lunes, 28 de octubre de 2013

Parecidos razonables: colores de otoño, colores románicos


No hay mayor Maestro ni mejor Modelo que la propia Naturaleza. Este es un sencillo axioma, que ya el hombre pareció intuir desde el alba de los tiempos, en esa época cavernaria en la que, por algún chispazo evolutivo, comenzó a sentirse artista; a mezclar pigmentos con sangre animal y reproducir -cuesta creer que a oscuras, pero he aquí otro interesante misterio- aquello que no sólo ensombrecía su aparentemente sencilla psique de primate, sino también, aquello cuanto le rodeaba, animales sobre todo, de los cuales no sólo se alimentaba, sino que a la vez adoraba o cuando menos homenajeaba, aprendiendo, en muchos casos, de sus costumbres y habilidades. Sería impreciso apuntar, o al menos yo no tengo una idea clara, de en qué momento concreto de su infinita historia, el hombre comenzó a copiar los modelos del mayor artista de la Creación. O mejor y más oportunamente dicho: de la mayor artista de la Creación. Una artista, que no es otra que la Naturaleza, a la que desde ese tiempo sombrío e inmemorial, se la viene considerando como Madre. En sus modelos y complejidades, sin duda, se basaron muchas de las mejores obras de arte que han sobrevivido a nuestros días. Y de sus modelos, aún hoy en día, se continúa aprendiendo. Si ya las culturas clásicas, tomaban para sus columnas y capiteles las formas de una Madre que continuamente se renovaba aportando vida por doquier, el románico, bajo mi punto de vista, fue uno de esos curiosos esquemas artísticos que con más insistencia se valió de esos modelos naturales, hasta el punto de que muchos, muchísimos de sus templos, constituyen auténticos herbolarios de piedra, en cuyo despliegue, el cantero ya demostraba un profundo conocimiento del entorno en el que se desenvolvía. Y dentro de ese conocimiento, estaba también el de imitar esos colores con los que la Naturaleza, alquímica e insoslayable, sorprendía con cada paso de estación. Podría resultar tremendamente difícil, llegar a hacerse una idea de la inconmensurable riqueza colorista que animaba tanto a los pequeños templos como a las grandes catedrales. Pero todavía quedan vestigios, aquí y allá que, con más o menos entereza, con mayor o menor conservación, nos ofrecen detalles de ese gran interés que animaba a nuestros antecesores a imitar esa vitalidad que, a grandes rasgos, conllevaba todo proceso natural de renovación. Posiblemente, no haya otra estación mejor que el otoño, para ofrecernos ese modelo perfecto que animaba en muchos de esos templos, tanto en las pinturas que decoraban, cual microcósmicas capillas sixtinas cabeceras y paredes, como aquellas otras que intentaban reproducir, en columnas y capiteles, ese mundo nutriente que le aportaba lo necesario para vivir y desarrollarse. Recuerdo que este tema, ya lo comenté hace unos años con la persona que por aquél entonces -julio de 2010-, se encargaba de la apertura y custodia de la ermita de San Miguel de Gormaz. Coincidí con su pensamiento, de que no había mejores modelos para los colores del artista, que aquéllos mismos que se veían en los campos de alrededor. Hace unos días, y observando los maravillosos matices otoñales de un reconocido parque de la capital de Madrid -el del Buen Retiro-, me vino a la memoria un lugar que tuve ocasión de visitar no hace mucho y que, aparte de producirme desasosiego por su estado de conservación -y gracias a la labor de unos particulares, que han tenido la fantástica idea de hacerse con él, custodiarlo y conservarlo en la medida de la posible (1)-, y del que hablaré en una próxima entrada, pues no sólo los canteros dejaron huellas de esa sapiencia cromática que parece calcada del mayor exponente otoñal de todos los tiempos, sino que, a la vez, dejaron su marca. Una marca muy peculiar, que todavía se puede observar muy lejos del lugar al que me estoy refiriendo, y que constituye, de hecho, todo un enigma, pues sus características son similares. El lugar es el monasterio de San Paio de Abeleda, en la provincia de Orense y lo que me hizo recordarlo, fue precisamente esa familiaridad entre algunos de los colores otoñales, con aquéllos otros que aún, desafiando el paso ingrato de los años, pueden observarse en su recinto interior. Otro de los motivos es, desde luego, que siento pasión por el otoño, y basta que esa curiosa sensación de deja-vú me viniera a la mente para que, de alguna manera, colar este vídeo en el presente blog y permitir que cada uno saque sus propias conclusiones.


(1) Lamento decir, que no sé sus nombres. Pero todos aquellos que estén interesados en conocerles y conocer, de paso, la gran labor que vienen realizando en San Paio de Abeleda, puede buscarles en Facebook por el nombre de O Soriso de Daniel.

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