creo, aunque como dice el refrán, habélos haylos y no se puede descartar nada a priori. Sobre todo cuando falta lo principal y que, como dices, imposible de confirmar.
    Por otra parte, sí quisiera poner de manifiesto un par de cosillas referentes a la iglesia de San Pelayo y que confirman, por la parte que les toca, esa problemática iconografía que mencionas. En uno de los capiteles el pórtico, tienes la representación de un unicornio, más tosco pero con idénticas características (cuerno debajo del mentón) del unicornio que se localiza en la portada de la iglesia de Soto de Bureba. Dentro de la iconografía de los canecillos, me llaman especialmente la atención, aquél que muestra a dos ¿sirenos? gemelos, unidos por la cintura y la cola. Y además de eso, observo en ese personaje que parece sostener una cruz en una mano y la otra mostrando el miembro viril, otra representación de características similares que se localiza en el ábside de la ermita de la Virgen del Castro, en Momediano. Salvo que en esta representación de Momediano, se trata de una pareja (la cruz está por encima, enmedio de los dos) y una mano sujeta la cruz y con la otra, la mujer se la lleva a los pechos y el hombre mantiene agarrado el miembro. Digo esto, porque quizá estemos ante un taller que se distribuyó por la zona y quizás observando otros templos y ermitas, podamos encontrar pistas o referencias que nos ayuden, al menos en parte, a ampliar los campos de visión con respecto a la iconografía de estos dos templos enigmáticos. Un abrazo

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  9. Si se me permite abogar por el Diablo...

    El capitel de Ayega no contiene unicornios, son simplemente dos animales que apoyan sus patas delanteras en una planta -o arbusto- que están devorando. Lo que te parecen "cuernos unicorniles" son ramas de dicho arbusto.
    El canecillo citado, no contiene "sirenos", se trata de dos bailarines/as contorsionistas danzando alegremente.
    Todo lo cual, no quita misterio al templo. Porque tenerlo lo tiene y bastante.
    Lástima que las reconstrucciones nos privasen del conjunto completo de canes, que debía ser de cuidado. Aunque estilísticamente sean "pobres", ejecutados por un cantero rural poco ducho, simbólicamente compondrían entre todos una rica narración.

    Salud y fraternidad.

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  10. Claro que se te permite, faltaría más. Puede, en primer lugar, que efectivamente, se trate de dos animales pastando, pero también es cierto que depende mucho del ángulo de visión del capitel, porque si lo observas de manera que coincidan las dos cabezas de los animales, efectivamente, se ve tal y como dices. Ahora bien, si lo observas en horizontal y sólo recoges al animal de la derecha, verás que esa protuberancia semeja formar parte del mentón del animal. Y en su 'defecto', tiende a otra interpetación. Bailarines en lugar de sirenos, sí, puede ser una interpretación más correcta, aunque también puede hacer una referencia a los gemelos puesto que ambos parecen estar unidos por la cintura. Lo cual no quita que dentro de la rudimentariedad del artista, éste esté recogiendo conceptos mucho más complicados hasta formar un mensaje que,como bien dices, se nos escapa por falta de muchos de los elementos originarios. Pero vuelve a insistir, en que parte de este mensaje se haya, posiblemente, desperdigado por los templos de los alrededores, y entre ellos, la citada ermita de Momediano. Un abrazo

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